Archivos Mensuales: agosto 2016

Biografía urbana II

Delia Aróstegui.
54 años.
Maestra de 5º grado.
Rozo esta década con aspereza. Incipientes las manchas en las manos.
La fracción vocacional de mi trabajo se desgastó sin que percibiera las alertas de su extinción. Este viaje laboral que me queda por serpentear es un robo -concedido- a la brizna de juventud que lucha por erguirse entre mis falanges. Incomoda su lucha vital. Taconeo -doble- sobre el asfalto -no soportaría su estela moribunda-.
En un intento por aplacar la incomodidad mundana que parece perseguirme (insisto en creer que las apariencias engañan y que está pronto a caer su antifaz), instauré una rutina consoladora: la progresión lineal del camino es el regalo perenne del no-tiempo. Edulcorado placebo de mis amaneceres; adobo con él todos los platos.

– Delia, estrenamos Dirección.
Lechuguita de mayo de complementos en composé. Lechuguita zen de trono post-adolescente. Alza su pancarta de “la magia de los niños” y proclama en su monólogo introductorio la “educación basada en el ejemplo”. Ejemplar es esta ansia por enseñarle el universo paralelo que insiste en desconocer, donde los niños no son todo golosinas y jazmines envueltos en papel absorbente humedecido un once de septiembre.
– Delia, porfis, tendrías que buscarte un lugar más alejado del predio escolar para fumar.
Su ejemplo, su templo. Ratón de almacén de barrio, entre las coronitas de novia un día, arañando hasta la caída la corteza del platanero otro, inhalo el alquitrán hasta insensibilizar la pleura. Humeo mi engaño en cada lección con la misma ejemplaridad hiriente del sexo como tabú en una familia de nueve hijos.

Dejo caer la ensoñación colectiva que iguala educadoras con amor suprahumano y, sin quemar mi decoro, acuso la necedad instaurada:

Existen personas que nos caen mal.
Los niños son personas.
Ergo, hay niños que nos caen mal.
La única falacia admisible es el pregón acerca de la devoción beata de los educadores.

Los primeros e idílicos años comulgué sistemáticamente y ahogué aquella química propia de la supervivivencia de la especie. Vestí niños de sábanas blancas.
La rubita trajo el desvelo. Descubrí que había identificado el eje de mi rutina (masticación calculada de Granny Smith) y me supe cautiva. Vibraba algo en el verde bizco de su mirada que me obligaba a rectificar la posición en la silla. Inventar el deber, apurar el paso. Ratón de almacén de barrio, pasé el año lectivo nutriendo mi angustia en el acá-va-todo-lo-que-no-tiene-lugar del edificio.
Recuerdo vívido: a mi propuesta de una redacción de sesgo bucólico (monótona plasmación: tranquera, puesta de sol, frisona) ella respondió con un relato de brujas y algún paisano mutilado. Freud en mano, pretendí deshacerme de su verbo. Pero como no existe capitán de barco dispuesto a perder un sólo marinero, la Junta se encargó de rectificar una intensidad poco recomendada en el maestrazgo.

Mis años vocacionales fueron también mis días de enamoramiento. El enlace con Carlos fue lo que debía ser: juntos desde la pubertad, descubrimos que atendiendo a requisitos mínimos podíamos edificar un teatro de la comedia apto para todas las familias. No vivimos picos de emoción, la mansedumbre del corazón es los que nos mantiene unidos. Sexo, bajo mínimos: desempolvar la estantería y volver a colocar toda la vajilla en su necesario orden. Plato de entrante, plato sopero, plato playo; pocillo, taza de té, tetera, lechera y la azucarera petrificada. Fines de semana de correcciones; jugar a las escondidas conmigo misma. Llegó el aborto, abrojado de posteriores excusas y postergaciones. Preferí mis silencios y aposté por la impavidez de Carlos. Anulamos la descendencia como quien silencia su teléfono a la espera de una llamada vital. Mantuvimos una línea salubre de intercambio social (intrínseco) y procuramos no desatender la renovación anual de las siemprevivas. Romancero gris de caudal ordenado, con él la creencia generalizada de la soltería autoinmune de mi profesión queda nula.
Maldiestro en semántica, solía anunciar el revolcón inminente con un ‘seño…’. Llegados los 40 determinó pisar la vida con zapatillas blancas emparejadas con medias de la extensión justa para parecer un borrico de pueblo. Fueron los mismos días en que su trabajo de astillero platenses mutó a payador juerguista (indemne se mantuvo su fatiga caída la tarde en el hogar).

Los siete primeros años como trabajadora dediqué íntegros los ahorros a la compra de mi auto. Sus cuotas puntuales implicaron la falta de fondos diarios nafteros, así que, auto en garage, las entrañas de la ciudad y yo pretendimos forjar una amistad lo más cercana a la sinceridad posible: yo la necesitaba, ella me parasitaba. Carlos había hecho suyo el Renault del ’89 que mi tía nos había legado en vida. Yo malabareaba para conseguir monedas, él no dudaba en vaciar dos tanques yendo a la deriva. ‘Negra, salgo a pescar con Juan. Si sacamos alguna buena llegaré tarde, viste que Juan cuando se enrrosca…’. Juan cuando se enrroscaba y él cuando le pintaba el calentón de una cadera no tan distinta de la mia. Silencié los aullidos, aspiré los mechones de las otras y hasta hice un reaprovechamiento juicioso de las horquillas que dejaban atrás. Vivir remendando las grietas, dándole a diario la bienvenida a un silencio que, según el ángulo, me sanaba de forma perturbadora.

El coqueteo con la jubilación me incomoda. Todos parecen tener claro que previo a su llegada es de humanidad precavida abonar el espíritu con habilidades manuales primigenias, despertar un interés de consuelo social que avale la llegada a una ancianidad de postal. Borré las huellas de tejedora que mi madre pretendió grabar en mi infancia; me sabe a naftalina y mate lavado. El roce de la lana y la lavandina en las manos de mi mamá, su apuro constante por adoctrinarme para poder librar la noche en otra fiesta a puerta cerrada; mi padre en el fondo de comedor, resoplando detrás de los bombos peronistas, aturdido en pensamientos de rulemanes y deudas que legar. Libre de hijos, nietos y mano diestra para elaborar mermeladas, no siento en mi haber la entrada a aquella tercera dimensión.

Ada, mi hermana, no se mantiene al margen de mi progreso estático. Nos gestó el mismo útero pero parecemos maceradas en hierbas incompatibles. Se mantiene criando geranios, de las que se fuman un porro cuando le duele la feminidad, afirma que antes morirán quienes confían en aquel uno y trino que les promete una vida post-vida que ella por abogar a favor de la marihuana y la libertad sexual. Cuando puede -siempre- tira de esta soga que nos une por el ombligo pretendiendo llevarme a su edén de domingos vespertinos libres de depresión. Me acuerdo de los pelos que peinan sus axilas en enero y de la cara de Carlos al verlos. Nunca se rectificó ante su presencia, proclamaba sin vergüenza que cagar es un acto compartido, pero que qué majestuosas las hembras que sangramos, damos vida y matamos con el mismo ímpetu. Mi mutis estupefacto y la gesticulación blindada de Carlos. Me alejé de sus planes asegurándome esta condición de ‘señora de’ por los siglos de los siglos.

Amén para la tarde en que volviste con las mejillas bronceadas y la boca edulcorada. Estabas radiante Carlos, como nunca lo habías sido. Parecía que el superhombre de mis fantasías ausentes te había poseído. Mi visión recortó la realidad inevitable de tus zaptillas blancas y por unos instantes personificaste el Carlos que podrías haber sido durante todos aquellos lustros gastados. Empezaste a hablarme de la volatilidad de la vida (más bien pronunciaste algo más básico como “la vida es corta Delia”), del canto del jilguero y de lo espectacular que es el amanecer a la vera del agua. Tres suspiros y dos pausas más tarde empezaste a hablar de mi, Delia, mi seño, de cómo la vida me iba a regalar una jubilación joven y saludable, para conocerme, para disfrutarme, para, repetiste, vivir esta vida que es tan corta. Intentaba seguir la línea, pero nunca presté demasiada atención tus relatos, siempre contaminados con muletillas, reflexiones de barra de bar de segunda y con cierto aire de convencionalidad. Preferí sentir que descubría tu mirada por primera vez, tenías los ojos más claros de lo que recordaba, Carlos, y seguías bien plantado dentro de los pantalones que arrastrás con orgullo hace diez años. Hablaste algo del amor y de la intensidad antes de decir que no querías nada, porque la vida no son posesiones sino emociones, que te ibas con el Renault de mi tía y el bolso que te firmó Milito.
Y mi necesidad del no-tiempo se hizo carne.
Anclada a la silla, impávida, quedé cuando rozaste con tu palma caliente mi hombro. Susurraste “sé feliz” con la misma profundidad con la que la panadera te desea un buen día después de entregarte la docena de medialunas. Mi borrasca quiso gritarte que no sería feliz, que sería soltera, maestra y soltera, con un auto que nunca aprendí a manejar estacionado hace veinte años en el garage, sin tu cuerpo como mi baluarte social. Te vi salir sin dejar rastro pero seguí la estela de tu abandono expeditivo hasta el Renault de mi tía. Ahí, en toda su gloria de cuerpo firme y locuacidad candente, con el mismo verde bizco, te esperaba ella, con el cinturón de seguridad puesto, unas flores en la mano y el pase libre a la vida de pareja con vos. La pareja y la desparejada.

Insisto en la aspereza de estos días que progresan como si no faltaran fichas en mi ajedrez. Su ropa para inventar el acto de la convivencia. La cama no se desviste al dormir y sigo sin acertar la medida del café individual. Leche acidificada, pan seco y y toda una serie de productos concebidos para compartir. Permití que me invadieran los geranios y cada domingo con esta soledad me armo un porro para exhalar las migas del día a día.

Anuncios

No sólo de leche vive el hombre

Llamémoslo Aldo, lechero del conurbano de principios del siglo veinte. Viven María y su triple descendencia de la lactación de sus tres vacas. Inversión de alto riesgo, trabajo mal remunerado y una jubilación ventajista harta de dolores. Había dejado la mueblería para ser “su propio jefe” y descifrar, sorprendido, cómo jefe suele ser sinónimo de esclavo. (María nunca le perdonaría haberla forzado tácitamente a dejar de ser ama de casa para nobiliarla como “la lechera”.)

 

Se llama Gerturd Kleinwort, pero la huida tempestuosa hacia el sur del mundo la obliga a llamarse Gertrudis. El señorío de la Winterhuderkai lo resume su memoria que, aunque insista en ahogarla (el sótano y su calefacción a carbón, la ropa hecha a medida para las nenas y en conjunto para sus respectivas muñecas, la prolijidad prusiana a la hora de las comidas) siempre despierta para hacerla sangrar. Las nenas aprenderán un oficio (puericultura o secretariado quizás) después de conocer el sabor de las papas recogidas en pleno verano y la aspereza del hilado manual de la lana. Camina erguida, procurando no confundirse con las criollas menudas. Esa fracción de rapaz en su mirada muta en mansedumbre ante el nuevo statu quo bonaerense. No conoce, no habla y la gesticulación siempre le fue censurada (clásica condena del histrionismo a la salida del teatro). Para su consuelo los salvoconductos fueron sembrando vecinas de patria a su alrededor, convirtiendo aquel barrio de yeísmo impronunciable en un florido gueto de antiguas señoras señoriales.

Fue Ruth Mond la última en llegar. Incansable cocinera, había aprendido el argentino buscando la complicidad de algún restaurador que quisiera apostar por el gusto de sus manos. Un mitín improvisado la catapultó como gestora de compras sociales: sabía dónde conseguir azúcar, conocía a la señora que tenía los pollos pero, por encima de todo, había logrado contactar con el lechero: “Wir werden jetzt Sahne haben!” y el éxtasis unánime sucumbía en la dulce untuosidad de la tierra que las había exiliado.

 

Aldo carga a sus hembras de alfalfa y choclo, limpia las ubres y cepilla la paja de su cuero ; María procura dejar sin arrugas el uniforme almidonado; las nenas entonan la tabla del cinco y zurcen sus medias con la misma destreza.
Gertrud, Ruth, Ilse, Ika, Michaela y Josefa (aunque sin bife los domingos, Brigitte tenía “eine Muchacha”) hierven agua para esterilizar sus botellas.

Es de madrugada, los hombres aún callan mientras la neblina barre el camino. Clarea y el sonido del cristal acunado anuncia el comienzo de una plácida ficción. Las cinco gringas exponen el menú del día de forma superficial, saben todas que lo importante, la magdalena indómita de Proust, es el Kuchen de la tarde. Schwartzwälder Kirschtorte o Apfelkuchen mit Schlagsahne, requisito es exprimir la grasa de la leche. Las campanas y un halo de bosta y hierba desarman la  dialéctica. Aldo saluda a Josefa y relojea a las señoras. Disfruta de la puesta en escena: deja al ternero mamar unos instantes y lo separa para proceder con el ordeño. Como buen granjero converso viste de blanco y con saco negro, los zapatos pulidos; sabe cuánto disfruta la gente de ciudad del idilio agreste siempre y cuando huela a jabón y no dé indicios de trabajo forzoso y menospreciado. Una a una las botellas engullen el oro blanco. Gota a gota las penurias de Aldo devienen en harina, abrigo, consuelo para la Doña.

 

En aquellos tiempos, las ansias de Aldo lo hacían un pionero en el pensamiento productivista. El rendimiento por sobre la cantidad, la voracidad de sus anhelos por encima de cualquier forma de honestidad. Aprieta la vida y el remedio más sensato son una saco de agua bajo el corazón (esta falsa sinceridad propia de algunos amores), un tubo y una cánula.

 

“Meine Milch hat keine Nata mehr…”, Gertrud levanta la alarma. Ruth lidera la comitiva. Denuncia e interpelación ex abrupto. El barrial de las calles como testigo, la dolorosa duda de las señoras se vuelve carne y traición, viveza criolla de estreno.

Llega el asfalto, la leche embotellada a los almacenes, el repicar de tacones sobre la vereda.
Aldo habrá reinventádose, quizás, como vendedor de flores de vida plástica y perenne.
leche a domicilio