Archivos Mensuales: febrero 2017

La vida según desde un 17 de enero

Si los catalanes tienen una pasión potenciada por la guita no soy juez para determinarlo: nieta de un judío que creyó en la Deutsche Bank para sus ahorros vitalicios y apadrinada por un tío que linyerea muebles en el casco histórico de Bonn. Tengo 31 años y hago llamadas perdidas, le pido al verdulero que lo que tenga al límite de la putrefacción me lo guarde y antes de eliminar cualquier envase lo estudio del derecho y del revés para determinar si le puedo dar una segunda vida.
La casa lindante a la mía es propiedad de una pareja de jubilados catalanes, Dolors y su lacayo. Casa que no habitan, no venden, no alquilan. Un inmueble en la calle más aburrida destinado a no tener vida más allá de una limpieza mensual. Es una casa digna y neutral, de una planta, con un patio delantero escoltado por dos palomos de cola en pleno cortejo y un par de macetones vacíos. A su derecha un camino de entrada al garage y, encima de éste, un espacio cerrado de usos múltiples (en desuso también). Entre uno y otro edificio, un pelado patio trasero cuya única señal de movimiento se origina sobre el desagüe los días de aguacero de Levante. Dolors es menuda y gris, la semántica de su nombre parece arroparla. Viste pantalones inflamables y zapatos de farmacia. En la cabeza el clásico corte de varón para señora de pueblo. Las canas la clarean con penuria y la manera en que las raíces se aferran oleosas al cuero cabelludo me habla de lo poco que la incomoda la tan promocionada ligereza capilar. Él maneja el Peugeot que compraron hace treinta años, el mismo con el que una vez al mes (si los anuncios de lluvias del Sáhara no los empujan antes) llegan al lado de mi cueva a limpiar. Pasan ocho horas limpiando, ocho horas escuchando Catalunya Informació sin cuestionamientos, ocho horas de ayuno social para volver a cerrarlo todo y dejar nuevamente la casa al margen de la funcionalidad. Se van tan grises y callados como habían llegado (el lacayo probablemente con nuevas vejaciones en sus bolsillos), sin llevar ni proyectar traer nada nuevo. Una montaña de ladrillos catalogada como inversión.
Una mañana, resultado del apuro en las manos del repartidor, una carta del banco a nombre de Dolors se coló debajo de mi puerta. Esa mañana actué como en otras ocasiones y me hice dueña irreflexiva de lo ajeno. No sospechaba reclamaciones; al igual que muchas señoras Dolors seguramente me imaginaba inglesa y caníbal y no me donaba ni medio ‘bon dia’ quizás por temor a colapsar mis dendritas. Recuerdo que no tienen hijos y en consecuencia tampoco nietos y pienso que la jubilación, si hay salud y no más pasatiempos que desempolvar y estudiar la Pronto, no puede ser más que un gran engaño. Mediante los cordiales saludos de Eduard Masgrau, director de la sucursal 0075, mi tostada hereje de manteca y dulce de leche y yo nos enteramos de los 850.000 euros que empapelan la cuenta de Dolors. Lecciones de catalanismo para la chusma sudaka.
De vez en cuando mi suegra pavonea de nuera foránea afirmando que al mes de mi bienvenida ya hablaba catalán. Mentira indolora porque los primeros meses huí de ella como de cualquier situación donde quedara expuesto mi yeísmo. Apuré el aprendizaje jurándole fidelidad a una novela y leyendo los domingos el diario en mutis. Estuve a punto de rendirme ante la doble ele hasta que escuché decir a cau d’orella. El poder íntimo de lo intraducible. El idioma que me suavizó la lengua; la seducción casi palpable de la ese sorda; la aniquilación del seseo españolizante; el placer gráfico de las diéresis, la c cedilla y las geminaciones.
Por desgracia, mis avances lingüísticos no progresaron al ritmo de quienes me rodean y, al igual que en mi tierra de mate y bizcochitos de grasa, son tres las personas que logran decir bien mi nombre. Los intentos que pululan por Yasmina, Iémin, Iamina, Jássmin, Yamín y Gessamí suelen sucumbir a los polivalentes nena, dona, maca, tía o tú, dependiendo del orden de confianza, la velocidad del diálogo y la cantidad de birras compartidas.
Guiados por una catalanidad cauta y precavida, basándose en mi ficha de ingreso, compartí en el hospital la habitación con una tal Rowayda. La escena de la señora marroquí junto a la argentina que parece alemana pero habla catalán incomodó a la responsabilidad le de limpieza y me dio a mi, tan limitada de paciencia para cualquier mutación de racismo, un nuevo motivo por el que agradecer por mi nombre. Fue, seguramente, la internación post parto más entretenida. La ferocidad de los eructos de Rowayda la primera madrugada me habían hecho creer que eran bombardeos de su marido. Ella disfrutó de estar alejada de sus tres hijos restantes, para horror de mi vieja a cuyo cuerpo sólo la acorazaba una cortina de tela a media asta, cortándose las uñas saltarinas de los pies. Mientras yo, novata y vegetariana, intentaba tragar las cucharadas de un estofado de lentejas, agua clorada y dos cubos cadavéricos, ella se henchía con las delicias que a través de su marido las mujeres de su comunidad le lograban traficar.
Cuando me animé a vocalizar mi catalán muchos insistieron en responder en un castellano pedorro y prácticamente incomprensible, como el que ruboriza a Helena cuando se ve obligada a ondear una dosis de españolismo. Castellano hablado por un yanki, como el que sale de la boca de mi hijo catalán, medio argentino y de fisonomía germana cuando dice boludo. Hablar en catalán me permitió esconderme y más tarde, actuar. También me ayudó a reconocer a pajeros del habla como aquel veterinario que aún siendo catalán insistía en hablarme en español insistiendo en que me dejara de giiladas y siguiera hablando en ese argentino tan bonito. Nunca pude aprehenderlo por incomodarme, soy de las que se vuelven flema ante un conferencista colombiano (que me hable de física o del Cristo Redentor, lo mismo me da).
En casa pauté no colgar banderas, ni 9 de julios ni 11 de septiembres. La cuestión de la independencia, cualquiera de sus caras, me es imposible de decodificar. Todos mis abuelos llegaron en barco, piojosos, sin muebles y con sus nombres reconstruidos al sur del mundo, adaptándose al local “ya vendrán tiempos mejores” con la certeza física de que en Europa ya habían dejado lo peor. Mis viejos fueron criados como europeos en la Pampa prometida y ellos nos educaron con un argentinismo apátrido para que pudiéramos elegir el punto del globo más acorde con nuestra identidad. En la escuela primaria nos hicieron votar por la bandera bonaerense que nos resultara más linda (porque, ¿qué otro criterio impera a los nueve años más allá de ‘me gusta-no me gusta’?) o lo que es lo mismo: en los noventa los pibes definíamos la insignia provincial; mi patriotismo. A mi hermano la maestra de tercero le palmeó con saña la nuca cuando lo enganchó cambiando una repetida del Bati durante el izamiento de la bandera nacional y si a él ahora a sus treinta le anunciaran la llegada de conquistadores, seguramente daría un paso al costado anunciando que ya vendrán tiempos mejores.
Antes del flaco no sabía de Catalunya, mucho menos del catalán y sus ismos. Pero saben ustedes, acaso, ¿que la Patagonia no es una provincia, que Buenos Aires no termina en El Caminito, que no todos amamos a Maradona y que no nos pasamos el día diciendo ‘¡qué bueno que viniste!’? No todos los catalanes son cerrados ni todos los argentinos devotos de los psicólogos. Muchos también los odiamos.
Miro esta labor por la independencia como una película, como un emocionar que querría poder sentir, como el amor de mi hermano por Racing. Me reí del flaco cuando me dijo que es indígena de estas tierras… Pero tiene razón. La matanza del indio, la persecución de los judíos, el exilio forzado, nada impidió que el nieto del nieto del nieto del nieto  naciera en esta misma tierra.
Hoy, hace nueve años, ando acá. Sin premeditarlo me trencé el pelo como mi tía abuela de pequeña, con la trenza recogida en la cabeza. Anna Raziljer de Serbia es esta tarde Ana Rasillier en un geriátrico de San Miguel. Der Apfel fällt nicht weit vom Baum y yo estoy acá intentando descubrir dónde se encuentra el árbol del que caí.

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