Archivos Mensuales: septiembre 2016

No ser y estar

María Josefina (en el nombre del Señor). Como nieta de Josefa, la Josita; para su madre que santa la quería, María; y desde sus tribulaciones más infantiles, Gina. Dos sílabas robadas de la inombrable que le regalaban el deleite secreto de una identidad creada. Todo en ella eran carencias de verdades, una ficción aumentada que nadie se atrevía a cuestionar porque de ella todos podían saborear la miel de la vida.

Al payador que había posibilitado su existencia después de una noche de manoseo rapaz lo transformó en el señor del Peugot granate, un comerciante de la capital que había visto truncado su amor por la panadera ante la opisición férrea de su familia. De su madre todo se sabía, pero a fuerza de insistir en el relato también habían todos aprendido que detrás de aquellas manos medialuneras guardaba a una artista en sombras chinas y que, al despuntar el día, no había dedos como los suyos para desarmar los dolores de espalda con sólo frotar los pulgares del pie.

De la Santa María que en forma de maddala, estampita o retrato la vigilaba desde cada rincón ella sabía que nada tenía: no sonreía cuando le pedían que sostuviera algún bebé y cuando escuchaba a Sandro sintiendo un cosquilleo picante entre las piernas no recordaba pasaje bíblico alguno donde se ponderara una sensación similar.

Se proclamó bailarina, corista eventual; la querida de los artistas. Decía que con sus cabellos habían urdido relatos de pasiones afrancesadas y que hasta la India habían llegado noticias de sus labios. Todos la exorenaban de su destreza para romper corazones, eran nuevas páginas en su novela y fresca clientela para el bar.

Y de pronto, Héctor. Decían que había apagado un fuego con las manos y que era como el pan dulce remojado en leche fresca.

Quería decirle que “Soy María Josefina”, toda María para lamerle las heridas y acompañar sus calvarios; toda Josefina para cebarle mates con peperina y cocinarle manzanas asadas en otoño. Quería mostrarle el punto donde nacerían sus alas si él la quisiera. Quería, traslúcida y frágil, dejarse atravesar por su vida.

Tanto insistió él en la ternura de sus muslos que sintió su carne mutar en duraznos maduros. “Mentí Héctor -decía con la mirada- cuando dije que como Cleopatra me baño en leche. La dulzura de mi piel es fruto del vaso de leche merengada que me permito cada noches antes de dormir.” No se lavaba su olor hasta asegurar que volverían a verse; retener su esencia como el canto triste de un prisionero.

Todo aquel universo de pantomimas, aquel que solía ser el refugio argentado de una realidad común, ella, su propia desconocida, única negadora. Ser dos y no ser nadie.

Con Héctor hubiera compartido que era un animal diurno, que llevaba el cuerpo agotado de rumbear para no caer en el olvido social. Él hubiera entendido su ausencia de padre, las mañanas de soledad de camino a la escuela, el gesto hiriente del primero que le levantó la pollera y la llamó gorda.

Gina le aplacaba el fuego en los campos de hinojo mientras se dejaba mecer en el dulce vaivén de la melancolía de su cuerpo. Héctor temió el idilio caduco, su corazón desmenuzado sobre la barra del bar, y huyó de Gina sin saber todas las vidas que María Josefina ya había tejido junto a él.

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