Ja se la sap llarga, ja


Estoy sola con el rebaño en la Loma del Peluche. Le puse ese nombre después de haber descubierto la locación por primera vez y de haber usado para situar su ubicación geográfica decenas de veces “es en la loma de la mierda eso”. Loma del Peluche, elegante-folk.

Acá estoy entonces en el margen de este bosque pendiente de encinos. Las familias de ramas que hacen de peligrosa alfombra compostable del suelo y la amplitud espacial indican que hace no muchos años trabajadores del bosque le dedicaron unos días de labores. La senda que por acá cruza se fue grabando bajo el peso de pezuñas: los bípedos hasta este hábitat profundo no tenemos necesidad de conducir nuestros apetitos.

Estoy sola acá mirando hacia abajo, una pista forestal anegada se intuye bajo el verde de la zarza. Tendrá la pista en este tramo unos 500 metros de longitud y el ancho estandart de estos caminos (un auto y medio). Desde el margen recto y desgranable como masa sablé hasta el suelo hay unos dos metros de desnivel. La fuerza de la exuberante vegetación por poco me lleva a creer que podría caminar con rebotes de acrobacia boscana sobre el entramado para entretenerme mientras trabajo. El cuartito con PlayStation y metegol de Facebook.

Mi primera vez en la Loma del Peluche fue con un machete. La zarza se alzaba hasta mis caderas y a base de pisotones a pie alzado, machetazos y las ovejas lanudas abrí paso. El agua abundante de esta primavera y una distribución agradable de las tempetaturas templadas alimentaron a la fiera zarza para que, enorme y hambrienta ella, engulliera el espacio.

El entramado no es nada sencillo, lo más parecido a una ‘guerrilla del ganchillo’ hard core. La genialidad de la zarza está en su independencia, en su destreza dragónica para enlazar por el aire puentes inquebrantables de retama a retama, de retama a hierbabuena, de hierbabuena a una raíz del margen; camino de ida, de vuelta, en sentido contrario y con loop.

Las retamas dejaron de ser varas para ser un tronco central ramificado y cargado de miles de varitas. Están entre el metro cuarenta y el metro ochenta, por debajo son puro compendio de palos verdes, como el ramo de flores de los Playmobil.

Sé que al final del margen opuesto está la bajada no transitable hacia un arroyo: oscuridad, tierra escurridiza sobre rocas, hayas y caída libre, persianas de lianas y hiedra amortizando el canto del agua que corre. La zarza se extiende por encima de los límites e impide definir si lo consiguiente es planicie o una boca volcánica.

A mi derecha diez ovejas. A mi izquierda un grupo ‘compact’ de sesenta ovejas. Bajo mis pies, entre la pared contra la que pican las piedras de arenisca como las primeras gotas de lluvia que se estrellan sobre los hombros y la madeja anudada de zarza, las veinte ovejas restantes con la vista alzada y el gesto aquel del cordero degollado.

Rememoro todo esto pictórico del espacio para intentar acallar el amplificador de reflexiones negadas que no me deja de susurrar “qué mierda, no te la puedo creer, QUÉ MIERDA, NO TE LA PUEDO CREER”. En este instante pienso en lo bien que la estaba pasando, en que me queda 1% de batería, en que está por diluviar, en que tengo hasta las seis para buscar el material escolar de Aniol, en que estoy en la loma de la mierda, en que estoy sola deseando que sea una jodita para Marcelo. Autónomo e indómito mi bastón me porrea cuatro veces en la frente y la escena permanece inmutable: tengo veinte ovejas de mirar degollado metidas en el fondo del camino, en el epicentro de un torbellino espinoso.

Soy bastante menos Yogui Tea de lo que los prejuicios llevan a imaginar. En caso de poder satisfacer esta expectativa ahora sería capaz de pararme (parar el peso del pensamiento porque el cuerpo hace cinco minutos lo tengo en modo museo de cera), activar una respiración circular, producir exhalaciones sonoras y, eventualmente, meditar para la claridad. No medito y me rige la impulsividad así que armo una caravana ovina hacia la entrada de la pista para abrir camino hasta las veinte exploradoras y salir gloriosa y despeinada como cabeza de rua de casamiento por el otro lado. [Spoiler: en ninguna parte del plan consideré necesario un análisis del estado del camino en la supuesta salida.]

No podemos avanzar más que una detrás de la otra. “Avanzar” es un verbo que en este caso debería ilustrar un Mortal Kombat veggie entre el tronco que es mi bastón y la resistencia de la zarza. Intento abrirme camino por los claros que deja el andar de los clanes de jabalíes locales. La acción, inconscientemente siempre ligada a la certeza de éxito (¿quién invierte energía en algo que cree destinado a fracasar?), dispara mi ímpetu ampliando mi umbral de dolor y haciéndome fantasear que me muevo como la Zeta Jones ladrona deslizándose entre los hilos invisibles de una bóveda de alta seguridad. Menos esbelta, menos morena, con bombachas de campo y usando una rama seca (aka ‘mi bastón’) para defenderme de la vegetación.

Me siento a cada paso más oprimida y el silencio del rebaño me aplasta con su animalidad. Tienen un lenguaje de traducción sencilla y el silencio sin rumia, sin masticación, sin tintineo, en quietud estática, son indicadores de la noción de peligro de unos animales que ahora deciden dejarse llevar, delegando su integridad en mi. Sobre mi. Alrededor de mi. Dentro de mi.

El camino no cede en amplitd y la oscuridad es cada vez mayor. Miro hacia arriba pretendiendo un abordaje a lo street view que me permita realizar las jugadas con menos conchatumadres de por medio y acá me descubro, por primera vez, claustrofóbica, con el cuerpo y noventa ovejas atrapadas por infinitas y despiadadas plantas.

Nos conduzco, por la penumbra, hacia una dimensión cada vez más reducida. Me frena un frío, una sensación física que alerta algo primigenio en mi. La senda de jabalí me condujo al refugio que ahora me rodea. Cuevas de diversas medidas forjadas a presión entre las trenzas de zarza. La tierra húmeda, fresca, revuelta con cautela. Los márgenes como defensas de la edad de bronce, la vegetación monstruosa, las partículas de olor a jabalí que me estiran pelos nasales y el repentino desamparo ante el peligro. Me congelo, me descosuelo, me siento ridícula ante mi propio llanto inoperante y empiezo a desandar el camino ya recorrido.

Todo va doliendo pero lo que más me altera es quedar enganchada desde la mochila, toda ella abrazada por tentáculos verdes y delgados. Estiro con rabia mal direccionada hasta que me desgasto y decido frenar, descolgarme las tiras como si me estuviera vistiendo de fiesta dentro de una lata de berberechos y estudiar de cara la táctica a emplear para liberarla sin mandar al carajo a todos los que me conocen.

Soy la cabeza de fila y tengo un problema. Dos problemas. Las perras están conmigo. En una fila india de unos 150 metros por un camino de castigos bílicos pretender cambiar el rumbo no es tan sencillo y racional como un cambio de marchas. Las perras, conductoras del rebaño, si bien no son agresivas con las ovejas, suponen una amenaza ancestral. Un caniche toy, un bichón maltés, un pinscher: cánidos ante pequeños rumiantes. A lo que voy [un poco spoiler]: si sos una oveja y sabés que no tenés propulsión y sentís la noche en el día en un pasillo diminuto perfumado por fauna salvaje y oís a la pastora gritar, golpear, llorar, motivar, volver a gritar y tenés el peso caliente de algunas compañeras oprimiéndote la respiración y oís una llamada que pretende que avances hacia las sonrisas de dos Border Collie, ¿VOS AVANZARÍAS?

Las llamo (el ‘psch psch psch’ que a mi hermano lo pone nervioso), intento girar a las primeras dos, empujándolas por las caderas, alentándolas como si fueran gimnastas de capa caída. Ob-via-men-te se alteran aún más y vuelven rápido a su posición de pelotón en defensa, de culo a la salida. Bello simbolismo.

Salgo de la ruta. Estoy acá en el punto de partida. El lugar de la caída, reconfirmo, nunca será lugar para la salida. Avanzo hasta el final del camino y en mi recorrido resigo sus cabezas, una delante de la otra, atentas todas bajo el crujir de mis pasos delineando su encierro.

Llego a la punta contraria. Los primeros metros se me ofrecen premasticados y me hincho de confianza. Hay una luz en mi camino, me hicieron cantar con agudos ásperos en catequésis. Mas, lareconchademihermana, las que se urden, cierran, las que zurzen los vacíos del aire son ya zarzas de troncos lignificados, grisáceos y vigorosos, reforzados con espinas más incisivas, más grandes y, confirmo, aún más infranqueables. La única posibilidad de ingreso es un túnel estrecho con la altura adaptaba al andar de un perro mediano. Si conmigo tuviera a Babe el cerdito pastor ya lo hubiera mandado a que le pida porfis porfis a las ovejas que avancen acuclilladas y presurosas detrás suyo hasta donde mi voz las llama.

Me aturde el silencio, la calma sospechosa previa a la tormenta, el arroyo que pretende insuflarme serenidad. Me convenzo de que la osadía es sólo aparente, un ritual de iniciación fake como trabajadores de una empresa que un coach guía a caminar sobre 30cm de brasa en el jardín de un hotel cinco estrellas.

Agachada no entro, tan sólo logro asomar mi cabeza hasta la nuca. Estirada, de cuerpo a tierra, la mochila que hace de tapón. Me desvisto de la mochila y del bastón. Refuerzo la tensión y el nudo de la capucha de mi buzo con la determinación de una bombero al responder a una llamada. Veo, ahora recién, que mis pantalones son marrones y que mi pecho viste de verde oscuro. Tan mimética penetro así en mi propia selva. Diez metros. Soy réptil alienado y resituado en su eje, de corazón acelerado y esperanza dominante.

Emerjo de entre un claroscuro más elevado y llego, dos metros más adelante y jorobada, hasta la locomotora. Escaneo el espacio y todo son nudos, espinas, sombra. No logro dibujar una vía de escape ovina y, de yapa, vuelvo a tener a las perras a mi lado. Tanto me pesan los hombros, un par de enanos despiadados jugando al sube y baja colgados de mis antebrazos. No consigo exprimirme los lagrimales pero escupo unos sollozos que me liberan el pecho.

Será que no, neskas, no es ésta aún la solución. Me voy abriendo paso a su lado ya sin el bastón de Rafiki para frenar las embestidas frontales de la zarza. A medida que las adelanto las veo como un fresco griego, estática horizontal de un relato en movimiento. Descubro que en dos puntos la congestión formó dos embudos rellenos de ovejas que, oprimidos en exceso, ilustrarían dantescas escenas de aplastamientos y desesperación. Está claro: no puedo estar a la cabeza y ordenar a las perras a que aprieten por el otro lado.

Los pellejos, la carne tibia debajo de las uñas, las yemas de mis dedos. Nada queda a la vista sin arañar. Alcanzo sofocada el inicio, me apeo y grito TENEMOS QUE SALIR DE ACÁ con el convencimiento de una madre embriagada en la fase expulsiva.

Vuelvo a optar por la dinámica imitativa intentando lograr que la primera oveja avance cuatro pasos con convencimiento para que el dominó se desplome detrás suyo.

Es inútil: se empaca, me mira como analizando un mapa de la estupidez humana y regresa con las compañeras. Agarro a la oveja vecina y con el repique de dos pasos su cencerro suena llamando la atención del rebaño. ‘La práctica hace a la fuerza’, interpreto el estímulo y hago sonar la esquilla bajo mi mano como si un pastoreo plácido la meciera. Oigo a una balar a medio camino. Agrobocina. Produzco el campaneo nuevamente y ante el paso firme de las primeras ovejas siento una opresión descendente que me electrocuta las piernas, me vacía, me purga. Siento al instante todos mis rizos mojados, pegoteados a mi nuca caliente. Mi escote es una vertiente de tensión. Me arde el fémur, mis cuádriceps laten, tengo las manos inflamadas y me atraviesa la sensación de estar saliendo, desorbitada y magullada, de una ola atlántica bajo la tutela de mi abuela que no sabe nadar.

Volvemos a paso lento, más eufóricas que precavidas. Me deleito en sus caderas abultadas, en su rumia latente, en la tranquilidad de su mirada. Me adelanto para no apurar su regreso y sentada sobre la tierra viva observo cautiva sus pasos amortiguados y la cabeza gacha que les procura energía vital. Su mantra resiliente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s