Archivos Mensuales: abril 2018

Hay equipo

Las granjas con animales criados en libertad (semilibertad condicionada por depredadores) son pequeños ecosistemas, espacios de sociabilización animal sutil evidente para quien los observa a diario.

No, el hecho que de exista espacio disponible no implica que nos de lo mismo cuántos, qué animales tener y en qué momento incorporarlos a nuestro sistema. Cada bestia necesita su período de adaptación al nuevo medio, de reconocimiento de los límites seguros del espacio. Requiere tiempo para desarrollar técnicas de supervivencia y para establecer códigos compartidos con quienes los cuidamos.

(Además son animales domesticados y permanecen instintivamente tan cerca como les sea permitido de sus domesticadores. “Tan cerca” que a veces es sinónimo de “encima de”.)

Hace varios años ya que no teníamos gallinas ponedoras. Si, una granja sin huevos. Algún zorro, alguna garduña, un ave de rapiña o hasta nuestros propios perros nos reventaron el equipo y los ánimos: Albert y nuestro amigo Ted se curraron un gallinero-búnker pero es bajo el sol y contra la brisa cuando la muerte amenaza.

Empecé el año con una rima de la infancia, oportuna y determinante: 2018, a vos te abrocho. Y parte de esto de ganarle la partida al año es invertir energía, ilusiones y expectativas en una nueva bandada de ponedoras.

Mi abuela, la Oma, recuerda. Tiene la memoria que las interminables horas de tejido mantienen activa sin sombras. Recuerda y relata, una fortuna. En su infancia en la Serbia del Imperio Austrohúngaro su familia (la nuestra) tenía unas gallinas blancas, finas, elegantes de cola en forma de abanico de teatro de sombras. Eran prolíficas ponedoras. “Eran Leghorn nena, anotá Leg-horn.”

Albert y Dúnia viven a unos 34km de casa. Tienen afición por las gallináceas y sienten curiosidad por las ovejas. Cruzaron gallinas ponedoras blancas con la gallina de Livorno, conocida comunmente con el nombre de Leghorn (es una raza de origen italiano y al desconocer el punto exacto de su origen se la llama con el nombre del puerto desde donde zarparon muchas y probablemente llegaron pocas en su viaje hacia Estados Unidos).

Ayer nos regalaron cuatro ejemplares y muchos ciclos vuelven a nacer.

No lo duden: el agro está infestado de romanticismo.

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Lo que cuesta armar un full

En nuestro pueblo de menos de 6000 habitantes inauguraron el quinto supermercado. Antes de haber terminado de colocar las estanterías ya lucía un vinilo en su pared de vidrio: DIRECTO DEL CAMPO.

Para no suscitar mayores confusiones he a continuación un pequeño ejemplo real de la intencionalidad de llevar nuestro producto directo al consumidor (sin vinilos de por medio) 👇🏽

Al ser un rebaño lechero, procuramos agrupar los partos para poder disponer de la leche de todas las ovejas a la misma vez. Ergo, tenemos todos los corderos disponibles a la misma vez.

Ofrecemos cordero lechal (de un mes aproximadamente, animal que mama, empieza a comer algo de hierba y al que no cebamos con piensos). Corren, saltan y ocasionan algún que otro dolor de cabeza. Nada muy alejado de la maternidad humana.

Anoche, habiendo terminado de ordeñar, marcamos los corderos que tenían el peso adecuado. Levantamos las migas de la cena y preparamos los papeles para el matadero. Alarma dispuesta y cuerpo cansado.

5 de la mañana. Los perros roncando en la paja y los pajaritos dormidos hasta la hora siguiente.

Entramos al establo en busca de los corderos marcados. Crotal en la oreja y entran a la caja de la furgoneta. 34km de ruta de ida para él mientras yo me cebo unos mates, repaso el orden de la casa y bajo las primeras luces vuelvo a calzarme el traje de pastora.

Preparo el desayuno para el rebaño, me siento a ordeñar y con 34km de vuelta Albert se incorpora y seguimos con la rutina diaria: leche, escuela, queso, rebaño.

A media tarde hacemos malabares: 34km de ida al matadero a recoger las canales. Tomo el relevo del rebaño; los abuelos nos asisten con la escuela. 34km de vuelta al carnicero del pueblo y otro kilómetro más para dejarme las pieles que a la mañana siguiente salaraé para su curtiembre.

Cerrada la rutina de ordeño, barridas las nuevas migas de la cena, repasamos el peso de las canales y le indicamos al carnicero cómo quiere cada cliente que corte su cordero. Preparo albaranes y aviso a cada cliente el precio exacto y la hora aproximada en que pasaré por su casa.

Amanece una nueva madrugada. Rutina clásica sin matadero de por medio. Llega la tarde. Me subo al auto con el isotermo; abuelos mediante en la escuela, voy al carnicero a cargar cada una de las bandejas que me toca repartir. Agradezco el servicio, río (para no volver a llorar) con la dependienta por el robo de hace un par de semanas, río con una clienta que valora la fuerza de mis brazos, río ante mi reflejo acelerado en la puerta de vidrio espejado. Pago y me voy.

Mientras la política agraria siga siendo materia de oficinistas y los mataderos móviles no sean una realidad de sentido común, esto es lo más cercano al “directo del campo” que con mucho esfuerzo podemos ofrecer.

“EL MEDIO ES EL MASAJE”.

Que se haga mantra para la reflexión: si está en un supermercado viene DIRECTO DEL SUPERMERCADO.

Ordeño manual en tiempos de robótica

Lo más animal de mi infancia fueron un par de gatos esterilizados en el patio de casa y una pecera en estado de semi abandono de la cual los peces saltaban fuera en desesperada búsqueda de aguas claras.

En la treintena me siento a ordeñar nuestras ovejas con una naturalidad ancestral impredecible.

Tengo un banquito de pino que conseguí en el bazar chino, no todo lo rural es producción propia rebozada en romance. Compré unos baldes de plástico alimentario que resultaron demasiado grandes, demasiado incómodos, totalmente inapropiados para ordeñar, así que uso una brillante cacerola de inox que secuestré a nuestra cocina.

Hablo por mi, pero en la fila contigua, de cara a algún culo ovino adivino la silueta del flaco. Él también se mueve con el kit banco/ cacerola y con mil pensamientos acerca del porvenir.

Tenemos a punto la lechera y un colador con tantos filtros como peajes tiene Barcelona.

Las negociaciones empiezan temprano: yo el silencio y los comentarios ocasionales, la charla supérflua, la leche que espuma la cacerola, la masticación de las ovejas, la respiración de una cordera mansa y curiosa a mi lado; él la radio.

Suelen preguntarme si conozco a todas las ovejas (la respuesta ansiada, no lo dudes, siempre es si). Respondo, purgada de la necesidad de satisfacer las expectativas del imaginario rural, “les conozco las tetas.”

Hay tetas prietas de pezón mínimo, hay ubres que sacan la leche como un aspersor, las hay que siempre se disparan al zapato o la entrepierna. Hay ubres caídas, pesadas, de pezón pequeño en medio de la mama que forzosamente tienen que ser ordeñadas con una mano, haciendo la otra de palanca. Hay ubres divinas en ovejas intocables.

Condicionada por el pensamiento básico “cuanto más grande, mejor”, la expectativa externa deposita en las manos grandes del flaco el volumen de leche recogido. El mismo engaño rudimentario traspolado de nuestra sexualidad. Con sensibilidad, práctica, ingenio, paciencia y buen trato mis manos de duende son testimonio de que no es el tamaño lo que importa.

Refunfuño: divisé en mi fila aquella lechera de piel dura y pezón incómodo. Y a su lado aquella que hace todo lo posible por boicotear un ordeño limpio.

Nos desafiamos mutuamente por lograr el ordeño récord, la 40, la 91715 y una Pikunieta intentan llevarse la palma. Hablamos de la cena. Nos motivarían unas lentejas, pero la mesa no la encontraremos servida así que nos convencemos que tostadas, queso, nueces, olivas y fruta son el mejor descanso del guerrero.

Salteo dos primerizas. Tienen las ubres infladas y los pezones chiquitines, escondidos entre los muslos. Ningún cordero se atreve a robar su leche, ningún pastor logra ordeñarlas con elegancia.

Flexores y extensores como tenista, como motero. Un antebrazo reforzado sin dolor, con leche dulce y calma. La silueta de una pastora.