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Fuera de mi

Mi condición de migrante es un estado de ánimo. Ciclotímico, exhuberante, melancólico.

No es la distancia quien me parte. Es el desarraigo el que me desviste. Me exhibe, me incomoda, me desorienta.

No soy de aquí ni de allá: no es un lugar común. Modus vivendi que exprime el instinto de supervivencia.

Sin haberlo planificado me desdoblé: la barullera del sur, la mansa del norte. Y en las tangentes que se rozan, ¿quién soy? ¿Con cuál me quedo? ¿Qué pauta esta mutación?

Los ojos ajenos absorben con sencillez volátil este emocionar: “volvete”.

Mas, no existe rincón que mis manos hayan construido allá, no hay tierra que me llame a la labor. Acá, en este centro físico que ocupo, hice, hago y quiero hacer.

La plenitud llama a la cercanía. Busco en las calles austeras el color de la cartelería bonaerense, la tipografía que me hace sentir en el barrio, las veredas de baldosas destrozadas. Busco la cara de las panaderas que me solicitan con un “¿qué te pongo gorda?”, busco el lenguaje común: me duermo en el bondi, es una poronga, no veo un choto, no tengo un mango, te quiero bocha, me vuela la peluca. Oír mi lengua, que hable mi piel. La ironía, el sarcasmo, la cancherez del lindo del conurbano.

Tirar de la soga con toda mi fuerza hasta arrimar los continentes y facilitar que este mate solitario pase de mano en mano. Agotar la yerba con vacuidades diarias.

No dejo que me consumas, melancolía ingobernable. Me hice un oficio honesto, pluridisciplinar y sin fecha de caducidad. Con estas manos, la fortuna de mi lado y unos soplidos a favor, ¿quién alzará los muros que me impidan otros atardeceres ranchear en las sierras del sur?

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Fiesta mayor

Se acerca a él como si no quisiera, sigilosa, a paso lento, mirando de reojo el balanceo de las demás.

Lo roza. Se le arrima sin sentirlo. Son sus pelos los que se tocan.

Él la huele.

Su cabeza se acopla al cuello de ella como las primeras ‘C’ en la práctica de caligrafía. Inmóviles perciben la cercanía del otro.

Ella lo cabecea. Con suavidad su nariz le recorre la cara.

Él admite el gesto pronunciando un ronroneo gutural, de bajos graves, acolchonados, secreto. Recula y acerca la boca a su oreja. Repite el sonido, un susurro, y lame el aire que circunda los pliegues de su cuello.

Ella admite el gesto con un nuevo cabeceo.

Él acuesta la cabeza sobre su vientre y como tanguero cuela la rodilla derecha entre sus piernas, pega la pierna al interior de sus muslos y la sube presionando hasta tocarle la pelvis. Un instante.

Vuelve a la posición inicial, arrimado al calor de sus espaldas. Recibe el cabeceo, decodifica la señal, le susurra al espacio que los sostiene y al oído, besa la cercanía de la oreja y repite el paso osado de la rodilla entre sus piernas. Tres veces.

Reposa la barbilla en la hendidura de sus lumbares.

Fin del cortejo.

El carnero determina que la oveja 91435 está dispuesta y a punto para la monta.

Libre de patricinios

¿Cómo saber si el oficio de pastora es una opción para mi si su realidad me es vetada?

Empecemos por hoy: los resultados de Google me inducen a pensar que en femenino es una cantante y que en su versión masculina es alguien que se dedica a predicar palabras santas.

En mi dimensión pasada forma parte del espacio mitológico, se relaciona con el Peter de Heidi y va de la mano de un hombre mayor, enclenque, de aspecto sucio, más bien malhumorado y tan lejano que vuelve a caer al espacio mitológico.

Muchos nenes sueñan con ser bomberos (camiones carmín y heroicidad) o futbolistas (combate regulado y heroicidad).

Muchas nenas sueñan con ser veterinarias (animalitos mansos que se prestan a la curación y heroicidad) o cantantes (estrellato y heroicidad).

No sorprende descubrir detrás de cada sueño que se debería suponer único e irrepetible, una uniformidad de propuestas discursivas y su consecuente merchandising: la radiante Barbie veterinaria con toda su legión de mascotas tiernas, el disfraz de veterinaria sexy de la adultez, los deseados camiones de bomberos en su infinidad de versiones, el bombero porno del imaginario colectivo, la temible espiral de derivados de la industria futbolística.

El pastoreo, ¿con qué producto podría saciar aquella sed de consumo?

¿Nos es negada la realidad del oficio porque su bastión principal radica en valores que siempre han trascendido lo monetario?

¿Es, empezando por la comunicación de su labor, un oficio menospreciado, recluido y nada fomentado por su incapacidad para saciar nuestra sed de consumo, nuestra voracidad por lo sencillo, predigerido e inmediato?

Ser pastora implica irremediablemente volverse humilde ante la magnitud de la naturaleza y obliga reflexionar sobre una misma de forma constante.

Ningún nene comprende ese “no toques la vela, te vas a quemar” si efectivamente nunca le permitimos el espacio para quemarse. La lección infravalorada de la propia experiencia.

Así, no sabemos que somos alérgicos a las cabras hasta que no nos acercamos a una; no identificamos que el tomate nos resulta alérgeno hasta que no lo comemos.

Uno de los oficios que nos permitió sobrevivir como especie hasta estos días nos es menos conocido, más ficticio, menos tentador que ser estudioso de nanopartículas.

Es un trabajo de biorritmo y humanidad, en el sentido más profundo de la palabra. Un trabajo despojado de paternalismo que conforma un carácter de aparente dureza que desde la “laxitud” ciudadana cuesta interpelar.

Diariamente somos los únicos culpables, los primeros responsables. Diariamente existen situaciones más o menos nuevas que necesitan ser resueltas con ingenio, velocidad y mínimos recursos. La mirada tiene que ser atenta de forma constante ya que sólo la observación puede detectar posibles anomalías: la gestión de la salud de un rebaño es una labor diaria y sostenida. Si conduje al rebaño hacia una zona sin alimento, si lo hice transitar por un barranco peligroso, si un grupo se me escapó en dirección contraria, no podré buscar a nadie a quien descargarle mi desesperación, podría gritarle y reñar sin sentido a los animales para eludir la siempre dura faena del fracaso personal.

Asumir, transformar y crecer.

Ser pastora me ancla en el presente con la mirada puesta en un futuro que sólo puedo atrever a suponer con liviandad. Me liga al espacio circundante, fija la vista al cielo y a la tierra. Me mueve con la “lentitud” de los ritmos cíclicos y con la inmediatez forzosa de las situaciones resolutivas.

En el pastoreo no existen congelados ni platos precocinados. No hay cabida a la megalomanía, no se ofertan vestiduras ni etiquetas para disfrazar la inoperancia. No vendemos biblias pero a quienes nos permitimos dejarnos atravesar por esta realidad nos gusta repartir la buena nueva.

Aitana es nombre de cordera

La 57 es lo que algunos catalanes llamarían una ‘nouvinguda’: nacida en Gipuzkoa, la emigramos al monte catalán donde se adaptó mostrando vitalidad y gestando descendencia.

Sigue la línea de su casa de origen: paticorta, de lana larga y abultada, cabeza más bien redonda, compacta, de color uniforme, de una tonalidad que los creativos de Pantone llamarían ‘helado de dulce de leche con crema’. Mantiene buena salud, buen peso. Sus partos anteriores, uno simple y uno doble, los solventó sin inconvenientes. Tiene buenas ubres para el ordeño manual: redondeadas, con pezones alargados sin exagerar, piel clara, fina, ligera.

Esta temporada quedó preñada fuera de época, casi dos meses después de sus compañeras de faena, como si alguna vecina le hubiera susurrado “…se te va a pasar el arroz” y ella se hubiera subyugado a regañadientes a la sentencia.

Esta semana padecíamos su peso, su andar dificultoso y cargado, su respiración ansiosa de liberación. Noche tras noche fuimos perdiendo las apuestas.

El parto se desencadenó al amparo de un encino en la dehesa cercana a la carretera. La serenidad consecuente de la paridera ya finalizada me lleva a suponer que será un parto intenso y bien llevado, doble seguramente, más lento el primer alumbramiento que el segundo. Nos imagino ya en el post parto, comentando a la luz de la vela lo bonito que suena el ronroneo de la oveja cuando se arrima a su cría recién nacida.

Aitana vive con nosotros su primera experiencia de pastora y atendiendo a su curiosidad sensible la invitamos a acompañar a la oveja en su labor: el rebaño vuelve al establo y ella, habiendo ya sacado y lamido líquido amniótico, no quiere alejarse del lugar que eligió para parir.

La claridad se estaba agotando ya cuando Aitana nos llamó diciendo que la cabeza y una pezuña del cordero ya estaban fuera hace rato sin progreso.

Toda la secuencia del sosiego posterior empieza a desfigurarse. La mano de Albert dentro de la oveja descubre una pata trasera asomando por la vulva cual delantera. La delantera escondida hacia atrás. La una bloqueando el avance de la otra. Ambas imposibilitando el alumbramiento. La calma de la dehesa muta en acción y cavilaciones, en el descontrolado deseo de que todo vaya bien, en el irreflenable miedo de evidenciar la fragilidad del espacio entre la vida y la muerte.

Las maniobras y un sinfín de conjuros resultan y nace una corderita compacta, de patas marrones y perfil de ratoncita gorda.

El pabilo arde a medianoche y nos oye masticar. Pan, nueces, queso, un par de manzanas y zanahoria. ¡Qué bien se nos hubiera acoplado una latita de sardinas! En su lugar: vacío, arroz, lentejas con requisito de cocción. El día, incansable, parece ponerse en orden con nuestros relatos mecidos por bostezos.

Silencio. La luna clara. Callan las hojas, se acurruca el río.

El peso de las vivencias nos clavan al colchon. La almohada como refugio a los maremotos mentales. Hasta hoy. Mañana: mañana seguiremos.

Hay equipo

Las granjas con animales criados en libertad (semilibertad condicionada por depredadores) son pequeños ecosistemas, espacios de sociabilización animal sutil evidente para quien los observa a diario.

No, el hecho que de exista espacio disponible no implica que nos de lo mismo cuántos, qué animales tener y en qué momento incorporarlos a nuestro sistema. Cada bestia necesita su período de adaptación al nuevo medio, de reconocimiento de los límites seguros del espacio. Requiere tiempo para desarrollar técnicas de supervivencia y para establecer códigos compartidos con quienes los cuidamos.

(Además son animales domesticados y permanecen instintivamente tan cerca como les sea permitido de sus domesticadores. “Tan cerca” que a veces es sinónimo de “encima de”.)

Hace varios años ya que no teníamos gallinas ponedoras. Si, una granja sin huevos. Algún zorro, alguna garduña, un ave de rapiña o hasta nuestros propios perros nos reventaron el equipo y los ánimos: Albert y nuestro amigo Ted se curraron un gallinero-búnker pero es bajo el sol y contra la brisa cuando la muerte amenaza.

Empecé el año con una rima de la infancia, oportuna y determinante: 2018, a vos te abrocho. Y parte de esto de ganarle la partida al año es invertir energía, ilusiones y expectativas en una nueva bandada de ponedoras.

Mi abuela, la Oma, recuerda. Tiene la memoria que las interminables horas de tejido mantienen activa sin sombras. Recuerda y relata, una fortuna. En su infancia en la Serbia del Imperio Austrohúngaro su familia (la nuestra) tenía unas gallinas blancas, finas, elegantes de cola en forma de abanico de teatro de sombras. Eran prolíficas ponedoras. “Eran Leghorn nena, anotá Leg-horn.”

Albert y Dúnia viven a unos 34km de casa. Tienen afición por las gallináceas y sienten curiosidad por las ovejas. Cruzaron gallinas ponedoras blancas con la gallina de Livorno, conocida comunmente con el nombre de Leghorn (es una raza de origen italiano y al desconocer el punto exacto de su origen se la llama con el nombre del puerto desde donde zarparon muchas y probablemente llegaron pocas en su viaje hacia Estados Unidos).

Ayer nos regalaron cuatro ejemplares y muchos ciclos vuelven a nacer.

No lo duden: el agro está infestado de romanticismo.

Lo que cuesta armar un full

En nuestro pueblo de menos de 6000 habitantes inauguraron el quinto supermercado. Antes de haber terminado de colocar las estanterías ya lucía un vinilo en su pared de vidrio: DIRECTO DEL CAMPO.

Para no suscitar mayores confusiones he a continuación un pequeño ejemplo real de la intencionalidad de llevar nuestro producto directo al consumidor (sin vinilos de por medio) 👇🏽

Al ser un rebaño lechero, procuramos agrupar los partos para poder disponer de la leche de todas las ovejas a la misma vez. Ergo, tenemos todos los corderos disponibles a la misma vez.

Ofrecemos cordero lechal (de un mes aproximadamente, animal que mama, empieza a comer algo de hierba y al que no cebamos con piensos). Corren, saltan y ocasionan algún que otro dolor de cabeza. Nada muy alejado de la maternidad humana.

Anoche, habiendo terminado de ordeñar, marcamos los corderos que tenían el peso adecuado. Levantamos las migas de la cena y preparamos los papeles para el matadero. Alarma dispuesta y cuerpo cansado.

5 de la mañana. Los perros roncando en la paja y los pajaritos dormidos hasta la hora siguiente.

Entramos al establo en busca de los corderos marcados. Crotal en la oreja y entran a la caja de la furgoneta. 34km de ruta de ida para él mientras yo me cebo unos mates, repaso el orden de la casa y bajo las primeras luces vuelvo a calzarme el traje de pastora.

Preparo el desayuno para el rebaño, me siento a ordeñar y con 34km de vuelta Albert se incorpora y seguimos con la rutina diaria: leche, escuela, queso, rebaño.

A media tarde hacemos malabares: 34km de ida al matadero a recoger las canales. Tomo el relevo del rebaño; los abuelos nos asisten con la escuela. 34km de vuelta al carnicero del pueblo y otro kilómetro más para dejarme las pieles que a la mañana siguiente salaraé para su curtiembre.

Cerrada la rutina de ordeño, barridas las nuevas migas de la cena, repasamos el peso de las canales y le indicamos al carnicero cómo quiere cada cliente que corte su cordero. Preparo albaranes y aviso a cada cliente el precio exacto y la hora aproximada en que pasaré por su casa.

Amanece una nueva madrugada. Rutina clásica sin matadero de por medio. Llega la tarde. Me subo al auto con el isotermo; abuelos mediante en la escuela, voy al carnicero a cargar cada una de las bandejas que me toca repartir. Agradezco el servicio, río (para no volver a llorar) con la dependienta por el robo de hace un par de semanas, río con una clienta que valora la fuerza de mis brazos, río ante mi reflejo acelerado en la puerta de vidrio espejado. Pago y me voy.

Mientras la política agraria siga siendo materia de oficinistas y los mataderos móviles no sean una realidad de sentido común, esto es lo más cercano al “directo del campo” que con mucho esfuerzo podemos ofrecer.

“EL MEDIO ES EL MASAJE”.

Que se haga mantra para la reflexión: si está en un supermercado viene DIRECTO DEL SUPERMERCADO.

Ordeño manual en tiempos de robótica

Lo más animal de mi infancia fueron un par de gatos esterilizados en el patio de casa y una pecera en estado de semi abandono de la cual los peces saltaban fuera en desesperada búsqueda de aguas claras.

En la treintena me siento a ordeñar nuestras ovejas con una naturalidad ancestral impredecible.

Tengo un banquito de pino que conseguí en el bazar chino, no todo lo rural es producción propia rebozada en romance. Compré unos baldes de plástico alimentario que resultaron demasiado grandes, demasiado incómodos, totalmente inapropiados para ordeñar, así que uso una brillante cacerola de inox que secuestré a nuestra cocina.

Hablo por mi, pero en la fila contigua, de cara a algún culo ovino adivino la silueta del flaco. Él también se mueve con el kit banco/ cacerola y con mil pensamientos acerca del porvenir.

Tenemos a punto la lechera y un colador con tantos filtros como peajes tiene Barcelona.

Las negociaciones empiezan temprano: yo el silencio y los comentarios ocasionales, la charla supérflua, la leche que espuma la cacerola, la masticación de las ovejas, la respiración de una cordera mansa y curiosa a mi lado; él la radio.

Suelen preguntarme si conozco a todas las ovejas (la respuesta ansiada, no lo dudes, siempre es si). Respondo, purgada de la necesidad de satisfacer las expectativas del imaginario rural, “les conozco las tetas.”

Hay tetas prietas de pezón mínimo, hay ubres que sacan la leche como un aspersor, las hay que siempre se disparan al zapato o la entrepierna. Hay ubres caídas, pesadas, de pezón pequeño en medio de la mama que forzosamente tienen que ser ordeñadas con una mano, haciendo la otra de palanca. Hay ubres divinas en ovejas intocables.

Condicionada por el pensamiento básico “cuanto más grande, mejor”, la expectativa externa deposita en las manos grandes del flaco el volumen de leche recogido. El mismo engaño rudimentario traspolado de nuestra sexualidad. Con sensibilidad, práctica, ingenio, paciencia y buen trato mis manos de duende son testimonio de que no es el tamaño lo que importa.

Refunfuño: divisé en mi fila aquella lechera de piel dura y pezón incómodo. Y a su lado aquella que hace todo lo posible por boicotear un ordeño limpio.

Nos desafiamos mutuamente por lograr el ordeño récord, la 40, la 91715 y una Pikunieta intentan llevarse la palma. Hablamos de la cena. Nos motivarían unas lentejas, pero la mesa no la encontraremos servida así que nos convencemos que tostadas, queso, nueces, olivas y fruta son el mejor descanso del guerrero.

Salteo dos primerizas. Tienen las ubres infladas y los pezones chiquitines, escondidos entre los muslos. Ningún cordero se atreve a robar su leche, ningún pastor logra ordeñarlas con elegancia.

Flexores y extensores como tenista, como motero. Un antebrazo reforzado sin dolor, con leche dulce y calma. La silueta de una pastora.

Declaración sin intenciones

En mi tierra parecemos querer eludir la obviedad semántica del espacio mortuorio y nos reunimos en el ‘velatorio’. Acá me ofrecieron una entrada al ‘tanatorio’ y maldigo el cajón de mis conocimientos que Tánatos abre con oscura suavidad.

Es un espacio que me incomoda: diáfano, de iluminado excesivo y amoblado a baja estatura, liberado de obstáculos que limiten el veloz reconocimiento facial de todos los congregados. Tienen sus gestores la sensibilidad de presentarlo vacío de olores, de librarlo de aquella cadena que nos arrastra por la nariz hacia un infinito de emociones pasadas.

Me dice que se va a tirar al whisky, embeberse en él. No le gusta pero arde y, eventualmente, anula. Azúcar, harina blanqueada y aceite de palma propongo yo: sería una dulce autodestrucción con aval social.

Los encuentros sociales presentan un alto índice de notas de autor vacías, un legado propio del imperativo parlante sapiens sapiens (siempre en detrimento de los placeres del acompañamiento silencioso). Tanatorio y salón de casamiento conectan en cuanto comparten una norma intrínseca: a las boludeces responder con agradecimiento sonrojado y let it flow.

Existen eufemismos culposos y lindantes a la ciencia ficción que me perturban: perdieron a su hijo. [Como también los hay que son delicias perennes: te quiero comer entero.]
Cariló, 1993. Dani tiene tres años y lo perdemos en la playa. Entre veinte perdonad lo dejamos olvidado durmiendo refugiado debajo de un escalón.
Pero su hijo está muerto. El eufemismo implicaría una penosa y eterna búsqueda culposa muy distante de la sanación. La asimilación verbal de la realidad es parte de la purga.

Volvemos a la vida porque Núria parió un rubio vándalo que con dos años en su currículum escupe a gestores inmobiliarios y se apropia de todos los pochoclos de la bolsa. Reímos con la boca abierta ante la muerte aledaña que parece susurrarnos: esto funciona así hermosas.

El whisky no logro ni inspirarlo, despierta las alertas de mis papilas. Sospecho que no debe ser un gen recesivo. A mi abuela le gusta “un whiskycito nena”. Ella también enterró a su hijo. El sabor de la tristeza.
Puedo imaginar, siguiendo el manual de desuso familiar, que murió solo. Hasta la pubertad no supe del causante de su muerte y, por ello, también me mantuve (¿mantengo?) ignorante de las motivaciones de su vida. Ironías (como eufemismos: las hay acertadas y las hay de mierda) de la vida metatextual: ni tan sólo la muerte lo libró del disfraz.

De la mujer que me nutre con relatos escritos por otros aprendo que después del buen nacer también tiene que existir el buen morir.
Enlaza las palabras sin tiempo para la premeditación, delicadamente conexas. Gesticulan sus pálidas manos, encoge y relaja los hombros y mece su aparente fragilidad para hacerme ver que si hijo murió ahí mismo donde fue gestado, sobre el cuerpo receptivo, atravesado, potenciado de su madre.

La vida son todas las curiosidades que él dejó adeudadas.

Omito que las paredes son blancas y que su esterilidad, a priori, a la defensiva, siempre me descolocan y muta la muchedumbre veladora en un preciado mitin de emocionar visibilizado, testimonio no virtual de aquello que nos conforma y aúna en comunidad.

A la vida y a ella, impensablemente, tengo que darles las gracias.

Crónica de un comienzo anunciado

2. San Agustín nació parrandero y murió para la santidad.

Qué rápido salté de los Backstreet Boys a oscurecerme con Oasis para anclarme en Tori Amos, Fiona Apple y las cumbias del fin de semana. A pesar de la progresión, todas las letras se mantienen pegoteadas en mi lengua. No comulgo con la emoción dolida de la Pizarnik y el intimismo de Anne Sexton me resuena distante; me atrapan. Deseo escribir con el mismo fervor con que hecho anclas ante Seinfeld para nutrir mi inglés. Una jubilada húngara y la necesidad de entender qué cuchicheaban mis progenitores me hicieron angloparlante. Hoy exprimo este plus de mi currículum para ‘is this seat taken?’, sorry, shit y para calentarme viendo Vikings sin que los subtítulos me jodan la panorámica.

Alzo la mirada por encima del marco lila y sé que detrás de la pileta arriñonada y la palmera que hace de hogar a las cotorras luce el Río de la Plata. Había frecuentado sus márgenes lo suficiente como para considerar necesario un llamamiento ecológico: LIMPIEMOS LA RIBERA. Hoy sería una campaña de colecta de firmas virtuales para demandar encarecidamente la responsabilidad a los funcionarios pertinentes. En tiempo real fue un párrafo copiado y pegado seis veces, una demostración de paciencia con el posicionamiento de los agujeritos-guía del papel de la inpresora, mi firma, unas florcitas dando la nota de color y la prohibición rotunda de mis padres a agitar tan imprudente movilización. Podría haber devenido en una rainbow warrior, ahora me contento separando mis residuos.

Tengo 17 años y no sé (hasta la treintena la psiquis se encarga de negarnos esta iuminación, en pos de la supervivencia de la especie supongo), no sé todo lo libre y exprimible que mi vida es. Mi cuerpo me acompaña sigiloso y expeditivo: bailamos noche, madrugada y amanecer a 5cm sobre el nivel del mar, nos hidratamos con cualquier mezcla que nos licúe las tripas y el entendimiento y, en el más favorecedor de los escenarios, salimoa del letargo para desayunar la torta brownie sobrante del cumpleaños de mi hermano.

Sofi y Alex, los gatos que teníamos semi estabulados, se fueron desdibujando con nuestra infancia. Pero este barrio es eminentemente gatero y cada semana algún himno al celo se entona en el jardín. Con nuestra infancia adulta también se fue el cerco protector de la pileta y con él el comedero para pájaros, bucolismo de ciudad. El bebedero de colibríes tuvo un éxito frugal: nadie fue constante en la preparación de la mezcla y la vigilancia gatuna no hizo más que derribar vínculos. Los perros habían sido la pareja de pastores alemanes temerarios y de peste húmeda de mi abuela y serán la compañía insospechada del futuro. Ahora son el no infranqueable de mi madre afirmando que hijos ya tiene suficientes y que pasarse el día levantando repostería fecal no forma parte de su ideal de confort.

Es de tarde y no quiero estudiar. Voy a verlo, ojalá llegue a la estación con los dientes cepillados. Nesquik licuado con crema y hielo y hacer el amor con desparramo. Nos gusta este empalme hormonal asiduo. Con esta intimidad sólo nos conocemos el uno al otro y la vida parece hecha para coger, comer y no hablar de cagar. Nos queremos, nos exploramos, nos atolondramos y compartimos esta jovialidad suponiéndola eterna. Tiene dos perros, no nos vinculamos. Adoptó una tercera que quedó preñada a través de las rejas de la casa. Pocos son los limitantes del ardor. Hijo de veterinario, le metió la mano en la vagina para asegurarse de que no hubieran cachorros librados al olvido con una intensidad delicada que mi cuerpo desconocía.

Cenamos frito con mayonesa o pizzas con helado. El último tren corre delante de la puerta, la sirena de una ambulancia, la fiesta del vecino, su hermana qur entra sostienendo el mutismo propio de una noche de excesos. El taxi me devuelve, impuntual, a la calle cuyo topónimo abarca sólo 200mt, mención desgastada para el primer gobernador de las Malvinas. “Ma, ya llegué.” Me duermo. Qué bien, mañana viene la Oma con Kinder Sorpresa para todos.

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Crónica de un comienzo anunciado

1. (2013 – año cero) Necesito un cambio en mi vida

La eclosión de las golondrinas es un hecho. De noche las ventanas ya osan quedarse abiertas y sé que son las diez de la noche porque las tres señoras cacareras repiten puntual su ronda rutinaria. Nuestro hijo duerme, acabo de practicarle mi magia de teta y lectura. Vos te entretenés mirando la restauración de la Ossa, procurando invadir y conquistar los pensamientos que te abruman.

Tengo 28, vos 36. Nos estamos aburriendo y de a poco el cuerpo nos pellizca para sacudir el letargo. No escribo, no bailo. Nuestras lecturas más reflexivas se sostienen del ‘Manual para la cría y reproducción de gallinas’. Trabajamos porque es lo que toca: yo anulo todo lo aprendido y me entretengo sirviéndole el desayuno a jubilados mientras vos devenís de diseñador de espacios verdes a repositor estacional de begonias y siemprevivas.

En la penumbra que reina sobre nuestra casa desde que se descuajeringaron los empalmes del cielorraso, descubro ‘workaway’ y ‘wwoof’. Nos iríamos. Nos vamos. Nos fuimos: suscripción, pago de cuota anual vía Paypal y miles de ventanas fortuitas que se abren ante nosotros. Francia: muy cerca. Italia: muy similar. El Este: muy lejos. Siento el llamado de mi genealogía y mi educación de cara a una Europa de emigraciones y reconstituciones y centeo la búsqueda en Alemania (al sur, no sea que tenga que enfrentarme a la meteorología como adversaria adaptativa). Todos coinciden en buscar gente que sepa hacerlo todo, un pluriconocedor del profundo microcosmos rural: construye, sega, sierra, restaura, arregla, siembra, riega, recoge y cocina, limpia, ordeña, apila, tienw conocimientos plurales sobré meteorología, alimentación, salud, literatura, antropología y espiritualidad, hasta sabe cuidar niños y ocasionalmente entretener al público general.

Me inflo un poco, creo que nuestro bagage es una sandía desabrida y caliente. Mi primer huerto de 4×4 muta en un segunda experiencia comercializando las bondades de un edén vegetal de 100m2. El cálculo se me hace fácil a pesar de desapego por los números: cinco ponedoras y un gallo territorial, una perica cuya bandada acabaría siendo diezmada por una zorra tanto menos novata que nosotros, seis gallinas de guinea que me enseñaron a cantar y cinco pollos congelados de los doce que superaron los primeros tres días de vida después de pasar del foco y el cemento acre a la vida sobre la tierra. Un sincericidio para marear al empleador. Reformulo: diez gallinas ponedoras apadrinadas para la venta asegurada de sus huevos y el exitoso engorde y la satisfactoria crítica gourmet de treinta pollos pastores. El deseo justifica los medios.

Pasaste la mañana desmalezando un margen. Tenés el tobillo inflamado, una astilla en el ojo y la borra de tu alma dibujando sombras. A mi me chistó ‘nena’ la boca lasciva de un septuagenario y me retaron por servirle bacalao a un hipertenso que se hartaba voluntariamente de jamón y chorizo al despertar.

BANDEJA DE ENTRADA (1) – ARTZAIN ESKOLA

Nos dan el SI y si bien no es Alemania, también declinan las palabras, tienen un porcentaje elevado de cielo grisoso y las plazas de sus pueblos transmiten un conocimiento de las necesidades del infante poco propias de la península.