Archivo de la categoría: Ovulatorio

La perfección

Mi cuerpo es perfecto.
Gestionó todas sus reservas de energía y potenció su capacidad Creadora para facilitarle la vida a una nueva vida. Fue alimento, abrigo, refugio de amor. Ensanchó su cadera para sostener y le regaló la libertad del roce a mis pechos (el frío, el calor, el movimiento de las telas; redimensionar los sensores).

Mi cuerpo es perfecto.
Dos rodillas aceitadas y un par de muslos caminantes eficaces a la hora de acuclillarme. Subo, bajo de culopatín y hasta me permiten jugar a la hembra desvergonzada para hacer pis donde urge.

Mi cuerpo es perfecto.
Se va a dormir con la misma placidez con que despierta para hacer el amor. Volcán de chocolate después de una tabla de quesos. Bascula, se erige, se eriza.

Mi cuerpo es perfecto.
Tengo una boca que no moduña pero habla mucho, dice poco. Aguanta el frío del invierno en la montaña y los excesos del verano. Es órgano sensitivo, infalible juez del bien y del mal. Deglosadora de sabores, receptáculo de amores. Gime, llora, ríe, grita y hasta se atreve a canta.

Mi cuerpo es perfecto.
Con un par de manos basta para escribir, cocinar, tejer y ordeñar. Ellas pueden percutir y dibujar infinitos en tu sien. Se estremecen hojeando bibliotecas aje as y un beso e
n las yemas las lleva a desfallecer.

Mi cuerpo es perfecto.
Mi calzado pequeño y en ángulo de 35°, padece este frío como recordándome que nací en el sur. Los arcos de las bailarinas, el zapateo de borracha de carnaval. Sabe cargar con mis penas y las ajenas, empatía que me invade desde la raíz.

Mi cuerpo es perfecto.
Una constelación de pecas viste mis hombros como las hombreras escoberas de un militar. Las frutillas de la espalda me las heredó mi mamá para dibujar el camino de regreso a los días de compañía feliz. Mi meridiano lo indica el lunar de li pericardio. En la nalga derecha y entrando por la derecha en mi ombligo, los que desequilibran pero hablan de lo bonito que es disfrutar sentado del fuego identitario.

Mi cuerpo es perfecto.
Sueño con los vivos y a los muertos los puedo imaginar. Aventura planes y adivina la trama impredecible del porvenir.


Mi cuerpo es perfecto. Y el tuyo lo es también.

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De res gallina

Tiempo hace que el asunto me revuelve esta guerrillera dupla de feminismo y lenguaje: “más puta que las gallinas”. Los googlenautas no lograron satisfacerme con sus explicaciones y hasta quizás alimentaron más esta necesidad de reivindicar al gremio.

De la ciudad al campo. De la huevera de plástico agarrada casi con asco a desplumar pollos sin más molestia que el ocasional paso del viento sonoro a través de la faringe del muerto.

Un gallinero se constituye a partir de ciertas reglas de orden social: no mezclar pollitos con gallinas adultas, no introducir un ave nuevo en una bandada ya conformada y no tener aproximadamente más de un gallo por cada diez gallinas. Se deduce así que el pavoneo de un sólo macho basta para enloquecer a tanta hembra, llevarla al máximo de su intención de seducción. Gallinas vanidosas, recién salidas de su baño de polvo meneando el plumaje para el Señor del gallinero.

Mas… no.

El comportamiento de las gallinas es ajeno a la presencia del gallo. Picoteo por la mañana, picoteo por la tarde, baño a media luz, picoteo al caer el sol y noche al resguardo de las fieras sobre su palo dormidero. Las hay, mis favoritas (normalmente más pequeñas y emplumadas), que se saltean por completo la necesidad del gallo a la hora de criar y pasan 21 días empollando huevos no fecundados. El gallo picotea, claro que si, pero ¡ay! tan bonito y tan ignorado él! Sube y baja, corre, luce su cola y canta cuanto puede. En cercanía de las muchachas gusta de estirar y sacudir las alas de manera sonora (cualquier semejanza con potrerío de gimnasio es autoasignada).

Quizás consciente del no-efecto en las féminas (que siguen por allá chusmeando en dupla o solitarias, buscando pastitos, algún bicho desafortunado o los copos de avena que acabaste volcar), termina de aburrirse de tanto espectáculo infructuoso y decide ir al hecho sin más intermediación que un pisotón certero sobre la espalda y algunos picotazos sodomizantes en la nuca de la gallina.

¿Más puta que las gallinas…?

[ La colo le agradece la divulgación de este cuidado trabajo de campo ]

Calado de fantasía en granate

La sangre llega a su punto de ebullición (densa, expandida). Su incomodidad en el otro juega al espejito rebotín y explota en mis manos.
Las advertencias tienen múltiples formalismos.
[Hoy] – Tinc mala lluna.

Escopetazo de mentira. Simplista, rutinaria, reduccionista, cual extraída del “Manual de convivencia libre de erratas para jóvenes”. Mi mentira es la de la memoria colectiva (un 152 que lleva la historia de la humanidad en ruta). La adopto esta noche pretendiendo sintetizar (y callar) todo aquello que, silenciado, muta de espacio introspectivo fortificador a reducto de oscuridad incomprendida.

…porque existen, incontanbles delicias que mi sombra admitiría libre de reproches y ceños fruncidos…

[Hoy] Ahorrarme el engorro de cavar una cueva tomándole prestada su antigua dimensión al tocón matriz del castaño. Dejarme atrapar por los vértices delgados de su progenie (mímesis bucólica de esta prisión emocional) y sentir bajo mi cuerpo la dureza maleable de la madera. Comprar el combo huída/ pecho/ embriaguez/ mirada ornitológica y posicionarme como adoradora del sol para palpar provechosa la humedad carnal del musgo. En mi soledad egoísta descubro el líquen rey, lo corono de caricias, muerdo su aspereza, desarmo su forma y me reduzco en una dimensión privada. La alfombra del musgo muta en un universo versátil de pequeñas vidas. Los dactilos, viviendas errantes. Todo el sotobosque parece susurrar un canto de bienvenida (Què busques, xiqueta?)

Rezuman mis pies desde el lodazal. Gemido primal dibuja mi genuflexión (…del barro vienes…). Absortas mis manos, ajenas a mi raciocinio, amasan la Tierra con grandeza creacional. El barro fresco entre los dedos, ya revueltos y mareados, resultaría gesto censurable en la urbe; aquí, pan de mis entrañas, baño de vitalidad para mi ser.

El niño dormido y un cuarto menguante que me saluda cómplice. Las aves de regreso al nido. El río, conductor de tentaciones, desborda su cauce. Mi cintura, su destreza para asirla. Ninfa de mis relatos, deslizo mi piel en la sanación. Erizo de cervicales. Mis dedos caracoles refugiados.

– Bona lluna i bones estrelles.

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Santo de viernes

Te llamo (por el nombre que te puso ella). Intento hacerlo mio, masticarlo hasta desmembrarle las menudecias para vomitarlo luego con una nueva configuración. Le pongo un sonido a la expresión renacida y, para mi asombro adolorido, tu nombre se mantiene erguido después de su odisea por mis adentros.
De la mano de su orgullosa rectitud pasea la nefasta pareja de vergüenza y subordinación.
Mis parótidas en alerta disparan germinados de querer a largo plazo. Se entregan tus fibras a una ensoñación melosa, se mojan tus lagrimales sin creer en la existencia del dolor. Te hiero a consciencia buscando el escalofrío en tu estructura de la misma forma que, devota, enciendo lumbres en cada esquina que tu geografía recorre.

Lembrança

Dijo que me quería (o era que me había querido? o… habría…?).
Habría.

Por qué habré ido a querer (si, hablo de IR, porque aquellos días siempre anduve metida en mis rollers demodé persiguiendo la estela de sus fugas) a quien de conjugaciones y acentuación y enjambres verbales de poco a nulo dominio tiene?

Desgloso su querer. Lo sospecho infundado, lo huelo traicionero. Matarife de guante galante? No le hubiera hecho falta el señuelo: me gustan los matarifes. Hay algo en su samba y en el descontrol humeante de sus pies quemando los pedales que fascina (falta la nota bucólica, pero mi memoria no falla: alergia al polen y a las plumas; alegría en la hierba y la paja).

Tic odioso (pasaporte denegado a cualquier encuentro social) aquel de su pulgar acariciando el índice en señal de dinero. Incalculables las veces que lograba colar reflexiones monetarias con el único y ridículo fin de gesticular con la diestra… me veo aún, ahí, sentada con la espalda reclinada con dolor y la boca emitiendo una sonrisa insostenible, ignorando a consciencia que no era el vino de la casa lo que me reventaba la tripa sino la infinita imbecilidad de su expresión reiterativa.

…ironía calculada de la vida que con esa misma mano supiera aferrarme con tanta diligencia a su cuerpo, enredar con voracidad los dedos como tenedores embriagados en mi cabello.

Retomo su condicional (confirmado en el arco vagabundo de sus cejas) y paso del incómodo recuerdo de sus antebrazos de leñador novicio a la instrospección mutiladora de mis formas. Mujer de alta demanda: las uñas cortas, la cocina perfumada al sentarme a desayunar, amame pero no me empalagues, ignorá mis andadas y por favor prepará las velas de mi cumpleaños, las zapatillas jamás blancas, que tu mochila conste de una tira para cada hombro (vomito manga sobre la uni-tira diseñada para abrazar pectorales), mirame, oleme y en el cortejo abrí un hueco para mis sentidos, el aro dejalo como quieras pero no confundas la toalla para los pies al salir de la ducha, me atiborro de chocolates vencidos (vos dame minerales vestidos de potaje), sol en casa, postigones trabados y ventanas abiertas, encendida mi entrepierna (licencia física que elude ‘vulva’, a mi mamá no le gusta pronunciarla) y siempre helados mis pies.

El teléfono: – Hola mi pequeñaíndex

¡Cuánto deleite en el susurro áspero de su voz! Anulo inflexiones, gesto una borrasca sobre la posible resurrección de formalismos para entregarme a la marea melosa de su cantar. Mateo 8,5-13 (ruborizado de erotismo).

El auricular simula fundirse en mi palma (lo adiestro con un suspiro severo); la otra orilla percibe la inquietud. Su condicionalidad muta en presente desbarrancando las máscaras del orden y yo, esta estructura de hierros y pvc recuperado, me yergo del claustro cual mutante de hiedra: enredada, curvilínea, perenne, suculenta.

Liebeskünstler

“No podés saberlo. A vos nunca te rompieron el corazón.”
Era adolescente. Crédula, constante, con la creatividad acallada.
Sus palabras fueron punzones certeros y llegó con su verbalidad doliente al centro de mi emocionar de estanterías organizadas.

No era su daga encolerizada quien me traspasaba, sino la certeza de saberme desconocida desde la cáscara hasta la más ínfima partícula de mi composición. Porque por mi torrente vagan, inefables para la boca apócrifa, los relatos de las inquisiciones que mis amores destruyeron.

 

En mi universo la construcción del cariño no requiere de un yo personalizado de zapatos pulidos, dirección postal comprobable y proezas académicas. Mi romance lo edifica este yo fantástico que descubro al cerrar los ojos, moldeando infinitos ideales, sombras de grandes literaturas, destellos de aquel que jamás me devolvió la mirada (de aquel otro que jamás me olió al pasar).

Conformé las borrascas de amor vertiendo gota a gota mi sed y cualquier rastro de demandas y obligaciones, llenando los cántaros de promesas pronunciadas tan sólo por el repique de mi andar egoísta. Lo reconozco sin doblegarme: formé amores que tan sólo para mi existieron; siempre ajenos a su posesión, los experimenté ilesa y revuelta desde la ventana de mi membrana vitelina.

 

 

…y cuando me decidía a abrirla…

Tanto como los quise (melosos – independientes – pasionales – devotos) tanto cuanto me hirieron.

Arte gestante

Delineante de curvas inquietas, nexo barroco entre la paleta infantil y la profundidad de la introspección puntual,  ahuyenta la rigidez del ser con cada emoción que en plástica transforma.

Veloz en el repique de sus pasos carga con maletas cargadas de fantasías colectivas. La expresión segura oculta risueña el desarrollo estancado de sus dientes: una burla que incomoda al paso del tiempo.

 

Hoy es artista plural que atrapa la vida con su circularidad de estreno

…para emerger en creadora particular.

 

 
“¿Qué hace esa india huichola que está por parir? Ella recuerda. Recuerda intensamente la noche de amor de donde viene el niño que va a nacer. Piensa en eso con toda la fuerza de su memoria y su alegría. Así el cuerpo se abre, feliz de la felicidad que tuvo, y entonces nace un buen huichol, que será digno de aquel gozo que lo hizo.”
Eduardo Galeano
‘Verde cemento’ de Melanie Mahler

El gusto es mio

¿Quién, negrito lindo, te revolverá el puchero como mis manos duende lo hacen?

¿Te fijaste alguna noche cómo la carne en magia adobo? De madrugada, toda endormiscada atada a la yerba humeante, ¿notaste con qué cura corto cada verdura atendiendo a la silueta que mejor la viste? A los garbanzos, te confieso, los obligo a desprenderse de su membrana pudorosa. Y aunque sé que mi pasión por el boniato no es compartida, procuro desmenuzarle la forma para que sólo su dulzura huidiza en tu boca percibas. Desde que la cebolla me habló de su tristeza ontológica, empatizo con su naturaleza y desmiembro sus catáfilas ahogada en llanto. En la untuosidad caliente y láctica de la manteca consigue desembarazar su dulzura y es el paso de Mailliard por sus células lo que atomiza su perfume.

 

Conducida por mi repique esencial, embriagada de vapores, dibujo con los frutos de la tierra una obra organoléptica.
De su naturalismo estático los ingredientes devienen en erótica pictórica perdiendo estructura, confundiendo su carne con la ajena, amalgamando transpiraciones.

El serpenteo cariñoso y calculado del castaño del cucharón traduce mi devoción por tu apetito.

Como romance de alcoba improvisada, la masa candente pide tiempo, cobijo, calor en asenso.
Adivino el final, chamusco su fondo y lo acompaño, silenciada-analítica-pletórica, en la desaceleración de su latir.
Llegás ansiando mi piel y con cada cucharada logras comerme entera. Traspaso tibia y melosa boca, estómago, intestinos. Me desarman enzimas y movimientos para llegar vital, nutritiva, constructora al torrente inquieto de tu savia.
No es mi puchero herencia generacional reinterpretada, sino lenguaje sensible de mi esencia primal.
Incorporá la materia individualizada que me conforma grabando el código genético del sabor que expiro por que no hay, negrito lindo, manos que como éstas tu puchero preparen.
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Lo cargaba en un saco de maíz aún marcado por el asalto de las ratas. Había ligado una cuerda alrededor de su cogote formando un cuello de botella que limitaba su fuga y potenciaba sus ansias de libertad. Sentía que la observaba, escrutiñando la rabia enrojecida de sus mejillas. La incomodó su juicio de valor animal, su osadía al pretender invertir la escala evolutiva. Forzó el ángulo de sus cejas castigando su resistencia visual; el prisionero insistía en su burla alzando su faz mirándola ahora con el derecho, ahora con el izquierdo, ahora oteando un horizonte que jamás alcanzará.

Encendida, violentada, se aferró al picaporte luciendo blancos los nudillos opresores. El vendaval de su fuego vomitó contra el roble el portón, emoheciendo de temor la cal de las paredes.

Avanzó sigilosa y apesadumbrada, como si cargara con los sortilegios infames de su estirpe de hollín. Marcó su ruta la volatilidad del perfume que gastaba las noches de sábado.

– …aire de carnaval… – suspiró áspera

Con el poderío feminista de su antebrazo presionó el cuerpo que cargaba contra la fragilidad de su propia estructura.
Presintió la ausencia, sintió el vació y encolerizó las perspectiva del mañana.

El paso lento devino en un desmadre de aceleraciones: repique, retrueno, reverberancia, R E P U T A Q U E L O P A R I Ó, mecanografió su líbido herida.

Desató el lazo y asió a su gallo predilecto. Imitando la humanidad maléfica del potro medieval pautó la muerte y transformó el canto matinal en aleteo agónico. En la triple cresta moñuda esperaba encontrar el gesto infiel, alguna huella febril del títere huidizo que en alguna dimension su amante exultante había sido.

Pero vio en las plumas entregadas a la gravedad los rizos que en un cajón a escondidas había cortado y creyó leer en el vidrio de sus ojos el cansancio de sus propios lagrimales.

Descifró la pérdida.

– Tu pluma, mi bruma. –

Minuciosa, aún doméstica, se vistió de ave para arrastrar su migración errante.

blogbuena

Animosidad elíptica

Aún el mundo era un estreno cuando en carne viva el frenillo me cortaron (“para que la nena hable, señora”). Llevo andado un tercio del camino: sé helar las papilas contra la seda del helado y hacer estallar la comida contra mi paladar. Y aunque me comunique con renobrada fluidez siguen habiendo pensamientos que se anclan en mi boca. Los intento desgranar en sílabas, orar en el silencio melódico del agua en movimiento. Tarareo un compás que despierte la expresión certera pero allí, siempre atravesada, esta membrana que me regula el habla.

Él, homínido macho que mis fantasmas cela, con su lengua puede corregir el desatinado paso del merengue por su nariz y hacer de un beso en la cavidad donde convegren mandíbula y lóbulo un rincón de resurrecciones avasallantes. Todo su cuerpo se desplaza laxo en confusa armonía con los mamíferos de porte estilizado. No cavila al encontrar su reflejo y descansa bucólico en su tránsito terrenal.

Con mi lengua de ancho decisivo marco una circunferencia de cal a mi alededor. Señalo mi espacio personal y pretendo desalentar al goloso que esta melaza que me unta persigue. Despierto en él la imitación como fuente de supervivencia y lo espío trazado con el meñique extensible de su diestra la frontera que lo hace individuo.

La Tierra sacudida nos desestructura y esta línea blanca y aquel surco en el barro comienzan a interceptarse. Se rozan las aristas y olvidamos la urbanidad insípida que pretende acorralarnos.

Nos presentamos desplegando las fauces.
-Nos convenimos- concluímos.
Y en esta tarde de marea alta y erupciones sanguíneas confundimos los espacios enajenándonos, revolviéndonos.
Estalla la contracción olvidada y saciamos nuestra sed colonizadora.
Ya invadidos, ya contaminados, nos retraemos hacia cada hemisferio particular.

Heterogénea y multiforme siento el latido en mi boca, la vibración inconexa que su cuerpo imprimió.

Lo observo, me relamo… “para que la nena hable, señora”.

 

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