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Gestern

Acababa de tejerme una caperuza de patrón japonés y a un abuelo aficionado a la fotografía le pareció encantadora mi caripela coronada de hiedra.

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Había parido hace casi dos años y el descubrimiento de mi útero y una lactancia prolongada me llevaron a creer que una paradita de crochet nos daría para comer. 

Me gusta reencontrarme así, con la cabeza llena de pájaros, curiosamente confiada, expectante y andando con un flow desencajado por la vida.

Ojalá en unos años, en un intento de medir el avance de mi papada de Kuchen y bizcochitos de grasa, descubra que en este presente ovino estoy anidando las mismas ganas de vivir con intensidad.

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De cómo la práctica moldea el discurso

Las pequeñas explotaciones tienen dificultades, a montones, pero también un buen saco de soluciones para gestionarlas con practicidad e ingenio.

Hace tres años afirmábamos determinados nuestra intención de no abrir la tierra, de no desarmar los estratos naturales del suelo. Así pasamos el tiempo vaciando casi una hectárea de palos, palitos, palotes y piedra con rastrillo, carretilla, baldes y la ayuda ocasional de quienes son hicieron un poco suya esta granja: Dani, Ted, Josu, Edu, Iñigo y Ari, Martí, Patxi y Bidatz…

Cercamos el perímetro. Hicimos pastoreo rotacional con el una vez abultado equipo de ocas y restringimos la entrada del rebaño a momentos puntuales para facilitar su manejo.

El peso de los años de abandono fue más fuerte que nuestro mimo y los pastos naturales no llegaban a crecer con fuerza por encima de las adventicias (zarza y gordolobo principalmente). 

¿Y si sembramos? 

Con la potencia del tractor de nuestro vecino limpiamos el establo y abonamos el campo de oro. Aramos, sacamos piedras, piedritas y piedrotas y sembramos.

El plan a seguir era el mismo que con los pastos naturales: segar en el punto óptimo, secar, enfilar, enfardar, recoger, apilar y ofrecer como alimento en el establo.

Ahora bien: llegado al punto óptimo, el trigo empezó a espigar y las lluvias diaras nos impidieron un punto tan básico como SECAR. 

Entonces, desarmamos el plan inicial y cada tarde segamos y servimos la hierba fresca. En el proceso se intercalan conversaciones, el escondite de un sapo, la masticación de la savia dulce del trigo.

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El ejercicio del relato

A quienes nos gusta oir historias,  o deleitarnos en la lectura de relatos; a nosotros, aquellos que apuramos las cucharadas para ganarle tiempo a las descripciones pictóricas, el trajín diario nos condena a ser sufridores, negados de ocio y amplitud espacial suficiente como para traducir el ingenio en palabras hiladas con belleza.

Me alimento de historias invisibles que mi imaginación disfraza de alegrías para ofrecerle una caja de sonrisas secretas al día.

Participé de un programa de radio. Caminé bajo el calor oxidado de la ciudad media hora hasta llegar a donde siempre dejo el auto: aterrizado, nunca estacionado. Aproveché el envión y la presencia de contenedores de reciclaje para vaciar mi nave, como siempre, llena de escombros de la rutina.

Había un pibe, no llegaba a los veinte, tanteando el contenido de una caja de cartón alargada, amplia, limpia. Entreví unas ramas, palo seco. Vi cómo el pibe adoptada una posición más cómoda, manteniendo tras los anteojos el gesto serio propio de “acá no pasa nada” que suele disimular el frenesí propio del buscador de tesoros. Acuclillado y con cautela iba sacando X de la caja y luego acumulando X sobre un platito improvisado. Labor fina y meticulosa. Labor que anunciaba una tarde de jolgorio juvenil inesperado, gratuito: eran las ramas los restos de un indoor muy ciudadanamente depositados junto al contenedor de materia orgánica (“Europa es Europa”, suele decir uno de mis hermanos). Los cuarenta minutos de regreso a casa, sin radio, con la vista cansada por el sol, el cuerpo vago pensando en el sinfín de horas que me quedaban por trabajar, fueron minutos de regocijo mental, puro pensamiento sumido en la imagen del veinteañero, ya delirante, harto de Oreos de chocolate blanco, maní, donuts quizás, la Play junto a un amigo y carcajadas, muchas carcajadas.

Mi amiga nació en Buenos Aires bajo el reinado del Imperio Austrohúngaro. Goulasch y estudio cada mañana de sábado. A los quince el baile que presenta a los jóvenes a la sociedad. Fue impúdica aquel día, a esa edad, en nuestra sociedad, luciendo el vestido blanco de la gala libre de bombacha para evitar las marcas. Pasó la treintena y, según el telescopio que la observe, sigue siendo impúdica o innegablemente auténtica. El 2018 la lleva a conocer  junto a su familia el castillo croata que vio nacer a su abuela. Un castillo-museo con guía incluida. Vecinos, estudiosos, admiradores de la grandeza que alguna vez albergaron aquellas paredes, una comitiva de niños cantores y una recepción de cóctel y canapés los esperaba. Ella, ya isleña, ya estival, ya libre de algunas etiquetas, se presentó vistiendo unos shorts de principios de milenio, arrimados al muslo, muy parecidos a la bombacha que a los quince no quiso vestir. Ojotas en los pies, la musculosa perfumada de arena y la clásica mochila excursionista de oferta en Decathlon. Me regocijo, nuevamente, delineando el pensamiento estupefacto de la comitiva expectante, rio pensando en todas las expectativas que deberán ser reconstruidas en aquellos que esperaban a la Sissy del sur cuando recibieron a las piernas de una fan jubilada de Boom Boom Kid.

Pájara

Un pájaro carpintero rebuscando en el suelo. Verlo y no oír sólo las huestes de su trabajo me ancla. Brillante, bien vestido, más pequeño que el de mi imaginario aviar. Hace tres aleteos de saltimbanqui tierra adentro hasta quedar a la sombra de un encino. Eriza su cresta; infla el pecho unos instantes. Oteo y sigo mi camino sintiéndome un poco inoportuna captando aquel que es cuando baja del nido.

Arrastro tres carretillas de bosta, paja y humedad. La ternera caga con contundencia y el corral se asejema bastante a la esponja de un restaurant excedido en grasas que escatima en agua caliente y detergente. Formo una montaña de abono en el campo. Un ritual mediante el cual devolver lo tomado. Me alejo y el cric crac de la carretilla parece aliviado y vuelve a sonar sin fricciones. Las lavanderas que pasean a saltitos por el establo y por encima de la lana tan pronto la luz lo viste no tardan en conquistar la montaña con el subeibaja territorial de su cola.

El graznido de los cuervos se oye desde las fronteras de la casona de piedra. Como si tradujeran los malestares de sus vecinos. Como si chillaran para ahuyentarlos y tomar el señorío de sombra y rocas húmedas que les corresponde.

Mi abuela a los pájaros siempre los quiso adentro o bien cerca: jaulita para unos, semillas en el pasto durante el desayuno para otros. Una actividad apropiada para gerontes: no requiere apuros, implica compromiso y dedicación, requiere observación y presencia, brinda compañía. Ofrece la grandiosa oportunidad de compensar la pena de un difunto con la reposición inmediata de un ejemplar similar. A los bird friendly nos toca aguantar este doloroso recurso literario del pájaro enjaulado bajo el yugo de la impunidad áurea de mi abuela, miembro esa porción de la sociedad que consideramos como algo ya caído del mapa, una pieza del puzzle que no hace falta buscar. 

Tres jaulas en forma de rectángulo con veinte años de uso y humedad platense. El óxido ligero y unas puertitas que crujen. La jaula nueva es grande y tiene los hierros forrados en delgado plástico blanco. Confortable para los loritos australianos pero peligrosa para su cría: nacen los pichones tan pequeños que escapan entre los barrotes y mueren porque Buenos Aires no es Australia y hace generaciones que nadie les enseña a supervivir.

A mi abuela le gusta el canto de sus pajaritos, una comparsa desordenada y sin sentido aparente. Creo que nunca le responden. Un piar ingobernable y de queja manifiesta. Entre saludos y quédíatanbonitos les explica, en el limbo urbano de las mañanas que comparten, el orden de sus acciones: – Vamos afuera que el sol ya brilla, así sienten el airecito. Vamos a poner agüita fresca, una manzana, algo de lechuga y un pedazo de pepino. Por favor no me rompan todo el papel. A ver si viene esa paloma marrón a picotear hoy. Quizás mañana llueva y no podamos salir. –

Torcacitas y palomas se pelean bajo el limonero. El mijo y mil luchas de poder. La radio es una sintonía borrosa de fondo que el audífono copia como un eco difuminado. Batir de alas, tintineo de barrotes, el curioso confort de un nido de crochet.

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La trastienda

1. Una cagada

La partera me dijo que es posible que me cague encima, que suele pasar, que es normal, le advertí. Normal, mecánica pura. Las contracciones te masajean el estómago, el bebé te aprieta los intestinos, es normal. Tres veces normal bastará para sanar. Un hombre actuando con elegancia y compostura ante un escopetazo de mierda de la mina cuyo culo, hasta entonces, lo calienta. Normal.

Durante las cinco horas de pujo hospitalario voy pensando si me cagaré en éste o en el próximo apretón mientras mi otra yo ensaya el gesto de normalidad. Apenas tapada con un rectángulo de tela descartable y con la espalda a punto para deshuesar, con miedo, con ansiedad, con bravura. Y pensando en cagarme. No hablo de hacer un amortiguador de “splash” de sorete con el papel higiénico en el ojo del inodoro, no hablo de abrir la puerta sin antes tocar y el estoycagandosalí, no hablo de la jam de una gastroenteritis, no hablo de un pedo intercoital. Hablo de estar despojada de cualquier instinto que no sea el creador y que una caca floja te arranque de ese más allá febril recordándote acuerdos sociales como “cagarte encima en compañía de otros no está nada bueno”.

Quizás, lo que todas las madres en algún momento comprenderemos, es que este instante resume e ilustra la clara y constante determinación de poner las necesidades del hijo por sobre los límites de la devoción materna.

Pero para entender esto todavía tengo varios puerperios que superar. ‘Puerperium League II’ para PS4.

Nada pasa y no es a causa de mi esfínter superpoderoso: veinticuatro horas de labios humedecidos y una tostada con aceite sólo dejan paciencia por purgar.

2. El tema de la comida

Te toca parir en un hospital por primera vez y desde el centro de salud hasta la sucursal más alejada de parentesco te facilitan una lista con los must de la internación: tres/cuatro mudas de ropa para el bebé, pañales, limpiaculos o algodón y crema dependiendo del compromiso ecológico de cada familia, gorrito, mediecitas, chupetito. Para vos un camisón abotonado, corpiño con ventanitas, toalla, neceser de higiene personal si la hubiera, bombachudos de tu abuela y un colchón plegable para aguantar las pérdidas. Todos los cambalaches que necesites y los pañales para tetas lecheras. Pantalones de embarazada para el camino de regreso a casa (el bebé sale pero durante un tiempo la chicha stays strong).

Nueve horas de sueño más dieciocho horas de parto más una hora de datos técnicos del neonato más una hora a la espera de habitación hacen una bestia hambrienta.

Son casi las cuatro de la mañana y los fluorescentes de las vending son un oasis. Muy lindo este bebito pero compruebo que tener hambre cuando la comida está al alcance pero sin entrar en mi boca todavía me irrita. Será que la maternidad no tiene el poder transformador instantáneo que nos venden. Ahora cuando finalmente vuelvo a tener resquicios estomacales que llenar, tienen el flaco y mi vieja que desfondar bolsillos, vaciar carteras y cambiar billetes por monedas con las enfermeras para sacar una barrita superpoderosa, cuatro galletas Príncipe o una bolsa de papas fritas para Playmobil. Si Proust viviera ahora en mí describiría esa morcilla puntillista que mi hermano apenas cocina a la parrilla, de piel azabache, interior cremoso y caliente que arrancar con fuerza con la lengua del tenedor; cuchillo ennegrecido que limpiar contra la miga del pan. Hablaría de la tarta de crème brûlée de chocolate blanco de mi vieja, esa cuyos bordes crujen para abrirse en un tuétano de cremosidad homogénea, grasosa, densa y con el punto justo de dulzura. Hablo yo de todo eso que podés llegar a fruir después de parir si alguien te dijera: acordate de meter tuppers con alegrías en el bolsito para el hospital.

En otra época, menos dependiente y con más necesidad, me ordeñaría mi propio calostro en el vaso del baño. Leche condensada con mi propio ADN, un jaque mate a eso de la sangre de mi sangre. En 2010 en Girona en un hospital: gore.

3. Conventillo

Sé que tengo una vecina porque me instalan en la cama contigua al baño y a la puerta de salida. Invado su espacio de madrugada y procuro hablar bajito. Me comporto en el hospital como en un hostel, es la experiencia más similar que rescato. Me arrastran la camilla junto a la que me corresponde de cama e instalan una cuna con un cartelito con el nombre, los apellidos y la fecha de nacimiento. Ruedo hacia el colchón aún tibio después del último alta y me enchufan al bebé entre teta y brazo. 

La esquina de mi vecina está oscura pero sé que de día tiene de cara los ventanales hacia la ruta y los tres arbolitos que algún día dibujarán un pronóstico esperanzador en el horizonte de los enfermos. Sus eructos cavernosos parecen ser la señal de que no la perturba la luz que dejo prendida para no dejar de ver el piquito rosado de la boca de mi bebé.

Las directrices abundan en los hospitales y la enfermera le indica a la camillera que me diga que si tengo que ir al baño pulse el timbre que llama al cuidador de guardia para que me haga de escolta nacional. Ni-en-pedo pienso. Pero cuando toca materializar la evacuación, con todo este líquido congestionándome la vejiga, el demonio de la pubertad y el angelito de la educación germánica se me acoplan a los hombros. 

Hubiera apretado veinte MayDay a la salida del casamiento de la hermana de mi amiga, revuelta y de cara al macetón de entrada a la fiesta. Hoy ando power, una meada no me hará tropezar. Pilla, pero complaciente, aprieto el botón de forma casi imperceptible. Un ‘clic’ sin feedback en la cabina del cuidador cansado. 

Parí en cuclillas y ahora que pretendo hacer pis sentada todas mis fibras se tensan temiendo revivir los dolores superados. Siento la vulva inflamada, caliente y frágil. No me la miro. No me la toco. En la vagina me dieron “algunos puntitos” y no dejo salir el pis hasta garantizarme actividad neuronal suficiente como para frenar el chorro en un previsible caso de ardor intenso. Mientras me vacío de agua y mucha sangre vuelvo a comulgar con los dogmas del catolicismo para verme salvada de tener que cagar hasta pasados los próximos dos meses.

4. Yasmin es árabe

Es mi primera vez internada y me sorprende esta bandeja de desayuno poco constructivo. Podría decir “de mierda” pero mi viejo insistió mucho en adoctrinarme en que las cosas no son ‘un asco’ sino que simplemente no satisfacen mis expectativas. Dos tostadas de ese pan de molde que aplastado no cubre el centro de mi palma, un envase plástico de mermelada extra algo, un mini brick con pajita de ese agua con azúcar y colores que apodamos jugo, una manzana toda golpeada y arenosa con corazón de frigorífico, una botellita de agua bendita. 

Mi vecina, antes de recibir su bandeja, se corta las uñas. Una que se tomó a pecho aquello del neceser. Veo el pie izquierdo colgando por debajo de la cortina. Clac-clac-clac, la presión del alicate berreta eleva en vuelo celestial las uñas del pie. La del meñique izquierdo aterriza al lado de mi cama justo cuando la estela de café retostado y aguado asoma por el pasillo.

Una vez satisfecha pasa ante mi en su recorrido hasta el trono. Viste un desabillé de polar, turquesa con flores de fantasía, un pantalón de pijama lila talle y medio por debajo de las recomendaciones de la OMS, un pañuelo marrón resguardando la melena. Digo hola. Ella un sube y baja de cabeza para seguir su camino de mirada al frente. Respiro aliviada: comprendo que no me incomodará con preocupaciones en torno a la elección de su cochecito ni me hará tragar las fotos de su baby shower.

Son veinte los ganchitos que extienden en un riel nuestro muro de Berlín. Es una tela blanca y fina finísima ya lindante a la transparencia. Sería gratificante que la sanidad pública nos ofreciera una sesión diaria de mapping para palear el encierro, la subida de la leche, el andar de cowboy, ‘Terapia de bosque proyectado’. 

Destapo una esquina para espiar a la cría de la vecina. Un poco como estacionar tu auto y mirarlo desde lejos y con disimulo para comprobar que te sigue gustando más que el contiguo. Como pasearte de recién casada entre los maridos de las otras para reafirmar que hiciste lo mejor que pudiste. De la pecera transparente que le hace de cuna asoma una cabecita peluda, como Maradona en los 80 y con pelusa oscura de yapa en la frente. Sexarlo no tiene relevancia: el hito es contemplar este bebé mono que mi vecina parió.

La puerta de la habitación está siempre abierta y la mujer de la limpieza entra con un buen día sonoro y castellano. Se fija en mi pelo. Llevo cuatro días sin lavarlo y nueve meses limpia de claritos, mechitas y reflejos. Así, tengo media bocha marrón claroscuro, media fosforescente. A mi bebé lo viste una fina capa de pelusa clara uniforme. El bello y la bestia, el choque térmico del post pasero.

La señora se escabulle hacia el fondo con la fregona después de haber limpiado el baño a base de lavandina y aerosoles. Un espectro olfativo idílico para neonatos. Trapea a marcha rápida hacia atrás en unas sentadillas casi perfectas desplazando los brazos con un movimiento amplio por debajo de la cama hasta el ángulo de la pared. Dibuja brochazos de desinfecante en el linóleo hasta plantarse a los pies de mi cama. Estudia mis rasgos, pregunta cómo me llamo y sentencia: – Te han puesto con ésta por tu nombre.-

Va viniendo

Ocho de la mañana me despierta una puntada en los ovarios. En nueve meses de espera estuvieron aletargados y ahora se sacuden confundiéndome. La incomodidad dentro de mi propio cuerpo me va atrapando: riñones, ciática, una tensión en el Monte de Venus. Interorizo y vocalizo: he aqui mis contracciones.

Ninguno de los cortos preparto que maquibé se concretan: yo meciéndome sobre la fitball, yo preparando un conjuro de hierbas calmantes, yo paseándome por la casa acariciada por la luz calma del invierno, yo en una bañadera de lavanda, yo con las manos del flaco prendidas a mi espalda. Me hundo en la cama bajo este compendio de manta sobre manta sobre manta y me entrego a la plácida sensación de no querer dejar de ser nunca la reina de la cama.

Quiero la penumbra, ser cueva en una cueva. El flaco cierra la ventana, baja la persiana, cierra las cortinas. Hoy busco la intimidad de una noche ficticia.

Meto a las perras en la cama: Frida junto a mi panza que estira y afloja, Àfrica resguardándome la espalda. Bolsas de agua caliente que entran y salen. De frente ‘Bienvenido Mr. Marshall’ que miro como mi abuela cuando teje, los diálogos van entrando mientras la imagen aparece y desaparece como si jugara con un interruptor. Tengo el pensamiento totalmente vacío, soy puro cuerpo que se contrae, que respira, que se duerme. Las horas están en el reloj de la cocina para quien las necesite.

Una tostada con aceite de oliva se cuela sobre la cama. La admito y mastico cada bocado una, dos, mil veces hasta que el bolo cambia de sabor y las migajas son bolitas de masa flojas que tengo que ir repescando con la lengua. El flaco hace esfuerzos por encontrarme en cada inmersión bajo la manta, se esfuerza por descifrar de qué manera resultar funcional. 

Doce horas después, la sangre. 

Nadie vendrá y soy yo quien eligió ir a parir al hospital. Bolsito, papeles, el frío, avisale a mi vieja, el frío, el auto tan alto que tengo que hacer un abdominal para llegar al asiento, busquemos a mi vieja, el frío, la ruta en obras, el asiento con rebotín. 

Y finalmente vos, hijo, un 28 decidiste salir.

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Gran sigilo

Es una noche de invierno caliente. Los pezones me hacen cosquillas pero eso lo justifica vestir una musculosa de esas de modal que mi vieja compra al por mayor y un pullover de cierre total de corte abombado de diseño senior que le compro de color diferente cada dos años ahí en una que corta el Passeig de l’Àngel. Naranja zapallo maduro esta vez.

De fondo de pantalla el Montseny, el pico de Les Agudes, una teta pequeña de turgencia adolescente que mira hacia la derecha desde este ángulo. La primera vez acá, el primer asiento del acompañante que calenté a su lado, muy convencido me dijo “el Montseny, ¿lo ves? Memorízalo, es tu punto de referencia.” Ni él ni yo sabíamos entonces que no tengo referencias: la guía T, el este y el sur, los Google Maps. Soy de esas que se baja en la estación Belgrano del Mitre y ya está mareada.

Delante una franja de encinos. De altura media, entrelazados, irreventes. Se oyen caer las últimas bellotas que hacen de superalimento para las ovejas. Ovi goji a demanda.

Tres plataneros estirados y desvestidos en altura, desprendidos de ese aire mimético de los arbolados pueblerinos. Una hilera de hayas peladas y ese confort del conocimiento espacial en la oscuridad.

Un riacho de poca agua, fruto de una vertiente y las acumulaciones de la fuente que ondula de bajada. Baña en una caricia la acumulación de ramas y ramitas, los remolinos de hojas. Hace barro de la tierra.

Un cercado de malla de amplitud creciente de un metro. Una malla electrificada abierta, el cultivo raso en la cara interior. El verde es plateado bajo el baño de la luna que asoma desde mi espalda. Una segunda malla roza la primera, panza contra espalda. En ella dos vacas, una cornuda, la otra pálida. Una tercera, ternera, que se adivina sólo si se la sabe presente: es negra y peluda, despeinada como la noche de un mar embravecido. La pálida muge una lamentación breve. Tristesa de migrante.

Por mi oído derecho se cuela el chillido suave de una esquilla. Una cabeza en duermevela que se acomoda. Es de noche en el establo y las ovejas están satisfechas de hierba, satisfechas de bosque, satisfechas de aire y andar, de las ramas bajas con que alivian sus lumbares cargadas de descendencia. Paridera en febrero. El tiempo se nos adelanta en un soplo.

Crepitan los despojos de la hoguera. Coció el flaco un cordero durante siete horas. Cuatro hierros, alambre, salmuera, pila de leña e ir y venir del campo intentando atrapar a las vacas después de que la ternera, empujada por la vaca pálida, se chocara contra la malla provocando una fuga generalizada. Benny Hill sin el encanto de las minas en culo. Un simple tipo con gesto despeserado, piernas cansadas y brazos que aletean pretendiendo desalentar la huída de los bóvidos. Arquero de vacas. El error del cuadro fueron las expectativas: fuego, carne y paisaje eran los ingredientes que sugerían que el producto resultante serían Francis Malman y el puro, el brushing, el outfit gaucho chic y la mirada hacia el fin del mundo. Un gozador rural. Y se pasaron las horas y ya el cordero meloso va evaporando calor sobre su plato. Toda la tarde a las corridas, le susurra al tenedor. Al gato tuvo que sacarlo a patadas al cazarlo con los dientes clavados en un gemelo y las uñas con una torpeza ansiosa enganchadas al alambre. En el bosque todavía se palpitan las supervivencias de las especies. Se repite cada cinco masticaciones que coma poco a poco, sin apuro, no sea cosa que estos nervios lo vayan a ahogar.

El Etna estuvo estirando las piernas. La imagen de un rugido me pierde y el agua del cacito hierve a borbotones y el tomillo trepa y se va secando sobre el metal debajo la hornalla. La exhalación profunda del volcán dibuja que de forma colectiva a veces aún temblamos, aún nos sorprendemos, aún nos humillamos ante la magnitud de la Naturaleza.

 

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Fires para sudaka

Me hubiera gustado soplarme mil monedas y muchos billetes en el juego ese de las monedas que caen, timba de jubilada marplatense que solía llenarme de dicha algunos veranos del sur.

Me vendieron unas papas fritas de freezer a un dedo de estar cocidas. Baño de mayonesa y un esfuerzo extra para mi hígado.

Luces y bullicio, el gitano medio ido que espera en su silla con treinta globos coronándole la cabeza. Autónomo no es, su quietud lo delata.

Un remolque que vende empanadas, la melancolía se me mezcla con la poca gracia lingüística que me causa el nombre… “La concha de la lora”. Quizás lo que me pega es cierta incomodidad hetero: concha y empanadas, not my choice.

La contemplación de los autitos chocadores me alarga la esperanza de una vida desacomplejada: entre nenes elétricos y padres que no saben qué gesto dibujar ante el choque contra otro padre acompañante, una señora de sesentaialgos, pantalones negros y saco violeta tornasolado como el de mi camisa favoritas del 2000, el pelo recogido con ganchitos con brillantina, maquillada con parismonia en paleta rosa, violeta, brillo. La espalda recta, las dos manos al volante, seria la vista, choca niños, niñas, márgenes, padres incómodos, hermanas copadas. Esconde la sonrisa triunfal mientras su presencia me relata mil historias posibles que quisiera, pero no seré capaz de escribir.

Ataco la churrería. Tarde pienso siempre que me falta el mate. Pido sin rumbo, por unos instantes me creo poligástrica y, naturalmente, me quejo de lo rápida que tienen la muñeca para cortar la lluvia de azúcar. Logística de adicta: rebozar el churro en el fondo de la paperina sin que ésta se desarme y la gula desenmascare tanta ansiedad.

Suena mucho latinaje. Me gusta, lo admito, esta fantasía de cachengue for export. Carne marcada y no refrigerada; un parillero con una cintura de metro y medio. La piba que pasea un bebé en funda de Mini Cooper. El laburante que rascó las monedas de la guantera. Los pibes que venden juguetes chinos y los controladores de las atracciones que exalan cierta estética merquera.

La feria tiene su fiesta.

Yo siempre extraño mi siesta.