Archivos Mensuales: abril 2017

No sólo la noche desviste

Beatriz tiene cuarenta y cinco años, cuarenta y cinco kilos, cuatro hijos y cincuenta ovejas. Está seca, dice el capataz. Su pericardio vive en concavidad con el mundo, sus hombros caen y la fuerza de sus homóplatpos imprime una mansedumbre incómoda en su andar. Las cervicales las lleva estrechas desde el último parto y la joroba incipiente es un monolito que sólo la soledad logra obviar. Que el pelo le llega hasta las costillas lo recuerda bajo la ducha; la humedad, la lana, la practicidad y la clara señal del recogimiento hacen que lo lleve siempre atado, enlazado a la nuca. Fue caoba. Ahora manchado de blanco no como quien ondea férreas convicciones de ecofeminismo sino como aquella que no encuentra motivo para abandonar la labor por el otro para regalarse unos instantes de amor propio.

Vive en el llano y la mayoría de veces piensa en llano. Piensa en María y su parto librado de dolor y sospecha de aquellas verdades cuando recuerda el nacimiento de su último hijo. Frutas, sol y sociales, le recetaron. Miriam pasaba la semana fregando estancias y a Claudia, después de un mes de loar su destreza como matarife pollera, a la salida de la fábrica, uno de los dos compañeros que tenía auto la atropelló destrozando el aguinaldo, el A4 de empleada del mes, tres costillas y el fémur. Raquel, desde que se había casado con Atilio, no estaba dispuesta a renunciar a su limbo de patrona para atrincherarse en las miserias de su amiga. Empezó a merendar juguito Baggio de naranja y las llamadas de los oyentes en la radio: dos pájaros de un tiro. Es rápida, decía el capataz.

Después del tercer desmayo llegó el Gordo con una Amarok de estreno. – ¡Negra esto te va a gustar!- A ella, que apenas la carretilla lograba arrastrar. Sonrió entre paréntesis, contó que faltaba asiento para uno y recordó que sus hijos no jugaban en su habitación porque faltaba la plata para aislar el techo. La barba engominada de su marido le recordó las palabras del Padre Juan que recitaba la historia de Jesús cuando le lavaba los pies a los demás, tan humilde, tan terrenal, tan generoso, esquivando el brillo del crucifijo bautismal por el que había tenido que dejar seiscientos pesos.

Empezó a sospechar que llevaba una década entumecida por su propio mutismo cuando la amiguita de Flavia fue a tomar unos mates y hablar de la querida del galán de turno vistiendo el solero que había comprado la única vez que con el Gordo fueron a la playa en Necochea. Algo en las tetas turgentes de la nena la descolocó y sintió que era el momento de probar las pastillas que raquel le había compartido “si andás algpo triste Bea”. Santo remedio.

Se había habituado a tomar una cada día cuando la mujer del panadero le preguntó por su marido. No quiso indagar. Duplicó la dosis; agua pasada.

Una noche en plena Santa Rosa vio la silueta de la hija del vecino escabulléndose hacia su casa. Los chicos balaban, los grandes peleaban por el dominio sobre la televisión. Encontró al Gordo en una postura que parecía habérsele encarnado al cuerpo, apoyado contra el pilar del alero contemplanto su camioneta. El discurso al descurbirla observando la repetición ridícula de la comedia parecía no oxidarse tampoco – ¡Qué autazo negra! – Y ese cacho de chapa que parecía echarla un guiño. Acarició las manchas de su delantal como si hubieran sido el final del arco iris. Desde la cocina el locutor auspiciaba los mejores sorrentinos de Las Flores. – Qué autazo negra…- el suspiro interminable que acompañaba el sube y baja de la cabeza de su marido. El aguacero pesaba sobre la farola y desfiguraba los cuerpos, les robaba los límites creando siluetas monstruosas, como sometidas a los efectos de los primeros anteojos 3D. El Gordo fue a buscar tabaco, Beatriz el asiento del conductor. La fuerza de la tormenta adormecía la potencia del encendido y el barro bajo la alpargata duplicó el peso sobre el acelerador. La luz del cigarrrilo encendido voló como un artificio defectuoso la noche de Año Nuevo. El Gordo se hizo carne, tripa y corazón, dádiva para la mitología localista.

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