Archivos Mensuales: junio 2018

Fuera de mi

Mi condición de migrante es un estado de ánimo. Ciclotímico, exhuberante, melancólico.

No es la distancia quien me parte. Es el desarraigo el que me desviste. Me exhibe, me incomoda, me desorienta.

No soy de aquí ni de allá: no es un lugar común. Modus vivendi que exprime el instinto de supervivencia.

Sin haberlo planificado me desdoblé: la barullera del sur, la mansa del norte. Y en las tangentes que se rozan, ¿quién soy? ¿Con cuál me quedo? ¿Qué pauta esta mutación?

Los ojos ajenos absorben con sencillez volátil este emocionar: “volvete”.

Mas, no existe rincón que mis manos hayan construido allá, no hay tierra que me llame a la labor. Acá, en este centro físico que ocupo, hice, hago y quiero hacer.

La plenitud llama a la cercanía. Busco en las calles austeras el color de la cartelería bonaerense, la tipografía que me hace sentir en el barrio, las veredas de baldosas destrozadas. Busco la cara de las panaderas que me solicitan con un “¿qué te pongo gorda?”, busco el lenguaje común: me duermo en el bondi, es una poronga, no veo un choto, no tengo un mango, te quiero bocha, me vuela la peluca. Oír mi lengua, que hable mi piel. La ironía, el sarcasmo, la cancherez del lindo del conurbano.

Tirar de la soga con toda mi fuerza hasta arrimar los continentes y facilitar que este mate solitario pase de mano en mano. Agotar la yerba con vacuidades diarias.

No dejo que me consumas, melancolía ingobernable. Me hice un oficio honesto, pluridisciplinar y sin fecha de caducidad. Con estas manos, la fortuna de mi lado y unos soplidos a favor, ¿quién alzará los muros que me impidan otros atardeceres ranchear en las sierras del sur?

Anuncios

Fiesta mayor

Se acerca a él como si no quisiera, sigilosa, a paso lento, mirando de reojo el balanceo de las demás.

Lo roza. Se le arrima sin sentirlo. Son sus pelos los que se tocan.

Él la huele.

Su cabeza se acopla al cuello de ella como las primeras ‘C’ en la práctica de caligrafía. Inmóviles perciben la cercanía del otro.

Ella lo cabecea. Con suavidad su nariz le recorre la cara.

Él admite el gesto pronunciando un ronroneo gutural, de bajos graves, acolchonados, secreto. Recula y acerca la boca a su oreja. Repite el sonido, un susurro, y lame el aire que circunda los pliegues de su cuello.

Ella admite el gesto con un nuevo cabeceo.

Él acuesta la cabeza sobre su vientre y como tanguero cuela la rodilla derecha entre sus piernas, pega la pierna al interior de sus muslos y la sube presionando hasta tocarle la pelvis. Un instante.

Vuelve a la posición inicial, arrimado al calor de sus espaldas. Recibe el cabeceo, decodifica la señal, le susurra al espacio que los sostiene y al oído, besa la cercanía de la oreja y repite el paso osado de la rodilla entre sus piernas. Tres veces.

Reposa la barbilla en la hendidura de sus lumbares.

Fin del cortejo.

El carnero determina que la oveja 91435 está dispuesta y a punto para la monta.

Libre de patricinios

¿Cómo saber si el oficio de pastora es una opción para mi si su realidad me es vetada?

Empecemos por hoy: los resultados de Google me inducen a pensar que en femenino es una cantante y que en su versión masculina es alguien que se dedica a predicar palabras santas.

En mi dimensión pasada forma parte del espacio mitológico, se relaciona con el Peter de Heidi y va de la mano de un hombre mayor, enclenque, de aspecto sucio, más bien malhumorado y tan lejano que vuelve a caer al espacio mitológico.

Muchos nenes sueñan con ser bomberos (camiones carmín y heroicidad) o futbolistas (combate regulado y heroicidad).

Muchas nenas sueñan con ser veterinarias (animalitos mansos que se prestan a la curación y heroicidad) o cantantes (estrellato y heroicidad).

No sorprende descubrir detrás de cada sueño que se debería suponer único e irrepetible, una uniformidad de propuestas discursivas y su consecuente merchandising: la radiante Barbie veterinaria con toda su legión de mascotas tiernas, el disfraz de veterinaria sexy de la adultez, los deseados camiones de bomberos en su infinidad de versiones, el bombero porno del imaginario colectivo, la temible espiral de derivados de la industria futbolística.

El pastoreo, ¿con qué producto podría saciar aquella sed de consumo?

¿Nos es negada la realidad del oficio porque su bastión principal radica en valores que siempre han trascendido lo monetario?

¿Es, empezando por la comunicación de su labor, un oficio menospreciado, recluido y nada fomentado por su incapacidad para saciar nuestra sed de consumo, nuestra voracidad por lo sencillo, predigerido e inmediato?

Ser pastora implica irremediablemente volverse humilde ante la magnitud de la naturaleza y obliga reflexionar sobre una misma de forma constante.

Ningún nene comprende ese “no toques la vela, te vas a quemar” si efectivamente nunca le permitimos el espacio para quemarse. La lección infravalorada de la propia experiencia.

Así, no sabemos que somos alérgicos a las cabras hasta que no nos acercamos a una; no identificamos que el tomate nos resulta alérgeno hasta que no lo comemos.

Uno de los oficios que nos permitió sobrevivir como especie hasta estos días nos es menos conocido, más ficticio, menos tentador que ser estudioso de nanopartículas.

Es un trabajo de biorritmo y humanidad, en el sentido más profundo de la palabra. Un trabajo despojado de paternalismo que conforma un carácter de aparente dureza que desde la “laxitud” ciudadana cuesta interpelar.

Diariamente somos los únicos culpables, los primeros responsables. Diariamente existen situaciones más o menos nuevas que necesitan ser resueltas con ingenio, velocidad y mínimos recursos. La mirada tiene que ser atenta de forma constante ya que sólo la observación puede detectar posibles anomalías: la gestión de la salud de un rebaño es una labor diaria y sostenida. Si conduje al rebaño hacia una zona sin alimento, si lo hice transitar por un barranco peligroso, si un grupo se me escapó en dirección contraria, no podré buscar a nadie a quien descargarle mi desesperación, podría gritarle y reñar sin sentido a los animales para eludir la siempre dura faena del fracaso personal.

Asumir, transformar y crecer.

Ser pastora me ancla en el presente con la mirada puesta en un futuro que sólo puedo atrever a suponer con liviandad. Me liga al espacio circundante, fija la vista al cielo y a la tierra. Me mueve con la “lentitud” de los ritmos cíclicos y con la inmediatez forzosa de las situaciones resolutivas.

En el pastoreo no existen congelados ni platos precocinados. No hay cabida a la megalomanía, no se ofertan vestiduras ni etiquetas para disfrazar la inoperancia. No vendemos biblias pero a quienes nos permitimos dejarnos atravesar por esta realidad nos gusta repartir la buena nueva.