Archivos Mensuales: abril 2015

Biografía urbana I

Alicia Ródenas.
52 años.
Catequista.
Villa Urquiza, Buenos Aires.

En las rejas oxidadas que resguardan mi monoambiente cultivo crasas. Todavía guardo las macetas de los cactus añejos que deseché el instante en que, con la sutilidad de una sierra radial, una vecina me comentó que había sido comprobada la correlación inequívoca entre la condición de soltería vitalicia y el cultivo esmerado de cactus. Entonces, la acción más alejada de la traición y la más cercana a un placebo para mi consciencia que pude tomar fue reproducir suculentas (esta denominación resulta, como mínimo, tentadora).

El tiempo me fue redondeando la rectitud escuálida de una infancia entre bicicletas sin ruedas y muñecas de tercera mano (raídos los pies de tanto pretender andar gráciles por los rincones de un barrio sin agua potable y sin más luz que la claridad que regala un día despejado). Mi cabellera -indemne- siempre azabache y desgraciada, raya al medio y reunión detrás de la fosa escafoidea en días de bochorno. Visto de negro, me ahorra el calvario de las manchas impertinentes: blusa de símil seda de septiembre a abril, camiseta de mangas largas y cuello redondo de Casa Alberto de mayo a agosto. Sabañones, ojo de gallo, uñas encarnadas, mis pies siempre están como queriéndome decir que no terminan de andar del todo satisfechos por esta vida. Los consuelo pisando sin dejar rastro en unos mocasines ortopédicos que ofertaron en la farmacia. Llevo mis cargas repartidas en tres bolsos (esto de la Tríada Divina me persigue en formas insospechables). Para la porción de piel que descubre la ropa, mi Cruz.

Tres veces por semana dibujo el mismo sendero hasta la avenida. Busco ser la primera en la fila para estirar el brazo con desgano premeditado, haciéndole creer a mi imaginación beata que el chofer del 168 se detiene para conocer mi gracia. Destino; pago; mi mano que se aferra con asco a los hierros bañados en epitelio ajeno. Bajo parida por la prensa humana (una pierna suele vagar por el último escalón cuando ya resuena la segunda marcha en el motor) y me siento feliz abrazada nuevamente por el libertinaje que sudan las calles de la ciudad. El apetito guía mi instinto y como cordero de regreso al establo vuelvo a la misma esquina perfumada de queso caliente. El Imperio... imperial la oscuridad que lo rodea, imperial la suciedad de sus aceras, imperial el hastio de su mobiliario, imperial la polución que abrasa sus ventanas. Imperial también la reiterativa escena en la que pasan cuarenta minutos antes de ser atendida: esperanza que albergan los camareros de ver llegar un acompañante inpuntual para compartir mi velada de malta y carbohidratos. Esbozan su aterrizaje ficticio cada noche; alto, de hombros sostenidos, uniceja frondosa y boca prieta. Esquivo la condolencia de sus sonrisas y abro presurosa mi monedero. Hundo mi mano hasta estrangular la estampita con su cara. Calmo mis ansias y revivo la dicha de estar en Él. Hoy me atrevo a buscar su rostro y como borrico de escuela cuelo la mirada por debajo de la mesa para copiar su cara en mi retina.

Soy catequista por iniciativa divina.

“…tu papá? Tomá, una foto.”

Estampita en mano, corazón en boca.

Ocho años, su vacío, el discurso envenenado de mi madre traicionada.

Me bautizó para maravillas para condenarme en esta piadosa soledad.
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Santo de viernes

Te llamo (por el nombre que te puso ella). Intento hacerlo mio, masticarlo hasta desmembrarle las menudecias para vomitarlo luego con una nueva configuración. Le pongo un sonido a la expresión renacida y, para mi asombro adolorido, tu nombre se mantiene erguido después de su odisea por mis adentros.
De la mano de su orgullosa rectitud pasea la nefasta pareja de vergüenza y subordinación.
Mis parótidas en alerta disparan germinados de querer a largo plazo. Se entregan tus fibras a una ensoñación melosa, se mojan tus lagrimales sin creer en la existencia del dolor. Te hiero a consciencia buscando el escalofrío en tu estructura de la misma forma que, devota, enciendo lumbres en cada esquina que tu geografía recorre.