Archivos Mensuales: octubre 2016

Piel caucásica mate

Rubio ceniza, rubio oscuro tostado, castaño claro, castaño cobrizo, rubio cobre, malva castaña, caramelo ligero claro. Mi hermana me explicó que a los productos coloreados destinados a las mujeres los bautizan porque nuestro cerebro los recuerda con más facilidad y estableciendo una relación color-placer más sólida que si sólo los numeraran cual salidos del laboratorio.

Opto, dudosa, por el castaño claro que se asemeja al de mis raíces pero que entra en evidente lucha con el resto de mi cabellera. La rubia de sonrisa satisfecha del paquete no me convence, al mecerla hacia la caja oigo tu frase de cabecera: “Nunca más vas a volver a ser rubia.” Jamás pude hacerte entender que hace más de veinte años que ya no lo soy. Había sostenido la ecuación simplista madre rubia -> hija rubia a base de baños de manzanilla y agua oxigenada y dos visitas anuales a la peluquería. Vivimos en el tiempo en que un cojo puede usar una prótesis para correr y una mujer hormonarse hasta sentirse viril dentro de un vestidor… y vos hablándome de la irreversabilidad letal del color de mi pelo. “Es que no soy rubia, Anselmo” era todo lo que sabía exhalar con cansancio. “Te conozco las cortinas y el felpudo: sos rubia.” Lacónico y corto de galanteria verbal, así eras.

Ya con la química en el bolso recordé cuando después de visitar Marruecos Hermana Ishtar me habló de la henna (‘polvo de raíces, hierbas y buena energía para el porvenir’). Entristezco al llamarla así. Quince años de veganismo combativo y amor propio que desarmaste con tu única ocurrencia lingüística: “Curioso que no comas carne y tu nombre sea justamente su juego de letras…”. Así borraste a Karen de mi vida y Hermana Ishtar, todo espíritu, cánticos y reflexiones etéreas sobre un más allá de luz e inconmensurable hermandad, pasó a ocupar su identidad. Me llevo la caja de henna que se aprieta incómoda junto a la rubia.

En esta ruta de cavilaciones consulto con una peluquera de qué manera me pueden sus herramientas salvar. Un arrastre. Me gusta la imagen; un ácido chorrenado por mis hombros arrastrando consigo cualquier muestra de tu espitelio, amargando el sabor de tus besos caducados en mi coronilla.

Quizás no sea tu voz sino tu mirada la que me incomoda hoy, tu mirarme. Reí aquella madrugada cuando me explicaste que tu estrabismo era una obvia virtud física que te permitía alegrarte mirando a dos mujeres bellas a la vez. Aquella madrugada reí y mi risa me enamoró. Aquella madrugada fuiste todo lo sincero que jamás volverías a ser. Con los años opté por amar tu mirada en soledad, la condescendencia de un desconocido o la risa de los niños se me hacían insostenibles. Mas, apagábamos la luz y el baile de tus ojos se transformaba en la rigidez plástica de tu cuerpo. Yo reía bajo tu piel y mi risa me enamoraba. Cuando la luz volvía a nosotros, estaba allá: ese ojo que era todo mio y aquel que nunca se dejó domar.

Arreglábamos el ático de Barcelona cuando te invité a imaginar un bebé en nuestra diminuta cocina. “Ahora no, princesa, nos queda mucho por trabajar”. Siempre me llamabas princesa cuando la ibas a cagar. Apuré una apendicitis, pasé dos días de limpieza energética arropada por las meditaciones de hermana Ishtar y volví al ático lista para redireccionar nuestra línea vital. Tuvimos dos hijos más. Uno psicológico sostenido por una dieta alta en leguminosas, regulares ingestas de batidos de fruta con leche y una menstruación que año tras año se fue haciendo más irregular. El tercero me lo robó tu ausencia, Anselmo.

“Sos la mujer de mi vida”. Llegué tarde a preguntarte de cuál. Me pesan los colores, el arrastre, me pesa esta vida que llenaste de naftalina para desaparecer libre de preocupaciones. Ojalá, hermana, no tuvieran nombres los colores, para sostenerlos durante un breve e indoloro instante, libres de emociones, despojados de sentir. Restar hasta la nulidad. El espejo me devuelve mi nido, todo desmantelado y oscurecido. Ni rubia ni sonriente. Las tijeras son mias y puedo con ellas recortar la vida de la forma que ahora quiera. Me trenzo y en cada estiramiento anudo los engaños de dejaste. Cortar y caer, caer, soltar, desarmar. Brilla mi luz, Anselmo, la que expando libre desde este Sahasrara a estrenar.

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La perfección

Mi cuerpo es perfecto.
Gestionó todas sus reservas de energía y potenció su capacidad Creadora para facilitarle la vida a una nueva vida. Fue alimento, abrigo, refugio de amor. Ensanchó su cadera para sostener y le regaló la libertad del roce a mis pechos (el frío, el calor, el movimiento de las telas; redimensionar los sensores).

Mi cuerpo es perfecto.
Dos rodillas aceitadas y un par de muslos caminantes eficaces a la hora de acuclillarme. Subo, bajo de culopatín y hasta me permiten jugar a la hembra desvergonzada para hacer pis donde urge.

Mi cuerpo es perfecto.
Se va a dormir con la misma placidez con que despierta para hacer el amor. Volcán de chocolate después de una tabla de quesos. Bascula, se erige, se eriza.

Mi cuerpo es perfecto.
Tengo una boca que no moduña pero habla mucho, dice poco. Aguanta el frío del invierno en la montaña y los excesos del verano. Es órgano sensitivo, infalible juez del bien y del mal. Deglosadora de sabores, receptáculo de amores. Gime, llora, ríe, grita y hasta se atreve a canta.

Mi cuerpo es perfecto.
Con un par de manos basta para escribir, cocinar, tejer y ordeñar. Ellas pueden percutir y dibujar infinitos en tu sien. Se estremecen hojeando bibliotecas aje as y un beso e
n las yemas las lleva a desfallecer.

Mi cuerpo es perfecto.
Mi calzado pequeño y en ángulo de 35°, padece este frío como recordándome que nací en el sur. Los arcos de las bailarinas, el zapateo de borracha de carnaval. Sabe cargar con mis penas y las ajenas, empatía que me invade desde la raíz.

Mi cuerpo es perfecto.
Una constelación de pecas viste mis hombros como las hombreras escoberas de un militar. Las frutillas de la espalda me las heredó mi mamá para dibujar el camino de regreso a los días de compañía feliz. Mi meridiano lo indica el lunar de li pericardio. En la nalga derecha y entrando por la derecha en mi ombligo, los que desequilibran pero hablan de lo bonito que es disfrutar sentado del fuego identitario.

Mi cuerpo es perfecto.
Sueño con los vivos y a los muertos los puedo imaginar. Aventura planes y adivina la trama impredecible del porvenir.


Mi cuerpo es perfecto. Y el tuyo lo es también.