Archivos Mensuales: enero 2017

Autorreferencial

La que se mantenía al margen del verdad-consecuencia porque levitaba en la ensoñación de un primer beso de amor pero terminó tragándose la lengua de un activo del equipo de gimnasia artística sin tener garantías de su nombre. “La cursilería no lleva a buen puerto”, lección primera que no logré interiorizar.

Fui feliz en el espacio kitsch concertado cuando en Verónica ’98 me regaló un delfín de felpa made in Mundo Marino. Aunque el recuerdo no me permite negar la orca de peluche que Marc le regaló a Alejandra, tanto más amor en su grandeza y en la suavidad de lavable de su relleno. Cuando pasado el verano le corté en una separación colectiva en medio de la pista de atletismo, grabé en birome un novelesco FUCK YOU en el vientre del souvenir y le di hospedaje en la caja de amigos postales y amores venideros.

No podía el delfín adivinar que su nuevo acuario se convertiría en un cofre de rastrojos que mi vertiente cheese y un diogenismo pronunciado irían ocupando a base de un talento innato para el hurto menor e indoloro. Encendedores datados con liquid paper, baluartes de los primeros mitines mediados por un buen brindis. El siete de espada con un mensaje encriptado, joder el siguiente truco como aquel megalómano que deja su meo en la taza con el conocimiento pleno de la entrada del siguiente en la fila. (De esto la adolescencia está llena, cagarte en todo por el triunfo del amor propio y ¿qué amor más grande, egoísta e indescifrable que el de una cajita de amputaciones del amor?) Una costilla del Yenga con el apodo del loco en una cara y el mio en la otra. El infalible hechizo del envoltorio de Malboro abanderado del amor, conquista de terreno fértil ante una fumadora pasiva. Galantería de bar y juegos de mesa, libre albedrío para la cursilería de cajón.

La foto de la etiqueta con su nombre el día que su pullover tocó mis manos en la caja de objetos perdidos, una pulsera partida y una agenda inflada por incalculables tapas de latas cuyas iniciales quedaron vagando en el mismo universo que el corazón partido del papel del Bonobón. Es legal el caudal de mi memoria, insiste en que la mitad del abre fácil no corresponde al forro que provocó la irremediable fuga de mi virginidad, sino al segundo. El tiempo no sabe de autoengaños.

La cursilería se almacena y también se entrega, a veces en forma de una pareja de elefantes de maderas que sostienen con la trompa un corazón (concebidos ya, para que ante una eventual separación de almas pastel, cada elefante tome su rumbo desprendido de la trompa del otro.)

El antídoto para tanto pegote parecía tenerlo otro con más melaza y mujer, incuestionado limitante de estelas de papel maché. El aire universitario me daba su baño de brasilerismo cool, revisaba a Maria Bethania y Baden Powell, hacía importar la discografía de Rubem Fonseca y cría que Gilberto Gil era la hostia porque rozando los setenta años daba un show descalzo en un teatro porro-free de Buenos Aires. Y justo cuando estuve a punto de elevarme hacia un espacio intelectualoide librado de dar y recibir un Dos Corazones, el Adonis bañado en miel me instaló en el asiento del acompañante canturreando sin erratas los hits de amor de la constelación Axé Bahía.

Cursi, como aquel que aún no habiéndome querido demasiado una tarde dejó testimonio escrito de haber visto mi figura gravitando por su jardín. Cursis los engaños velados, afirmar que nunca me habían loado los ojos con el único fin de llegar al beso: ser cursi porque las exaltaciones de cinismo pueden obrar como in insecticidas sexuales.

Que me bautizara princesa o que dijera que el ascensor me cierra la puerta encima porque su sensor está diseñado para detectar personar, no ángeles. ¿Es expansiva y perenne la onda de mi espíritu unicornio?

Tragarme, en un duelo de cancherez improvisado, el colgante con la mitad de su corazón y pasar los dos días siguientes haciendo puré de caca para recuperar la prenda más simbólica del mobiliario cursi. Quizás ser cursi se trate justamente de revolver la propia mierda sin tapujos, trascenderla y hacer de su amasijo un trofeo cuya imprenta emocional sólo le es revelada sin prejuicios a otro iniciado en igualdad de condiciones. Porque la cursilería necesita del anonimato, melodrama docto codificado como el de la transpiración de la calvicie del profesor de literatura italiana rememorando a Laura. El mismo intimismo, la misma complicidad, en los versos de esta taza que me recuerda que ‘alguien que te quiere mucho te regaló esta taza’.

 

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