Ordeño manual en tiempos de robótica


Lo más animal de mi infancia fueron un par de gatos esterilizados en el patio de casa y una pecera en estado de semi abandono de la cual los peces saltaban fuera en desesperada búsqueda de aguas claras.

En la treintena me siento a ordeñar nuestras ovejas con una naturalidad ancestral impredecible.

Tengo un banquito de pino que conseguí en el bazar chino, no todo lo rural es producción propia rebozada en romance. Compré unos baldes de plástico alimentario que resultaron demasiado grandes, demasiado incómodos, totalmente inapropiados para ordeñar, así que uso una brillante cacerola de inox que secuestré a nuestra cocina.

Hablo por mi, pero en la fila contigua, de cara a algún culo ovino adivino la silueta del flaco. Él también se mueve con el kit banco/ cacerola y con mil pensamientos acerca del porvenir.

Tenemos a punto la lechera y un colador con tantos filtros como peajes tiene Barcelona.

Las negociaciones empiezan temprano: yo el silencio y los comentarios ocasionales, la charla supérflua, la leche que espuma la cacerola, la masticación de las ovejas, la respiración de una cordera mansa y curiosa a mi lado; él la radio.

Suelen preguntarme si conozco a todas las ovejas (la respuesta ansiada, no lo dudes, siempre es si). Respondo, purgada de la necesidad de satisfacer las expectativas del imaginario rural, “les conozco las tetas.”

Hay tetas prietas de pezón mínimo, hay ubres que sacan la leche como un aspersor, las hay que siempre se disparan al zapato o la entrepierna. Hay ubres caídas, pesadas, de pezón pequeño en medio de la mama que forzosamente tienen que ser ordeñadas con una mano, haciendo la otra de palanca. Hay ubres divinas en ovejas intocables.

Condicionada por el pensamiento básico “cuanto más grande, mejor”, la expectativa externa deposita en las manos grandes del flaco el volumen de leche recogido. El mismo engaño rudimentario traspolado de nuestra sexualidad. Con sensibilidad, práctica, ingenio, paciencia y buen trato mis manos de duende son testimonio de que no es el tamaño lo que importa.

Refunfuño: divisé en mi fila aquella lechera de piel dura y pezón incómodo. Y a su lado aquella que hace todo lo posible por boicotear un ordeño limpio.

Nos desafiamos mutuamente por lograr el ordeño récord, la 40, la 91715 y una Pikunieta intentan llevarse la palma. Hablamos de la cena. Nos motivarían unas lentejas, pero la mesa no la encontraremos servida así que nos convencemos que tostadas, queso, nueces, olivas y fruta son el mejor descanso del guerrero.

Salteo dos primerizas. Tienen las ubres infladas y los pezones chiquitines, escondidos entre los muslos. Ningún cordero se atreve a robar su leche, ningún pastor logra ordeñarlas con elegancia.

Flexores y extensores como tenista, como motero. Un antebrazo reforzado sin dolor, con leche dulce y calma. La silueta de una pastora.

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