Archivos Mensuales: marzo 2018

Declaración sin intenciones

En mi tierra parecemos querer eludir la obviedad semántica del espacio mortuorio y nos reunimos en el ‘velatorio’. Acá me ofrecieron una entrada al ‘tanatorio’ y maldigo el cajón de mis conocimientos que Tánatos abre con oscura suavidad.

Es un espacio que me incomoda: diáfano, de iluminado excesivo y amoblado a baja estatura, liberado de obstáculos que limiten el veloz reconocimiento facial de todos los congregados. Tienen sus gestores la sensibilidad de presentarlo vacío de olores, de librarlo de aquella cadena que nos arrastra por la nariz hacia un infinito de emociones pasadas.

Me dice que se va a tirar al whisky, embeberse en él. No le gusta pero arde y, eventualmente, anula. Azúcar, harina blanqueada y aceite de palma propongo yo: sería una dulce autodestrucción con aval social.

Los encuentros sociales presentan un alto índice de notas de autor vacías, un legado propio del imperativo parlante sapiens sapiens (siempre en detrimento de los placeres del acompañamiento silencioso). Tanatorio y salón de casamiento conectan en cuanto comparten una norma intrínseca: a las boludeces responder con agradecimiento sonrojado y let it flow.

Existen eufemismos culposos y lindantes a la ciencia ficción que me perturban: perdieron a su hijo. [Como también los hay que son delicias perennes: te quiero comer entero.]
Cariló, 1993. Dani tiene tres años y lo perdemos en la playa. Entre veinte perdonad lo dejamos olvidado durmiendo refugiado debajo de un escalón.
Pero su hijo está muerto. El eufemismo implicaría una penosa y eterna búsqueda culposa muy distante de la sanación. La asimilación verbal de la realidad es parte de la purga.

Volvemos a la vida porque Núria parió un rubio vándalo que con dos años en su currículum escupe a gestores inmobiliarios y se apropia de todos los pochoclos de la bolsa. Reímos con la boca abierta ante la muerte aledaña que parece susurrarnos: esto funciona así hermosas.

El whisky no logro ni inspirarlo, despierta las alertas de mis papilas. Sospecho que no debe ser un gen recesivo. A mi abuela le gusta “un whiskycito nena”. Ella también enterró a su hijo. El sabor de la tristeza.
Puedo imaginar, siguiendo el manual de desuso familiar, que murió solo. Hasta la pubertad no supe del causante de su muerte y, por ello, también me mantuve (¿mantengo?) ignorante de las motivaciones de su vida. Ironías (como eufemismos: las hay acertadas y las hay de mierda) de la vida metatextual: ni tan sólo la muerte lo libró del disfraz.

De la mujer que me nutre con relatos escritos por otros aprendo que después del buen nacer también tiene que existir el buen morir.
Enlaza las palabras sin tiempo para la premeditación, delicadamente conexas. Gesticulan sus pálidas manos, encoge y relaja los hombros y mece su aparente fragilidad para hacerme ver que si hijo murió ahí mismo donde fue gestado, sobre el cuerpo receptivo, atravesado, potenciado de su madre.

La vida son todas las curiosidades que él dejó adeudadas.

Omito que las paredes son blancas y que su esterilidad, a priori, a la defensiva, siempre me descolocan y muta la muchedumbre veladora en un preciado mitin de emocionar visibilizado, testimonio no virtual de aquello que nos conforma y aúna en comunidad.

A la vida y a ella, impensablemente, tengo que darles las gracias.

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