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Ja se la sap llarga, ja

Estoy sola con el rebaño en la Loma del Peluche. Le puse ese nombre después de haber descubierto la locación por primera vez y de haber usado para situar su ubicación geográfica decenas de veces “es en la loma de la mierda eso”. Loma del Peluche, elegante-folk.

Acá estoy entonces en el margen de este bosque pendiente de encinos. Las familias de ramas que hacen de peligrosa alfombra compostable del suelo y la amplitud espacial indican que hace no muchos años trabajadores del bosque le dedicaron unos días de labores. La senda que por acá cruza se fue grabando bajo el peso de pezuñas: los bípedos hasta este hábitat profundo no tenemos necesidad de conducir nuestros apetitos.

Estoy sola acá mirando hacia abajo, una pista forestal anegada se intuye bajo el verde de la zarza. Tendrá la pista en este tramo unos 500 metros de longitud y el ancho estandart de estos caminos (un auto y medio). Desde el margen recto y desgranable como masa sablé hasta el suelo hay unos dos metros de desnivel. La fuerza de la exuberante vegetación por poco me lleva a creer que podría caminar con rebotes de acrobacia boscana sobre el entramado para entretenerme mientras trabajo. El cuartito con PlayStation y metegol de Facebook.

Mi primera vez en la Loma del Peluche fue con un machete. La zarza se alzaba hasta mis caderas y a base de pisotones a pie alzado, machetazos y las ovejas lanudas abrí paso. El agua abundante de esta primavera y una distribución agradable de las tempetaturas templadas alimentaron a la fiera zarza para que, enorme y hambrienta ella, engulliera el espacio.

El entramado no es nada sencillo, lo más parecido a una ‘guerrilla del ganchillo’ hard core. La genialidad de la zarza está en su independencia, en su destreza dragónica para enlazar por el aire puentes inquebrantables de retama a retama, de retama a hierbabuena, de hierbabuena a una raíz del margen; camino de ida, de vuelta, en sentido contrario y con loop.

Las retamas dejaron de ser varas para ser un tronco central ramificado y cargado de miles de varitas. Están entre el metro cuarenta y el metro ochenta, por debajo son puro compendio de palos verdes, como el ramo de flores de los Playmobil.

Sé que al final del margen opuesto está la bajada no transitable hacia un arroyo: oscuridad, tierra escurridiza sobre rocas, hayas y caída libre, persianas de lianas y hiedra amortizando el canto del agua que corre. La zarza se extiende por encima de los límites e impide definir si lo consiguiente es planicie o una boca volcánica.

A mi derecha diez ovejas. A mi izquierda un grupo ‘compact’ de sesenta ovejas. Bajo mis pies, entre la pared contra la que pican las piedras de arenisca como las primeras gotas de lluvia que se estrellan sobre los hombros y la madeja anudada de zarza, las veinte ovejas restantes con la vista alzada y el gesto aquel del cordero degollado.

Rememoro todo esto pictórico del espacio para intentar acallar el amplificador de reflexiones negadas que no me deja de susurrar “qué mierda, no te la puedo creer, QUÉ MIERDA, NO TE LA PUEDO CREER”. En este instante pienso en lo bien que la estaba pasando, en que me queda 1% de batería, en que está por diluviar, en que tengo hasta las seis para buscar el material escolar de Aniol, en que estoy en la loma de la mierda, en que estoy sola deseando que sea una jodita para Marcelo. Autónomo e indómito mi bastón me porrea cuatro veces en la frente y la escena permanece inmutable: tengo veinte ovejas de mirar degollado metidas en el fondo del camino, en el epicentro de un torbellino espinoso.

Soy bastante menos Yogui Tea de lo que los prejuicios llevan a imaginar. En caso de poder satisfacer esta expectativa ahora sería capaz de pararme (parar el peso del pensamiento porque el cuerpo hace cinco minutos lo tengo en modo museo de cera), activar una respiración circular, producir exhalaciones sonoras y, eventualmente, meditar para la claridad. No medito y me rige la impulsividad así que armo una caravana ovina hacia la entrada de la pista para abrir camino hasta las veinte exploradoras y salir gloriosa y despeinada como cabeza de rua de casamiento por el otro lado. [Spoiler: en ninguna parte del plan consideré necesario un análisis del estado del camino en la supuesta salida.]

No podemos avanzar más que una detrás de la otra. “Avanzar” es un verbo que en este caso debería ilustrar un Mortal Kombat veggie entre el tronco que es mi bastón y la resistencia de la zarza. Intento abrirme camino por los claros que deja el andar de los clanes de jabalíes locales. La acción, inconscientemente siempre ligada a la certeza de éxito (¿quién invierte energía en algo que cree destinado a fracasar?), dispara mi ímpetu ampliando mi umbral de dolor y haciéndome fantasear que me muevo como la Zeta Jones ladrona deslizándose entre los hilos invisibles de una bóveda de alta seguridad. Menos esbelta, menos morena, con bombachas de campo y usando una rama seca (aka ‘mi bastón’) para defenderme de la vegetación.

Me siento a cada paso más oprimida y el silencio del rebaño me aplasta con su animalidad. Tienen un lenguaje de traducción sencilla y el silencio sin rumia, sin masticación, sin tintineo, en quietud estática, son indicadores de la noción de peligro de unos animales que ahora deciden dejarse llevar, delegando su integridad en mi. Sobre mi. Alrededor de mi. Dentro de mi.

El camino no cede en amplitd y la oscuridad es cada vez mayor. Miro hacia arriba pretendiendo un abordaje a lo street view que me permita realizar las jugadas con menos conchatumadres de por medio y acá me descubro, por primera vez, claustrofóbica, con el cuerpo y noventa ovejas atrapadas por infinitas y despiadadas plantas.

Nos conduzco, por la penumbra, hacia una dimensión cada vez más reducida. Me frena un frío, una sensación física que alerta algo primigenio en mi. La senda de jabalí me condujo al refugio que ahora me rodea. Cuevas de diversas medidas forjadas a presión entre las trenzas de zarza. La tierra húmeda, fresca, revuelta con cautela. Los márgenes como defensas de la edad de bronce, la vegetación monstruosa, las partículas de olor a jabalí que me estiran pelos nasales y el repentino desamparo ante el peligro. Me congelo, me descosuelo, me siento ridícula ante mi propio llanto inoperante y empiezo a desandar el camino ya recorrido.

Todo va doliendo pero lo que más me altera es quedar enganchada desde la mochila, toda ella abrazada por tentáculos verdes y delgados. Estiro con rabia mal direccionada hasta que me desgasto y decido frenar, descolgarme las tiras como si me estuviera vistiendo de fiesta dentro de una lata de berberechos y estudiar de cara la táctica a emplear para liberarla sin mandar al carajo a todos los que me conocen.

Soy la cabeza de fila y tengo un problema. Dos problemas. Las perras están conmigo. En una fila india de unos 150 metros por un camino de castigos bílicos pretender cambiar el rumbo no es tan sencillo y racional como un cambio de marchas. Las perras, conductoras del rebaño, si bien no son agresivas con las ovejas, suponen una amenaza ancestral. Un caniche toy, un bichón maltés, un pinscher: cánidos ante pequeños rumiantes. A lo que voy [un poco spoiler]: si sos una oveja y sabés que no tenés propulsión y sentís la noche en el día en un pasillo diminuto perfumado por fauna salvaje y oís a la pastora gritar, golpear, llorar, motivar, volver a gritar y tenés el peso caliente de algunas compañeras oprimiéndote la respiración y oís una llamada que pretende que avances hacia las sonrisas de dos Border Collie, ¿VOS AVANZARÍAS?

Las llamo (el ‘psch psch psch’ que a mi hermano lo pone nervioso), intento girar a las primeras dos, empujándolas por las caderas, alentándolas como si fueran gimnastas de capa caída. Ob-via-men-te se alteran aún más y vuelven rápido a su posición de pelotón en defensa, de culo a la salida. Bello simbolismo.

Salgo de la ruta. Estoy acá en el punto de partida. El lugar de la caída, reconfirmo, nunca será lugar para la salida. Avanzo hasta el final del camino y en mi recorrido resigo sus cabezas, una delante de la otra, atentas todas bajo el crujir de mis pasos delineando su encierro.

Llego a la punta contraria. Los primeros metros se me ofrecen premasticados y me hincho de confianza. Hay una luz en mi camino, me hicieron cantar con agudos ásperos en catequésis. Mas, lareconchademihermana, las que se urden, cierran, las que zurzen los vacíos del aire son ya zarzas de troncos lignificados, grisáceos y vigorosos, reforzados con espinas más incisivas, más grandes y, confirmo, aún más infranqueables. La única posibilidad de ingreso es un túnel estrecho con la altura adaptaba al andar de un perro mediano. Si conmigo tuviera a Babe el cerdito pastor ya lo hubiera mandado a que le pida porfis porfis a las ovejas que avancen acuclilladas y presurosas detrás suyo hasta donde mi voz las llama.

Me aturde el silencio, la calma sospechosa previa a la tormenta, el arroyo que pretende insuflarme serenidad. Me convenzo de que la osadía es sólo aparente, un ritual de iniciación fake como trabajadores de una empresa que un coach guía a caminar sobre 30cm de brasa en el jardín de un hotel cinco estrellas.

Agachada no entro, tan sólo logro asomar mi cabeza hasta la nuca. Estirada, de cuerpo a tierra, la mochila que hace de tapón. Me desvisto de la mochila y del bastón. Refuerzo la tensión y el nudo de la capucha de mi buzo con la determinación de una bombero al responder a una llamada. Veo, ahora recién, que mis pantalones son marrones y que mi pecho viste de verde oscuro. Tan mimética penetro así en mi propia selva. Diez metros. Soy réptil alienado y resituado en su eje, de corazón acelerado y esperanza dominante.

Emerjo de entre un claroscuro más elevado y llego, dos metros más adelante y jorobada, hasta la locomotora. Escaneo el espacio y todo son nudos, espinas, sombra. No logro dibujar una vía de escape ovina y, de yapa, vuelvo a tener a las perras a mi lado. Tanto me pesan los hombros, un par de enanos despiadados jugando al sube y baja colgados de mis antebrazos. No consigo exprimirme los lagrimales pero escupo unos sollozos que me liberan el pecho.

Será que no, neskas, no es ésta aún la solución. Me voy abriendo paso a su lado ya sin el bastón de Rafiki para frenar las embestidas frontales de la zarza. A medida que las adelanto las veo como un fresco griego, estática horizontal de un relato en movimiento. Descubro que en dos puntos la congestión formó dos embudos rellenos de ovejas que, oprimidos en exceso, ilustrarían dantescas escenas de aplastamientos y desesperación. Está claro: no puedo estar a la cabeza y ordenar a las perras a que aprieten por el otro lado.

Los pellejos, la carne tibia debajo de las uñas, las yemas de mis dedos. Nada queda a la vista sin arañar. Alcanzo sofocada el inicio, me apeo y grito TENEMOS QUE SALIR DE ACÁ con el convencimiento de una madre embriagada en la fase expulsiva.

Vuelvo a optar por la dinámica imitativa intentando lograr que la primera oveja avance cuatro pasos con convencimiento para que el dominó se desplome detrás suyo.

Es inútil: se empaca, me mira como analizando un mapa de la estupidez humana y regresa con las compañeras. Agarro a la oveja vecina y con el repique de dos pasos su cencerro suena llamando la atención del rebaño. ‘La práctica hace a la fuerza’, interpreto el estímulo y hago sonar la esquilla bajo mi mano como si un pastoreo plácido la meciera. Oigo a una balar a medio camino. Agrobocina. Produzco el campaneo nuevamente y ante el paso firme de las primeras ovejas siento una opresión descendente que me electrocuta las piernas, me vacía, me purga. Siento al instante todos mis rizos mojados, pegoteados a mi nuca caliente. Mi escote es una vertiente de tensión. Me arde el fémur, mis cuádriceps laten, tengo las manos inflamadas y me atraviesa la sensación de estar saliendo, desorbitada y magullada, de una ola atlántica bajo la tutela de mi abuela que no sabe nadar.

Volvemos a paso lento, más eufóricas que precavidas. Me deleito en sus caderas abultadas, en su rumia latente, en la tranquilidad de su mirada. Me adelanto para no apurar su regreso y sentada sobre la tierra viva observo cautiva sus pasos amortiguados y la cabeza gacha que les procura energía vital. Su mantra resiliente.

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Humana

En la dialéctica callejera y en el discurso animalista concurren acontecimientos de animalización humana y de humanización animal que nutren mi interés por la riqueza del lenguaje y por el imaginario variopinto que abunda detrás de él.

La animalización más primigenia nos es impuesta en nuestra infancia asimilando de forma uniforme que el espectro animal de nuestra materia es sucio, bruto, tosco, inconsciente, con una clara tendencia hacia el peligro y con preferencias por el hedor y la dejadez. Los ejemplos universales pueden resumirse en: parecés un cerdo/ comés como un animal/ sos un burro/ este cuarto parece un establo.

Los animalistas, profusos humanizadores con preferencia por los mamíferos por sobre otras especies, tienden a volcar lo mejorcito de nuestra faceta homo sapiens sapiens en el reino animal para exponer una radiografía de lenguaje ATP de denominadores comunes (carne de cañón para los mercenarios de ingenios veganos nacidos en laboratorios).

Existe aquel dark side of the moon que a todos nos une: el sexo.

(Mi vulva parece siempre querer llevarme a hacer una inflexión en el pastoreo).

Observo a mis carneros reventarse la frente a puro cabezazo hormonal y me pregunto en qué animales pensaremos cuando, en nuestro imaginario colectivo, hablamos (susurramos) que tenemos sexo “como animales”.

La oveja entra en celo y el macho lo siente. Huele sus hormonas viajando por el aire y abre la boca para captar con sus encías el perfume. Busca quién es la encendida, dando tumbos entre las dormidas buscando a la Julieta que lo llama en silencio y quietud. Arrima su cara a la vulva, con disimulo. Se apoya contra su muslo. Se percibe que ella sacude la cola. La empuja, la aprieta sin estridencias. Ella ofrece resistencia y permanece como una estatua, con la vista al frente y la cabeza en alto. Quizás, si la ocasión amerita, hacen un pequeño baile, nada estrafalario, un par de vueltas semi tangueras hasta que él recupera la posición inicial. Desde atrás calcula los pasos, mide la distancia y las posibilidades de acertar al blanco. Atento, siempre en alerta: es un pequeño rumiante y el peligro de muerte es una constante tatuada en su ADN. La acción tiene que ser veloz y funcional. Sus testículos son grandes, rellenos como dos bolsas de golosinas después de una piñata triunfal. El pene corto, como el índice de mi mano de heroína de maceta. El carnero monta a la oveja con destreza de funambulista. Se apoya tembloroso con sus patas delanteras sobre los hombros y acompaña con las patas traseras el avance escapista de la hembra. La erección se produce al unísono con el encabalgamiento. Como la erección de un perro, rosácea, pequeña. Es veloz en su actuar, no hay tiempo para dilaciones ni distracciones melosas: la genética siempre impera y repite que el lobo, el oso, el hombre y cualquier forma de peligro mortal están cerca. Unos pocos segundos, repetidos a lo largo del día dependiendo de la intensidad de la llamada olfativa, bastan para gestar descendencia. El celo de las ovejas dura entre veinticuatro y treinta y seis horas: si queda preñada las feromonas mutan en bellas durmientes hasta el despertar siguiente. El carnero, sin estímulos, permanecerá sexualmente dormido a la par.

Mis perras van enlazando sus celos y durante casi un mes la granja se convierte en un teatro romano de aullidos y pequeñas batallas de pretendientes vecinos. Los primeros días la perra queda a la espera, conteniendo la fuerza de supervivencia de la especie con sus intensas ganas de trabajar conduciendo el rebaño. Siempre llega, no obstante, el día en que la carga hormonal la impele a salir a buscar quien la monte, ansiosa, inquieta y, con sus dueños, profusamente cariñosa. Suele dar vueltas con la cola en alto, como las perras de las películas infantiles. Coite breve seguido de un abotonamiento propio de un freak show. Un cuerpo con dos cabezas que miran hacia sus horizontes, vacíos de reflexión, jadeantes, a la espera de que su propia naturaleza los libere de la risa burlona de sus depredados.

Con las ocas conocí una sexualidad de que la no hablan en las granjas-escuela. Son monógamas o forman tríos (un macho y dos hembras) y no intercambian parejas. Los apareamientos sólo se producen cerca de fin de año, en épocas de frío. Para que la cópula sea efectiva necesitan de agua, estar dentro, mojarse y dejar fluir su naturaleza (aunque, cuando de mantener a la especie se trata, si en vez de agua hay sólo polvo, el conformismo impera). El macho, normalmente más grande y pesado que la hembra, se encabalga con las patas sobre el lomo y con el pico la inmoviliza apretando su cogote con fuerza hacia abajo. Ella no da indicios de querer escapar e intenta propiciar el equilibrio necesario para una monta efectiva. Chillan bastante y después de cada encuentro el griterío lo acompaña el macho con un aleteo altivo y la hembra con un breve escape furtivo y liberador. En ocasiones un macho busca montar la hembra de otro o a alguna hembra desparejada y, mientras lo hace, su pareja también colabora inmovilizando o picando a la sometida. Animales fácilmente depredados, tienen un coito breve, veloz y repetitivo.

Las gallinas, universo de caos y subordinación. La práctica recomienda que no haya más de un macho por, aproximadamente, cada diez hembras. Tienen los gallos el comportamiento altivo y pendenciero que la mitología Disney supo caracterizar. Son altivos, elegantes, de pecho amplio y cola de plumas erectas. Las hembras están a su disposición por imposición. Suele anteceder el acto reproductivo con un unos pasos de salón, sacudir las alas, inflar las plumas del pecho cual besa-bíceps de gimnasio. La gallina, impávida, sigue con su rutinario picoteo. Él no desiste pero tampoco insiste en galanterías y pretende dominarla. Ella corre, aletea, mantiene el trote hasta que él la alcanza. Le salta encima, la toma con sus espolones, la somete bajo su peso y al montarla le va picando la nuca. Coito breve, veloz, violento. Ella escapa como Marion Jones mientras él da algunas vueltas por el área aleteando y cacareando altivo.

…como animales.

Es miércoles y esta animal impulsiva prefiere tener sexo “como humanos”, de ese que es intelectual, sensual, erótico, racional y disparatado, compartido y consentido, intenso, sincero, parsimonioso o ansioso, latente.

Indumentaria pastoril no obligatoria

Dijéronme un día que fuera vestida de pastora. Me sacudí y automáticamente mi índice recorrió al viento mi silueta del torso a los tobillos: vivo vestida de pastora; visto viviendo de pastora.

Hoy encontré un sari que hace más de quince años mi vieja compró en la India. Color crema, desmangado y con un precioso bordado de lentejuelas chiquitas y brillantes e hilos tornasolados. Un jardín de estío burgués. Lo guardaba, quizás igual que mi vieja, para una “ocasión especial”. Esta tarde temí la obviedad: la pena del encierro me forzaría a regalarlo a otra mujer que, probablemente, volvería a repetir este patrón de comportamiento proteccionista.

Hoy pastoreo sola, hace muchos días ya que no lo hacía en soledad, sin apuro y con la liviandad abstraída del primer día de menstruación. Agosto y el sol a estos 1000msnm acaricia tibio sin lograr calentar la sombra. Cumulonimbus de copas brillantes y bases grises. El viento silba para llegar al mar: me gusta otear imaginando veraneantes satisfechos, palas, cubos y orejas con arena, un grupo de amigas hablando en tetas frente al manso oleaje mediterráneo.

Llevo la mochila, un par de manzanas, un libro y este teléfono que me permite que las palabras no se me escapen antes de que las logre hilar y que mi atención hacia el rebaño no se disperse con la concentración que la cursiva prolija me implica. Visto zapatillas cuyo grip el andar comió, las bombachas de campo con el tiro alto, así mi útero se infla en paz, y el sari ya que hoy, determino, es una ocasión especial.

Fuera de mi

Mi condición de migrante es un estado de ánimo. Ciclotímico, exhuberante, melancólico.

No es la distancia quien me parte. Es el desarraigo el que me desviste. Me exhibe, me incomoda, me desorienta.

No soy de aquí ni de allá: no es un lugar común. Modus vivendi que exprime el instinto de supervivencia.

Sin haberlo planificado me desdoblé: la barullera del sur, la mansa del norte. Y en las tangentes que se rozan, ¿quién soy? ¿Con cuál me quedo? ¿Qué pauta esta mutación?

Los ojos ajenos absorben con sencillez volátil este emocionar: “volvete”.

Mas, no existe rincón que mis manos hayan construido allá, no hay tierra que me llame a la labor. Acá, en este centro físico que ocupo, hice, hago y quiero hacer.

La plenitud llama a la cercanía. Busco en las calles austeras el color de la cartelería bonaerense, la tipografía que me hace sentir en el barrio, las veredas de baldosas destrozadas. Busco la cara de las panaderas que me solicitan con un “¿qué te pongo gorda?”, busco el lenguaje común: me duermo en el bondi, es una poronga, no veo un choto, no tengo un mango, te quiero bocha, me vuela la peluca. Oír mi lengua, que hable mi piel. La ironía, el sarcasmo, la cancherez del lindo del conurbano.

Tirar de la soga con toda mi fuerza hasta arrimar los continentes y facilitar que este mate solitario pase de mano en mano. Agotar la yerba con vacuidades diarias.

No dejo que me consumas, melancolía ingobernable. Me hice un oficio honesto, pluridisciplinar y sin fecha de caducidad. Con estas manos, la fortuna de mi lado y unos soplidos a favor, ¿quién alzará los muros que me impidan otros atardeceres ranchear en las sierras del sur?

Fiesta mayor

Se acerca a él como si no quisiera, sigilosa, a paso lento, mirando de reojo el balanceo de las demás.

Lo roza. Se le arrima sin sentirlo. Son sus pelos los que se tocan.

Él la huele.

Su cabeza se acopla al cuello de ella como las primeras ‘C’ en la práctica de caligrafía. Inmóviles perciben la cercanía del otro.

Ella lo cabecea. Con suavidad su nariz le recorre la cara.

Él admite el gesto pronunciando un ronroneo gutural, de bajos graves, acolchonados, secreto. Recula y acerca la boca a su oreja. Repite el sonido, un susurro, y lame el aire que circunda los pliegues de su cuello.

Ella admite el gesto con un nuevo cabeceo.

Él acuesta la cabeza sobre su vientre y como tanguero cuela la rodilla derecha entre sus piernas, pega la pierna al interior de sus muslos y la sube presionando hasta tocarle la pelvis. Un instante.

Vuelve a la posición inicial, arrimado al calor de sus espaldas. Recibe el cabeceo, decodifica la señal, le susurra al espacio que los sostiene y al oído, besa la cercanía de la oreja y repite el paso osado de la rodilla entre sus piernas. Tres veces.

Reposa la barbilla en la hendidura de sus lumbares.

Fin del cortejo.

El carnero determina que la oveja 91435 está dispuesta y a punto para la monta.

Libre de patricinios

¿Cómo saber si el oficio de pastora es una opción para mi si su realidad me es vetada?

Empecemos por hoy: los resultados de Google me inducen a pensar que en femenino es una cantante y que en su versión masculina es alguien que se dedica a predicar palabras santas.

En mi dimensión pasada forma parte del espacio mitológico, se relaciona con el Peter de Heidi y va de la mano de un hombre mayor, enclenque, de aspecto sucio, más bien malhumorado y tan lejano que vuelve a caer al espacio mitológico.

Muchos nenes sueñan con ser bomberos (camiones carmín y heroicidad) o futbolistas (combate regulado y heroicidad).

Muchas nenas sueñan con ser veterinarias (animalitos mansos que se prestan a la curación y heroicidad) o cantantes (estrellato y heroicidad).

No sorprende descubrir detrás de cada sueño que se debería suponer único e irrepetible, una uniformidad de propuestas discursivas y su consecuente merchandising: la radiante Barbie veterinaria con toda su legión de mascotas tiernas, el disfraz de veterinaria sexy de la adultez, los deseados camiones de bomberos en su infinidad de versiones, el bombero porno del imaginario colectivo, la temible espiral de derivados de la industria futbolística.

El pastoreo, ¿con qué producto podría saciar aquella sed de consumo?

¿Nos es negada la realidad del oficio porque su bastión principal radica en valores que siempre han trascendido lo monetario?

¿Es, empezando por la comunicación de su labor, un oficio menospreciado, recluido y nada fomentado por su incapacidad para saciar nuestra sed de consumo, nuestra voracidad por lo sencillo, predigerido e inmediato?

Ser pastora implica irremediablemente volverse humilde ante la magnitud de la naturaleza y obliga reflexionar sobre una misma de forma constante.

Ningún nene comprende ese “no toques la vela, te vas a quemar” si efectivamente nunca le permitimos el espacio para quemarse. La lección infravalorada de la propia experiencia.

Así, no sabemos que somos alérgicos a las cabras hasta que no nos acercamos a una; no identificamos que el tomate nos resulta alérgeno hasta que no lo comemos.

Uno de los oficios que nos permitió sobrevivir como especie hasta estos días nos es menos conocido, más ficticio, menos tentador que ser estudioso de nanopartículas.

Es un trabajo de biorritmo y humanidad, en el sentido más profundo de la palabra. Un trabajo despojado de paternalismo que conforma un carácter de aparente dureza que desde la “laxitud” ciudadana cuesta interpelar.

Diariamente somos los únicos culpables, los primeros responsables. Diariamente existen situaciones más o menos nuevas que necesitan ser resueltas con ingenio, velocidad y mínimos recursos. La mirada tiene que ser atenta de forma constante ya que sólo la observación puede detectar posibles anomalías: la gestión de la salud de un rebaño es una labor diaria y sostenida. Si conduje al rebaño hacia una zona sin alimento, si lo hice transitar por un barranco peligroso, si un grupo se me escapó en dirección contraria, no podré buscar a nadie a quien descargarle mi desesperación, podría gritarle y reñar sin sentido a los animales para eludir la siempre dura faena del fracaso personal.

Asumir, transformar y crecer.

Ser pastora me ancla en el presente con la mirada puesta en un futuro que sólo puedo atrever a suponer con liviandad. Me liga al espacio circundante, fija la vista al cielo y a la tierra. Me mueve con la “lentitud” de los ritmos cíclicos y con la inmediatez forzosa de las situaciones resolutivas.

En el pastoreo no existen congelados ni platos precocinados. No hay cabida a la megalomanía, no se ofertan vestiduras ni etiquetas para disfrazar la inoperancia. No vendemos biblias pero a quienes nos permitimos dejarnos atravesar por esta realidad nos gusta repartir la buena nueva.

Aitana es nombre de cordera

La 57 es lo que algunos catalanes llamarían una ‘nouvinguda’: nacida en Gipuzkoa, la emigramos al monte catalán donde se adaptó mostrando vitalidad y gestando descendencia.

Sigue la línea de su casa de origen: paticorta, de lana larga y abultada, cabeza más bien redonda, compacta, de color uniforme, de una tonalidad que los creativos de Pantone llamarían ‘helado de dulce de leche con crema’. Mantiene buena salud, buen peso. Sus partos anteriores, uno simple y uno doble, los solventó sin inconvenientes. Tiene buenas ubres para el ordeño manual: redondeadas, con pezones alargados sin exagerar, piel clara, fina, ligera.

Esta temporada quedó preñada fuera de época, casi dos meses después de sus compañeras de faena, como si alguna vecina le hubiera susurrado “…se te va a pasar el arroz” y ella se hubiera subyugado a regañadientes a la sentencia.

Esta semana padecíamos su peso, su andar dificultoso y cargado, su respiración ansiosa de liberación. Noche tras noche fuimos perdiendo las apuestas.

El parto se desencadenó al amparo de un encino en la dehesa cercana a la carretera. La serenidad consecuente de la paridera ya finalizada me lleva a suponer que será un parto intenso y bien llevado, doble seguramente, más lento el primer alumbramiento que el segundo. Nos imagino ya en el post parto, comentando a la luz de la vela lo bonito que suena el ronroneo de la oveja cuando se arrima a su cría recién nacida.

Aitana vive con nosotros su primera experiencia de pastora y atendiendo a su curiosidad sensible la invitamos a acompañar a la oveja en su labor: el rebaño vuelve al establo y ella, habiendo ya sacado y lamido líquido amniótico, no quiere alejarse del lugar que eligió para parir.

La claridad se estaba agotando ya cuando Aitana nos llamó diciendo que la cabeza y una pezuña del cordero ya estaban fuera hace rato sin progreso.

Toda la secuencia del sosiego posterior empieza a desfigurarse. La mano de Albert dentro de la oveja descubre una pata trasera asomando por la vulva cual delantera. La delantera escondida hacia atrás. La una bloqueando el avance de la otra. Ambas imposibilitando el alumbramiento. La calma de la dehesa muta en acción y cavilaciones, en el descontrolado deseo de que todo vaya bien, en el irreflenable miedo de evidenciar la fragilidad del espacio entre la vida y la muerte.

Las maniobras y un sinfín de conjuros resultan y nace una corderita compacta, de patas marrones y perfil de ratoncita gorda.

El pabilo arde a medianoche y nos oye masticar. Pan, nueces, queso, un par de manzanas y zanahoria. ¡Qué bien se nos hubiera acoplado una latita de sardinas! En su lugar: vacío, arroz, lentejas con requisito de cocción. El día, incansable, parece ponerse en orden con nuestros relatos mecidos por bostezos.

Silencio. La luna clara. Callan las hojas, se acurruca el río.

El peso de las vivencias nos clavan al colchon. La almohada como refugio a los maremotos mentales. Hasta hoy. Mañana: mañana seguiremos.

Hay equipo

Las granjas con animales criados en libertad (semilibertad condicionada por depredadores) son pequeños ecosistemas, espacios de sociabilización animal sutil evidente para quien los observa a diario.

No, el hecho que de exista espacio disponible no implica que nos de lo mismo cuántos, qué animales tener y en qué momento incorporarlos a nuestro sistema. Cada bestia necesita su período de adaptación al nuevo medio, de reconocimiento de los límites seguros del espacio. Requiere tiempo para desarrollar técnicas de supervivencia y para establecer códigos compartidos con quienes los cuidamos.

(Además son animales domesticados y permanecen instintivamente tan cerca como les sea permitido de sus domesticadores. “Tan cerca” que a veces es sinónimo de “encima de”.)

Hace varios años ya que no teníamos gallinas ponedoras. Si, una granja sin huevos. Algún zorro, alguna garduña, un ave de rapiña o hasta nuestros propios perros nos reventaron el equipo y los ánimos: Albert y nuestro amigo Ted se curraron un gallinero-búnker pero es bajo el sol y contra la brisa cuando la muerte amenaza.

Empecé el año con una rima de la infancia, oportuna y determinante: 2018, a vos te abrocho. Y parte de esto de ganarle la partida al año es invertir energía, ilusiones y expectativas en una nueva bandada de ponedoras.

Mi abuela, la Oma, recuerda. Tiene la memoria que las interminables horas de tejido mantienen activa sin sombras. Recuerda y relata, una fortuna. En su infancia en la Serbia del Imperio Austrohúngaro su familia (la nuestra) tenía unas gallinas blancas, finas, elegantes de cola en forma de abanico de teatro de sombras. Eran prolíficas ponedoras. “Eran Leghorn nena, anotá Leg-horn.”

Albert y Dúnia viven a unos 34km de casa. Tienen afición por las gallináceas y sienten curiosidad por las ovejas. Cruzaron gallinas ponedoras blancas con la gallina de Livorno, conocida comunmente con el nombre de Leghorn (es una raza de origen italiano y al desconocer el punto exacto de su origen se la llama con el nombre del puerto desde donde zarparon muchas y probablemente llegaron pocas en su viaje hacia Estados Unidos).

Ayer nos regalaron cuatro ejemplares y muchos ciclos vuelven a nacer.

No lo duden: el agro está infestado de romanticismo.

Lo que cuesta armar un full

En nuestro pueblo de menos de 6000 habitantes inauguraron el quinto supermercado. Antes de haber terminado de colocar las estanterías ya lucía un vinilo en su pared de vidrio: DIRECTO DEL CAMPO.

Para no suscitar mayores confusiones he a continuación un pequeño ejemplo real de la intencionalidad de llevar nuestro producto directo al consumidor (sin vinilos de por medio) 👇🏽

Al ser un rebaño lechero, procuramos agrupar los partos para poder disponer de la leche de todas las ovejas a la misma vez. Ergo, tenemos todos los corderos disponibles a la misma vez.

Ofrecemos cordero lechal (de un mes aproximadamente, animal que mama, empieza a comer algo de hierba y al que no cebamos con piensos). Corren, saltan y ocasionan algún que otro dolor de cabeza. Nada muy alejado de la maternidad humana.

Anoche, habiendo terminado de ordeñar, marcamos los corderos que tenían el peso adecuado. Levantamos las migas de la cena y preparamos los papeles para el matadero. Alarma dispuesta y cuerpo cansado.

5 de la mañana. Los perros roncando en la paja y los pajaritos dormidos hasta la hora siguiente.

Entramos al establo en busca de los corderos marcados. Crotal en la oreja y entran a la caja de la furgoneta. 34km de ruta de ida para él mientras yo me cebo unos mates, repaso el orden de la casa y bajo las primeras luces vuelvo a calzarme el traje de pastora.

Preparo el desayuno para el rebaño, me siento a ordeñar y con 34km de vuelta Albert se incorpora y seguimos con la rutina diaria: leche, escuela, queso, rebaño.

A media tarde hacemos malabares: 34km de ida al matadero a recoger las canales. Tomo el relevo del rebaño; los abuelos nos asisten con la escuela. 34km de vuelta al carnicero del pueblo y otro kilómetro más para dejarme las pieles que a la mañana siguiente salaraé para su curtiembre.

Cerrada la rutina de ordeño, barridas las nuevas migas de la cena, repasamos el peso de las canales y le indicamos al carnicero cómo quiere cada cliente que corte su cordero. Preparo albaranes y aviso a cada cliente el precio exacto y la hora aproximada en que pasaré por su casa.

Amanece una nueva madrugada. Rutina clásica sin matadero de por medio. Llega la tarde. Me subo al auto con el isotermo; abuelos mediante en la escuela, voy al carnicero a cargar cada una de las bandejas que me toca repartir. Agradezco el servicio, río (para no volver a llorar) con la dependienta por el robo de hace un par de semanas, río con una clienta que valora la fuerza de mis brazos, río ante mi reflejo acelerado en la puerta de vidrio espejado. Pago y me voy.

Mientras la política agraria siga siendo materia de oficinistas y los mataderos móviles no sean una realidad de sentido común, esto es lo más cercano al “directo del campo” que con mucho esfuerzo podemos ofrecer.

“EL MEDIO ES EL MASAJE”.

Que se haga mantra para la reflexión: si está en un supermercado viene DIRECTO DEL SUPERMERCADO.

Ordeño manual en tiempos de robótica

Lo más animal de mi infancia fueron un par de gatos esterilizados en el patio de casa y una pecera en estado de semi abandono de la cual los peces saltaban fuera en desesperada búsqueda de aguas claras.

En la treintena me siento a ordeñar nuestras ovejas con una naturalidad ancestral impredecible.

Tengo un banquito de pino que conseguí en el bazar chino, no todo lo rural es producción propia rebozada en romance. Compré unos baldes de plástico alimentario que resultaron demasiado grandes, demasiado incómodos, totalmente inapropiados para ordeñar, así que uso una brillante cacerola de inox que secuestré a nuestra cocina.

Hablo por mi, pero en la fila contigua, de cara a algún culo ovino adivino la silueta del flaco. Él también se mueve con el kit banco/ cacerola y con mil pensamientos acerca del porvenir.

Tenemos a punto la lechera y un colador con tantos filtros como peajes tiene Barcelona.

Las negociaciones empiezan temprano: yo el silencio y los comentarios ocasionales, la charla supérflua, la leche que espuma la cacerola, la masticación de las ovejas, la respiración de una cordera mansa y curiosa a mi lado; él la radio.

Suelen preguntarme si conozco a todas las ovejas (la respuesta ansiada, no lo dudes, siempre es si). Respondo, purgada de la necesidad de satisfacer las expectativas del imaginario rural, “les conozco las tetas.”

Hay tetas prietas de pezón mínimo, hay ubres que sacan la leche como un aspersor, las hay que siempre se disparan al zapato o la entrepierna. Hay ubres caídas, pesadas, de pezón pequeño en medio de la mama que forzosamente tienen que ser ordeñadas con una mano, haciendo la otra de palanca. Hay ubres divinas en ovejas intocables.

Condicionada por el pensamiento básico “cuanto más grande, mejor”, la expectativa externa deposita en las manos grandes del flaco el volumen de leche recogido. El mismo engaño rudimentario traspolado de nuestra sexualidad. Con sensibilidad, práctica, ingenio, paciencia y buen trato mis manos de duende son testimonio de que no es el tamaño lo que importa.

Refunfuño: divisé en mi fila aquella lechera de piel dura y pezón incómodo. Y a su lado aquella que hace todo lo posible por boicotear un ordeño limpio.

Nos desafiamos mutuamente por lograr el ordeño récord, la 40, la 91715 y una Pikunieta intentan llevarse la palma. Hablamos de la cena. Nos motivarían unas lentejas, pero la mesa no la encontraremos servida así que nos convencemos que tostadas, queso, nueces, olivas y fruta son el mejor descanso del guerrero.

Salteo dos primerizas. Tienen las ubres infladas y los pezones chiquitines, escondidos entre los muslos. Ningún cordero se atreve a robar su leche, ningún pastor logra ordeñarlas con elegancia.

Flexores y extensores como tenista, como motero. Un antebrazo reforzado sin dolor, con leche dulce y calma. La silueta de una pastora.