Indumentaria pastoril no obligatoria


Dijéronme un día que fuera vestida de pastora. Me sacudí y automáticamente mi índice recorrió al viento mi silueta del torso a los tobillos: vivo vestida de pastora; visto viviendo de pastora.

Hoy encontré un sari que hace más de quince años mi vieja compró en la India. Color crema, desmangado y con un precioso bordado de lentejuelas chiquitas y brillantes e hilos tornasolados. Un jardín de estío burgués. Lo guardaba, quizás igual que mi vieja, para una “ocasión especial”. Esta tarde temí la obviedad: la pena del encierro me forzaría a regalarlo a otra mujer que, probablemente, volvería a repetir este patrón de comportamiento proteccionista.

Hoy pastoreo sola, hace muchos días ya que no lo hacía en soledad, sin apuro y con la liviandad abstraída del primer día de menstruación. Agosto y el sol a estos 1000msnm acaricia tibio sin lograr calentar la sombra. Cumulonimbus de copas brillantes y bases grises. El viento silba para llegar al mar: me gusta otear imaginando veraneantes satisfechos, palas, cubos y orejas con arena, un grupo de amigas hablando en tetas frente al manso oleaje mediterráneo.

Llevo la mochila, un par de manzanas, un libro y este teléfono que me permite que las palabras no se me escapen antes de que las logre hilar y que mi atención hacia el rebaño no se disperse con la concentración que la cursiva prolija me implica. Visto zapatillas cuyo grip el andar comió, las bombachas de campo con el tiro alto, así mi útero se infla en paz, y el sari ya que hoy, determino, es una ocasión especial.

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