Archivo de la categoría: Letanías apócrifas

Piel caucásica mate

Rubio ceniza, rubio oscuro tostado, castaño claro, castaño cobrizo, rubio cobre, malva castaña, caramelo ligero claro. Mi hermana me explicó que a los productos coloreados destinados a las mujeres los bautizan porque nuestro cerebro los recuerda con más facilidad y estableciendo una relación color-placer más sólida que si sólo los numeraran cual salidos del laboratorio.

Opto, dudosa, por el castaño claro que se asemeja al de mis raíces pero que entra en evidente lucha con el resto de mi cabellera. La rubia de sonrisa satisfecha del paquete no me convence, al mecerla hacia la caja oigo tu frase de cabecera: “Nunca más vas a volver a ser rubia.” Jamás pude hacerte entender que hace más de veinte años que ya no lo soy. Había sostenido la ecuación simplista madre rubia -> hija rubia a base de baños de manzanilla y agua oxigenada y dos visitas anuales a la peluquería. Vivimos en el tiempo en que un cojo puede usar una prótesis para correr y una mujer hormonarse hasta sentirse viril dentro de un vestidor… y vos hablándome de la irreversabilidad letal del color de mi pelo. “Es que no soy rubia, Anselmo” era todo lo que sabía exhalar con cansancio. “Te conozco las cortinas y el felpudo: sos rubia.” Lacónico y corto de galanteria verbal, así eras.

Ya con la química en el bolso recordé cuando después de visitar Marruecos Hermana Ishtar me habló de la henna (‘polvo de raíces, hierbas y buena energía para el porvenir’). Entristezco al llamarla así. Quince años de veganismo combativo y amor propio que desarmaste con tu única ocurrencia lingüística: “Curioso que no comas carne y tu nombre sea justamente su juego de letras…”. Así borraste a Karen de mi vida y Hermana Ishtar, todo espíritu, cánticos y reflexiones etéreas sobre un más allá de luz e inconmensurable hermandad, pasó a ocupar su identidad. Me llevo la caja de henna que se aprieta incómoda junto a la rubia.

En esta ruta de cavilaciones consulto con una peluquera de qué manera me pueden sus herramientas salvar. Un arrastre. Me gusta la imagen; un ácido chorrenado por mis hombros arrastrando consigo cualquier muestra de tu espitelio, amargando el sabor de tus besos caducados en mi coronilla.

Quizás no sea tu voz sino tu mirada la que me incomoda hoy, tu mirarme. Reí aquella madrugada cuando me explicaste que tu estrabismo era una obvia virtud física que te permitía alegrarte mirando a dos mujeres bellas a la vez. Aquella madrugada reí y mi risa me enamoró. Aquella madrugada fuiste todo lo sincero que jamás volverías a ser. Con los años opté por amar tu mirada en soledad, la condescendencia de un desconocido o la risa de los niños se me hacían insostenibles. Mas, apagábamos la luz y el baile de tus ojos se transformaba en la rigidez plástica de tu cuerpo. Yo reía bajo tu piel y mi risa me enamoraba. Cuando la luz volvía a nosotros, estaba allá: ese ojo que era todo mio y aquel que nunca se dejó domar.

Arreglábamos el ático de Barcelona cuando te invité a imaginar un bebé en nuestra diminuta cocina. “Ahora no, princesa, nos queda mucho por trabajar”. Siempre me llamabas princesa cuando la ibas a cagar. Apuré una apendicitis, pasé dos días de limpieza energética arropada por las meditaciones de hermana Ishtar y volví al ático lista para redireccionar nuestra línea vital. Tuvimos dos hijos más. Uno psicológico sostenido por una dieta alta en leguminosas, regulares ingestas de batidos de fruta con leche y una menstruación que año tras año se fue haciendo más irregular. El tercero me lo robó tu ausencia, Anselmo.

“Sos la mujer de mi vida”. Llegué tarde a preguntarte de cuál. Me pesan los colores, el arrastre, me pesa esta vida que llenaste de naftalina para desaparecer libre de preocupaciones. Ojalá, hermana, no tuvieran nombres los colores, para sostenerlos durante un breve e indoloro instante, libres de emociones, despojados de sentir. Restar hasta la nulidad. El espejo me devuelve mi nido, todo desmantelado y oscurecido. Ni rubia ni sonriente. Las tijeras son mias y puedo con ellas recortar la vida de la forma que ahora quiera. Me trenzo y en cada estiramiento anudo los engaños de dejaste. Cortar y caer, caer, soltar, desarmar. Brilla mi luz, Anselmo, la que expando libre desde este Sahasrara a estrenar.

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No ser y estar

María Josefina (en el nombre del Señor). Como nieta de Josefa, la Josita; para su madre que santa la quería, María; y desde sus tribulaciones más infantiles, Gina. Dos sílabas robadas de la inombrable que le regalaban el deleite secreto de una identidad creada. Todo en ella eran carencias de verdades, una ficción aumentada que nadie se atrevía a cuestionar porque de ella todos podían saborear la miel de la vida.

Al payador que había posibilitado su existencia después de una noche de manoseo rapaz lo transformó en el señor del Peugot granate, un comerciante de la capital que había visto truncado su amor por la panadera ante la opisición férrea de su familia. De su madre todo se sabía, pero a fuerza de insistir en el relato también habían todos aprendido que detrás de aquellas manos medialuneras guardaba a una artista en sombras chinas y que, al despuntar el día, no había dedos como los suyos para desarmar los dolores de espalda con sólo frotar los pulgares del pie.

De la Santa María que en forma de maddala, estampita o retrato la vigilaba desde cada rincón ella sabía que nada tenía: no sonreía cuando le pedían que sostuviera algún bebé y cuando escuchaba a Sandro sintiendo un cosquilleo picante entre las piernas no recordaba pasaje bíblico alguno donde se ponderara una sensación similar.

Se proclamó bailarina, corista eventual; la querida de los artistas. Decía que con sus cabellos habían urdido relatos de pasiones afrancesadas y que hasta la India habían llegado noticias de sus labios. Todos la exorenaban de su destreza para romper corazones, eran nuevas páginas en su novela y fresca clientela para el bar.

Y de pronto, Héctor. Decían que había apagado un fuego con las manos y que era como el pan dulce remojado en leche fresca.

Quería decirle que “Soy María Josefina”, toda María para lamerle las heridas y acompañar sus calvarios; toda Josefina para cebarle mates con peperina y cocinarle manzanas asadas en otoño. Quería mostrarle el punto donde nacerían sus alas si él la quisiera. Quería, traslúcida y frágil, dejarse atravesar por su vida.

Tanto insistió él en la ternura de sus muslos que sintió su carne mutar en duraznos maduros. “Mentí Héctor -decía con la mirada- cuando dije que como Cleopatra me baño en leche. La dulzura de mi piel es fruto del vaso de leche merengada que me permito cada noches antes de dormir.” No se lavaba su olor hasta asegurar que volverían a verse; retener su esencia como el canto triste de un prisionero.

Todo aquel universo de pantomimas, aquel que solía ser el refugio argentado de una realidad común, ella, su propia desconocida, única negadora. Ser dos y no ser nadie.

Con Héctor hubiera compartido que era un animal diurno, que llevaba el cuerpo agotado de rumbear para no caer en el olvido social. Él hubiera entendido su ausencia de padre, las mañanas de soledad de camino a la escuela, el gesto hiriente del primero que le levantó la pollera y la llamó gorda.

Gina le aplacaba el fuego en los campos de hinojo mientras se dejaba mecer en el dulce vaivén de la melancolía de su cuerpo. Héctor temió el idilio caduco, su corazón desmenuzado sobre la barra del bar, y huyó de Gina sin saber todas las vidas que María Josefina ya había tejido junto a él.

Biografía urbana II

Delia Aróstegui.
54 años.
Maestra de 5º grado.
Rozo esta década con aspereza. Incipientes las manchas en las manos.
La fracción vocacional de mi trabajo se desgastó sin que percibiera las alertas de su extinción. Este viaje laboral que me queda por serpentear es un robo -concedido- a la brizna de juventud que lucha por erguirse entre mis falanges. Incomoda su lucha vital. Taconeo -doble- sobre el asfalto -no soportaría su estela moribunda-.
En un intento por aplacar la incomodidad mundana que parece perseguirme (insisto en creer que las apariencias engañan y que está pronto a caer su antifaz), instauré una rutina consoladora: la progresión lineal del camino es el regalo perenne del no-tiempo. Edulcorado placebo de mis amaneceres; adobo con él todos los platos.

– Delia, estrenamos Dirección.
Lechuguita de mayo de complementos en composé. Lechuguita zen de trono post-adolescente. Alza su pancarta de “la magia de los niños” y proclama en su monólogo introductorio la “educación basada en el ejemplo”. Ejemplar es esta ansia por enseñarle el universo paralelo que insiste en desconocer, donde los niños no son todo golosinas y jazmines envueltos en papel absorbente humedecido un once de septiembre.
– Delia, porfis, tendrías que buscarte un lugar más alejado del predio escolar para fumar.
Su ejemplo, su templo. Ratón de almacén de barrio, entre las coronitas de novia un día, arañando hasta la caída la corteza del platanero otro, inhalo el alquitrán hasta insensibilizar la pleura. Humeo mi engaño en cada lección con la misma ejemplaridad hiriente del sexo como tabú en una familia de nueve hijos.

Dejo caer la ensoñación colectiva que iguala educadoras con amor suprahumano y, sin quemar mi decoro, acuso la necedad instaurada:

Existen personas que nos caen mal.
Los niños son personas.
Ergo, hay niños que nos caen mal.
La única falacia admisible es el pregón acerca de la devoción beata de los educadores.

Los primeros e idílicos años comulgué sistemáticamente y ahogué aquella química propia de la supervivivencia de la especie. Vestí niños de sábanas blancas.
La rubita trajo el desvelo. Descubrí que había identificado el eje de mi rutina (masticación calculada de Granny Smith) y me supe cautiva. Vibraba algo en el verde bizco de su mirada que me obligaba a rectificar la posición en la silla. Inventar el deber, apurar el paso. Ratón de almacén de barrio, pasé el año lectivo nutriendo mi angustia en el acá-va-todo-lo-que-no-tiene-lugar del edificio.
Recuerdo vívido: a mi propuesta de una redacción de sesgo bucólico (monótona plasmación: tranquera, puesta de sol, frisona) ella respondió con un relato de brujas y algún paisano mutilado. Freud en mano, pretendí deshacerme de su verbo. Pero como no existe capitán de barco dispuesto a perder un sólo marinero, la Junta se encargó de rectificar una intensidad poco recomendada en el maestrazgo.

Mis años vocacionales fueron también mis días de enamoramiento. El enlace con Carlos fue lo que debía ser: juntos desde la pubertad, descubrimos que atendiendo a requisitos mínimos podíamos edificar un teatro de la comedia apto para todas las familias. No vivimos picos de emoción, la mansedumbre del corazón es los que nos mantiene unidos. Sexo, bajo mínimos: desempolvar la estantería y volver a colocar toda la vajilla en su necesario orden. Plato de entrante, plato sopero, plato playo; pocillo, taza de té, tetera, lechera y la azucarera petrificada. Fines de semana de correcciones; jugar a las escondidas conmigo misma. Llegó el aborto, abrojado de posteriores excusas y postergaciones. Preferí mis silencios y aposté por la impavidez de Carlos. Anulamos la descendencia como quien silencia su teléfono a la espera de una llamada vital. Mantuvimos una línea salubre de intercambio social (intrínseco) y procuramos no desatender la renovación anual de las siemprevivas. Romancero gris de caudal ordenado, con él la creencia generalizada de la soltería autoinmune de mi profesión queda nula.
Maldiestro en semántica, solía anunciar el revolcón inminente con un ‘seño…’. Llegados los 40 determinó pisar la vida con zapatillas blancas emparejadas con medias de la extensión justa para parecer un borrico de pueblo. Fueron los mismos días en que su trabajo de astillero platenses mutó a payador juerguista (indemne se mantuvo su fatiga caída la tarde en el hogar).

Los siete primeros años como trabajadora dediqué íntegros los ahorros a la compra de mi auto. Sus cuotas puntuales implicaron la falta de fondos diarios nafteros, así que, auto en garage, las entrañas de la ciudad y yo pretendimos forjar una amistad lo más cercana a la sinceridad posible: yo la necesitaba, ella me parasitaba. Carlos había hecho suyo el Renault del ’89 que mi tía nos había legado en vida. Yo malabareaba para conseguir monedas, él no dudaba en vaciar dos tanques yendo a la deriva. ‘Negra, salgo a pescar con Juan. Si sacamos alguna buena llegaré tarde, viste que Juan cuando se enrrosca…’. Juan cuando se enrroscaba y él cuando le pintaba el calentón de una cadera no tan distinta de la mia. Silencié los aullidos, aspiré los mechones de las otras y hasta hice un reaprovechamiento juicioso de las horquillas que dejaban atrás. Vivir remendando las grietas, dándole a diario la bienvenida a un silencio que, según el ángulo, me sanaba de forma perturbadora.

El coqueteo con la jubilación me incomoda. Todos parecen tener claro que previo a su llegada es de humanidad precavida abonar el espíritu con habilidades manuales primigenias, despertar un interés de consuelo social que avale la llegada a una ancianidad de postal. Borré las huellas de tejedora que mi madre pretendió grabar en mi infancia; me sabe a naftalina y mate lavado. El roce de la lana y la lavandina en las manos de mi mamá, su apuro constante por adoctrinarme para poder librar la noche en otra fiesta a puerta cerrada; mi padre en el fondo de comedor, resoplando detrás de los bombos peronistas, aturdido en pensamientos de rulemanes y deudas que legar. Libre de hijos, nietos y mano diestra para elaborar mermeladas, no siento en mi haber la entrada a aquella tercera dimensión.

Ada, mi hermana, no se mantiene al margen de mi progreso estático. Nos gestó el mismo útero pero parecemos maceradas en hierbas incompatibles. Se mantiene criando geranios, de las que se fuman un porro cuando le duele la feminidad, afirma que antes morirán quienes confían en aquel uno y trino que les promete una vida post-vida que ella por abogar a favor de la marihuana y la libertad sexual. Cuando puede -siempre- tira de esta soga que nos une por el ombligo pretendiendo llevarme a su edén de domingos vespertinos libres de depresión. Me acuerdo de los pelos que peinan sus axilas en enero y de la cara de Carlos al verlos. Nunca se rectificó ante su presencia, proclamaba sin vergüenza que cagar es un acto compartido, pero que qué majestuosas las hembras que sangramos, damos vida y matamos con el mismo ímpetu. Mi mutis estupefacto y la gesticulación blindada de Carlos. Me alejé de sus planes asegurándome esta condición de ‘señora de’ por los siglos de los siglos.

Amén para la tarde en que volviste con las mejillas bronceadas y la boca edulcorada. Estabas radiante Carlos, como nunca lo habías sido. Parecía que el superhombre de mis fantasías ausentes te había poseído. Mi visión recortó la realidad inevitable de tus zaptillas blancas y por unos instantes personificaste el Carlos que podrías haber sido durante todos aquellos lustros gastados. Empezaste a hablarme de la volatilidad de la vida (más bien pronunciaste algo más básico como “la vida es corta Delia”), del canto del jilguero y de lo espectacular que es el amanecer a la vera del agua. Tres suspiros y dos pausas más tarde empezaste a hablar de mi, Delia, mi seño, de cómo la vida me iba a regalar una jubilación joven y saludable, para conocerme, para disfrutarme, para, repetiste, vivir esta vida que es tan corta. Intentaba seguir la línea, pero nunca presté demasiada atención tus relatos, siempre contaminados con muletillas, reflexiones de barra de bar de segunda y con cierto aire de convencionalidad. Preferí sentir que descubría tu mirada por primera vez, tenías los ojos más claros de lo que recordaba, Carlos, y seguías bien plantado dentro de los pantalones que arrastrás con orgullo hace diez años. Hablaste algo del amor y de la intensidad antes de decir que no querías nada, porque la vida no son posesiones sino emociones, que te ibas con el Renault de mi tía y el bolso que te firmó Milito.
Y mi necesidad del no-tiempo se hizo carne.
Anclada a la silla, impávida, quedé cuando rozaste con tu palma caliente mi hombro. Susurraste “sé feliz” con la misma profundidad con la que la panadera te desea un buen día después de entregarte la docena de medialunas. Mi borrasca quiso gritarte que no sería feliz, que sería soltera, maestra y soltera, con un auto que nunca aprendí a manejar estacionado hace veinte años en el garage, sin tu cuerpo como mi baluarte social. Te vi salir sin dejar rastro pero seguí la estela de tu abandono expeditivo hasta el Renault de mi tía. Ahí, en toda su gloria de cuerpo firme y locuacidad candente, con el mismo verde bizco, te esperaba ella, con el cinturón de seguridad puesto, unas flores en la mano y el pase libre a la vida de pareja con vos. La pareja y la desparejada.

Insisto en la aspereza de estos días que progresan como si no faltaran fichas en mi ajedrez. Su ropa para inventar el acto de la convivencia. La cama no se desviste al dormir y sigo sin acertar la medida del café individual. Leche acidificada, pan seco y y toda una serie de productos concebidos para compartir. Permití que me invadieran los geranios y cada domingo con esta soledad me armo un porro para exhalar las migas del día a día.

No sólo de leche vive el hombre

Llamémoslo Aldo, lechero del conurbano de principios del siglo veinte. Viven María y su triple descendencia de la lactación de sus tres vacas. Inversión de alto riesgo, trabajo mal remunerado y una jubilación ventajista harta de dolores. Había dejado la mueblería para ser “su propio jefe” y descifrar, sorprendido, cómo jefe suele ser sinónimo de esclavo. (María nunca le perdonaría haberla forzado tácitamente a dejar de ser ama de casa para nobiliarla como “la lechera”.)

 

Se llama Gerturd Kleinwort, pero la huida tempestuosa hacia el sur del mundo la obliga a llamarse Gertrudis. El señorío de la Winterhuderkai lo resume su memoria que, aunque insista en ahogarla (el sótano y su calefacción a carbón, la ropa hecha a medida para las nenas y en conjunto para sus respectivas muñecas, la prolijidad prusiana a la hora de las comidas) siempre despierta para hacerla sangrar. Las nenas aprenderán un oficio (puericultura o secretariado quizás) después de conocer el sabor de las papas recogidas en pleno verano y la aspereza del hilado manual de la lana. Camina erguida, procurando no confundirse con las criollas menudas. Esa fracción de rapaz en su mirada muta en mansedumbre ante el nuevo statu quo bonaerense. No conoce, no habla y la gesticulación siempre le fue censurada (clásica condena del histrionismo a la salida del teatro). Para su consuelo los salvoconductos fueron sembrando vecinas de patria a su alrededor, convirtiendo aquel barrio de yeísmo impronunciable en un florido gueto de antiguas señoras señoriales.

Fue Ruth Mond la última en llegar. Incansable cocinera, había aprendido el argentino buscando la complicidad de algún restaurador que quisiera apostar por el gusto de sus manos. Un mitín improvisado la catapultó como gestora de compras sociales: sabía dónde conseguir azúcar, conocía a la señora que tenía los pollos pero, por encima de todo, había logrado contactar con el lechero: “Wir werden jetzt Sahne haben!” y el éxtasis unánime sucumbía en la dulce untuosidad de la tierra que las había exiliado.

 

Aldo carga a sus hembras de alfalfa y choclo, limpia las ubres y cepilla la paja de su cuero ; María procura dejar sin arrugas el uniforme almidonado; las nenas entonan la tabla del cinco y zurcen sus medias con la misma destreza.
Gertrud, Ruth, Ilse, Ika, Michaela y Josefa (aunque sin bife los domingos, Brigitte tenía “eine Muchacha”) hierven agua para esterilizar sus botellas.

Es de madrugada, los hombres aún callan mientras la neblina barre el camino. Clarea y el sonido del cristal acunado anuncia el comienzo de una plácida ficción. Las cinco gringas exponen el menú del día de forma superficial, saben todas que lo importante, la magdalena indómita de Proust, es el Kuchen de la tarde. Schwartzwälder Kirschtorte o Apfelkuchen mit Schlagsahne, requisito es exprimir la grasa de la leche. Las campanas y un halo de bosta y hierba desarman la  dialéctica. Aldo saluda a Josefa y relojea a las señoras. Disfruta de la puesta en escena: deja al ternero mamar unos instantes y lo separa para proceder con el ordeño. Como buen granjero converso viste de blanco y con saco negro, los zapatos pulidos; sabe cuánto disfruta la gente de ciudad del idilio agreste siempre y cuando huela a jabón y no dé indicios de trabajo forzoso y menospreciado. Una a una las botellas engullen el oro blanco. Gota a gota las penurias de Aldo devienen en harina, abrigo, consuelo para la Doña.

 

En aquellos tiempos, las ansias de Aldo lo hacían un pionero en el pensamiento productivista. El rendimiento por sobre la cantidad, la voracidad de sus anhelos por encima de cualquier forma de honestidad. Aprieta la vida y el remedio más sensato son una saco de agua bajo el corazón (esta falsa sinceridad propia de algunos amores), un tubo y una cánula.

 

“Meine Milch hat keine Nata mehr…”, Gertrud levanta la alarma. Ruth lidera la comitiva. Denuncia e interpelación ex abrupto. El barrial de las calles como testigo, la dolorosa duda de las señoras se vuelve carne y traición, viveza criolla de estreno.

Llega el asfalto, la leche embotellada a los almacenes, el repicar de tacones sobre la vereda.
Aldo habrá reinventádose, quizás, como vendedor de flores de vida plástica y perenne.
leche a domicilio

Biografía urbana I

Alicia Ródenas.
52 años.
Catequista.
Villa Urquiza, Buenos Aires.

En las rejas oxidadas que resguardan mi monoambiente cultivo crasas. Todavía guardo las macetas de los cactus añejos que deseché el instante en que, con la sutilidad de una sierra radial, una vecina me comentó que había sido comprobada la correlación inequívoca entre la condición de soltería vitalicia y el cultivo esmerado de cactus. Entonces, la acción más alejada de la traición y la más cercana a un placebo para mi consciencia que pude tomar fue reproducir suculentas (esta denominación resulta, como mínimo, tentadora).

El tiempo me fue redondeando la rectitud escuálida de una infancia entre bicicletas sin ruedas y muñecas de tercera mano (raídos los pies de tanto pretender andar gráciles por los rincones de un barrio sin agua potable y sin más luz que la claridad que regala un día despejado). Mi cabellera -indemne- siempre azabache y desgraciada, raya al medio y reunión detrás de la fosa escafoidea en días de bochorno. Visto de negro, me ahorra el calvario de las manchas impertinentes: blusa de símil seda de septiembre a abril, camiseta de mangas largas y cuello redondo de Casa Alberto de mayo a agosto. Sabañones, ojo de gallo, uñas encarnadas, mis pies siempre están como queriéndome decir que no terminan de andar del todo satisfechos por esta vida. Los consuelo pisando sin dejar rastro en unos mocasines ortopédicos que ofertaron en la farmacia. Llevo mis cargas repartidas en tres bolsos (esto de la Tríada Divina me persigue en formas insospechables). Para la porción de piel que descubre la ropa, mi Cruz.

Tres veces por semana dibujo el mismo sendero hasta la avenida. Busco ser la primera en la fila para estirar el brazo con desgano premeditado, haciéndole creer a mi imaginación beata que el chofer del 168 se detiene para conocer mi gracia. Destino; pago; mi mano que se aferra con asco a los hierros bañados en epitelio ajeno. Bajo parida por la prensa humana (una pierna suele vagar por el último escalón cuando ya resuena la segunda marcha en el motor) y me siento feliz abrazada nuevamente por el libertinaje que sudan las calles de la ciudad. El apetito guía mi instinto y como cordero de regreso al establo vuelvo a la misma esquina perfumada de queso caliente. El Imperio... imperial la oscuridad que lo rodea, imperial la suciedad de sus aceras, imperial el hastio de su mobiliario, imperial la polución que abrasa sus ventanas. Imperial también la reiterativa escena en la que pasan cuarenta minutos antes de ser atendida: esperanza que albergan los camareros de ver llegar un acompañante inpuntual para compartir mi velada de malta y carbohidratos. Esbozan su aterrizaje ficticio cada noche; alto, de hombros sostenidos, uniceja frondosa y boca prieta. Esquivo la condolencia de sus sonrisas y abro presurosa mi monedero. Hundo mi mano hasta estrangular la estampita con su cara. Calmo mis ansias y revivo la dicha de estar en Él. Hoy me atrevo a buscar su rostro y como borrico de escuela cuelo la mirada por debajo de la mesa para copiar su cara en mi retina.

Soy catequista por iniciativa divina.

“…tu papá? Tomá, una foto.”

Estampita en mano, corazón en boca.

Ocho años, su vacío, el discurso envenenado de mi madre traicionada.

Me bautizó para maravillas para condenarme en esta piadosa soledad.