Humana


 

Si no pueden echar un polvo, al menos se lo contarán el uno al otro.

Francisco González Ledesma

 

En la dialéctica callejera y en el discurso animalista concurren acontecimientos de animalización humana y de humanización animal que nutren mi interés por la riqueza del lenguaje y por el imaginario variopinto que abunda detrás de él.

La animalización más primigenia nos es impuesta en nuestra infancia asimilando de forma uniforme que el espectro animal de nuestra materia es sucio, bruto, tosco, inconsciente, con una clara tendencia hacia el peligro y con preferencias por el hedor y la dejadez. Los ejemplos universales pueden resumirse en: parecés un cerdo/ comés como un animal/ sos un burro/ este cuarto parece un establo.

Existe aquel dark side of the moon que a todos nos une: el sexo.

(Mi vulva parece siempre querer llevarme a hacer una inflexión en el pastoreo).

Observo a mis carneros reventarse la frente a puro cabezazo hormonal y me pregunto en qué animales pensaremos cuando, en nuestro imaginario colectivo, hablamos (susurramos) que tenemos sexo “como animales”.

La oveja entra en celo y el macho lo siente. Huele sus hormonas viajando por el aire y abre la boca para captar con sus encías el perfume. Busca quién es la encendida, dando tumbos entre las dormidas buscando a la Julieta que lo llama en silencio y quietud. Arrima su cara a la vulva, con disimulo. Se apoya contra su muslo. Se percibe que ella sacude la cola. La empuja, la aprieta sin estridencias. Ella ofrece resistencia y permanece como una estatua, con la vista al frente y la cabeza en alto. Quizás, si la ocasión amerita, hacen un pequeño baile, nada estrafalario, un par de vueltas semi tangueras hasta que él recupera la posición inicial. Desde atrás calcula los pasos, mide la distancia y las posibilidades de acertar al blanco. Atento, siempre en alerta: es un pequeño rumiante y el peligro de muerte es una constante tatuada en su ADN. La acción tiene que ser veloz y funcional. Sus testículos son grandes, rellenos como dos bolsas de golosinas después de una piñata triunfal. El pene corto, como el índice de mi mano de heroína de maceta. El carnero monta a la oveja con destreza de funambulista. Se apoya tembloroso con sus patas delanteras sobre los hombros y acompaña con las patas traseras el avance escapista de la hembra. La erección se produce al unísono con el encabalgamiento. Como la erección de un perro, rosácea, pequeña. Es veloz en su actuar, no hay tiempo para dilaciones ni distracciones melosas: la genética siempre impera y repite que el lobo, el oso, el hombre y cualquier forma de peligro mortal están cerca. Unos pocos segundos, repetidos a lo largo del día dependiendo de la intensidad de la llamada olfativa, bastan para gestar descendencia. El celo de las ovejas dura entre veinticuatro y treinta y seis horas: si queda preñada las feromonas mutan en bellas durmientes hasta el despertar siguiente. El carnero, sin estímulos, permanecerá sexualmente dormido a la par.

Mis perras van enlazando sus celos y durante casi un mes la granja se convierte en un teatro romano de aullidos y pequeñas batallas de pretendientes vecinos. Los primeros días la perra queda a la espera, conteniendo la fuerza de supervivencia de la especie con sus intensas ganas de trabajar conduciendo el rebaño. Siempre llega, no obstante, el día en que la carga hormonal la impele a salir a buscar quien la monte, ansiosa, inquieta y, con sus dueños, profusamente cariñosa. Suele dar vueltas con la cola en alto, como las perras de las películas infantiles. Coite breve seguido de un abotonamiento propio de un freak show. Un cuerpo con dos cabezas que miran hacia sus horizontes, vacíos de reflexión, jadeantes, a la espera de que su propia naturaleza los libere de la risa burlona de sus depredados.

Con las ocas conocí una sexualidad de que la no hablan en las granjas-escuela. Son monógamas o forman tríos (un macho y dos hembras) y no intercambian parejas. Los apareamientos sólo se producen cerca de fin de año, en épocas de frío. Para que la cópula sea efectiva necesitan de agua, estar dentro, mojarse y dejar fluir su naturaleza (aunque, cuando de mantener a la especie se trata, si en vez de agua hay sólo polvo, el conformismo impera). El macho, normalmente más grande y pesado que la hembra, se encabalga con las patas sobre el lomo y con el pico la inmoviliza apretando su cogote con fuerza hacia abajo. Ella no da indicios de querer escapar e intenta propiciar el equilibrio necesario para una monta efectiva. Chillan bastante y después de cada encuentro el griterío lo acompaña el macho con un aleteo altivo y la hembra con un breve escape furtivo y liberador. En ocasiones un macho busca montar la hembra de otro o a alguna hembra desparejada y, mientras lo hace, su pareja también colabora inmovilizando o picando a la sometida. Animales fácilmente depredados, tienen un coito breve, veloz y repetitivo.

Las gallinas, universo de caos y subordinación. La práctica recomienda que no haya más de un macho por, aproximadamente, cada diez hembras. Tienen los gallos el comportamiento altivo y pendenciero que la mitología Disney supo caracterizar. Son altivos, elegantes, de pecho amplio y cola de plumas erectas. Las hembras están a su disposición por imposición. Suele anteceder el acto reproductivo con un unos pasos de salón, sacudir las alas, inflar las plumas del pecho cual besa-bíceps de gimnasio. La gallina, impávida, sigue con su rutinario picoteo. Él no desiste pero tampoco insiste en galanterías y pretende dominarla. Ella corre, aletea, mantiene el trote hasta que él la alcanza. Le salta encima, la toma con sus espolones, la somete bajo su peso y al montarla le va picando la nuca. Coito breve, veloz, violento. Ella escapa como Marion Jones mientras él da algunas vueltas por el área aleteando y cacareando altivo.

…como animales.

Es miércoles y esta animal impulsiva prefiere tener sexo “como humanos”, de ese que es intelectual, sensual, erótico, racional y disparatado, compartido y consentido, intenso, sincero, parsimonioso o ansioso, latente.

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