Archivos Mensuales: enero 2015

Negarnos esta zambita

El ascensor es gris, gris como aquel cielo atento a la caída de los primeros y más aventurados copos de nieve. Donde hace diez años lucía un espejo, hoy se exhibe un cuadro de mohos y demás humedades edilicias escurridizas. Entra sola, como cada mañana de domingo a miércoles y como cada día se acomoda en la esquina izquierda y como cada momento analiza las escuadras, perfectas, un delineante experimentado su gestor. De los rincones de fluorescencia sus pupilas lagañosas vagan hacia sus pies… sin duda que el calzado elegido hacía honor a su etimología: dos tiras de cuero raído sujetan los escafoides. Siente cierta adherencia en la suela derecha; eleva el pie en una rotación mayúscula hacia atrás y con un escarbadientes huérfano que encuentra en el monedero comienza la ardua tarea de rascar toda huella del chicle atrevido.

– …siempre la misma mierda…!

Se detiene la máquina. Alza la vista adivinando la forma del número que la luz destaca (el último pago de sus lentes estaba en deuda, hasta entonces irá achinando la mirada pretendiendo desglosar contenidos sensatos) y calcula que le quedan aún cinco plantas para concluir gloriosa con el rasqueteo efusivo. Continua, prolija limpiadora, hasta que el grip del paso doble ajeno distrae su equilibrio. Se desenrosca como boa empachada, cayéndole un par de rulos impertinentes sobre la frente transpirada. Casi instantáneo es el crecimiento de un cúmulo denso de calor dulce, el mismo que la abrazaba cuando su tía abría el horno para sacar la pastafrola de los domingos. Diestra acomoda la melena, siniestra tantea el nivel de exudación de su nuca. Termina de ordenar las cervicales, vértebra por vértebra (el repique de la voz de su guía de yoga suele adormilar la velocidad rítmica que el trajín laboral pretende exprimir de ella) quedando enfrentada (pero completamente anulada para afrontar) a la encarnación vívida, palpable y olorosa de sus más fervientes súplicas juveniles.

Jodida dialéctica la del destino y la rutina de la primavera fría de su vida, anclarlos como abrojos pampeanos en el mismo cubo mecánico, reventando el idilio de escritos confesionales, la fotografía casual de un atardecer en Lisboa, la posibilidad remota de una noche improvisada jugando a ser maestros pizzeros.
Se regalan el anagrama onírico del saber.

(Alta en el cielo, un águila guerrera.) Machaque patrio que intenta robarle este hálito divino, este cachetazo sanador, esta payada imperceptible para el profano (todo aquel que exceda esta suma perfecta que igualan ellos dos).

Late la luz detrás del 9.
Del espacio penden sus historias sin configuración, sus vivencias sin escenografía.

Emerge, devastador, su silencio compartido.

índex

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Lembrança

Dijo que me quería (o era que me había querido? o… habría…?).
Habría.

Por qué habré ido a querer (si, hablo de IR, porque aquellos días siempre anduve metida en mis rollers demodé persiguiendo la estela de sus fugas) a quien de conjugaciones y acentuación y enjambres verbales de poco a nulo dominio tiene?

Desgloso su querer. Lo sospecho infundado, lo huelo traicionero. Matarife de guante galante? No le hubiera hecho falta el señuelo: me gustan los matarifes. Hay algo en su samba y en el descontrol humeante de sus pies quemando los pedales que fascina (falta la nota bucólica, pero mi memoria no falla: alergia al polen y a las plumas; alegría en la hierba y la paja).

Tic odioso (pasaporte denegado a cualquier encuentro social) aquel de su pulgar acariciando el índice en señal de dinero. Incalculables las veces que lograba colar reflexiones monetarias con el único y ridículo fin de gesticular con la diestra… me veo aún, ahí, sentada con la espalda reclinada con dolor y la boca emitiendo una sonrisa insostenible, ignorando a consciencia que no era el vino de la casa lo que me reventaba la tripa sino la infinita imbecilidad de su expresión reiterativa.

…ironía calculada de la vida que con esa misma mano supiera aferrarme con tanta diligencia a su cuerpo, enredar con voracidad los dedos como tenedores embriagados en mi cabello.

Retomo su condicional (confirmado en el arco vagabundo de sus cejas) y paso del incómodo recuerdo de sus antebrazos de leñador novicio a la instrospección mutiladora de mis formas. Mujer de alta demanda: las uñas cortas, la cocina perfumada al sentarme a desayunar, amame pero no me empalagues, ignorá mis andadas y por favor prepará las velas de mi cumpleaños, las zapatillas jamás blancas, que tu mochila conste de una tira para cada hombro (vomito manga sobre la uni-tira diseñada para abrazar pectorales), mirame, oleme y en el cortejo abrí un hueco para mis sentidos, el aro dejalo como quieras pero no confundas la toalla para los pies al salir de la ducha, me atiborro de chocolates vencidos (vos dame minerales vestidos de potaje), sol en casa, postigones trabados y ventanas abiertas, encendida mi entrepierna (licencia física que elude ‘vulva’, a mi mamá no le gusta pronunciarla) y siempre helados mis pies.

El teléfono: – Hola mi pequeñaíndex

¡Cuánto deleite en el susurro áspero de su voz! Anulo inflexiones, gesto una borrasca sobre la posible resurrección de formalismos para entregarme a la marea melosa de su cantar. Mateo 8,5-13 (ruborizado de erotismo).

El auricular simula fundirse en mi palma (lo adiestro con un suspiro severo); la otra orilla percibe la inquietud. Su condicionalidad muta en presente desbarrancando las máscaras del orden y yo, esta estructura de hierros y pvc recuperado, me yergo del claustro cual mutante de hiedra: enredada, curvilínea, perenne, suculenta.