Archivos Mensuales: junio 2013

El vigía

“Et mirava de fit a fit. No has sabut mai si t’havia besat o si només t’havia somrigut.”
Jordi Sarsanedas
 
Lo hubiera enamorado. Si la hubiese visto bailar…

¡Ay! ¡Cuando ella bailaba! El espacio parecía fundirse meloso con su contoneo, la multitud macerada devenía en cascabeles y maracas coristas. La densidad del aire se transformaba en transpiración rítmica y ella, toda ella, era una canción de renacimiento.

 

No sabía de pas de deux, no entendía de figuras ni comprendía el sentido del orden. Sin embargo, marcaba el compás de los días con la curvatura de su empeine, sacudía con alevosía la rutina con el vaivén incesante de sus lumbares.

Con devoción primigenia veneraba el poder de sus pies descalzos exultanes sobre la superficie cruda.

 

Las noches de estío recorre el llano a bordo de una comparsa de estreno. Radiante, incandescente la piel.
Febril la multitud recibe a su reina guarnecida lentejuelas tornasoladas y diamantes de feria.

Su mirada lo busca, sedienta. Dibuja su sombra y lo imagina sostenido por la luz de los faroles.
Siente el repicar de los tambores sin abandonar la ensoñación.

– Si me viera bailar… ¡Ay! ¡Si me viera bailar!

Encuentra lunares e investiga en los gestos el transcurso del tiempo. Recorre calvícies, rizos y la boina rasgada de un hortelano. Pero él…

La función la obliga a sonreir y lo hace rogando que su boca se convierta en anzuelo azucarado.

La atmósfera colapsada de agitación urbana arulla la timidez del hombre.

– ¿Sentirá que la adoro desde la partida de las golondrinas?

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Con mucho arte y toda la parte

“Sufrir creando. Extasiarme y perderme en el misterio de la luz, del color, de la vida. Fundir mi alma con la de la naturaleza… Buscar siempre más, siempre más allá… Más luz, más azul… más sol… Abstraerme en la naturaleza, ser su sumiso discípulo…”
Salvador Dalí

Me complace la extinción de los mecenas romanos: su ausencia fuerza a la unión y reunión de artistas, procuprando espacios pluridisciplinarios donde admirar y loar de manera colectiva el impulso creador sintiéndose parte activa de éste.

Concibe el artista en solitario su llamado de expresión y anhela, en ocasiones temoroso, en ocasiones temerario, conocer la manera en que el espectador traduce y rememora su obra.

En la quietud selvática del final de la primavera un grupo de artistas autoconvocados insiste en la exposición de su emocionar y abre las puertas del TORNEMI D’ESTIU. Tras las bambalinas no hay rastro de improvisación: Excèntrica es la asociación sin ánimo de lucro que aglutina sin homogeneizar a juglares, poetas, pintores, soñadores y difusores del que denominan “art guiller” (porque qué estados traduce la piel si no se remueve en la tierra que la circunda?).

La locación del evento es idícila para los nostálgicos amantes de la pasada (aunque aún no derruida) gloria retro del pueblo: el Hostal Fugarolas luce libre de telas de araña el mobiliario del ayer, los marcos de madera clara y la acogedora cocina de fogones dormidos.

Espacio de bienvenida
Ascensor en desuso
Fachada del Hostal Fugarolas

La entrada es gratuita y sus organizadores no hacen más que incitar orgullosos a la exploración. El hilo temático es la sombra que con toda su densidad plasma luces, colores y el ánimo exultante de quienes descubren la eclosión artística.

Mercado de arte
Mercado de arte

El manifiesto del encuentro habla inequívoco del arte y de la vitalidad positiva que trasciende el lienzo, convidando a la reflexión participativa:

“No és responsabilitat  de tot creador, de tot ésser humà, acceptar el poder que atorga aquesta claredat per fer-ne un món teixit d’experiències enriquidores?”

Núria Suskeda

Espacios que habían sido hasta hace poco reservados al abandono sienten revivir su estructura, su necesidad de ser, dando cobijo a propuestas enérgicas: intercambio de recuerdos culinarios, rapsodas postmodernos, subhasta de arte y jam session entre otras tantas repartidas a lo largo de todo el fin de semana.

El espacio para las representaciones
Habitación 118

Observo cómo se sazona la cultura local… Cato expectante y procuro dinfundir la buena nueva: cultura crítica, jamás en crisis!

No se juega con pintura uterina

Se enjuaga a conciencia el verde pero hace caso omiso de la mancha azul debajo de la uña del anular izquierdo. Seca los pinceles, los acomoda en la caja y organiza las pinturas en la cajonera. Se reacomoda en taburete y esgrime una sonrisa de satisfacción. Concilia el sueño en la quietud de la madrugada.

Amanece la montaña entristecida de niebla. En la penumbra el aire se colma de café instantáneo (ineludible torrefacto del trabajador). Calienta sus palmas contra la taza. El tiempo estrangula su calma; sube al coche adormilada con dos mudas de abrigo y media galleta sin digerir.

Se abre el portal enegrecido de la fábrica. Ficha su autoestima y se viste con la piel de cordero oficial. Se incorpora a la fila, silenciada. La observan desde el atril los titiriteros de turno. Avanza cautiva hasta su estación de mando. La piel se tensa al percicir el contacto de la temblorosa silla graduable. Comienza el rugir de las máquinas y percibe, nuevamente, la anulación de sus sentidos.

NO CREA, NO SUEÑA, NO PROYECTA. En blanco tararea una melodía mecánica mientras su mano derecha sube y baja para asegurar la cadena de la alimentación en masa.

Destapa el aroma de su almuerzo. El curry de habas tiernas tiñe la atmósfera de caléndulas, jazmines y melisa. Abrasa al espacio el recuerdo de tierras lejanas y amores pendientes. Una marea carnavalesca mece las caderas somniolientas.

Los corderos pretenden sacudirse la mansedumbre cuando una comitiva deshumanizada (mas no animal, más de pasiones conoce aquel!) la lleva de espaldas al sol hacia el despacho central.

– NO ACEPTAMOS VIDA NI OBRA. NO PERMITIMOS SONRISA, SOSIEGO NI SENSUALIDAD.

Arrastra su dignidad hasta la parada siguiente; los corderos se acomodan el traje eludiendo cualquier atisbo de empatía.

El timbre anuncia las 15 horas. Regresa a casa con la médula helada y los labios cuarteados. Los lagrimales los deja atrás.

La montaña le devuelve los sonidos de la Tierra. Desplomada en la hierba descubre los infinitos matices de verde, el tinte vivificante del diente de león… revive su sed de creación. En el gozo pleno de la luz corre feral en busca de carmín, cobre y ámbar. Rasga su vestido, colorea emocionada cada poro de su piel y jura, creyente, que jamás cesará de pintar.

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Cuando la muerte toma la palabra

“El principito arrancó también, con un poco de melancolía, los últimos brotes de baobabs. Creía que no iba a volver jamás. Pero todos esos trabajos cotidianos le parecieron extremadamente agradables esa mañana. Y cuando regó por última vez la flor, y se dispuso a ponerla al abrigo del globo, descubrió que tenía deseos de llorar.”

Antoine de Saint – Exupéry

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– Alimenten a los animales y denle cada mañana una galleta al perro – dijo.

No era practicante pero su mujer cada atardecer recitaba un rosario en el silencio de la cocina. A caballo de una fe prestada hizo la señal de la cruz e inspiró por última vez.

Agotado de fuerzas reposa el agricultor incansable mientras la Tierra que lo arropa alimenta la vida que dejó atrás: las patateras se alzan esplendorosas, los plantines de tomateras tienen ansia de florecimiento, las fresas y las cerezas se sonrojan, el peral luce abundante progenie… el espacio se nutre de su sabiduría.

No creo en el raciocinio de las emociones.
Al menos no para las mias.

Sin saber lo que hacía, siguiendo su método puramente intuitivo, mi madre me nutrió de una educación emocional expandida. No sabía ella que, además, había venido a este Tiempo cargada de sensibilidad y sentimentalismo. Agradezco su empatía y la manera en que siempre validó mi ondulante emocionar.

Escribo hoy, con la misma intensidad con la plasmé el nacimiento de mi hijo, la muerte del abuelo que la vida me dio en adopción.

Pienso en la discución acerca de si quienes quedamos erguidos lloramos el dolor de su partida o el egoísmo de nuestra vida sin su compañía… Se modifica acaso alguna sinapsis a sabiendas de estos matices? Se lamenta con intensidad más moderada el alma que anhela el timbre de su voz?

No creo que en raciocinio de las emociones.

Lloro mi pena, cualquiera sea su forma. Lloro su vacío, su andar silenciado.

Me vacío de dolor para sentir en calma la quietud de la Tierra. Respiro el gozo dorado del atardecer.

Un hálito de monte fértil lo trae a mi lado… Hablan mis manos y sin titubeos me impulsan a la acción. Me aferro a la azada y transpiro la vida que su materia dejó atrás.

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Cuenta que contarás…

Cierto es que las mañanas de domingo en compañía de un hijo se viven en una intensa dimensión paralela. El amanecer se hace pronto para quienes viven en soltería egocéntrica mientras el mundo se le hace pequeño al padre novato.

Pero hay días en que mentes despiertas ofrecen rincones lúdicos compartidos, plagados de colores y sensaciones primaverales.

Así fue como de la mano de Quel llegué a la IV Fira del Conte de Medinyà.

En mi hijo deposité, reconozco, una gran expectativa: que le guste leer. O, mejor dicho, que disfrute viajando en los infinitos mares literarios. Desde blancos barcos de vapor hasta dobles rusos y mágicas montañas alemanas.

Con sus 29 meses los libros se convirtieron en el apertivo de la siesta y la noche. El paseo por la feria estaba garantizado.

La feria se expandía a lo largo de todo el núcleo del pueblo de Medinyà. Casi 150 metros de calle fueron destinados a juegos de madera: pesca para los más pequeños, el clásico “sapo” pampeano y juegos de motricidad más desarrollada. El ambiente era relajado a pesar de los cientos de padres, abuelos, perros y fantasías que escoltaban a los protagonistas.

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Tres fueron los tipis que visitamos: en el suelo del primero bailaban libros, alzando palabras de auxilio, sedientos de ser explorados. El segundo estaba destinado a la lectura de cuentos y el tercero a relatos en inglés.

El calor no amainó el ímpetu explorador de los feriantes y gracias a la voz cantante de una organizadora fuimos todos arreados hacia el rincón donde se presentaron una dupla de narradores y sus títeres.
El espacio fue una fiesta.

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Las calles estaban colonizadas por jóvenes ilustradores y su más encantadora producción (adquirí una joyita con aroma de cocina marroquí de Morad Abselam y una serigrafía casi autobiográfica de Susana Gurrea), editoriales cargadas de relatos maravillosos y entidades sin ánimo de lucro. Invitaban a la navegación artística los itinerantes talleres de fieltro, encuadernación y títeres, entre otros.

A nuestro cofre de tesoros de papel no comestible llegaron dos planetas: Sven Nordqvist con su delirante Pettson (El pastel de crepes) y el delicioso imaginario de Judy Barret y Ron Barret (Nublado con probabilidades de albóndigas).

Recomiendo agendar la visita para el 2014! Quién sabe… quizás, una lluvia de flores y el repique de los tambores subterráneos sacudan el ánima dormida del adulto anquilosado.

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