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Crónica de un comienzo anunciado

2. San Agustín nació parrandero y murió para la santidad.

Qué rápido salté de los Backstreet Boys a oscurecerme con Oasis para anclarme en Tori Amos, Fiona Apple y las cumbias del fin de semana. A pesar de la progresión, todas las letras se mantienen pegoteadas en mi lengua. No comulgo con la emoción dolida de la Pizarnik y el intimismo de Anne Sexton me resuena distante; me atrapan. Deseo escribir con el mismo fervor con que hecho anclas ante Seinfeld para nutrir mi inglés. Una jubilada húngara y la necesidad de entender qué cuchicheaban mis progenitores me hicieron angloparlante. Hoy exprimo este plus de mi currículum para ‘is this seat taken?’, sorry, shit y para calentarme viendo Vikings sin que los subtítulos me jodan la panorámica.

Alzo la mirada por encima del marco lila y sé que detrás de la pileta arriñonada y la palmera que hace de hogar a las cotorras luce el Río de la Plata. Había frecuentado sus márgenes lo suficiente como para considerar necesario un llamamiento ecológico: LIMPIEMOS LA RIBERA. Hoy sería una campaña de colecta de firmas virtuales para demandar encarecidamente la responsabilidad a los funcionarios pertinentes. En tiempo real fue un párrafo copiado y pegado seis veces, una demostración de paciencia con el posicionamiento de los agujeritos-guía del papel de la inpresora, mi firma, unas florcitas dando la nota de color y la prohibición rotunda de mis padres a agitar tan imprudente movilización. Podría haber devenido en una rainbow warrior, ahora me contento separando mis residuos.

Tengo 17 años y no sé (hasta la treintena la psiquis se encarga de negarnos esta iuminación, en pos de la supervivencia de la especie supongo), no sé todo lo libre y exprimible que mi vida es. Mi cuerpo me acompaña sigiloso y expeditivo: bailamos noche, madrugada y amanecer a 5cm sobre el nivel del mar, nos hidratamos con cualquier mezcla que nos licúe las tripas y el entendimiento y, en el más favorecedor de los escenarios, salimoa del letargo para desayunar la torta brownie sobrante del cumpleaños de mi hermano.

Sofi y Alex, los gatos que teníamos semi estabulados, se fueron desdibujando con nuestra infancia. Pero este barrio es eminentemente gatero y cada semana algún himno al celo se entona en el jardín. Con nuestra infancia adulta también se fue el cerco protector de la pileta y con él el comedero para pájaros, bucolismo de ciudad. El bebedero de colibríes tuvo un éxito frugal: nadie fue constante en la preparación de la mezcla y la vigilancia gatuna no hizo más que derribar vínculos. Los perros habían sido la pareja de pastores alemanes temerarios y de peste húmeda de mi abuela y serán la compañía insospechada del futuro. Ahora son el no infranqueable de mi madre afirmando que hijos ya tiene suficientes y que pasarse el día levantando repostería fecal no forma parte de su ideal de confort.

Es de tarde y no quiero estudiar. Voy a verlo, ojalá llegue a la estación con los dientes cepillados. Nesquik licuado con crema y hielo y hacer el amor con desparramo. Nos gusta este empalme hormonal asiduo. Con esta intimidad sólo nos conocemos el uno al otro y la vida parece hecha para coger, comer y no hablar de cagar. Nos queremos, nos exploramos, nos atolondramos y compartimos esta jovialidad suponiéndola eterna. Tiene dos perros, no nos vinculamos. Adoptó una tercera que quedó preñada a través de las rejas de la casa. Pocos son los limitantes del ardor. Hijo de veterinario, le metió la mano en la vagina para asegurarse de que no hubieran cachorros librados al olvido con una intensidad delicada que mi cuerpo desconocía.

Cenamos frito con mayonesa o pizzas con helado. El último tren corre delante de la puerta, la sirena de una ambulancia, la fiesta del vecino, su hermana qur entra sostienendo el mutismo propio de una noche de excesos. El taxi me devuelve, impuntual, a la calle cuyo topónimo abarca sólo 200mt, mención desgastada para el primer gobernador de las Malvinas. “Ma, ya llegué.” Me duermo. Qué bien, mañana viene la Oma con Kinder Sorpresa para todos.

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Crónica de un comienzo anunciado

1. (2013 – año cero) Necesito un cambio en mi vida

La eclosión de las golondrinas es un hecho. De noche las ventanas ya osan quedarse abiertas y sé que son las diez de la noche porque las tres señoras cacareras repiten puntual su ronda rutinaria. Nuestro hijo duerme, acabo de practicarle mi magia de teta y lectura. Vos te entretenés mira do la restauración de la Ossa, procurando invadir y conquistar los pensamientos que te abruman.

Tengo 28, vos 36. Nos estamos aburriendo y de a poco el cuerpo nos pellizca para sacudir el letargo. No escribo, no bailo. Nuestras lecturas más reflexivas se sostienen del ‘Manual para la cría y reproducción de gallinas’. Trabajamos porque es lo que toca: yo anulo todo lo aprendido y me entretengo sirviéndole el desayuno a jubilados mientras vos devenís de diseñador de espacios verdes a repositor estacional de begonias y siemprevivas.

En la penumbra que reina sobre nuestra casa desde que se descuajeringaron los empalmes del cielorraso, descubro ‘workaway’ y ‘wwoof’. Nos iríamos. Nos vamos. Nos fuimos: suscripción, pago de cuota anual vía Paypal y miles de ventanas fortuitas que se abren ante nosotros. Francia: muy cerca. Italia: muy similar. El Este: muy lejos. Siento el llamado de mi genealogía y mi educación de cara a una Europa de emigraciones y reconstituciones y centeo la búsqueda en Alemania (al sur, no sea que tenga que enfrentarme a la meteorología como adversaria adaptativa). Todos coinciden en buscar gente que sepa hacerlo todo, un pluriconocedor del profundo microcosmos rural: construye, sega, sierra, restaura, arregla, siembra, riega, recoge y cocina, limpia, ordeña, apila, tienw conocimientos plurales sobré meteorología, alimentación, salud, literatura, antropología y espiritualidad, hasta sabe cuidar niños y ocasionalmente entretener al público general.

Me inflo un poco, creo que nuestro bagage es una sandía desabrida y caliente. Mi primer huerto de 4×4 muta en un segunda experiencia comercializando las bondades de un edén vegetal de 100m2. El cálculo se me hace fácil a pesar de desapego por los números: cinco ponedoras y un gallo territorial, una perica cuya bandada acabaría siendo diezmada por una zorra tanto menos novata que nosotros, seis gallinas de guinea que me enseñaron a cantar y cinco pollos congelados de los doce que superaron los primeros tres días de vida después de pasar del foco y el cemento acre a la vida sobre la tierra. Un sincericidio para marear al empleador. Reformulo: diez gallinas ponedoras apadrinadas para la venta asegurada de sus huevos y el exitoso engorde y la satisfactoria crítica gourmet de treinta pollos pastores. El deseo justifica los medios.

Pasaste la mañana desmalezando un margen. Tenés el tobillo inflamado, una astilla en el ojo y la borra de tu alma dibujando sombras. A mi me chistó ‘nena’ la boca lasciva de un septuagenario y me retaron por servirle bacalao a un hipertenso que se hartaba voluntariamente de jamón y chorizo al despertar.

BANDEJA DE ENTRADA (1) – ARTZAIN ESKOLA

Nos dan el SI y si bien no es Alemania, también declinan las palabras, tienen un porcentaje elevado de cielo grisoso y las plazas de sus pueblos transmiten un conocimiento de las necesidades del infante poco propias de la península.

 

 

No sólo la noche desviste

Beatriz tiene cuarenta y cinco años, cuarenta y cinco kilos, cuatro hijos y cincuenta ovejas. Está seca, dice el capataz. Su pericardio vive en concavidad con el mundo, sus hombros caen y la fuerza de sus homóplatpos imprime una mansedumbre incómoda en su andar. Las cervicales las lleva estrechas desde el último parto y la joroba incipiente es un monolito que sólo la soledad logra obviar. Que el pelo le llega hasta las costillas lo recuerda bajo la ducha; la humedad, la lana, la practicidad y la clara señal del recogimiento hacen que lo lleve siempre atado, enlazado a la nuca. Fue caoba. Ahora manchado de blanco no como quien ondea férreas convicciones de ecofeminismo sino como aquella que no encuentra motivo para abandonar la labor por el otro para regalarse unos instantes de amor propio.

Vive en el llano y la mayoría de veces piensa en llano. Piensa en María y su parto librado de dolor y sospecha de aquellas verdades cuando recuerda el nacimiento de su último hijo. Frutas, sol y sociales, le recetaron. Miriam pasaba la semana fregando estancias y a Claudia, después de un mes de loar su destreza como matarife pollera, a la salida de la fábrica, uno de los dos compañeros que tenía auto la atropelló destrozando el aguinaldo, el A4 de empleada del mes, tres costillas y el fémur. Raquel, desde que se había casado con Atilio, no estaba dispuesta a renunciar a su limbo de patrona para atrincherarse en las miserias de su amiga. Empezó a merendar juguito Baggio de naranja y las llamadas de los oyentes en la radio: dos pájaros de un tiro. Es rápida, decía el capataz.

Después del tercer desmayo llegó el Gordo con una Amarok de estreno. – ¡Negra esto te va a gustar!- A ella, que apenas la carretilla lograba arrastrar. Sonrió entre paréntesis, contó que faltaba asiento para uno y recordó que sus hijos no jugaban en su habitación porque faltaba la plata para aislar el techo. La barba engominada de su marido le recordó las palabras del Padre Juan que recitaba la historia de Jesús cuando le lavaba los pies a los demás, tan humilde, tan terrenal, tan generoso, esquivando el brillo del crucifijo bautismal por el que había tenido que dejar seiscientos pesos.

Empezó a sospechar que llevaba una década entumecida por su propio mutismo cuando la amiguita de Flavia fue a tomar unos mates y hablar de la querida del galán de turno vistiendo el solero que había comprado la única vez que con el Gordo fueron a la playa en Necochea. Algo en las tetas turgentes de la nena la descolocó y sintió que era el momento de probar las pastillas que raquel le había compartido “si andás algpo triste Bea”. Santo remedio.

Se había habituado a tomar una cada día cuando la mujer del panadero le preguntó por su marido. No quiso indagar. Duplicó la dosis; agua pasada.

Una noche en plena Santa Rosa vio la silueta de la hija del vecino escabulléndose hacia su casa. Los chicos balaban, los grandes peleaban por el dominio sobre la televisión. Encontró al Gordo en una postura que parecía habérsele encarnado al cuerpo, apoyado contra el pilar del alero contemplanto su camioneta. El discurso al descurbirla observando la repetición ridícula de la comedia parecía no oxidarse tampoco – ¡Qué autazo negra! – Y ese cacho de chapa que parecía echarla un guiño. Acarició las manchas de su delantal como si hubieran sido el final del arco iris. Desde la cocina el locutor auspiciaba los mejores sorrentinos de Las Flores. – Qué autazo negra…- el suspiro interminable que acompañaba el sube y baja de la cabeza de su marido. El aguacero pesaba sobre la farola y desfiguraba los cuerpos, les robaba los límites creando siluetas monstruosas, como sometidas a los efectos de los primeros anteojos 3D. El Gordo fue a buscar tabaco, Beatriz el asiento del conductor. La fuerza de la tormenta adormecía la potencia del encendido y el barro bajo la alpargata duplicó el peso sobre el acelerador. La luz del cigarrrilo encendido voló como un artificio defectuoso la noche de Año Nuevo. El Gordo se hizo carne, tripa y corazón, dádiva para la mitología localista.

La vida según desde un 17 de enero

Si los catalanes tienen una pasión potenciada por la guita no soy juez para determinarlo: nieta de un judío que creyó en la Deutsche Bank para sus ahorros vitalicios y apadrinada por un tío que linyerea muebles en el casco histórico de Bonn. Tengo 31 años y hago llamadas perdidas, le pido al verdulero que lo que tenga al límite de la putrefacción me lo guarde y antes de eliminar cualquier envase lo estudio del derecho y del revés para determinar si le puedo dar una segunda vida.
La casa lindante a la mía es propiedad de una pareja de jubilados catalanes, Dolors y su lacayo. Casa que no habitan, no venden, no alquilan. Un inmueble en la calle más aburrida destinado a no tener vida más allá de una limpieza mensual. Es una casa digna y neutral, de una planta, con un patio delantero escoltado por dos palomos de cola en pleno cortejo y un par de macetones vacíos. A su derecha un camino de entrada al garage y, encima de éste, un espacio cerrado de usos múltiples (en desuso también). Entre uno y otro edificio, un pelado patio trasero cuya única señal de movimiento se origina sobre el desagüe los días de aguacero de Levante. Dolors es menuda y gris, la semántica de su nombre parece arroparla. Viste pantalones inflamables y zapatos de farmacia. En la cabeza el clásico corte de varón para señora de pueblo. Las canas la clarean con penuria y la manera en que las raíces se aferran oleosas al cuero cabelludo me habla de lo poco que la incomoda la tan promocionada ligereza capilar. Él maneja el Peugeot que compraron hace treinta años, el mismo con el que una vez al mes (si los anuncios de lluvias del Sáhara no los empujan antes) llegan al lado de mi cueva a limpiar. Pasan ocho horas limpiando, ocho horas escuchando Catalunya Informació sin cuestionamientos, ocho horas de ayuno social para volver a cerrarlo todo y dejar nuevamente la casa al margen de la funcionalidad. Se van tan grises y callados como habían llegado (el lacayo probablemente con nuevas vejaciones en sus bolsillos), sin llevar ni proyectar traer nada nuevo. Una montaña de ladrillos catalogada como inversión.
Una mañana, resultado del apuro en las manos del repartidor, una carta del banco a nombre de Dolors se coló debajo de mi puerta. Esa mañana actué como en otras ocasiones y me hice dueña irreflexiva de lo ajeno. No sospechaba reclamaciones; al igual que muchas señoras Dolors seguramente me imaginaba inglesa y caníbal y no me donaba ni medio ‘bon dia’ quizás por temor a colapsar mis dendritas. Recuerdo que no tienen hijos y en consecuencia tampoco nietos y pienso que la jubilación, si hay salud y no más pasatiempos que desempolvar y estudiar la Pronto, no puede ser más que un gran engaño. Mediante los cordiales saludos de Eduard Masgrau, director de la sucursal 0075, mi tostada hereje de manteca y dulce de leche y yo nos enteramos de los 850.000 euros que empapelan la cuenta de Dolors. Lecciones de catalanismo para la chusma sudaka.
De vez en cuando mi suegra pavonea de nuera foránea afirmando que al mes de mi bienvenida ya hablaba catalán. Mentira indolora porque los primeros meses huí de ella como de cualquier situación donde quedara expuesto mi yeísmo. Apuré el aprendizaje jurándole fidelidad a una novela y leyendo los domingos el diario en mutis. Estuve a punto de rendirme ante la doble ele hasta que escuché decir a cau d’orella. El poder íntimo de lo intraducible. El idioma que me suavizó la lengua; la seducción casi palpable de la ese sorda; la aniquilación del seseo españolizante; el placer gráfico de las diéresis, la c cedilla y las geminaciones.
Por desgracia, mis avances lingüísticos no progresaron al ritmo de quienes me rodean y, al igual que en mi tierra de mate y bizcochitos de grasa, son tres las personas que logran decir bien mi nombre. Los intentos que pululan por Yasmina, Iémin, Iamina, Jássmin, Yamín y Gessamí suelen sucumbir a los polivalentes nena, dona, maca, tía o tú, dependiendo del orden de confianza, la velocidad del diálogo y la cantidad de birras compartidas.
Guiados por una catalanidad cauta y precavida, basándose en mi ficha de ingreso, compartí en el hospital la habitación con una tal Rowayda. La escena de la señora marroquí junto a la argentina que parece alemana pero habla catalán incomodó a la responsabilidad le de limpieza y me dio a mi, tan limitada de paciencia para cualquier mutación de racismo, un nuevo motivo por el que agradecer por mi nombre. Fue, seguramente, la internación post parto más entretenida. La ferocidad de los eructos de Rowayda la primera madrugada me habían hecho creer que eran bombardeos de su marido. Ella disfrutó de estar alejada de sus tres hijos restantes, para horror de mi vieja a cuyo cuerpo sólo la acorazaba una cortina de tela a media asta, cortándose las uñas saltarinas de los pies. Mientras yo, novata y vegetariana, intentaba tragar las cucharadas de un estofado de lentejas, agua clorada y dos cubos cadavéricos, ella se henchía con las delicias que a través de su marido las mujeres de su comunidad le lograban traficar.
Cuando me animé a vocalizar mi catalán muchos insistieron en responder en un castellano pedorro y prácticamente incomprensible, como el que ruboriza a Helena cuando se ve obligada a ondear una dosis de españolismo. Castellano hablado por un yanki, como el que sale de la boca de mi hijo catalán, medio argentino y de fisonomía germana cuando dice boludo. Hablar en catalán me permitió esconderme y más tarde, actuar. También me ayudó a reconocer a pajeros del habla como aquel veterinario que aún siendo catalán insistía en hablarme en español insistiendo en que me dejara de giiladas y siguiera hablando en ese argentino tan bonito. Nunca pude aprehenderlo por incomodarme, soy de las que se vuelven flema ante un conferencista colombiano (que me hable de física o del Cristo Redentor, lo mismo me da).
En casa pauté no colgar banderas, ni 9 de julios ni 11 de septiembres. La cuestión de la independencia, cualquiera de sus caras, me es imposible de decodificar. Todos mis abuelos llegaron en barco, piojosos, sin muebles y con sus nombres reconstruidos al sur del mundo, adaptándose al local “ya vendrán tiempos mejores” con la certeza física de que en Europa ya habían dejado lo peor. Mis viejos fueron criados como europeos en la Pampa prometida y ellos nos educaron con un argentinismo apátrido para que pudiéramos elegir el punto del globo más acorde con nuestra identidad. En la escuela primaria nos hicieron votar por la bandera bonaerense que nos resultara más linda (porque, ¿qué otro criterio impera a los nueve años más allá de ‘me gusta-no me gusta’?) o lo que es lo mismo: en los noventa los pibes definíamos la insignia provincial; mi patriotismo. A mi hermano la maestra de tercero le palmeó con saña la nuca cuando lo enganchó cambiando una repetida del Bati durante el izamiento de la bandera nacional y si a él ahora a sus treinta le anunciaran la llegada de conquistadores, seguramente daría un paso al costado anunciando que ya vendrán tiempos mejores.
Antes del flaco no sabía de Catalunya, mucho menos del catalán y sus ismos. Pero saben ustedes, acaso, ¿que la Patagonia no es una provincia, que Buenos Aires no termina en El Caminito, que no todos amamos a Maradona y que no nos pasamos el día diciendo ‘¡qué bueno que viniste!’? No todos los catalanes son cerrados ni todos los argentinos devotos de los psicólogos. Muchos también los odiamos.
Miro esta labor por la independencia como una película, como un emocionar que querría poder sentir, como el amor de mi hermano por Racing. Me reí del flaco cuando me dijo que es indígena de estas tierras… Pero tiene razón. La matanza del indio, la persecución de los judíos, el exilio forzado, nada impidió que el nieto del nieto del nieto del nieto  naciera en esta misma tierra.
Hoy, hace nueve años, ando acá. Sin premeditarlo me trencé el pelo como mi tía abuela de pequeña, con la trenza recogida en la cabeza. Anna Raziljer de Serbia es esta tarde Ana Rasillier en un geriátrico de San Miguel. Der Apfel fällt nicht weit vom Baum y yo estoy acá intentando descubrir dónde se encuentra el árbol del que caí.

Autorreferencial

La que se mantenía al margen del verdad-consecuencia porque levitaba en la ensoñación de un primer beso de amor pero terminó tragándose la lengua de un activo del equipo de gimnasia artística sin tener garantías de su nombre. “La cursilería no lleva a buen puerto”, lección primera que no logré interiorizar.

Fui feliz en el espacio kitsch concertado cuando en Verónica ’98 me regaló un delfín de felpa made in Mundo Marino. Aunque el recuerdo no me permite negar la orca de peluche que Marc le regaló a Alejandra, tanto más amor en su grandeza y en la suavidad de lavable de su relleno. Cuando pasado el verano le corté en una separación colectiva en medio de la pista de atletismo, grabé en birome un novelesco FUCK YOU en el vientre del souvenir y le di hospedaje en la caja de amigos postales y amores venideros.

No podía el delfín adivinar que su nuevo acuario se convertiría en un cofre de rastrojos que mi vertiente cheese y un diogenismo pronunciado irían ocupando a base de un talento innato para el hurto menor e indoloro. Encendedores datados con liquid paper, baluartes de los primeros mitines mediados por un buen brindis. El siete de espada con un mensaje encriptado, joder el siguiente truco como aquel megalómano que deja su meo en la taza con el conocimiento pleno de la entrada del siguiente en la fila. (De esto la adolescencia está llena, cagarte en todo por el triunfo del amor propio y ¿qué amor más grande, egoísta e indescifrable que el de una cajita de amputaciones del amor?) Una costilla del Yenga con el apodo del loco en una cara y el mio en la otra. El infalible hechizo del envoltorio de Malboro abanderado del amor, conquista de terreno fértil ante una fumadora pasiva. Galantería de bar y juegos de mesa, libre albedrío para la cursilería de cajón.

La foto de la etiqueta con su nombre el día que su pullover tocó mis manos en la caja de objetos perdidos, una pulsera partida y una agenda inflada por incalculables tapas de latas cuyas iniciales quedaron vagando en el mismo universo que el corazón partido del papel del Bonobón. Es legal el caudal de mi memoria, insiste en que la mitad del abre fácil no corresponde al forro que provocó la irremediable fuga de mi virginidad, sino al segundo. El tiempo no sabe de autoengaños.

La cursilería se almacena y también se entrega, a veces en forma de una pareja de elefantes de maderas que sostienen con la trompa un corazón (concebidos ya, para que ante una eventual separación de almas pastel, cada elefante tome su rumbo desprendido de la trompa del otro.)

El antídoto para tanto pegote parecía tenerlo otro con más melaza y mujer, incuestionado limitante de estelas de papel maché. El aire universitario me daba su baño de brasilerismo cool, revisaba a Maria Bethania y Baden Powell, hacía importar la discografía de Rubem Fonseca y cría que Gilberto Gil era la hostia porque rozando los setenta años daba un show descalzo en un teatro porro-free de Buenos Aires. Y justo cuando estuve a punto de elevarme hacia un espacio intelectualoide librado de dar y recibir un Dos Corazones, el Adonis bañado en miel me instaló en el asiento del acompañante canturreando sin erratas los hits de amor de la constelación Axé Bahía.

Cursi, como aquel que aún no habiéndome querido demasiado una tarde dejó testimonio escrito de haber visto mi figura gravitando por su jardín. Cursis los engaños velados, afirmar que nunca me habían loado los ojos con el único fin de llegar al beso: ser cursi porque las exaltaciones de cinismo pueden obrar como in insecticidas sexuales.

Que me bautizara princesa o que dijera que el ascensor me cierra la puerta encima porque su sensor está diseñado para detectar personar, no ángeles. ¿Es expansiva y perenne la onda de mi espíritu unicornio?

Tragarme, en un duelo de cancherez improvisado, el colgante con la mitad de su corazón y pasar los dos días siguientes haciendo puré de caca para recuperar la prenda más simbólica del mobiliario cursi. Quizás ser cursi se trate justamente de revolver la propia mierda sin tapujos, trascenderla y hacer de su amasijo un trofeo cuya imprenta emocional sólo le es revelada sin prejuicios a otro iniciado en igualdad de condiciones. Porque la cursilería necesita del anonimato, melodrama docto codificado como el de la transpiración de la calvicie del profesor de literatura italiana rememorando a Laura. El mismo intimismo, la misma complicidad, en los versos de esta taza que me recuerda que ‘alguien que te quiere mucho te regaló esta taza’.

 

Piel caucásica mate

Rubio ceniza, rubio oscuro tostado, castaño claro, castaño cobrizo, rubio cobre, malva castaña, caramelo ligero claro. Mi hermana me explicó que a los productos coloreados destinados a las mujeres los bautizan porque nuestro cerebro los recuerda con más facilidad y estableciendo una relación color-placer más sólida que si sólo los numeraran cual salidos del laboratorio.

Opto, dudosa, por el castaño claro que se asemeja al de mis raíces pero que entra en evidente lucha con el resto de mi cabellera. La rubia de sonrisa satisfecha del paquete no me convence, al mecerla hacia la caja oigo tu frase de cabecera: “Nunca más vas a volver a ser rubia.” Jamás pude hacerte entender que hace más de veinte años que ya no lo soy. Había sostenido la ecuación simplista madre rubia -> hija rubia a base de baños de manzanilla y agua oxigenada y dos visitas anuales a la peluquería. Vivimos en el tiempo en que un cojo puede usar una prótesis para correr y una mujer hormonarse hasta sentirse viril dentro de un vestidor… y vos hablándome de la irreversabilidad letal del color de mi pelo. “Es que no soy rubia, Anselmo” era todo lo que sabía exhalar con cansancio. “Te conozco las cortinas y el felpudo: sos rubia.” Lacónico y corto de galanteria verbal, así eras.

Ya con la química en el bolso recordé cuando después de visitar Marruecos Hermana Ishtar me habló de la henna (‘polvo de raíces, hierbas y buena energía para el porvenir’). Entristezco al llamarla así. Quince años de veganismo combativo y amor propio que desarmaste con tu única ocurrencia lingüística: “Curioso que no comas carne y tu nombre sea justamente su juego de letras…”. Así borraste a Karen de mi vida y Hermana Ishtar, todo espíritu, cánticos y reflexiones etéreas sobre un más allá de luz e inconmensurable hermandad, pasó a ocupar su identidad. Me llevo la caja de henna que se aprieta incómoda junto a la rubia.

En esta ruta de cavilaciones consulto con una peluquera de qué manera me pueden sus herramientas salvar. Un arrastre. Me gusta la imagen; un ácido chorrenado por mis hombros arrastrando consigo cualquier muestra de tu espitelio, amargando el sabor de tus besos caducados en mi coronilla.

Quizás no sea tu voz sino tu mirada la que me incomoda hoy, tu mirarme. Reí aquella madrugada cuando me explicaste que tu estrabismo era una obvia virtud física que te permitía alegrarte mirando a dos mujeres bellas a la vez. Aquella madrugada reí y mi risa me enamoró. Aquella madrugada fuiste todo lo sincero que jamás volverías a ser. Con los años opté por amar tu mirada en soledad, la condescendencia de un desconocido o la risa de los niños se me hacían insostenibles. Mas, apagábamos la luz y el baile de tus ojos se transformaba en la rigidez plástica de tu cuerpo. Yo reía bajo tu piel y mi risa me enamoraba. Cuando la luz volvía a nosotros, estaba allá: ese ojo que era todo mio y aquel que nunca se dejó domar.

Arreglábamos el ático de Barcelona cuando te invité a imaginar un bebé en nuestra diminuta cocina. “Ahora no, princesa, nos queda mucho por trabajar”. Siempre me llamabas princesa cuando la ibas a cagar. Apuré una apendicitis, pasé dos días de limpieza energética arropada por las meditaciones de hermana Ishtar y volví al ático lista para redireccionar nuestra línea vital. Tuvimos dos hijos más. Uno psicológico sostenido por una dieta alta en leguminosas, regulares ingestas de batidos de fruta con leche y una menstruación que año tras año se fue haciendo más irregular. El tercero me lo robó tu ausencia, Anselmo.

“Sos la mujer de mi vida”. Llegué tarde a preguntarte de cuál. Me pesan los colores, el arrastre, me pesa esta vida que llenaste de naftalina para desaparecer libre de preocupaciones. Ojalá, hermana, no tuvieran nombres los colores, para sostenerlos durante un breve e indoloro instante, libres de emociones, despojados de sentir. Restar hasta la nulidad. El espejo me devuelve mi nido, todo desmantelado y oscurecido. Ni rubia ni sonriente. Las tijeras son mias y puedo con ellas recortar la vida de la forma que ahora quiera. Me trenzo y en cada estiramiento anudo los engaños de dejaste. Cortar y caer, caer, soltar, desarmar. Brilla mi luz, Anselmo, la que expando libre desde este Sahasrara a estrenar.

La perfección

Mi cuerpo es perfecto.
Gestionó todas sus reservas de energía y potenció su capacidad Creadora para facilitarle la vida a una nueva vida. Fue alimento, abrigo, refugio de amor. Ensanchó su cadera para sostener y le regaló la libertad del roce a mis pechos (el frío, el calor, el movimiento de las telas; redimensionar los sensores).
Mi cuerpo es perfecto.
Dos rodillas aceitadas y un par de muslos caminantes eficaces a la hora de acuclillarme. Subo, bajo de culopatín y hasta me permiten jugar a la hembra desvergonzada para hacer pis donde urge.
Mi cuerpo es perfecto.
Se va a dormir con la misma placidez con que despierta para hacer el amor. Volcán de chocolate después de una tabla de quesos. Bascula, se erige, se eriza.
Mi cuerpo es perfecto.
Tengo una boca que no moduña pero habla mucho, dice poco. Aguanta el frío del invierno en la montaña y los excesos del verano. Es órgano sensitivo, infalible juez del bien y del mal. Deglosadora de sabores, receptáculo de amores. Gime, llora, ríe, grita y hasta se atreve a canta.
Mi cuerpo es perfecto.
Con un par de manos basta para escribir, cocinar, tejer y ordeñar. Ellas pueden percutir y dibujar infinitos en tu sien. Se estremecen hojeando bibliotecas aje as y un beso em las llenas las lleva a desfallecer.
Mi cuerpo es perfecto.
Mi calzado pequeño y en ángulo de 35°, padece este frío como recordándome que nací en el sur. Los arcos de las bailarinas, el zapateo de borracha de carnaval. Sabe cargar con mis penas y las ajenas, empatía que me invade desde la raíz.
Mi cuerpo es perfecto.
Una constelación de pecas viste mis hombros como las hombreras escoberas de un militar. Las frutillas de la espalda me las heredó mi mamá para dibujar el camino de regreso a los días de compañía feliz. Mi meridiano lo indica el lunar de li pericardio. En la nalga derecha y entrando por la derecha en mi ombligo, los que desequilibran pero hablan de lo bonito que es disfrutar sentado del fuego identitario.
Mi cuerpo es perfecto.
Sueño con los vivos y a los muertos los puedo imaginar. Aventura planes y adivina la trama impredecible del porvenir.
Mi cuerpo es perfecto. Y el tuyo lo es también.

No ser y estar

María Josefina (en el nombre del Señor). Como nieta de Josefa, la Josita; para su madre que santa la quería, María; y desde sus tribulaciones más infantiles, Gina. Dos sílabas robadas de la inombrable que le regalaban el deleite secreto de una identidad creada. Todo en ella eran carencias de verdades, una ficción aumentada que nadie se atrevía a cuestionar porque de ella todos podían saborear la miel de la vida.

Al payador que había posibilitado su existencia después de una noche de manoseo rapaz lo transformó en el señor del Peugot granate, un comerciante de la capital que había visto truncado su amor por la panadera ante la opisición férrea de su familia. De su madre todo se sabía, pero a fuerza de insistir en el relato también habían todos aprendido que detrás de aquellas manos medialuneras guardaba a una artista en sombras chinas y que, al despuntar el día, no había dedos como los suyos para desarmar los dolores de espalda con sólo frotar los pulgares del pie.

De la Santa María que en forma de maddala, estampita o retrato la vigilaba desde cada rincón ella sabía que nada tenía: no sonreía cuando le pedían que sostuviera algún bebé y cuando escuchaba a Sandro sintiendo un cosquilleo picante entre las piernas no recordaba pasaje bíblico alguno donde se ponderara una sensación similar.

Se proclamó bailarina, corista eventual; la querida de los artistas. Decía que con sus cabellos habían urdido relatos de pasiones afrancesadas y que hasta la India habían llegado noticias de sus labios. Todos la exorenaban de su destreza para romper corazones, eran nuevas páginas en su novela y fresca clientela para el bar.

Y de pronto, Héctor. Decían que había apagado un fuego con las manos y que era como el pan dulce remojado en leche fresca.

Quería decirle que “Soy María Josefina”, toda María para lamerle las heridas y acompañar sus calvarios; toda Josefina para cebarle mates con peperina y cocinarle manzanas asadas en otoño. Quería mostrarle el punto donde nacerían sus alas si él la quisiera. Quería, traslúcida y frágil, dejarse atravesar por su vida.

Tanto insistió él en la ternura de sus muslos que sintió su carne mutar en duraznos maduros. “Mentí Héctor -decía con la mirada- cuando dije que como Cleopatra me baño en leche. La dulzura de mi piel es fruto del vaso de leche merengada que me permito cada noches antes de dormir.” No se lavaba su olor hasta asegurar que volverían a verse; retener su esencia como el canto triste de un prisionero.

Todo aquel universo de pantomimas, aquel que solía ser el refugio argentado de una realidad común, ella, su propia desconocida, única negadora. Ser dos y no ser nadie.

Con Héctor hubiera compartido que era un animal diurno, que llevaba el cuerpo agotado de rumbear para no caer en el olvido social. Él hubiera entendido su ausencia de padre, las mañanas de soledad de camino a la escuela, el gesto hiriente del primero que le levantó la pollera y la llamó gorda.

Gina le aplacaba el fuego en los campos de hinojo mientras se dejaba mecer en el dulce vaivén de la melancolía de su cuerpo. Héctor temió el idilio caduco, su corazón desmenuzado sobre la barra del bar, y huyó de Gina sin saber todas las vidas que María Josefina ya había tejido junto a él.

Biografía urbana II

Delia Aróstegui.
54 años.
Maestra de 5º grado.
Rozo esta década con aspereza. Incipientes las manchas en las manos.
La fracción vocacional de mi trabajo se desgastó sin que percibiera las alertas de su extinción. Este viaje laboral que me queda por serpentear es un robo -concedido- a la brizna de juventud que lucha por erguirse entre mis falanges. Incomoda su lucha vital. Taconeo -doble- sobre el asfalto -no soportaría su estela moribunda-.
En un intento por aplacar la incomodidad mundana que parece perseguirme (insisto en creer que las apariencias engañan y que está pronto a caer su antifaz), instauré una rutina consoladora: la progresión lineal del camino es el regalo perenne del no-tiempo. Edulcorado placebo de mis amaneceres; adobo con él todos los platos.

– Delia, estrenamos Dirección.
Lechuguita de mayo de complementos en composé. Lechuguita zen de trono post-adolescente. Alza su pancarta de “la magia de los niños” y proclama en su monólogo introductorio la “educación basada en el ejemplo”. Ejemplar es esta ansia por enseñarle el universo paralelo que insiste en desconocer, donde los niños no son todo golosinas y jazmines envueltos en papel absorbente humedecido un once de septiembre.
– Delia, porfis, tendrías que buscarte un lugar más alejado del predio escolar para fumar.
Su ejemplo, su templo. Ratón de almacén de barrio, entre las coronitas de novia un día, arañando hasta la caída la corteza del platanero otro, inhalo el alquitrán hasta insensibilizar la pleura. Humeo mi engaño en cada lección con la misma ejemplaridad hiriente del sexo como tabú en una familia de nueve hijos.

Dejo caer la ensoñación colectiva que iguala educadoras con amor suprahumano y, sin quemar mi decoro, acuso la necedad instaurada:

Existen personas que nos caen mal.
Los niños son personas.
Ergo, hay niños que nos caen mal.
La única falacia admisible es el pregón acerca de la devoción beata de los educadores.

Los primeros e idílicos años comulgué sistemáticamente y ahogué aquella química propia de la supervivivencia de la especie. Vestí niños de sábanas blancas.
La rubita trajo el desvelo. Descubrí que había identificado el eje de mi rutina (masticación calculada de Granny Smith) y me supe cautiva. Vibraba algo en el verde bizco de su mirada que me obligaba a rectificar la posición en la silla. Inventar el deber, apurar el paso. Ratón de almacén de barrio, pasé el año lectivo nutriendo mi angustia en el acá-va-todo-lo-que-no-tiene-lugar del edificio.
Recuerdo vívido: a mi propuesta de una redacción de sesgo bucólico (monótona plasmación: tranquera, puesta de sol, frisona) ella respondió con un relato de brujas y algún paisano mutilado. Freud en mano, pretendí deshacerme de su verbo. Pero como no existe capitán de barco dispuesto a perder un sólo marinero, la Junta se encargó de rectificar una intensidad poco recomendada en el maestrazgo.

Mis años vocacionales fueron también mis días de enamoramiento. El enlace con Carlos fue lo que debía ser: juntos desde la pubertad, descubrimos que atendiendo a requisitos mínimos podíamos edificar un teatro de la comedia apto para todas las familias. No vivimos picos de emoción, la mansedumbre del corazón es los que nos mantiene unidos. Sexo, bajo mínimos: desempolvar la estantería y volver a colocar toda la vajilla en su necesario orden. Plato de entrante, plato sopero, plato playo; pocillo, taza de té, tetera, lechera y la azucarera petrificada. Fines de semana de correcciones; jugar a las escondidas conmigo misma. Llegó el aborto, abrojado de posteriores excusas y postergaciones. Preferí mis silencios y aposté por la impavidez de Carlos. Anulamos la descendencia como quien silencia su teléfono a la espera de una llamada vital. Mantuvimos una línea salubre de intercambio social (intrínseco) y procuramos no desatender la renovación anual de las siemprevivas. Romancero gris de caudal ordenado, con él la creencia generalizada de la soltería autoinmune de mi profesión queda nula.
Maldiestro en semántica, solía anunciar el revolcón inminente con un ‘seño…’. Llegados los 40 determinó pisar la vida con zapatillas blancas emparejadas con medias de la extensión justa para parecer un borrico de pueblo. Fueron los mismos días en que su trabajo de astillero platenses mutó a payador juerguista (indemne se mantuvo su fatiga caída la tarde en el hogar).

Los siete primeros años como trabajadora dediqué íntegros los ahorros a la compra de mi auto. Sus cuotas puntuales implicaron la falta de fondos diarios nafteros, así que, auto en garage, las entrañas de la ciudad y yo pretendimos forjar una amistad lo más cercana a la sinceridad posible: yo la necesitaba, ella me parasitaba. Carlos había hecho suyo el Renault del ’89 que mi tía nos había legado en vida. Yo malabareaba para conseguir monedas, él no dudaba en vaciar dos tanques yendo a la deriva. ‘Negra, salgo a pescar con Juan. Si sacamos alguna buena llegaré tarde, viste que Juan cuando se enrrosca…’. Juan cuando se enrroscaba y él cuando le pintaba el calentón de una cadera no tan distinta de la mia. Silencié los aullidos, aspiré los mechones de las otras y hasta hice un reaprovechamiento juicioso de las horquillas que dejaban atrás. Vivir remendando las grietas, dándole a diario la bienvenida a un silencio que, según el ángulo, me sanaba de forma perturbadora.

El coqueteo con la jubilación me incomoda. Todos parecen tener claro que previo a su llegada es de humanidad precavida abonar el espíritu con habilidades manuales primigenias, despertar un interés de consuelo social que avale la llegada a una ancianidad de postal. Borré las huellas de tejedora que mi madre pretendió grabar en mi infancia; me sabe a naftalina y mate lavado. El roce de la lana y la lavandina en las manos de mi mamá, su apuro constante por adoctrinarme para poder librar la noche en otra fiesta a puerta cerrada; mi padre en el fondo de comedor, resoplando detrás de los bombos peronistas, aturdido en pensamientos de rulemanes y deudas que legar. Libre de hijos, nietos y mano diestra para elaborar mermeladas, no siento en mi haber la entrada a aquella tercera dimensión.

Ada, mi hermana, no se mantiene al margen de mi progreso estático. Nos gestó el mismo útero pero parecemos maceradas en hierbas incompatibles. Se mantiene criando geranios, de las que se fuman un porro cuando le duele la feminidad, afirma que antes morirán quienes confían en aquel uno y trino que les promete una vida post-vida que ella por abogar a favor de la marihuana y la libertad sexual. Cuando puede -siempre- tira de esta soga que nos une por el ombligo pretendiendo llevarme a su edén de domingos vespertinos libres de depresión. Me acuerdo de los pelos que peinan sus axilas en enero y de la cara de Carlos al verlos. Nunca se rectificó ante su presencia, proclamaba sin vergüenza que cagar es un acto compartido, pero que qué majestuosas las hembras que sangramos, damos vida y matamos con el mismo ímpetu. Mi mutis estupefacto y la gesticulación blindada de Carlos. Me alejé de sus planes asegurándome esta condición de ‘señora de’ por los siglos de los siglos.

Amén para la tarde en que volviste con las mejillas bronceadas y la boca edulcorada. Estabas radiante Carlos, como nunca lo habías sido. Parecía que el superhombre de mis fantasías ausentes te había poseído. Mi visión recortó la realidad inevitable de tus zaptillas blancas y por unos instantes personificaste el Carlos que podrías haber sido durante todos aquellos lustros gastados. Empezaste a hablarme de la volatilidad de la vida (más bien pronunciaste algo más básico como “la vida es corta Delia”), del canto del jilguero y de lo espectacular que es el amanecer a la vera del agua. Tres suspiros y dos pausas más tarde empezaste a hablar de mi, Delia, mi seño, de cómo la vida me iba a regalar una jubilación joven y saludable, para conocerme, para disfrutarme, para, repetiste, vivir esta vida que es tan corta. Intentaba seguir la línea, pero nunca presté demasiada atención tus relatos, siempre contaminados con muletillas, reflexiones de barra de bar de segunda y con cierto aire de convencionalidad. Preferí sentir que descubría tu mirada por primera vez, tenías los ojos más claros de lo que recordaba, Carlos, y seguías bien plantado dentro de los pantalones que arrastrás con orgullo hace diez años. Hablaste algo del amor y de la intensidad antes de decir que no querías nada, porque la vida no son posesiones sino emociones, que te ibas con el Renault de mi tía y el bolso que te firmó Milito.
Y mi necesidad del no-tiempo se hizo carne.
Anclada a la silla, impávida, quedé cuando rozaste con tu palma caliente mi hombro. Susurraste “sé feliz” con la misma profundidad con la que la panadera te desea un buen día después de entregarte la docena de medialunas. Mi borrasca quiso gritarte que no sería feliz, que sería soltera, maestra y soltera, con un auto que nunca aprendí a manejar estacionado hace veinte años en el garage, sin tu cuerpo como mi baluarte social. Te vi salir sin dejar rastro pero seguí la estela de tu abandono expeditivo hasta el Renault de mi tía. Ahí, en toda su gloria de cuerpo firme y locuacidad candente, con el mismo verde bizco, te esperaba ella, con el cinturón de seguridad puesto, unas flores en la mano y el pase libre a la vida de pareja con vos. La pareja y la desparejada.

Insisto en la aspereza de estos días que progresan como si no faltaran fichas en mi ajedrez. Su ropa para inventar el acto de la convivencia. La cama no se desviste al dormir y sigo sin acertar la medida del café individual. Leche acidificada, pan seco y y toda una serie de productos concebidos para compartir. Permití que me invadieran los geranios y cada domingo con esta soledad me armo un porro para exhalar las migas del día a día.

No sólo de leche vive el hombre

Llamémoslo Aldo, lechero del conurbano de principios del siglo veinte. Viven María y su triple descendencia de la lactación de sus tres vacas. Inversión de alto riesgo, trabajo mal remunerado y una jubilación ventajista harta de dolores. Había dejado la mueblería para ser “su propio jefe” y descifrar, sorprendido, cómo jefe suele ser sinónimo de esclavo. (María nunca le perdonaría haberla forzado tácitamente a dejar de ser ama de casa para nobiliarla como “la lechera”.)

 

Se llama Gerturd Kleinwort, pero la huida tempestuosa hacia el sur del mundo la obliga a llamarse Gertrudis. El señorío de la Winterhuderkai lo resume su memoria que, aunque insista en ahogarla (el sótano y su calefacción a carbón, la ropa hecha a medida para las nenas y en conjunto para sus respectivas muñecas, la prolijidad prusiana a la hora de las comidas) siempre despierta para hacerla sangrar. Las nenas aprenderán un oficio (puericultura o secretariado quizás) después de conocer el sabor de las papas recogidas en pleno verano y la aspereza del hilado manual de la lana. Camina erguida, procurando no confundirse con las criollas menudas. Esa fracción de rapaz en su mirada muta en mansedumbre ante el nuevo statu quo bonaerense. No conoce, no habla y la gesticulación siempre le fue censurada (clásica condena del histrionismo a la salida del teatro). Para su consuelo los salvoconductos fueron sembrando vecinas de patria a su alrededor, convirtiendo aquel barrio de yeísmo impronunciable en un florido gueto de antiguas señoras señoriales.

Fue Ruth Mond la última en llegar. Incansable cocinera, había aprendido el argentino buscando la complicidad de algún restaurador que quisiera apostar por el gusto de sus manos. Un mitín improvisado la catapultó como gestora de compras sociales: sabía dónde conseguir azúcar, conocía a la señora que tenía los pollos pero, por encima de todo, había logrado contactar con el lechero: “Wir werden jetzt Sahne haben!” y el éxtasis unánime sucumbía en la dulce untuosidad de la tierra que las había exiliado.

 

Aldo carga a sus hembras de alfalfa y choclo, limpia las ubres y cepilla la paja de su cuero ; María procura dejar sin arrugas el uniforme almidonado; las nenas entonan la tabla del cinco y zurcen sus medias con la misma destreza.
Gertrud, Ruth, Ilse, Ika, Michaela y Josefa (aunque sin bife los domingos, Brigitte tenía “eine Muchacha”) hierven agua para esterilizar sus botellas.

Es de madrugada, los hombres aún callan mientras la neblina barre el camino. Clarea y el sonido del cristal acunado anuncia el comienzo de una plácida ficción. Las cinco gringas exponen el menú del día de forma superficial, saben todas que lo importante, la magdalena indómita de Proust, es el Kuchen de la tarde. Schwartzwälder Kirschtorte o Apfelkuchen mit Schlagsahne, requisito es exprimir la grasa de la leche. Las campanas y un halo de bosta y hierba desarman la  dialéctica. Aldo saluda a Josefa y relojea a las señoras. Disfruta de la puesta en escena: deja al ternero mamar unos instantes y lo separa para proceder con el ordeño. Como buen granjero converso viste de blanco y con saco negro, los zapatos pulidos; sabe cuánto disfruta la gente de ciudad del idilio agreste siempre y cuando huela a jabón y no dé indicios de trabajo forzoso y menospreciado. Una a una las botellas engullen el oro blanco. Gota a gota las penurias de Aldo devienen en harina, abrigo, consuelo para la Doña.

 

En aquellos tiempos, las ansias de Aldo lo hacían un pionero en el pensamiento productivista. El rendimiento por sobre la cantidad, la voracidad de sus anhelos por encima de cualquier forma de honestidad. Aprieta la vida y el remedio más sensato son una saco de agua bajo el corazón (esta falsa sinceridad propia de algunos amores), un tubo y una cánula.

 

“Meine Milch hat keine Nata mehr…”, Gertrud levanta la alarma. Ruth lidera la comitiva. Denuncia e interpelación ex abrupto. El barrial de las calles como testigo, la dolorosa duda de las señoras se vuelve carne y traición, viveza criolla de estreno.

Llega el asfalto, la leche embotellada a los almacenes, el repicar de tacones sobre la vereda.
Aldo habrá reinventádose, quizás, como vendedor de flores de vida plástica y perenne.
leche a domicilio