Fiesta mayor


Se acerca a él como si no quisiera, sigilosa, a paso lento, mirando de reojo el balanceo de las demás.

Lo roza. Se le arrima sin sentirlo. Son sus pelos los que se tocan.

Él la huele.

Su cabeza se acopla al cuello de ella como las primeras ‘C’ en la práctica de caligrafía. Inmóviles perciben la cercanía del otro.

Ella lo cabecea. Con suavidad su nariz le recorre la cara.

Él admite el gesto pronunciando un ronroneo gutural, de bajos graves, acolchonados, secreto. Recula y acerca la boca a su oreja. Repite el sonido, un susurro, y lame el aire que circunda los pliegues de su cuello.

Ella admite el gesto con un nuevo cabeceo.

Él acuesta la cabeza sobre su vientre y como tanguero cuela la rodilla derecha entre sus piernas, pega la pierna al interior de sus muslos y la sube presionando hasta tocarle la pelvis. Un instante.

Vuelve a la posición inicial, arrimado al calor de sus espaldas. Recibe el cabeceo, decodifica la señal, le susurra al espacio que los sostiene y al oído, besa la cercanía de la oreja y repite el paso osado de la rodilla entre sus piernas. Tres veces.

Reposa la barbilla en la hendidura de sus lumbares.

Fin del cortejo.

El carnero determina que la oveja 91435 está dispuesta y a punto para la monta.

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