Archivo de la categoría: La cara de la moneda

Fires para sudaka

Me hubiera gustado soplarme mil monedas y muchos billetes en el juego ese de las monedas que caen, timba de jubilada marplatense que solía llenarme de dicha algunos veranos del sur.

Me vendieron unas papas fritas de freezer a un dedo de estar cocidas. Baño de mayonesa y un esfuerzo extra para mi hígado.
Luces y bullicio, el gitano medio ido que espera en su silla con treinta globos coronándole la cabeza. Autónomo no es, su quietud lo delata.
Un remolque que vende empanadas, la melancolía se me mezcla con la poca gracia lingüística que me causa el nombre… “La concha de la lora”. Quizás lo que me pega es cierta incomodidad hetero: concha y empanadas, not my choice.


La contemplación de los autitos chocadores me alarga la esperanza de una vida desacomplejada: entre nenes elétricos y padres que no saben qué gesto dibujar ante el choque contra otro padre acompañante, una señora de sesentaialgos, pantalones negros y saco violeta tornasolado como el de mi camisa favoritas del 2000, el pelo recogido con ganchitos con brillantina, maquillada con parismonia en paleta rosa, violeta, brillo. La espalda recta, las dos manos al volante, seria la vista, choca niños, niñas, márgenes, padres incómodos, hermanas copadas. Esconde la sonrisa triunfal mientras su presencia me relata mil historias posibles que quisiera, pero no seré capaz de escribir.

Ataco la churrería. Tarde pienso siempre que me falta el mate. Pido sin rumbo, por unos instantes me creo poligástrica y, naturalmente, me quejo de lo rápida que tienen la muñeca para cortar la lluvia de azúcar. Logística de adicta: rebozar el churro en el fondo de la paperina sin que ésta se desarme y la gula desenmascare tanta ansiedad.

Suena mucho latinaje. Me gusta, lo admito, esta fantasía de cachengue for export. Carne marcada y no refrigerada; un parillero con una cintura de metro y medio. La piba que pasea un bebé en funda de Mini Cooper. El laburante que rascó las monedas de la guantera. Los pibes que venden juguetes chinos y los controladores de las atracciones que exalan cierta estética merquera.

La feria tiene su fiesta.

Yo siempre extraño mi siesta.

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Libre de patrocinios

¿Cómo saber si el oficio de pastora es una opción para mi si su realidad me es vetada?

Empecemos por hoy: los resultados de Google me inducen a pensar que en femenino es una cantante y que en su versión masculina es alguien que se dedica a predicar palabras santas.

En mi dimensión pasada forma parte del espacio mitológico, se relaciona con el Peter de Heidi y va de la mano de un hombre mayor, enclenque, de aspecto sucio, más bien malhumorado y tan lejano que vuelve a caer al espacio mitológico.

Muchos nenes sueñan con ser bomberos (camiones carmín y heroicidad) o futbolistas (combate regulado y heroicidad).

Muchas nenas sueñan con ser veterinarias (animalitos mansos que se prestan a la curación y heroicidad) o cantantes (estrellato y heroicidad).

No sorprende descubrir detrás de cada sueño que se debería suponer único e irrepetible, una uniformidad de propuestas discursivas y su consecuente merchandising: la radiante Barbie veterinaria con toda su legión de mascotas tiernas, el disfraz de veterinaria sexy de la adultez, los deseados camiones de bomberos en su infinidad de versiones, el bombero porno del imaginario colectivo, la temible espiral de derivados de la industria futbolística.

El pastoreo, ¿con qué producto podría saciar aquella sed de consumo?

¿Nos es negada la realidad del oficio porque su bastión principal radica en valores que siempre han trascendido lo monetario?

¿Es, empezando por la comunicación de su labor, un oficio menospreciado, recluido y nada fomentado por su incapacidad para saciar nuestra sed de consumo, nuestra voracidad por lo sencillo, predigerido e inmediato?

Ser pastora implica irremediablemente volverse humilde ante la magnitud de la naturaleza y obliga reflexionar sobre una misma de forma constante.

Ningún nene comprende ese “no toques la vela, te vas a quemar” si efectivamente nunca le permitimos el espacio para quemarse. La lección infravalorada de la propia experiencia.

Así, no sabemos que somos alérgicos a las cabras hasta que no nos acercamos a una; no identificamos que el tomate nos resulta alérgeno hasta que no lo comemos.

Uno de los oficios que nos permitió sobrevivir como especie hasta estos días nos es menos conocido, más ficticio, menos tentador que ser estudioso de nanopartículas.

Es un trabajo de biorritmo y humanidad, en el sentido más profundo de la palabra. Un trabajo despojado de paternalismo que conforma un carácter de aparente dureza que desde la “laxitud” ciudadana cuesta interpelar.

Diariamente somos los únicos culpables, los primeros responsables. Diariamente existen situaciones más o menos nuevas que necesitan ser resueltas con ingenio, velocidad y mínimos recursos. La mirada tiene que ser atenta de forma constante ya que sólo la observación puede detectar posibles anomalías: la gestión de la salud de un rebaño es una labor diaria y sostenida. Si conduje al rebaño hacia una zona sin alimento, si lo hice transitar por un barranco peligroso, si un grupo se me escapó en dirección contraria, no podré buscar a nadie a quien descargarle mi desesperación, podría gritarle y reñar sin sentido a los animales para eludir la siempre dura faena del fracaso personal.

Asumir, transformar y crecer.

Ser pastora me ancla en el presente con la mirada puesta en un futuro que sólo puedo atrever a suponer con liviandad. Me liga al espacio circundante, fija la vista al cielo y a la tierra. Me mueve con la “lentitud” de los ritmos cíclicos y con la inmediatez forzosa de las situaciones resolutivas.

En el pastoreo no existen congelados ni platos precocinados. No hay cabida a la megalomanía, no se ofertan vestiduras ni etiquetas para disfrazar la inoperancia. No vendemos biblias pero a quienes nos permitimos dejarnos atravesar por esta realidad nos gusta repartir la buena nueva.

Declaración sin intenciones

En mi tierra parecemos querer eludir la obviedad semántica del espacio mortuorio y nos reunimos en el ‘velatorio’. Acá me ofrecieron una entrada al ‘tanatorio’ y maldigo el cajón de mis conocimientos que Tánatos abre con oscura suavidad.

Es un espacio que me incomoda: diáfano, de iluminado excesivo y amoblado a baja estatura, liberado de obstáculos que limiten el veloz reconocimiento facial de todos los congregados. Tienen sus gestores la sensibilidad de presentarlo vacío de olores, de librarlo de aquella cadena que nos arrastra por la nariz hacia un infinito de emociones pasadas.

Me dice que se va a tirar al whisky, embeberse en él. No le gusta pero arde y, eventualmente, anula. Azúcar, harina blanqueada y aceite de palma propongo yo: sería una dulce autodestrucción con aval social.

Los encuentros sociales presentan un alto índice de notas de autor vacías, un legado propio del imperativo parlante sapiens sapiens (siempre en detrimento de los placeres del acompañamiento silencioso). Tanatorio y salón de casamiento conectan en cuanto comparten una norma intrínseca: a las boludeces responder con agradecimiento sonrojado y let it flow.

Existen eufemismos culposos y lindantes a la ciencia ficción que me perturban: perdieron a su hijo. [Como también los hay que son delicias perennes: te quiero comer entero.]
Cariló, 1993. Dani tiene tres años y lo perdemos en la playa. Entre veinte perdonad lo dejamos olvidado durmiendo refugiado debajo de un escalón.
Pero su hijo está muerto. El eufemismo implicaría una penosa y eterna búsqueda culposa muy distante de la sanación. La asimilación verbal de la realidad es parte de la purga.

Volvemos a la vida porque Núria parió un rubio vándalo que con dos años en su currículum escupe a gestores inmobiliarios y se apropia de todos los pochoclos de la bolsa. Reímos con la boca abierta ante la muerte aledaña que parece susurrarnos: esto funciona así hermosas.

El whisky no logro ni inspirarlo, despierta las alertas de mis papilas. Sospecho que no debe ser un gen recesivo. A mi abuela le gusta “un whiskycito nena”. Ella también enterró a su hijo. El sabor de la tristeza.
Puedo imaginar, siguiendo el manual de desuso familiar, que murió solo. Hasta la pubertad no supe del causante de su muerte y, por ello, también me mantuve (¿mantengo?) ignorante de las motivaciones de su vida. Ironías (como eufemismos: las hay acertadas y las hay de mierda) de la vida metatextual: ni tan sólo la muerte lo libró del disfraz.

De la mujer que me nutre con relatos escritos por otros aprendo que después del buen nacer también tiene que existir el buen morir.
Enlaza las palabras sin tiempo para la premeditación, delicadamente conexas. Gesticulan sus pálidas manos, encoge y relaja los hombros y mece su aparente fragilidad para hacerme ver que si hijo murió ahí mismo donde fue gestado, sobre el cuerpo receptivo, atravesado, potenciado de su madre.

La vida son todas las curiosidades que él dejó adeudadas.

Omito que las paredes son blancas y que su esterilidad, a priori, a la defensiva, siempre me descolocan y muta la muchedumbre veladora en un preciado mitin de emocionar visibilizado, testimonio no virtual de aquello que nos conforma y aúna en comunidad.

A la vida y a ella, impensablemente, tengo que darles las gracias.

La vida según desde un 17 de enero

Si los catalanes tienen una pasión potenciada por la guita no soy juez para determinarlo: nieta de un judío que creyó en la Deutsche Bank para sus ahorros vitalicios y apadrinada por un tío que linyerea muebles en el casco histórico de Bonn. Tengo 31 años y hago llamadas perdidas, le pido al verdulero que lo que tenga al límite de la putrefacción me lo guarde y antes de eliminar cualquier envase lo estudio del derecho y del revés para determinar si le puedo dar una segunda vida.
La casa lindante a la mía es propiedad de una pareja de jubilados catalanes, Dolors y su lacayo. Casa que no habitan, no venden, no alquilan. Un inmueble en la calle más aburrida destinado a no tener vida más allá de una limpieza mensual. Es una casa digna y neutral, de una planta, con un patio delantero escoltado por dos palomos de cola en pleno cortejo y un par de macetones vacíos. A su derecha un camino de entrada al garage y, encima de éste, un espacio cerrado de usos múltiples (en desuso también). Entre uno y otro edificio, un pelado patio trasero cuya única señal de movimiento se origina sobre el desagüe los días de aguacero de Levante. Dolors es menuda y gris, la semántica de su nombre parece arroparla. Viste pantalones inflamables y zapatos de farmacia. En la cabeza el clásico corte de varón para señora de pueblo. Las canas la clarean con penuria y la manera en que las raíces se aferran oleosas al cuero cabelludo me habla de lo poco que la incomoda la tan promocionada ligereza capilar. Él maneja el Peugeot que compraron hace treinta años, el mismo con el que una vez al mes (si los anuncios de lluvias del Sáhara no los empujan antes) llegan al lado de mi cueva a limpiar. Pasan ocho horas limpiando, ocho horas escuchando Catalunya Informació sin cuestionamientos, ocho horas de ayuno social para volver a cerrarlo todo y dejar nuevamente la casa al margen de la funcionalidad. Se van tan grises y callados como habían llegado (el lacayo probablemente con nuevas vejaciones en sus bolsillos), sin llevar ni proyectar traer nada nuevo. Una montaña de ladrillos catalogada como inversión.
Una mañana, resultado del apuro en las manos del repartidor, una carta del banco a nombre de Dolors se coló debajo de mi puerta. Esa mañana actué como en otras ocasiones y me hice dueña irreflexiva de lo ajeno. No sospechaba reclamaciones; al igual que muchas señoras Dolors seguramente me imaginaba inglesa y caníbal y no me donaba ni medio ‘bon dia’ quizás por temor a colapsar mis dendritas. Recuerdo que no tienen hijos y en consecuencia tampoco nietos y pienso que la jubilación, si hay salud y no más pasatiempos que desempolvar y estudiar la Pronto, no puede ser más que un gran engaño. Mediante los cordiales saludos de Eduard Masgrau, director de la sucursal 0075, mi tostada hereje de manteca y dulce de leche y yo nos enteramos de los 850.000 euros que empapelan la cuenta de Dolors. Lecciones de catalanismo para la chusma sudaka.
De vez en cuando mi suegra pavonea de nuera foránea afirmando que al mes de mi bienvenida ya hablaba catalán. Mentira indolora porque los primeros meses huí de ella como de cualquier situación donde quedara expuesto mi yeísmo. Apuré el aprendizaje jurándole fidelidad a una novela y leyendo los domingos el diario en mutis. Estuve a punto de rendirme ante la doble ele hasta que escuché decir a cau d’orella. El poder íntimo de lo intraducible. El idioma que me suavizó la lengua; la seducción casi palpable de la ese sorda; la aniquilación del seseo españolizante; el placer gráfico de las diéresis, la c cedilla y las geminaciones.
Por desgracia, mis avances lingüísticos no progresaron al ritmo de quienes me rodean y, al igual que en mi tierra de mate y bizcochitos de grasa, son tres las personas que logran decir bien mi nombre. Los intentos que pululan por Yasmina, Iémin, Iamina, Jássmin, Yamín y Gessamí suelen sucumbir a los polivalentes nena, dona, maca, tía o tú, dependiendo del orden de confianza, la velocidad del diálogo y la cantidad de birras compartidas.
Guiados por una catalanidad cauta y precavida, basándose en mi ficha de ingreso, compartí en el hospital la habitación con una tal Rowayda. La escena de la señora marroquí junto a la argentina que parece alemana pero habla catalán incomodó a la responsabilidad le de limpieza y me dio a mi, tan limitada de paciencia para cualquier mutación de racismo, un nuevo motivo por el que agradecer por mi nombre. Fue, seguramente, la internación post parto más entretenida. La ferocidad de los eructos de Rowayda la primera madrugada me habían hecho creer que eran bombardeos de su marido. Ella disfrutó de estar alejada de sus tres hijos restantes, para horror de mi vieja a cuyo cuerpo sólo la acorazaba una cortina de tela a media asta, cortándose las uñas saltarinas de los pies. Mientras yo, novata y vegetariana, intentaba tragar las cucharadas de un estofado de lentejas, agua clorada y dos cubos cadavéricos, ella se henchía con las delicias que a través de su marido las mujeres de su comunidad le lograban traficar.
Cuando me animé a vocalizar mi catalán muchos insistieron en responder en un castellano pedorro y prácticamente incomprensible, como el que ruboriza a Helena cuando se ve obligada a ondear una dosis de españolismo. Castellano hablado por un yanki, como el que sale de la boca de mi hijo catalán, medio argentino y de fisonomía germana cuando dice boludo. Hablar en catalán me permitió esconderme y más tarde, actuar. También me ayudó a reconocer a pajeros del habla como aquel veterinario que aún siendo catalán insistía en hablarme en español insistiendo en que me dejara de giiladas y siguiera hablando en ese argentino tan bonito. Nunca pude aprehenderlo por incomodarme, soy de las que se vuelven flema ante un conferencista colombiano (que me hable de física o del Cristo Redentor, lo mismo me da).
En casa pauté no colgar banderas, ni 9 de julios ni 11 de septiembres. La cuestión de la independencia, cualquiera de sus caras, me es imposible de decodificar. Todos mis abuelos llegaron en barco, piojosos, sin muebles y con sus nombres reconstruidos al sur del mundo, adaptándose al local “ya vendrán tiempos mejores” con la certeza física de que en Europa ya habían dejado lo peor. Mis viejos fueron criados como europeos en la Pampa prometida y ellos nos educaron con un argentinismo apátrido para que pudiéramos elegir el punto del globo más acorde con nuestra identidad. En la escuela primaria nos hicieron votar por la bandera bonaerense que nos resultara más linda (porque, ¿qué otro criterio impera a los nueve años más allá de ‘me gusta-no me gusta’?) o lo que es lo mismo: en los noventa los pibes definíamos la insignia provincial; mi patriotismo. A mi hermano la maestra de tercero le palmeó con saña la nuca cuando lo enganchó cambiando una repetida del Bati durante el izamiento de la bandera nacional y si a él ahora a sus treinta le anunciaran la llegada de conquistadores, seguramente daría un paso al costado anunciando que ya vendrán tiempos mejores.
Antes del flaco no sabía de Catalunya, mucho menos del catalán y sus ismos. Pero saben ustedes, acaso, ¿que la Patagonia no es una provincia, que Buenos Aires no termina en El Caminito, que no todos amamos a Maradona y que no nos pasamos el día diciendo ‘¡qué bueno que viniste!’? No todos los catalanes son cerrados ni todos los argentinos devotos de los psicólogos. Muchos también los odiamos.
Miro esta labor por la independencia como una película, como un emocionar que querría poder sentir, como el amor de mi hermano por Racing. Me reí del flaco cuando me dijo que es indígena de estas tierras… Pero tiene razón. La matanza del indio, la persecución de los judíos, el exilio forzado, nada impidió que el nieto del nieto del nieto del nieto  naciera en esta misma tierra.
Hoy, hace nueve años, ando acá. Sin premeditarlo me trencé el pelo como mi tía abuela de pequeña, con la trenza recogida en la cabeza. Anna Raziljer de Serbia es esta tarde Ana Rasillier en un geriátrico de San Miguel. Der Apfel fällt nicht weit vom Baum y yo estoy acá intentando descubrir dónde se encuentra el árbol del que caí.

La carne viva

La sangre que las publicidades de compresas y tampones tiñen de azul para no herir sensibilidades es la misma que inunda de vida cada rincón de mi cuerpo propicio a la oxigenación. Toda roja, toda viva. Late en el embrionario estado inicial de nuestra configuración y se apaga cual hoguera ante las inclemencias de los años.Imagen
Desde una América del norte alejada de estallidos y militancia patriótica, llega a las costas mediterráneas, sin escala y recibida con un cóctel de emociones no extrapolables, una nueva promesa de vida. Toda roja, toda viva. Presiona las paredes que la contienen anhelando el regreso a un caudal de movimiento, al río incesante que digita el vaivén de nuestros días.Hace una semana un rosal vuelve a soñar, desear, proyectar, anhelar.

 

Hoy hice mi primera donación de sangre, una manera inicial de sostener y homenajear la red de donantes..
Libre de temores y falsa mitología, con determinación y esperanza.
Comprendí que:
– a pesar de los esfuerzos comunicativos, seguimos desinformados. El folleto entregado no explica, por ejemplo, que el procedimiento de extracción dura entre 5 y 10 minutos.
– la constante y cansina búsqueda de un modelo de mujer consumida por la angustia de la delgadez y la versión atrofiada del hombre embutido que halaga su ego con inyecciones de hormonas JODEN a toda una población que ve mermados sus donantes. Potenciar una juventud que confía en su cuerpo y en el valor de cada uno de sus actos es la manera más sensata, económica y justa de plantar las bases para una sociedad con posibilidad de solidaridad.
– las mujeres podemos donar 3 veces al año, los hombres 4. La norma genérica elude la amenorrea de la lactancia y el cese permanente de la menstruación durante la menopausia… lejos están mis conocimientos de la medicina, pero ante la necesidad de donantes, no sería interesante revisar los casos?
– si existe una primera vez, las habrá miles. Animar a familiares y amigos es DEBER de cada donante. La difusión de administraciones y asociaciones nada valen sin el consenso efectivo del boca a boca. 

Deseo que mi gesto sea viral y propague la buena nueva.

Celebro hoy mi aprendizaje, celebro hoy una nueva fe.

Devota del herbolario

El recibidor del consultorio de su marido luce una placa de bronce que informa: ‘J.T. Medicina general’.
En la puerta de la dietética que ella resguarda debería anunciars:

‘L.G. Escucha personalizada’

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Podría ser una vendedora rasa, mercader de bienes de caducidad limitada; pero es banco de confianza, depósito de historias de amor, comerciante de una manera más sencilla de sentir.
Es menuda, habla con parsimonia y confía en el poder de las piedras. Los vaivenes abruptos de la vida la obligan a reflexionar a diario sobre la sabiduría del cuerpo y sabe, sin titubeos, que no existe mejor alimento para el alma que un pensamiento amoroso en su honor. Viste camisa almidonada, lleva el pelo lacio cortado al bies y la engalana siempre algún talismán.Las señoras de falda tubular y permanente estática refieren a ella como la dona del practicant. En un registro más enaltecedor de su individualidad yo la llamo Lourdes.

Ofrece mirada, consuelo y el perfume del sándalo. Cada rincón del negocio invita a la exploración y sin intención se convierte en punto de enlace de ánimas con inquietudes comunes.

Siempre cara, nunca careta, descubrió que el lugar que ocupa conlleva firmeza y responsabilidad, a la vez que delicadeza y empatía.
Invito a quienes suben a Sant Hilari a abastecerse de agua, a quienes vienen a perderse buscando setas o respirar el aire de monte, a visitarla, reconocerla, quererla.
Convite experimental inicial:
  • Bebida de avellanas: cocida con maicena y melaza o miel se convierte en un sencillo, ligero y delicioso postre para ofrecer a los niños como substituto de la oferta industrializada.
  • Henna: mezclando dos cucharadas de henna natural en polvo mezcladas con un huevo (puesto en nido alejado de la producción masiva) se obtiene una máscara nutritiva para el cabello. Aplicar durante 10 – 15 minutos y enjuagar.
  • Mijo: es tanto más que alimento para aves! Cocido y mezclado con puré de boniato resulta una croqueta ideal para el otoño.
  • Crema de caléndula: aliada para la piel sensible de los bebés, efectiva también para la piel irritada de los adultos.

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Nuestro jardín de rosas

N.d.A.: Advertencia! Contiene imágenes de sosiego contagioso.

Cayó una bombucha inocua de humo alimonado y brillantina; dos lunas nuevas bastaron para que huyéramos a rincones de humanidad inesperada. Divorciados de la premonición y la permanencia, tendimos la mano a ese espíritu sediento de novedades que acompaña la infancia para aterrizar en un terreno emocionalmente desconocido.

 
Profesión: emigrante.

Estado civil: inmigrante.

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A Jimmy una barca de piratas griegos lo condujo de desde las costas adriáticas de Italia a las orillas quietas de Jindabyne.

Los migrantes no nos zambullimos en el espacio sensorial como tales hasta llegado el crucial (e inevitable) encuentro con la añoranza. Vivimos la experiencia en matices que oscilan del azul al naranja: en la lejanía de la Tierra Madre, las emociones fluctuan vigorosas de un vivir en tecnicolor a un padecimiento purgante.

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En Ambrona, Ilo se construye una realidad alienada del toreo de la urbe.

Muchos de mis amigos y yo somos emigrantes por elección, porque decidimos una tarde de febrero voluntaria y racionalmente aparcar la historia que hasta el momento habíamos hilado para integrarnos en un tejido nuevo. Sólo quien elije su partida se sabe portador de aquella pulsión intransferible, de la llamada inquieta que únicamente el movimiento puede acallar. Por esto, sedentarios lectores, ¡sabed que no somos firmes domadores de nuestra voluntad! Y aquí, en este destierro feliz, lloramos con previo aviso la distancia de la celebración familiar de la misma manera que, jubilosos, nos dejamos querer a borbotones por la familia de estreno que nos acoge.

 

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Ka, Or y Pikachu, una familia muy normal en Netanya.
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Berlín se engalana con los mundos de Vicky.
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En panamá, al son de timbales, se reencuentran Tute y la música.

 

Trazamos invisibles pero firmes lazos de relación interespacial y nos enarbolamos como difusores subjetivos de una cultura vivencial. Pretendemos, con claridad y viva voz, fomentar el respeto hacia esta Tierra cuyos senderos a TODOS nos son cedidos sin concesiones.

Nuestro libre albedrío se sostiene en la creencia irrefutable de una sociedad en igualdad de derechos, deberes y valoración.

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La ciudad de Seattle bajo la mirada encantadora de Mery.
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Se enamoran Austria y Tere.
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El caribe de Saint Marteen le recuerda a Gus por qué ama cocinar.

Y detrás de este baúl de responsabilidades autoadjudicadas descansa, sin más, el espíritu de la curiosidad y el asombro.

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Descubro, con mi propia fuerza motora y dos caballeros de guía, la Cataluña más íntima.

Con mucho arte y toda la parte

“Sufrir creando. Extasiarme y perderme en el misterio de la luz, del color, de la vida. Fundir mi alma con la de la naturaleza… Buscar siempre más, siempre más allá… Más luz, más azul… más sol… Abstraerme en la naturaleza, ser su sumiso discípulo…”
Salvador Dalí

Me complace la extinción de los mecenas romanos: su ausencia fuerza a la unión y reunión de artistas, procuprando espacios pluridisciplinarios donde admirar y loar de manera colectiva el impulso creador sintiéndose parte activa de éste.

Concibe el artista en solitario su llamado de expresión y anhela, en ocasiones temoroso, en ocasiones temerario, conocer la manera en que el espectador traduce y rememora su obra.

En la quietud selvática del final de la primavera un grupo de artistas autoconvocados insiste en la exposición de su emocionar y abre las puertas del TORNEMI D’ESTIU. Tras las bambalinas no hay rastro de improvisación: Excèntrica es la asociación sin ánimo de lucro que aglutina sin homogeneizar a juglares, poetas, pintores, soñadores y difusores del que denominan “art guiller” (porque qué estados traduce la piel si no se remueve en la tierra que la circunda?).

La locación del evento es idícila para los nostálgicos amantes de la pasada (aunque aún no derruida) gloria retro del pueblo: el Hostal Fugarolas luce libre de telas de araña el mobiliario del ayer, los marcos de madera clara y la acogedora cocina de fogones dormidos.

Espacio de bienvenida
Ascensor en desuso
Fachada del Hostal Fugarolas

La entrada es gratuita y sus organizadores no hacen más que incitar orgullosos a la exploración. El hilo temático es la sombra que con toda su densidad plasma luces, colores y el ánimo exultante de quienes descubren la eclosión artística.

Mercado de arte
Mercado de arte

El manifiesto del encuentro habla inequívoco del arte y de la vitalidad positiva que trasciende el lienzo, convidando a la reflexión participativa:

“No és responsabilitat  de tot creador, de tot ésser humà, acceptar el poder que atorga aquesta claredat per fer-ne un món teixit d’experiències enriquidores?”

Núria Suskeda

Espacios que habían sido hasta hace poco reservados al abandono sienten revivir su estructura, su necesidad de ser, dando cobijo a propuestas enérgicas: intercambio de recuerdos culinarios, rapsodas postmodernos, subhasta de arte y jam session entre otras tantas repartidas a lo largo de todo el fin de semana.

El espacio para las representaciones
Habitación 118

Observo cómo se sazona la cultura local… Cato expectante y procuro dinfundir la buena nueva: cultura crítica, jamás en crisis!

Cuando la muerte toma la palabra

“El principito arrancó también, con un poco de melancolía, los últimos brotes de baobabs. Creía que no iba a volver jamás. Pero todos esos trabajos cotidianos le parecieron extremadamente agradables esa mañana. Y cuando regó por última vez la flor, y se dispuso a ponerla al abrigo del globo, descubrió que tenía deseos de llorar.”

Antoine de Saint – Exupéry

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– Alimenten a los animales y denle cada mañana una galleta al perro – dijo.

No era practicante pero su mujer cada atardecer recitaba un rosario en el silencio de la cocina. A caballo de una fe prestada hizo la señal de la cruz e inspiró por última vez.

Agotado de fuerzas reposa el agricultor incansable mientras la Tierra que lo arropa alimenta la vida que dejó atrás: las patateras se alzan esplendorosas, los plantines de tomateras tienen ansia de florecimiento, las fresas y las cerezas se sonrojan, el peral luce abundante progenie… el espacio se nutre de su sabiduría.

No creo en el raciocinio de las emociones.
Al menos no para las mias.

Sin saber lo que hacía, siguiendo su método puramente intuitivo, mi madre me nutrió de una educación emocional expandida. No sabía ella que, además, había venido a este Tiempo cargada de sensibilidad y sentimentalismo. Agradezco su empatía y la manera en que siempre validó mi ondulante emocionar.

Escribo hoy, con la misma intensidad con la plasmé el nacimiento de mi hijo, la muerte del abuelo que la vida me dio en adopción.

Pienso en la discución acerca de si quienes quedamos erguidos lloramos el dolor de su partida o el egoísmo de nuestra vida sin su compañía… Se modifica acaso alguna sinapsis a sabiendas de estos matices? Se lamenta con intensidad más moderada el alma que anhela el timbre de su voz?

No creo que en raciocinio de las emociones.

Lloro mi pena, cualquiera sea su forma. Lloro su vacío, su andar silenciado.

Me vacío de dolor para sentir en calma la quietud de la Tierra. Respiro el gozo dorado del atardecer.

Un hálito de monte fértil lo trae a mi lado… Hablan mis manos y sin titubeos me impulsan a la acción. Me aferro a la azada y transpiro la vida que su materia dejó atrás.

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Cuenta que contarás…

Cierto es que las mañanas de domingo en compañía de un hijo se viven en una intensa dimensión paralela. El amanecer se hace pronto para quienes viven en soltería egocéntrica mientras el mundo se le hace pequeño al padre novato.

Pero hay días en que mentes despiertas ofrecen rincones lúdicos compartidos, plagados de colores y sensaciones primaverales.

Así fue como de la mano de Quel llegué a la IV Fira del Conte de Medinyà.

En mi hijo deposité, reconozco, una gran expectativa: que le guste leer. O, mejor dicho, que disfrute viajando en los infinitos mares literarios. Desde blancos barcos de vapor hasta dobles rusos y mágicas montañas alemanas.

Con sus 29 meses los libros se convirtieron en el apertivo de la siesta y la noche. El paseo por la feria estaba garantizado.

La feria se expandía a lo largo de todo el núcleo del pueblo de Medinyà. Casi 150 metros de calle fueron destinados a juegos de madera: pesca para los más pequeños, el clásico “sapo” pampeano y juegos de motricidad más desarrollada. El ambiente era relajado a pesar de los cientos de padres, abuelos, perros y fantasías que escoltaban a los protagonistas.

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Tres fueron los tipis que visitamos: en el suelo del primero bailaban libros, alzando palabras de auxilio, sedientos de ser explorados. El segundo estaba destinado a la lectura de cuentos y el tercero a relatos en inglés.

El calor no amainó el ímpetu explorador de los feriantes y gracias a la voz cantante de una organizadora fuimos todos arreados hacia el rincón donde se presentaron una dupla de narradores y sus títeres.
El espacio fue una fiesta.

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Las calles estaban colonizadas por jóvenes ilustradores y su más encantadora producción (adquirí una joyita con aroma de cocina marroquí de Morad Abselam y una serigrafía casi autobiográfica de Susana Gurrea), editoriales cargadas de relatos maravillosos y entidades sin ánimo de lucro. Invitaban a la navegación artística los itinerantes talleres de fieltro, encuadernación y títeres, entre otros.

A nuestro cofre de tesoros de papel no comestible llegaron dos planetas: Sven Nordqvist con su delirante Pettson (El pastel de crepes) y el delicioso imaginario de Judy Barret y Ron Barret (Nublado con probabilidades de albóndigas).

Recomiendo agendar la visita para el 2014! Quién sabe… quizás, una lluvia de flores y el repique de los tambores subterráneos sacudan el ánima dormida del adulto anquilosado.

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