Archivos Mensuales: mayo 2014

Lo cargaba en un saco de maíz aún marcado por el asalto de las ratas. Había ligado una cuerda alrededor de su cogote formando un cuello de botella que limitaba su fuga y potenciaba sus ansias de libertad. Sentía que la observaba, escrutiñando la rabia enrojecida de sus mejillas. La incomodó su juicio de valor animal, su osadía al pretender invertir la escala evolutiva. Forzó el ángulo de sus cejas castigando su resistencia visual; el prisionero insistía en su burla alzando su faz mirándola ahora con el derecho, ahora con el izquierdo, ahora oteando un horizonte que jamás alcanzará.

Encendida, violentada, se aferró al picaporte luciendo blancos los nudillos opresores. El vendaval de su fuego vomitó contra el roble el portón, emoheciendo de temor la cal de las paredes.

Avanzó sigilosa y apesadumbrada, como si cargara con los sortilegios infames de su estirpe de hollín. Marcó su ruta la volatilidad del perfume que gastaba las noches de sábado.

– …aire de carnaval… – suspiró áspera

Con el poderío feminista de su antebrazo presionó el cuerpo que cargaba contra la fragilidad de su propia estructura.
Presintió la ausencia, sintió el vació y encolerizó las perspectiva del mañana.

El paso lento devino en un desmadre de aceleraciones: repique, retrueno, reverberancia, R E P U T A Q U E L O P A R I Ó, mecanografió su líbido herida.

Desató el lazo y asió a su gallo predilecto. Imitando la humanidad maléfica del potro medieval pautó la muerte y transformó el canto matinal en aleteo agónico. En la triple cresta moñuda esperaba encontrar el gesto infiel, alguna huella febril del títere huidizo que en alguna dimension su amante exultante había sido.

Pero vio en las plumas entregadas a la gravedad los rizos que en un cajón a escondidas había cortado y creyó leer en el vidrio de sus ojos el cansancio de sus propios lagrimales.

Descifró la pérdida.

– Tu pluma, mi bruma. –

Minuciosa, aún doméstica, se vistió de ave para arrastrar su migración errante.

blogbuena

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Animosidad elíptica

Aún el mundo era un estreno cuando en carne viva el frenillo me cortaron (“para que la nena hable, señora”). Llevo andado un tercio del camino: sé helar las papilas contra la seda del helado y hacer estallar la comida contra mi paladar. Y aunque me comunique con renobrada fluidez siguen habiendo pensamientos que se anclan en mi boca. Los intento desgranar en sílabas, orar en el silencio melódico del agua en movimiento. Tarareo un compás que despierte la expresión certera pero allí, siempre atravesada, esta membrana que me regula el habla.

Él, homínido macho que mis fantasmas cela, con su lengua puede corregir el desatinado paso del merengue por su nariz y hacer de un beso en la cavidad donde convegren mandíbula y lóbulo un rincón de resurrecciones avasallantes. Todo su cuerpo se desplaza laxo en confusa armonía con los mamíferos de porte estilizado. No cavila al encontrar su reflejo y descansa bucólico en su tránsito terrenal.

Con mi lengua de ancho decisivo marco una circunferencia de cal a mi alededor. Señalo mi espacio personal y pretendo desalentar al goloso que esta melaza que me unta persigue. Despierto en él la imitación como fuente de supervivencia y lo espío trazado con el meñique extensible de su diestra la frontera que lo hace individuo.

La Tierra sacudida nos desestructura y esta línea blanca y aquel surco en el barro comienzan a interceptarse. Se rozan las aristas y olvidamos la urbanidad insípida que pretende acorralarnos.

Nos presentamos desplegando las fauces.
-Nos convenimos- concluímos.
Y en esta tarde de marea alta y erupciones sanguíneas confundimos los espacios enajenándonos, revolviéndonos.
Estalla la contracción olvidada y saciamos nuestra sed colonizadora.
Ya invadidos, ya contaminados, nos retraemos hacia cada hemisferio particular.

Heterogénea y multiforme siento el latido en mi boca, la vibración inconexa que su cuerpo imprimió.

Lo observo, me relamo… “para que la nena hable, señora”.

 

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Sonidera de mayo

¡Uhhff…! ¡Esa voz! Siempre esa voz… fiera de mis monstruos, despertador sincronizado de rabias y fortalezas. Ahuyenta el andar sigiloso marcando el redoblante de mis suelas curiosas. Me gusta – no teme – y congestiona en un tránsito animal la mansedumbre de un espíritu que aún se atreve a dudar su grandeza.

Si me lo permite, rincón mundando de transhumancia extinguida, seré la bailantera desaforada e inconexa que mis contrornos anhelan (jamás bailarina de coordenadas pautadas), seré el andar persistente entre la risa de los infantes, seré silencio – escucha – caricia a tiempo.

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