Archivos Mensuales: mayo 2018

Aitana es nombre de cordera

La 57 es lo que algunos catalanes llamarían una ‘nouvinguda’: nacida en Gipuzkoa, la emigramos al monte catalán donde se adaptó mostrando vitalidad y gestando descendencia.

Sigue la línea de su casa de origen: paticorta, de lana larga y abultada, cabeza más bien redonda, compacta, de color uniforme, de una tonalidad que los creativos de Pantone llamarían ‘helado de dulce de leche con crema’. Mantiene buena salud, buen peso. Sus partos anteriores, uno simple y uno doble, los solventó sin inconvenientes. Tiene buenas ubres para el ordeño manual: redondeadas, con pezones alargados sin exagerar, piel clara, fina, ligera.

Esta temporada quedó preñada fuera de época, casi dos meses después de sus compañeras de faena, como si alguna vecina le hubiera susurrado “…se te va a pasar el arroz” y ella se hubiera subyugado a regañadientes a la sentencia.

Esta semana padecíamos su peso, su andar dificultoso y cargado, su respiración ansiosa de liberación. Noche tras noche fuimos perdiendo las apuestas.

El parto se desencadenó al amparo de un encino en la dehesa cercana a la carretera. La serenidad consecuente de la paridera ya finalizada me lleva a suponer que será un parto intenso y bien llevado, doble seguramente, más lento el primer alumbramiento que el segundo. Nos imagino ya en el post parto, comentando a la luz de la vela lo bonito que suena el ronroneo de la oveja cuando se arrima a su cría recién nacida.

Aitana vive con nosotros su primera experiencia de pastora y atendiendo a su curiosidad sensible la invitamos a acompañar a la oveja en su labor: el rebaño vuelve al establo y ella, habiendo ya sacado y lamido líquido amniótico, no quiere alejarse del lugar que eligió para parir.

La claridad se estaba agotando ya cuando Aitana nos llamó diciendo que la cabeza y una pezuña del cordero ya estaban fuera hace rato sin progreso.

Toda la secuencia del sosiego posterior empieza a desfigurarse. La mano de Albert dentro de la oveja descubre una pata trasera asomando por la vulva cual delantera. La delantera escondida hacia atrás. La una bloqueando el avance de la otra. Ambas imposibilitando el alumbramiento. La calma de la dehesa muta en acción y cavilaciones, en el descontrolado deseo de que todo vaya bien, en el irreflenable miedo de evidenciar la fragilidad del espacio entre la vida y la muerte.

Las maniobras y un sinfín de conjuros resultan y nace una corderita compacta, de patas marrones y perfil de ratoncita gorda.

El pabilo arde a medianoche y nos oye masticar. Pan, nueces, queso, un par de manzanas y zanahoria. ¡Qué bien se nos hubiera acoplado una latita de sardinas! En su lugar: vacío, arroz, lentejas con requisito de cocción. El día, incansable, parece ponerse en orden con nuestros relatos mecidos por bostezos.

Silencio. La luna clara. Callan las hojas, se acurruca el río.

El peso de las vivencias nos clavan al colchon. La almohada como refugio a los maremotos mentales. Hasta hoy. Mañana: mañana seguiremos.

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