Archivo de la categoría: Letanías apócrifas

Bizcochito de grasa

1.
– Es la primera vez que hago esto.- sentencia.
Podría estar hablando de que me confesó que anhela ver un ovni, de que soy la hija del jefe y estoy en su casa, de que acaba de salir del baño sin haberse lavado las manos, de que me invitó a irme cuando me sugirió pedir un taxi, de que me mira a los ojos con firmeza y tan cerca que siento el calor de su estómago irradiando mi ombligo.

Desarma tanto encare y me agarra el cráneo como si sostuviera un cuenco milenario. Qué placer sería tenerlo a mi merced de masajista ahora cuando las cervicales vuelven a joderme y mi sueldo de mierda no me da margen para terapeutas. Masajes y eternos cortejos, un Moebius de gratificaciones. Entre los dos algo se vuelve eléctrico y consecuente, un Yenga sobre una mesa inestable, las velas del cumpleaños de un octogenario, todas pegaditas y bajo el mismo soplo esperanzador. Nos besamos como si no lo hubiéramos ansiado, convenciéndonos de la sorpresa mutua. Como si no hubiera analizado que tiene la dentadura superior pareja, las paletas brillantes. Como si no me hubiera fijado que su sonrisa se hunde con mayor profundidad hacia la izquierda. Como si no hubiera él descubierto que todavía tengo cuatro dientes con serrucho. Como si no hubiera percatado de que no me hago la linda lamiéndome los labios porque tengo el frenillo corto y me siento poco publicitaria. Con sol incipiente y los primeros bondis que frenéticos empiezan su turno jugamos durante unos instantes a que sólo somos besos de boca amplia, de comisuras laxas, de saliva bajo control. Mi lengua en su boca. Su lengua en la mía y mis intestinos que se retuercen. Mucho por nervios y otro tanto por ganas de mear. Sus dedos como arañas paticortas y de sangre caliente me palpan la cara. Me prensa contra el marco de la puerta y pasamos del beso al rezo y nos dejamos atravesar por un amor hacendoso. Acaba; pretendo. Dos picos jugosos y reposar en la hendidura de su hombro izquierdo. Chilla el portero, bocina de domingueros histéricos, la vecina que sintoniza la radio, el perfume de chipá tibio.

Tren, bondi, almacén, horas en la cocina. Desarmar la cama y apaciguar las miserias diarias en la carne del otro. Así trazo mi rutina de las próximas semanas. Me encaja como alpargata nueva: el irregular y áspero yute interior, la suela que huele a goma nueva, la costura en doble fila que me abraza los tendones.

2.
A veces me tira canciones de Arjona y no termino de definir si es él excesivamente meloso o yo tremenda prejuiciosa. O si dejo de lado mis prejuicios ante su melosidad excesiva sólo porque me dice ‘hermosa’ y me hace cuatro mimitos después de pasearse por mi cadera. Pocos años antes, cuando todavía tenía esperanzas de convertirme en animadora de fogones, imprimí los acordes de ‘Desnuda’. Una pavada, Sol, Do, Re, Mi menor y mover mucho la cabeza con gesto de emoción profunda para distraer la atención de un rasgueo básico que no iba a resolver nunca y del agudo con el que mis vocales no se formaron. No confieso esta porción de pasado.

– Lo vi de cerca, ¿te conté? En la entrada del Luna Park. Llegamos tarde, últimas de la fila. Las entradas eran numeradas pero había pibas que llevaban tres días acampando. La mística esa de desear al mismo inalcanzable, calentura colectiva. Últimas en la fila, sin vinchitas ni RICARDO en la frente ni un par de corazones para cada temporal. Nati llevaba los apuntes en la mochila y yo los documentos de Migraciones del colombiano con el que curtía: intelectualoides tragando vergüenza ajena. Todas histéricas y calientes y nosotras que sólo pensábamos en el blanco de la pared que se nos iba calcando en la ropa de tan pegadas que teníamos que caminar para que no nos pisara algún tachero apurado. El último disco era una cagada, obvio, lleno nerudismos con dulce de leche. Pero nosotras fuimos en busca de “lo viejo”, de los hitazos que Daisy May Queen presentaba al borde del llanto.
– ¿Sabés que no se llama Daisy?
-…si, y es de Chacarita. Perá que termino: eso, estamos ahí y pasa al lado nuestro un auto negro grande, tipo lanchón, muy despacito. “¿Te imaginás que adentro está Arjona?” Jiji, jaja, la ventana se baja y era él, boludo, ¡ERA ARJONA! Nunca me imaginé en ese estado de histeria Magic Clic pero al verle los rulos negros todavía chorreando ducha empecé a gritar y a hacer saltitos en puntas de pie sobre un punto fijo y a mover las manos como ahuyentando palomas asesinas. Y miré a Nati y ella gritaba, hacía saltitos en puntas de pie sobre un punto fijo y movía las manos como ahuyentando palomas asesinas también. Cualquiera. Arjona. Ni siquiera, hasta entonces, me había parecido lindo.
– Yo vi al Bahiano una vuelta que nos colamos en un concierto.
– Mirá vos… es pelado ese. Bueno, creo que después de eso ya entramos sugestionadas al recital. Teníamos asientos en el lateral izquierdo, bastante arriba, bastante lejos, baratas viste. Asientos de cuerina roja, de esos que se vuelven a cerrar como patada cicular inesperada. Inclusive desde allá llegábamos a verle el peinado encharcado. Tenía un corte raro, feo te digo ahora, pero en su momento me hizo pensar en un Catriel metido en pantalones de vinilo negro. Es alto el chabón, ¿sabías? Creo que éramos sólo minas en un Luna hecho de gritos, de calor. Metió hit atrás de hit, descosió bombachas cuando tiró “Señora de las cuatro décadas” y desde entonces al oírlo me bendice la visualización instantánea de su culo turgente.

Deduzco que aquello del estímulo musical dibujando un culo prieto distinto del suyo en mi mente fue el motivo para pasar del enquistado ‘Vivo’ del guatemalteco a la radio sin interferencias.

3.
Para hoy habían anunciado marchas, piquetes, ruedas quemadas y probablemente lluvia de miguelitos así que jugué el Jocker y aduje una mamuśka de excusas para no presentarme al laburo: que a mi vieja le afanaron y en el bolso llevaba la llave de casa de mi abuela. Y que mi abuela está bien pero a veces tiene problemas para levantarse de la cama y sin la llave nadie puede auxiliarla. El cerrajero del barrio se jubiló y en onda expansiva hasta Mendoza todos los cerrajeros se adhirieron al paro. Y que yo, como soy chiquita, como soy lanzada y porque no queda otra ahora que los bomberos están de guardia vigilando la quema de neumáticos, me tengo que ir a meter de a poco y con cuidado por la pestaña del buzón para ayudar a mi abuela.

Así que heme aquí enfundada en su remera blanca dos talles más grande en la semi penumbra de esta mañana de ocio consagrado. Se cuela jubiloso el perfume de manteca noisette que la corriente extrae de la cocina hacia el asfalto. Corta la cebolla y sé que lo hace con elegancia. Quizás es la coraza de mirada de galán, quizás sea sólo una cebolla suave y un cuchillo en su apogeo de afilado, pero las lágrimas a él una verdura no se las saca. Una brunoise impecable traza constelaciones de amarilidáceas. Lo escolto en la tarea sin intención de meter mano y con mate y termo en brazos me siento en la composición como una abanderada: ejemplar, apreciada, estática y contemplativa.
En la figura que la contraluz recorta tengo la sensación de que su espalda está como abultada, acolchada, como si vistiera un pullover debajo de la camiseta de Racing.

Sirve un plato de tallarines con salsa blanca para cada uno. Los enrosca a la cuchara dentada con delicadeza rotando su muñeca a la par que traza un círculo con el codo y el hombro. Forma una rosa tibia, perfumada a discreción con nuez moscada y clavo de olor. Del freezer desvela una trufa. La pasa triunfal delante de mis ojos (ignorando que mi espectro gourmandise no exploró este polo aún) y ralla ínfimas virutas sobre el trigo hecho harina, la harina hecha masa, la masa hecha rosa. Pimienta a descaro y el inciso de cada comida ‘para que pique cuando entre y cuando salga’.

La cama me arropa temprano en una siesta untuosa de hígado laborioso y digestión pesada.

4.
Me alimenta de forma recurrente: sorrentinos de calabaza y nuez con una picada de ajos negros, moñitos con verduras asadas, ravioles de ricotta fritos con salsa de soja, tirabuzones con queso azul gratinados. A veces un desliz en el presupuesto: spaghetti ai frutti di mare. Añolotis con boloñesa de cordero, sopa thai de capelletti.

Tanto deleite frena mi curiosidad por su cuerpo. Me frena también el andar pesado y baboso que comanda cada nueva digestión. Sucumbo a dejarme mecer en esta hamaca de sabores y me amplifico, entro en carnes, soy templo receptivo de ensayos lípidos.
Por las mañanas, cuando un litro de mate caliente me ayuda a purgar tripas y reflexión, cierta serenidad contemplativa me invade y observo el crecimiento de los pelos en su nuca.

Cuerpo tomado. Se está poniendo peludo el chabón.

La tarde es de la panadería de la esquina, esa hija del diablo que te permite transitar por el local con una canastita plástica rosa pito y con pinza en mano colocar en ella todo, todo lo que tu mirada lasciva pueda abarcar. Vigilantes, churros con dulce de leche (pedile un par de pebetes), cañoncitos, medialunas de grasa, medialunas de manteca con dulce de leche, de membrillo, de pastelera, de pastelera con membrillo, de pastelera con membrillo y chocolate, bolas de fraile (¿bizcochitos de grasa pediste?), sacramentos, bombas con crema, bombas con dulce de leche.

5.
A veces duermo y un ojo se me entreabre. Ronco y esta respiración rasposa me condena a horas de irritación y afonía. Él me cree dormida y yo desde esta raja ocular lo espío con disimulo. Me observa por delante, por detrás, desde arriba. Me pellizca pero creo que es mi capa grasa lo que evalúa, lipómetro casero. Sus manos se pasean por mis muslos. Se va. Abre y cierra armarios, cajones, cajitas. Un bowl y la cuchara de madera. Vuelve. La habitación huele a comino, a orégano, a ajo fresco, a jugo de limón. El pincel de cocina, el potaje que gotea sobre la sábana: me está pintando el muslo derecho. Lo hace despacio, con cautela, casi sin ejercer presión con las cerdas sobre mi piel, intentando minimizar al máximo el choque térmico prolongando el trayecto del bowl a la piel. Tanta carne para el asador y él jugando a ser Van Gogh. Tira la paciencia a la mierda y vocaliza su agitación. Se saca la remera con apuro y dificultad, nervioso, enredado. Ante mi raja que deja de ser raja y ya son dos ojos gigantes que me ocupan la cara entera, una maraña, una alfombra humana, el inaudito de aquel que habiendo sido hombre es ahora lobo, carnívoro con mirada de caníbal.
– Ahora te voy a comer.

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Master of mapping

Tiene la incómoda afición de reventarme los pelos encarnados de las axilas. Son pocos pero aguerridos y después de un revolcón acelerado y de pronóstico reservado achina la vista con la punta de su nariz casi pegada a mi transpiración y se dispone a la caza y extracción.
No puedo juzgarlo a viva voz, debo haber sido yo quien lo inició en el arte de la dermatología intimista cuando por sorpresa y con voracidad le cavé una fosa en la mejilla al extirparle un punto negro, duro, profundo. Iceberg de cebo oxidado.

Su labor es breve hoy. No pretendí robarle este entretenimiento auténtico a conciencia cuando hace dos días enchufé la Braun y como podadora mal pagada decidí rápidamente sacar la alfombra tersa que me acompañaba mientras naufragaba en alguna lectura. Leer y acariciar suavidad dentro de una tibia cueva; cada una arma su plato combinado.
– Va, prou tío. –
Se estira desmotivado. Sacude los pies y adivino que se mira la verga a media asta. Estira la mirada a la mancha de humedad incipiente del cielorraso, se rasca el hombro izquierdo y vuelve a arrimarse a la axila que siente haber tenido que dejar huérfana. El nórdico se hizo un bollo dentro de la funda y en la persecución de calor termino irritada y con medio cuerpo sometido al capricho de unas mantas que parecen haber cobrado vida autónoma durante nuestro celo.
Siento los pantalones del trabajo anudados a la punta de mis pies. Qué mierda de tela, toda sintética y de tacto áspero. En invierno le abren la puerta al frío y en verano me dejan el culo encharcado. A los empresarios textiles, al dueño del hotel, al director, a nadie le importa una goma. Ellos van de sastrería aterciopelada y orgánica mientras mi vulva reclama prevención de riesgos laborales.

Guillem ronca y me hace cosquillas con los pelos que el viento peina sobre mi tríceps. Así estático e indefenso todavía logran los nudos de su cabeza decodificar que es un tipo visceral y determinado. No se disfraza de hipster ni de hippie y aún así es un hombre de pelo largo, lo más parecido a un valiente (o un vagabundo) en nuestra historia de la humanidad. Una vez salidos de las cavernas y con el paréntesis del metal, Axl Rose y Camarón, la exigencia y asimilación del macho no ficcionado trabajador, socialmente adaptado, cumplidor y responsable, como género supeditado al pelo raso se convirtió en postulado de exigencia intrínseca.
Cuando el serpentario de mis manos se pierde en su frondosidad hay una porción de bestia que se despierta, celosa de tacto, de olfato. Me gusta hundir la nariz en el acre cremoso de su cabeza, fregar mi frente contra la rugosidad de la maraña que la cubre. Lo despeino y lo vuelvo a peinar. Le ordeno la compostura en una trenza que enlazo con mi cabello: mechón suyo, mechón mio, mechón suyo, mechón mio. Las puntas son el acantilado desde donde me lanzo a buscar el caos, la confusión de la materia unificada.

El vapor de Harissa y estas paredes de papel higiénico. Son las cinco de la tarde y la vecina conquista el aire con especias que desdibujan su desarraigo. Choque cultural si los habrá: así desnuda, volátil y con el pabilo aún a medio apagar ansío crema de calabaza, flan con crema. Las especias tampoco combinan con la esterilidad de casa de Guillem. Alguno diría que es moderno y conceptual, todo pálido y diáfano el espacio. Un hospital con pretensiones de hogar. La nota de color la ponen el negro brillante, el negro mate, el gris oscuro, el plateado de toda la tecnología que le consume las horas de trabajo y ocio. Se rodea de máquinas con nombre, apellido y clase social. Las usa y ellas de él, en cuanto pueden, abusan. Al lado de la pantalla tiene el potus que le regalé para garantizar la absorción de disruptores endocrinos. Consuelo poco esperanzador ya que necesitaría del jardín botánico de Lisboa para digerir la potencia maléfica de estas espadas de luz que son la materialización de su creatividad. Cuando decidió salir de esta cueva lo hizo también en forma de luz: reclutó un ejército de pibes multimedia y, una vez puesto el sol, se dispuso a proyectar un collage fluorescente sobre los ladrillos de la ciudad. Mapping que lo llaman; como un autocine pero sobre el ayuntamiento, le traduzco a mi abuela. Paz, pan y trabajo le piden a San Cayetano. Electricidad, superficie y espectadores pide Guillem. Decidí limitar nuestros encuentros a estas paredes, la calle a su lado es una búsqueda agotadora de espacios de proyección. En su afán por vestir la urbe de colores que la naturaleza no puede sintetizar transita con la vista fijada siempre hacia adentro.

Empezó a usar mi piel como campo de prácticas con el ‘Autorretrato con monos’ de Frida Kahlo. Gracia va, epidermis viene, los monitos parecían figuras del tren del terror deformándose sobre mi espalda. Reímos e hicimos el amor con el ave del paraíso y la cara de Frida rodando entre nuestras piernas. La madrugada me despertó enfundada en colores. Él movía el proyector, afinaba el ángulo, retocaba la definición de la obra: ‘The lovers’ the Lois Mailou Jones se terminaba de adaptar a mi cadera, la boca de ella hundiéndose en mi ombligo y los ojos hambrientos de Guillem resiguiendo la mirada con que el africano parece analizar el rosa de mis pezones. Picasso, Rothko, Barceló y la Minujín: soy un molde del que las obras rebalsan. Él sucumbió al éxtasis de la luz, del color, de lo inmaterial hecho carne.

Huelo el bermellón del último vino que vaciamos en sus labios entreabiertos. Así medio torcido sobre mi axila respira con un ronquido casi infantil. El sol deja de brillar tibio a través de la ventana. Ojalá no me hubiera sacado las medias. Refugio mis pies con el empeine en espiral entre los suyos y me duermo sabiendo que pronto este Drácula de la luz me despertará con el frío, el foco y la proyección usufructuándome la piel.

No sólo la noche desviste

Beatriz tiene cuarenta y cinco años, cuarenta y cinco kilos, cuatro hijos y cincuenta ovejas. Está seca, dice el capataz. Su pericardio vive en concavidad con el mundo, sus hombros caen y la fuerza de sus homóplatos imprime una mansedumbre incómoda en su andar. Las cervicales las lleva estrechas desde el último parto y la joroba incipiente es un monolito que sólo la soledad logra obviar. Que el pelo le llega hasta las costillas lo recuerda bajo la ducha; la humedad, la lana, la practicidad y la clara señal del recogimiento hacen que lo lleve siempre atado, enlazado a la nuca. Fue caoba. Ahora manchado de blanco no como quien ondea férreas convicciones de ecofeminismo sino como aquella que no encuentra motivo para abandonar la labor por el otro para regalarse unos instantes de amor propio.

Vive en el llano y la mayoría de veces piensa en llano. Piensa en María y su parto librado de dolor y sospecha de aquellas verdades cuando recuerda el nacimiento de su último hijo. Frutas, sol y sociales, le recetaron. Miriam pasaba la semana fregando estancias y a Claudia, después de un mes de loar su destreza como matarife pollera, a la salida de la fábrica, uno de los dos compañeros que tenía auto la atropelló destrozando el aguinaldo, el A4 de empleada del mes, tres costillas y el fémur. Raquel, desde que se había casado con Atilio, no estaba dispuesta a renunciar a su limbo de patrona para atrincherarse en las miserias de su amiga. Empezó a merendar juguito Baggio de naranja y las llamadas de los oyentes en la radio: dos pájaros de un tiro. Es rápida, decía el capataz.

Después del tercer desmayo llegó el Gordo con una Amarok de estreno. – ¡Negra esto te va a gustar!- A ella, que apenas la carretilla lograba arrastrar. Sonrió entre paréntesis, contó que faltaba asiento para uno y recordó que sus hijos no jugaban en su habitación porque faltaba la plata para aislar el techo. La barba engominada de su marido le recordó las palabras del Padre Juan que recitaba la historia de Jesús cuando le lavaba los pies a los demás, tan humilde, tan terrenal, tan generoso, esquivando el brillo del crucifijo bautismal por el que había tenido que dejar seiscientos pesos.

Empezó a sospechar que llevaba una década entumecida por su propio mutismo cuando la amiguita de Flavia fue a tomar unos mates y hablar de la querida del galán de turno vistiendo el solero que había comprado la única vez que con el Gordo fueron a la playa en Necochea. Algo en las tetas turgentes de la nena la descolocó y sintió que era el momento de probar las pastillas que raquel le había compartido “si andás algpo triste Bea”. Santo remedio.

Se había habituado a tomar una cada día cuando la mujer del panadero le preguntó por su marido. No quiso indagar. Duplicó la dosis; agua pasada.

Una noche en plena Santa Rosa vio la silueta de la hija del vecino escabulléndose hacia su casa. Los chicos balaban, los grandes peleaban por el dominio sobre la televisión. Encontró al Gordo en una postura que parecía habérsele encarnado al cuerpo, apoyado contra el pilar del alero contemplando su camioneta. El discurso al descubrirla observando la repetición ridícula de la comedia parecía no oxidarse tampoco – ¡Qué autazo negra! – Y ese cacho de chapa que parecía echarla un guiño. Acarició las manchas de su delantal como si hubieran sido el final del arco iris. Desde la cocina el locutor auspiciaba los mejores sorrentinos de Las Flores. – Qué autazo negra…- el suspiro interminable que acompañaba el sube y baja de la cabeza de su marido. El aguacero pesaba sobre la farola y desfiguraba los cuerpos, les robaba los límites creando siluetas monstruosas, como sometidas a los efectos de los primeros anteojos 3D. El Gordo fue a buscar tabaco, Beatriz el asiento del conductor. La fuerza de la tormenta adormecía la potencia del encendido y el barro bajo la alpargata duplicó el peso sobre el acelerador. La luz del cigarrrilo encendido voló como un artificio defectuoso la noche de Año Nuevo. El Gordo se hizo carne, tripa y corazón, dádiva para la mitología localista.

Piel caucásica mate

Rubio ceniza, rubio oscuro tostado, castaño claro, castaño cobrizo, rubio cobre, malva castaña, caramelo ligero claro. Mi hermana me explicó que a los productos coloreados destinados a las mujeres los bautizan porque nuestro cerebro los recuerda con más facilidad y estableciendo una relación color-placer más sólida que si sólo los numeraran cual salidos del laboratorio.

Opto, dudosa, por el castaño claro que se asemeja al de mis raíces pero que entra en evidente lucha con el resto de mi cabellera. La rubia de sonrisa satisfecha del paquete no me convence, al mecerla hacia la caja oigo tu frase de cabecera: “Nunca más vas a volver a ser rubia.” Jamás pude hacerte entender que hace más de veinte años que ya no lo soy. Había sostenido la ecuación simplista madre rubia -> hija rubia a base de baños de manzanilla y agua oxigenada y dos visitas anuales a la peluquería. Vivimos en el tiempo en que un cojo puede usar una prótesis para correr y una mujer hormonarse hasta sentirse viril dentro de un vestidor… y vos hablándome de la irreversabilidad letal del color de mi pelo. “Es que no soy rubia, Anselmo” era todo lo que sabía exhalar con cansancio. “Te conozco las cortinas y el felpudo: sos rubia.” Lacónico y corto de galanteria verbal, así eras.

Ya con la química en el bolso recordé cuando después de visitar Marruecos Hermana Ishtar me habló de la henna (‘polvo de raíces, hierbas y buena energía para el porvenir’). Entristezco al llamarla así. Quince años de veganismo combativo y amor propio que desarmaste con tu única ocurrencia lingüística: “Curioso que no comas carne y tu nombre sea justamente su juego de letras…”. Así borraste a Karen de mi vida y Hermana Ishtar, todo espíritu, cánticos y reflexiones etéreas sobre un más allá de luz e inconmensurable hermandad, pasó a ocupar su identidad. Me llevo la caja de henna que se aprieta incómoda junto a la rubia.

En esta ruta de cavilaciones consulto con una peluquera de qué manera me pueden sus herramientas salvar. Un arrastre. Me gusta la imagen; un ácido chorrenado por mis hombros arrastrando consigo cualquier muestra de tu espitelio, amargando el sabor de tus besos caducados en mi coronilla.

Quizás no sea tu voz sino tu mirada la que me incomoda hoy, tu mirarme. Reí aquella madrugada cuando me explicaste que tu estrabismo era una obvia virtud física que te permitía alegrarte mirando a dos mujeres bellas a la vez. Aquella madrugada reí y mi risa me enamoró. Aquella madrugada fuiste todo lo sincero que jamás volverías a ser. Con los años opté por amar tu mirada en soledad, la condescendencia de un desconocido o la risa de los niños se me hacían insostenibles. Mas, apagábamos la luz y el baile de tus ojos se transformaba en la rigidez plástica de tu cuerpo. Yo reía bajo tu piel y mi risa me enamoraba. Cuando la luz volvía a nosotros, estaba allá: ese ojo que era todo mio y aquel que nunca se dejó domar.

Arreglábamos el ático de Barcelona cuando te invité a imaginar un bebé en nuestra diminuta cocina. “Ahora no, princesa, nos queda mucho por trabajar”. Siempre me llamabas princesa cuando la ibas a cagar. Apuré una apendicitis, pasé dos días de limpieza energética arropada por las meditaciones de hermana Ishtar y volví al ático lista para redireccionar nuestra línea vital. Tuvimos dos hijos más. Uno psicológico sostenido por una dieta alta en leguminosas, regulares ingestas de batidos de fruta con leche y una menstruación que año tras año se fue haciendo más irregular. El tercero me lo robó tu ausencia, Anselmo.

“Sos la mujer de mi vida”. Llegué tarde a preguntarte de cuál. Me pesan los colores, el arrastre, me pesa esta vida que llenaste de naftalina para desaparecer libre de preocupaciones. Ojalá, hermana, no tuvieran nombres los colores, para sostenerlos durante un breve e indoloro instante, libres de emociones, despojados de sentir. Restar hasta la nulidad. El espejo me devuelve mi nido, todo desmantelado y oscurecido. Ni rubia ni sonriente. Las tijeras son mias y puedo con ellas recortar la vida de la forma que ahora quiera. Me trenzo y en cada estiramiento anudo los engaños de dejaste. Cortar y caer, caer, soltar, desarmar. Brilla mi luz, Anselmo, la que expando libre desde este Sahasrara a estrenar.

No ser y estar

María Josefina (en el nombre del Señor). Como nieta de Josefa, la Josita; para su madre que santa la quería, María; y desde sus tribulaciones más infantiles, Gina. Dos sílabas robadas de la inombrable que le regalaban el deleite secreto de una identidad creada. Todo en ella eran carencias de verdades, una ficción aumentada que nadie se atrevía a cuestionar porque de ella todos podían saborear la miel de la vida.

Al payador que había posibilitado su existencia después de una noche de manoseo rapaz lo transformó en el señor del Peugot granate, un comerciante de la capital que había visto truncado su amor por la panadera ante la opisición férrea de su familia. De su madre todo se sabía, pero a fuerza de insistir en el relato también habían todos aprendido que detrás de aquellas manos medialuneras guardaba a una artista en sombras chinas y que, al despuntar el día, no había dedos como los suyos para desarmar los dolores de espalda con sólo frotar los pulgares del pie.

De la Santa María que en forma de maddala, estampita o retrato la vigilaba desde cada rincón ella sabía que nada tenía: no sonreía cuando le pedían que sostuviera algún bebé y cuando escuchaba a Sandro sintiendo un cosquilleo picante entre las piernas no recordaba pasaje bíblico alguno donde se ponderara una sensación similar.

Se proclamó bailarina, corista eventual; la querida de los artistas. Decía que con sus cabellos habían urdido relatos de pasiones afrancesadas y que hasta la India habían llegado noticias de sus labios. Todos la exorenaban de su destreza para romper corazones, eran nuevas páginas en su novela y fresca clientela para el bar.

Y de pronto, Héctor. Decían que había apagado un fuego con las manos y que era como el pan dulce remojado en leche fresca.

Quería decirle que “Soy María Josefina”, toda María para lamerle las heridas y acompañar sus calvarios; toda Josefina para cebarle mates con peperina y cocinarle manzanas asadas en otoño. Quería mostrarle el punto donde nacerían sus alas si él la quisiera. Quería, traslúcida y frágil, dejarse atravesar por su vida.

Tanto insistió él en la ternura de sus muslos que sintió su carne mutar en duraznos maduros. “Mentí Héctor -decía con la mirada- cuando dije que como Cleopatra me baño en leche. La dulzura de mi piel es fruto del vaso de leche merengada que me permito cada noches antes de dormir.” No se lavaba su olor hasta asegurar que volverían a verse; retener su esencia como el canto triste de un prisionero.

Todo aquel universo de pantomimas, aquel que solía ser el refugio argentado de una realidad común, ella, su propia desconocida, única negadora. Ser dos y no ser nadie.

Con Héctor hubiera compartido que era un animal diurno, que llevaba el cuerpo agotado de rumbear para no caer en el olvido social. Él hubiera entendido su ausencia de padre, las mañanas de soledad de camino a la escuela, el gesto hiriente del primero que le levantó la pollera y la llamó gorda.

Gina le aplacaba el fuego en los campos de hinojo mientras se dejaba mecer en el dulce vaivén de la melancolía de su cuerpo. Héctor temió el idilio caduco, su corazón desmenuzado sobre la barra del bar, y huyó de Gina sin saber todas las vidas que María Josefina ya había tejido junto a él.

Biografía urbana II

Delia Aróstegui.
54 años.
Maestra de 5º grado.
Rozo esta década con aspereza. Incipientes las manchas en las manos.
La fracción vocacional de mi trabajo se desgastó sin que percibiera las alertas de su extinción. Este viaje laboral que me queda por serpentear es un robo -concedido- a la brizna de juventud que lucha por erguirse entre mis falanges. Incomoda su lucha vital. Taconeo -doble- sobre el asfalto -no soportaría su estela moribunda-.
En un intento por aplacar la incomodidad mundana que parece perseguirme (insisto en creer que las apariencias engañan y que está pronto a caer su antifaz), instauré una rutina consoladora: la progresión lineal del camino es el regalo perenne del no-tiempo. Edulcorado placebo de mis amaneceres; adobo con él todos los platos.

– Delia, estrenamos Dirección.
Lechuguita de mayo de complementos en composé. Lechuguita zen de trono post-adolescente. Alza su pancarta de “la magia de los niños” y proclama en su monólogo introductorio la “educación basada en el ejemplo”. Ejemplar es esta ansia por enseñarle el universo paralelo que insiste en desconocer, donde los niños no son todo golosinas y jazmines envueltos en papel absorbente humedecido un once de septiembre.
– Delia, porfis, tendrías que buscarte un lugar más alejado del predio escolar para fumar.
Su ejemplo, su templo. Ratón de almacén de barrio, entre las coronitas de novia un día, arañando hasta la caída la corteza del platanero otro, inhalo el alquitrán hasta insensibilizar la pleura. Humeo mi engaño en cada lección con la misma ejemplaridad hiriente del sexo como tabú en una familia de nueve hijos.

Dejo caer la ensoñación colectiva que iguala educadoras con amor suprahumano y, sin quemar mi decoro, acuso la necedad instaurada:

Existen personas que nos caen mal.
Los niños son personas.
Ergo, hay niños que nos caen mal.
La única falacia admisible es el pregón acerca de la devoción beata de los educadores.

Los primeros e idílicos años comulgué sistemáticamente y ahogué aquella química propia de la supervivivencia de la especie. Vestí niños de sábanas blancas.
La rubita trajo el desvelo. Descubrí que había identificado el eje de mi rutina (masticación calculada de Granny Smith) y me supe cautiva. Vibraba algo en el verde bizco de su mirada que me obligaba a rectificar la posición en la silla. Inventar el deber, apurar el paso. Ratón de almacén de barrio, pasé el año lectivo nutriendo mi angustia en el acá-va-todo-lo-que-no-tiene-lugar del edificio.
Recuerdo vívido: a mi propuesta de una redacción de sesgo bucólico (monótona plasmación: tranquera, puesta de sol, frisona) ella respondió con un relato de brujas y algún paisano mutilado. Freud en mano, pretendí deshacerme de su verbo. Pero como no existe capitán de barco dispuesto a perder un sólo marinero, la Junta se encargó de rectificar una intensidad poco recomendada en el maestrazgo.

Mis años vocacionales fueron también mis días de enamoramiento. El enlace con Carlos fue lo que debía ser: juntos desde la pubertad, descubrimos que atendiendo a requisitos mínimos podíamos edificar un teatro de la comedia apto para todas las familias. No vivimos picos de emoción, la mansedumbre del corazón es los que nos mantiene unidos. Sexo, bajo mínimos: desempolvar la estantería y volver a colocar toda la vajilla en su necesario orden. Plato de entrante, plato sopero, plato playo; pocillo, taza de té, tetera, lechera y la azucarera petrificada. Fines de semana de correcciones; jugar a las escondidas conmigo misma. Llegó el aborto, abrojado de posteriores excusas y postergaciones. Preferí mis silencios y aposté por la impavidez de Carlos. Anulamos la descendencia como quien silencia su teléfono a la espera de una llamada vital. Mantuvimos una línea salubre de intercambio social (intrínseco) y procuramos no desatender la renovación anual de las siemprevivas. Romancero gris de caudal ordenado, con él la creencia generalizada de la soltería autoinmune de mi profesión queda nula.
Maldiestro en semántica, solía anunciar el revolcón inminente con un ‘seño…’. Llegados los 40 determinó pisar la vida con zapatillas blancas emparejadas con medias de la extensión justa para parecer un borrico de pueblo. Fueron los mismos días en que su trabajo de astillero platenses mutó a payador juerguista (indemne se mantuvo su fatiga caída la tarde en el hogar).

Los siete primeros años como trabajadora dediqué íntegros los ahorros a la compra de mi auto. Sus cuotas puntuales implicaron la falta de fondos diarios nafteros, así que, auto en garage, las entrañas de la ciudad y yo pretendimos forjar una amistad lo más cercana a la sinceridad posible: yo la necesitaba, ella me parasitaba. Carlos había hecho suyo el Renault del ’89 que mi tía nos había legado en vida. Yo malabareaba para conseguir monedas, él no dudaba en vaciar dos tanques yendo a la deriva. ‘Negra, salgo a pescar con Juan. Si sacamos alguna buena llegaré tarde, viste que Juan cuando se enrrosca…’. Juan cuando se enrroscaba y él cuando le pintaba el calentón de una cadera no tan distinta de la mia. Silencié los aullidos, aspiré los mechones de las otras y hasta hice un reaprovechamiento juicioso de las horquillas que dejaban atrás. Vivir remendando las grietas, dándole a diario la bienvenida a un silencio que, según el ángulo, me sanaba de forma perturbadora.

El coqueteo con la jubilación me incomoda. Todos parecen tener claro que previo a su llegada es de humanidad precavida abonar el espíritu con habilidades manuales primigenias, despertar un interés de consuelo social que avale la llegada a una ancianidad de postal. Borré las huellas de tejedora que mi madre pretendió grabar en mi infancia; me sabe a naftalina y mate lavado. El roce de la lana y la lavandina en las manos de mi mamá, su apuro constante por adoctrinarme para poder librar la noche en otra fiesta a puerta cerrada; mi padre en el fondo de comedor, resoplando detrás de los bombos peronistas, aturdido en pensamientos de rulemanes y deudas que legar. Libre de hijos, nietos y mano diestra para elaborar mermeladas, no siento en mi haber la entrada a aquella tercera dimensión.

Ada, mi hermana, no se mantiene al margen de mi progreso estático. Nos gestó el mismo útero pero parecemos maceradas en hierbas incompatibles. Se mantiene criando geranios, de las que se fuman un porro cuando le duele la feminidad, afirma que antes morirán quienes confían en aquel uno y trino que les promete una vida post-vida que ella por abogar a favor de la marihuana y la libertad sexual. Cuando puede -siempre- tira de esta soga que nos une por el ombligo pretendiendo llevarme a su edén de domingos vespertinos libres de depresión. Me acuerdo de los pelos que peinan sus axilas en enero y de la cara de Carlos al verlos. Nunca se rectificó ante su presencia, proclamaba sin vergüenza que cagar es un acto compartido, pero que qué majestuosas las hembras que sangramos, damos vida y matamos con el mismo ímpetu. Mi mutis estupefacto y la gesticulación blindada de Carlos. Me alejé de sus planes asegurándome esta condición de ‘señora de’ por los siglos de los siglos.

Amén para la tarde en que volviste con las mejillas bronceadas y la boca edulcorada. Estabas radiante Carlos, como nunca lo habías sido. Parecía que el superhombre de mis fantasías ausentes te había poseído. Mi visión recortó la realidad inevitable de tus zaptillas blancas y por unos instantes personificaste el Carlos que podrías haber sido durante todos aquellos lustros gastados. Empezaste a hablarme de la volatilidad de la vida (más bien pronunciaste algo más básico como “la vida es corta Delia”), del canto del jilguero y de lo espectacular que es el amanecer a la vera del agua. Tres suspiros y dos pausas más tarde empezaste a hablar de mi, Delia, mi seño, de cómo la vida me iba a regalar una jubilación joven y saludable, para conocerme, para disfrutarme, para, repetiste, vivir esta vida que es tan corta. Intentaba seguir la línea, pero nunca presté demasiada atención tus relatos, siempre contaminados con muletillas, reflexiones de barra de bar de segunda y con cierto aire de convencionalidad. Preferí sentir que descubría tu mirada por primera vez, tenías los ojos más claros de lo que recordaba, Carlos, y seguías bien plantado dentro de los pantalones que arrastrás con orgullo hace diez años. Hablaste algo del amor y de la intensidad antes de decir que no querías nada, porque la vida no son posesiones sino emociones, que te ibas con el Renault de mi tía y el bolso que te firmó Milito.
Y mi necesidad del no-tiempo se hizo carne.
Anclada a la silla, impávida, quedé cuando rozaste con tu palma caliente mi hombro. Susurraste “sé feliz” con la misma profundidad con la que la panadera te desea un buen día después de entregarte la docena de medialunas. Mi borrasca quiso gritarte que no sería feliz, que sería soltera, maestra y soltera, con un auto que nunca aprendí a manejar estacionado hace veinte años en el garage, sin tu cuerpo como mi baluarte social. Te vi salir sin dejar rastro pero seguí la estela de tu abandono expeditivo hasta el Renault de mi tía. Ahí, en toda su gloria de cuerpo firme y locuacidad candente, con el mismo verde bizco, te esperaba ella, con el cinturón de seguridad puesto, unas flores en la mano y el pase libre a la vida de pareja con vos. La pareja y la desparejada.

Insisto en la aspereza de estos días que progresan como si no faltaran fichas en mi ajedrez. Su ropa para inventar el acto de la convivencia. La cama no se desviste al dormir y sigo sin acertar la medida del café individual. Leche acidificada, pan seco y y toda una serie de productos concebidos para compartir. Permití que me invadieran los geranios y cada domingo con esta soledad me armo un porro para exhalar las migas del día a día.

No sólo de leche vive el hombre

Llamémoslo Aldo, lechero del conurbano de principios del siglo veinte. Viven María y su triple descendencia de la lactación de sus tres vacas. Inversión de alto riesgo, trabajo mal remunerado y una jubilación ventajista harta de dolores. Había dejado la mueblería para ser “su propio jefe” y descifrar, sorprendido, cómo jefe suele ser sinónimo de esclavo. (María nunca le perdonaría haberla forzado tácitamente a dejar de ser ama de casa para nobiliarla como “la lechera”.)

 

Se llama Gerturd Kleinwort, pero la huida tempestuosa hacia el sur del mundo la obliga a llamarse Gertrudis. El señorío de la Winterhuderkai lo resume su memoria que, aunque insista en ahogarla (el sótano y su calefacción a carbón, la ropa hecha a medida para las nenas y en conjunto para sus respectivas muñecas, la prolijidad prusiana a la hora de las comidas) siempre despierta para hacerla sangrar. Las nenas aprenderán un oficio (puericultura o secretariado quizás) después de conocer el sabor de las papas recogidas en pleno verano y la aspereza del hilado manual de la lana. Camina erguida, procurando no confundirse con las criollas menudas. Esa fracción de rapaz en su mirada muta en mansedumbre ante el nuevo statu quo bonaerense. No conoce, no habla y la gesticulación siempre le fue censurada (clásica condena del histrionismo a la salida del teatro). Para su consuelo los salvoconductos fueron sembrando vecinas de patria a su alrededor, convirtiendo aquel barrio de yeísmo impronunciable en un florido gueto de antiguas señoras señoriales.

Fue Ruth Mond la última en llegar. Incansable cocinera, había aprendido el argentino buscando la complicidad de algún restaurador que quisiera apostar por el gusto de sus manos. Un mitín improvisado la catapultó como gestora de compras sociales: sabía dónde conseguir azúcar, conocía a la señora que tenía los pollos pero, por encima de todo, había logrado contactar con el lechero: “Wir werden jetzt Sahne haben!” y el éxtasis unánime sucumbía en la dulce untuosidad de la tierra que las había exiliado.

 

Aldo carga a sus hembras de alfalfa y choclo, limpia las ubres y cepilla la paja de su cuero ; María procura dejar sin arrugas el uniforme almidonado; las nenas entonan la tabla del cinco y zurcen sus medias con la misma destreza.
Gertrud, Ruth, Ilse, Ika, Michaela y Josefa (aunque sin bife los domingos, Brigitte tenía “eine Muchacha”) hierven agua para esterilizar sus botellas.

Es de madrugada, los hombres aún callan mientras la neblina barre el camino. Clarea y el sonido del cristal acunado anuncia el comienzo de una plácida ficción. Las cinco gringas exponen el menú del día de forma superficial, saben todas que lo importante, la magdalena indómita de Proust, es el Kuchen de la tarde. Schwartzwälder Kirschtorte o Apfelkuchen mit Schlagsahne, requisito es exprimir la grasa de la leche. Las campanas y un halo de bosta y hierba desarman la  dialéctica. Aldo saluda a Josefa y relojea a las señoras. Disfruta de la puesta en escena: deja al ternero mamar unos instantes y lo separa para proceder con el ordeño. Como buen granjero converso viste de blanco y con saco negro, los zapatos pulidos; sabe cuánto disfruta la gente de ciudad del idilio agreste siempre y cuando huela a jabón y no dé indicios de trabajo forzoso y menospreciado. Una a una las botellas engullen el oro blanco. Gota a gota las penurias de Aldo devienen en harina, abrigo, consuelo para la Doña.

 

En aquellos tiempos, las ansias de Aldo lo hacían un pionero en el pensamiento productivista. El rendimiento por sobre la cantidad, la voracidad de sus anhelos por encima de cualquier forma de honestidad. Aprieta la vida y el remedio más sensato son una saco de agua bajo el corazón (esta falsa sinceridad propia de algunos amores), un tubo y una cánula.

 

“Meine Milch hat keine Nata mehr…”, Gertrud levanta la alarma. Ruth lidera la comitiva. Denuncia e interpelación ex abrupto. El barrial de las calles como testigo, la dolorosa duda de las señoras se vuelve carne y traición, viveza criolla de estreno.

Llega el asfalto, la leche embotellada a los almacenes, el repicar de tacones sobre la vereda.
Aldo habrá reinventádose, quizás, como vendedor de flores de vida plástica y perenne.
leche a domicilio

Biografía urbana I

Alicia Ródenas.
52 años.
Catequista.
Villa Urquiza, Buenos Aires.

En las rejas oxidadas que resguardan mi monoambiente cultivo crasas. Todavía guardo las macetas de los cactus añejos que deseché el instante en que, con la sutilidad de una sierra radial, una vecina me comentó que había sido comprobada la correlación inequívoca entre la condición de soltería vitalicia y el cultivo esmerado de cactus. Entonces, la acción más alejada de la traición y la más cercana a un placebo para mi consciencia que pude tomar fue reproducir suculentas (esta denominación resulta, como mínimo, tentadora).

El tiempo me fue redondeando la rectitud escuálida de una infancia entre bicicletas sin ruedas y muñecas de tercera mano (raídos los pies de tanto pretender andar gráciles por los rincones de un barrio sin agua potable y sin más luz que la claridad que regala un día despejado). Mi cabellera -indemne- siempre azabache y desgraciada, raya al medio y reunión detrás de la fosa escafoidea en días de bochorno. Visto de negro, me ahorra el calvario de las manchas impertinentes: blusa de símil seda de septiembre a abril, camiseta de mangas largas y cuello redondo de Casa Alberto de mayo a agosto. Sabañones, ojo de gallo, uñas encarnadas, mis pies siempre están como queriéndome decir que no terminan de andar del todo satisfechos por esta vida. Los consuelo pisando sin dejar rastro en unos mocasines ortopédicos que ofertaron en la farmacia. Llevo mis cargas repartidas en tres bolsos (esto de la Tríada Divina me persigue en formas insospechables). Para la porción de piel que descubre la ropa, mi Cruz.

Tres veces por semana dibujo el mismo sendero hasta la avenida. Busco ser la primera en la fila para estirar el brazo con desgano premeditado, haciéndole creer a mi imaginación beata que el chofer del 168 se detiene para conocer mi gracia. Destino; pago; mi mano que se aferra con asco a los hierros bañados en epitelio ajeno. Bajo parida por la prensa humana (una pierna suele vagar por el último escalón cuando ya resuena la segunda marcha en el motor) y me siento feliz abrazada nuevamente por el libertinaje que sudan las calles de la ciudad. El apetito guía mi instinto y como cordero de regreso al establo vuelvo a la misma esquina perfumada de queso caliente. El Imperio... imperial la oscuridad que lo rodea, imperial la suciedad de sus aceras, imperial el hastio de su mobiliario, imperial la polución que abrasa sus ventanas. Imperial también la reiterativa escena en la que pasan cuarenta minutos antes de ser atendida: esperanza que albergan los camareros de ver llegar un acompañante inpuntual para compartir mi velada de malta y carbohidratos. Esbozan su aterrizaje ficticio cada noche; alto, de hombros sostenidos, uniceja frondosa y boca prieta. Esquivo la condolencia de sus sonrisas y abro presurosa mi monedero. Hundo mi mano hasta estrangular la estampita con su cara. Calmo mis ansias y revivo la dicha de estar en Él. Hoy me atrevo a buscar su rostro y como borrico de escuela cuelo la mirada por debajo de la mesa para copiar su cara en mi retina.

Soy catequista por iniciativa divina.

“…tu papá? Tomá, una foto.”

Estampita en mano, corazón en boca.

Ocho años, su vacío, el discurso envenenado de mi madre traicionada.

Me bautizó para maravillas para condenarme en esta piadosa soledad.

Negarnos esta zambita

El ascensor es gris, gris como aquel cielo atento a la caída de los primeros y más aventurados copos de nieve. Donde hace diez años lucía un espejo, hoy se exhibe un cuadro de mohos y demás humedades edilicias escurridizas. Entra sola, como cada mañana de domingo a miércoles y como cada día se acomoda en la esquina izquierda y como cada momento analiza las escuadras, perfectas, un delineante experimentado su gestor. De los rincones de fluorescencia sus pupilas lagañosas vagan hacia sus pies… sin duda que el calzado elegido hacía honor a su etimología: dos tiras de cuero raído sujetan los escafoides. Siente cierta adherencia en la suela derecha; eleva el pie en una rotación mayúscula hacia atrás y con un escarbadientes huérfano que encuentra en el monedero comienza la ardua tarea de rascar toda huella del chicle atrevido.

– …siempre la misma mierda…!

Se detiene la máquina. Alza la vista adivinando la forma del número que la luz destaca (el último pago de sus lentes estaba en deuda, hasta entonces irá achinando la mirada pretendiendo desglosar contenidos sensatos) y calcula que le quedan aún cinco plantas para concluir gloriosa con el rasqueteo efusivo. Continua, prolija limpiadora, hasta que el grip del paso doble ajeno distrae su equilibrio. Se desenrosca como boa empachada, cayéndole un par de rulos impertinentes sobre la frente transpirada. Casi instantáneo es el crecimiento de un cúmulo denso de calor dulce, el mismo que la abrazaba cuando su tía abría el horno para sacar la pastafrola de los domingos. Diestra acomoda la melena, siniestra tantea el nivel de exudación de su nuca. Termina de ordenar las cervicales, vértebra por vértebra (el repique de la voz de su guía de yoga suele adormilar la velocidad rítmica que el trajín laboral pretende exprimir de ella) quedando enfrentada (pero completamente anulada para afrontar) a la encarnación vívida, palpable y olorosa de sus más fervientes súplicas juveniles.

Jodida dialéctica la del destino y la rutina de la primavera fría de su vida, anclarlos como abrojos pampeanos en el mismo cubo mecánico, reventando el idilio de escritos confesionales, la fotografía casual de un atardecer en Lisboa, la posibilidad remota de una noche improvisada jugando a ser maestros pizzeros.

Se regalan el anagrama onírico del saber.

(Alta en el cielo, un águila guerrera.) Machaque patrio que intenta robarle este hálito divino, este cachetazo sanador, esta payada imperceptible para el profano (todo aquel que exceda esta suma perfecta que igualan ellos dos).

Late la luz detrás del 9.

Del espacio penden sus historias sin configuración, sus vivencias sin escenografía.

Emerge, devastador, su silencio compartido.

índex