Fires para sudaka

Me hubiera gustado soplarme mil monedas y muchos billetes en el juego ese de las monedas que caen, timba de jubilada marplatense que solía llenarme de dicha algunos veranos del sur.

Me vendieron unas papas fritas de freezer a un dedo de estar cocidas. Baño de mayonesa y un esfuerzo extra para mi hígado.
Luces y bullicio, el gitano medio ido que espera en su silla con treinta globos coronándole la cabeza. Autónomo no es, su quietud lo delata.
Un remolque que vende empanadas, la melancolía se me mezcla con la poca gracia lingüística que me causa el nombre… “La concha de la lora”. Quizás lo que me pega es cierta incomodidad hetero: concha y empanadas, not my choice.


La contemplación de los autitos chocadores me alarga la esperanza de una vida desacomplejada: entre nenes elétricos y padres que no saben qué gesto dibujar ante el choque contra otro padre acompañante, una señora de sesentaialgos, pantalones negros y saco violeta tornasolado como el de mi camisa favoritas del 2000, el pelo recogido con ganchitos con brillantina, maquillada con parismonia en paleta rosa, violeta, brillo. La espalda recta, las dos manos al volante, seria la vista, choca niños, niñas, márgenes, padres incómodos, hermanas copadas. Esconde la sonrisa triunfal mientras su presencia me relata mil historias posibles que quisiera, pero no seré capaz de escribir.

Ataco la churrería. Tarde pienso siempre que me falta el mate. Pido sin rumbo, por unos instantes me creo poligástrica y, naturalmente, me quejo de lo rápida que tienen la muñeca para cortar la lluvia de azúcar. Logística de adicta: rebozar el churro en el fondo de la paperina sin que ésta se desarme y la gula desenmascare tanta ansiedad.

Suena mucho latinaje. Me gusta, lo admito, esta fantasía de cachengue for export. Carne marcada y no refrigerada; un parillero con una cintura de metro y medio. La piba que pasea un bebé en funda de Mini Cooper. El laburante que rascó las monedas de la guantera. Los pibes que venden juguetes chinos y los controladores de las atracciones que exalan cierta estética merquera.

La feria tiene su fiesta.

Yo siempre extraño mi siesta.

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Bizcochito de grasa

1.
– Es la primera vez que hago esto.- sentencia.
Podría estar hablando de que me confesó que anhela ver un ovni, de que soy la hija del jefe y estoy en su casa, de que acaba de salir del baño sin haberse lavado las manos, de que me invitó a irme cuando me sugirió pedir un taxi, de que me mira a los ojos con firmeza y tan cerca que siento el calor de su estómago irradiando mi ombligo.

Desarma tanto encare y me agarra el cráneo como si sostuviera un cuenco milenario. Qué placer sería tenerlo a mi merced de masajista ahora cuando las cervicales vuelven a joderme y mi sueldo de mierda no me da margen para terapeutas. Masajes y eternos cortejos, un Moebius de gratificaciones. Entre los dos algo se vuelve eléctrico y consecuente, un Yenga sobre una mesa inestable, las velas del cumpleaños de un octogenario, todas pegaditas y bajo el mismo soplo esperanzador. Nos besamos como si no lo hubiéramos ansiado, convenciéndonos de la sorpresa mutua. Como si no hubiera analizado que tiene la dentadura superior pareja, las paletas brillantes. Como si no me hubiera fijado que su sonrisa se hunde con mayor profundidad hacia la izquierda. Como si no hubiera él descubierto que todavía tengo cuatro dientes con serrucho. Como si no hubiera percatado de que no me hago la linda lamiéndome los labios porque tengo el frenillo corto y me siento poco publicitaria. Con sol incipiente y los primeros bondis que frenéticos empiezan su turno jugamos durante unos instantes a que sólo somos besos de boca amplia, de comisuras laxas, de saliva bajo control. Mi lengua en su boca. Su lengua en la mía y mis intestinos que se retuercen. Mucho por nervios y otro tanto por ganas de mear. Sus dedos como arañas paticortas y de sangre caliente me palpan la cara. Me prensa contra el marco de la puerta y pasamos del beso al rezo y nos dejamos atravesar por un amor hacendoso. Acaba; pretendo. Dos picos jugosos y reposar en la hendidura de su hombro izquierdo. Chilla el portero, bocina de domingueros histéricos, la vecina que sintoniza la radio, el perfume de chipá tibio.

Tren, bondi, almacén, horas en la cocina. Desarmar la cama y apaciguar las miserias diarias en la carne del otro. Así trazo mi rutina de las próximas semanas. Me encaja como alpargata nueva: el irregular y áspero yute interior, la suela que huele a goma nueva, la costura en doble fila que me abraza los tendones.

2.
A veces me tira canciones de Arjona y no termino de definir si es él excesivamente meloso o yo tremenda prejuiciosa. O si dejo de lado mis prejuicios ante su melosidad excesiva sólo porque me dice ‘hermosa’ y me hace cuatro mimitos después de pasearse por mi cadera. Pocos años antes, cuando todavía tenía esperanzas de convertirme en animadora de fogones, imprimí los acordes de ‘Desnuda’. Una pavada, Sol, Do, Re, Mi menor y mover mucho la cabeza con gesto de emoción profunda para distraer la atención de un rasgueo básico que no iba a resolver nunca y del agudo con el que mis vocales no se formaron. No confieso esta porción de pasado.

– Lo vi de cerca, ¿te conté? En la entrada del Luna Park. Llegamos tarde, últimas de la fila. Las entradas eran numeradas pero había pibas que llevaban tres días acampando. La mística esa de desear al mismo inalcanzable, calentura colectiva. Últimas en la fila, sin vinchitas ni RICARDO en la frente ni un par de corazones para cada temporal. Nati llevaba los apuntes en la mochila y yo los documentos de Migraciones del colombiano con el que curtía: intelectualoides tragando vergüenza ajena. Todas histéricas y calientes y nosotras que sólo pensábamos en el blanco de la pared que se nos iba calcando en la ropa de tan pegadas que teníamos que caminar para que no nos pisara algún tachero apurado. El último disco era una cagada, obvio, lleno nerudismos con dulce de leche. Pero nosotras fuimos en busca de “lo viejo”, de los hitazos que Daisy May Queen presentaba al borde del llanto.
– ¿Sabés que no se llama Daisy?
-…si, y es de Chacarita. Perá que termino: eso, estamos ahí y pasa al lado nuestro un auto negro grande, tipo lanchón, muy despacito. “¿Te imaginás que adentro está Arjona?” Jiji, jaja, la ventana se baja y era él, boludo, ¡ERA ARJONA! Nunca me imaginé en ese estado de histeria Magic Clic pero al verle los rulos negros todavía chorreando ducha empecé a gritar y a hacer saltitos en puntas de pie sobre un punto fijo y a mover las manos como ahuyentando palomas asesinas. Y miré a Nati y ella gritaba, hacía saltitos en puntas de pie sobre un punto fijo y movía las manos como ahuyentando palomas asesinas también. Cualquiera. Arjona. Ni siquiera, hasta entonces, me había parecido lindo.
– Yo vi al Bahiano una vuelta que nos colamos en un concierto.
– Mirá vos… es pelado ese. Bueno, creo que después de eso ya entramos sugestionadas al recital. Teníamos asientos en el lateral izquierdo, bastante arriba, bastante lejos, baratas viste. Asientos de cuerina roja, de esos que se vuelven a cerrar como patada cicular inesperada. Inclusive desde allá llegábamos a verle el peinado encharcado. Tenía un corte raro, feo te digo ahora, pero en su momento me hizo pensar en un Catriel metido en pantalones de vinilo negro. Es alto el chabón, ¿sabías? Creo que éramos sólo minas en un Luna hecho de gritos, de calor. Metió hit atrás de hit, descosió bombachas cuando tiró “Señora de las cuatro décadas” y desde entonces al oírlo me bendice la visualización instantánea de su culo turgente.

Deduzco que aquello del estímulo musical dibujando un culo prieto distinto del suyo en mi mente fue el motivo para pasar del enquistado ‘Vivo’ del guatemalteco a la radio sin interferencias.

3.
Para hoy habían anunciado marchas, piquetes, ruedas quemadas y probablemente lluvia de miguelitos así que jugué el Jocker y aduje una mamuśka de excusas para no presentarme al laburo: que a mi vieja le afanaron y en el bolso llevaba la llave de casa de mi abuela. Y que mi abuela está bien pero a veces tiene problemas para levantarse de la cama y sin la llave nadie puede auxiliarla. El cerrajero del barrio se jubiló y en onda expansiva hasta Mendoza todos los cerrajeros se adhirieron al paro. Y que yo, como soy chiquita, como soy lanzada y porque no queda otra ahora que los bomberos están de guardia vigilando la quema de neumáticos, me tengo que ir a meter de a poco y con cuidado por la pestaña del buzón para ayudar a mi abuela.

Así que heme aquí enfundada en su remera blanca dos talles más grande en la semi penumbra de esta mañana de ocio consagrado. Se cuela jubiloso el perfume de manteca noisette que la corriente extrae de la cocina hacia el asfalto. Corta la cebolla y sé que lo hace con elegancia. Quizás es la coraza de mirada de galán, quizás sea sólo una cebolla suave y un cuchillo en su apogeo de afilado, pero las lágrimas a él una verdura no se las saca. Una brunoise impecable traza constelaciones de amarilidáceas. Lo escolto en la tarea sin intención de meter mano y con mate y termo en brazos me siento en la composición como una abanderada: ejemplar, apreciada, estática y contemplativa.
En la figura que la contraluz recorta tengo la sensación de que su espalda está como abultada, acolchada, como si vistiera un pullover debajo de la camiseta de Racing.

Sirve un plato de tallarines con salsa blanca para cada uno. Los enrosca a la cuchara dentada con delicadeza rotando su muñeca a la par que traza un círculo con el codo y el hombro. Forma una rosa tibia, perfumada a discreción con nuez moscada y clavo de olor. Del freezer desvela una trufa. La pasa triunfal delante de mis ojos (ignorando que mi espectro gourmandise no exploró este polo aún) y ralla ínfimas virutas sobre el trigo hecho harina, la harina hecha masa, la masa hecha rosa. Pimienta a descaro y el inciso de cada comida ‘para que pique cuando entre y cuando salga’.

La cama me arropa temprano en una siesta untuosa de hígado laborioso y digestión pesada.

4.
Me alimenta de forma recurrente: sorrentinos de calabaza y nuez con una picada de ajos negros, moñitos con verduras asadas, ravioles de ricotta fritos con salsa de soja, tirabuzones con queso azul gratinados. A veces un desliz en el presupuesto: spaghetti ai frutti di mare. Añolotis con boloñesa de cordero, sopa thai de capelletti.

Tanto deleite frena mi curiosidad por su cuerpo. Me frena también el andar pesado y baboso que comanda cada nueva digestión. Sucumbo a dejarme mecer en esta hamaca de sabores y me amplifico, entro en carnes, soy templo receptivo de ensayos lípidos.
Por las mañanas, cuando un litro de mate caliente me ayuda a purgar tripas y reflexión, cierta serenidad contemplativa me invade y observo el crecimiento de los pelos en su nuca.

Cuerpo tomado. Se está poniendo peludo el chabón.

La tarde es de la panadería de la esquina, esa hija del diablo que te permite transitar por el local con una canastita plástica rosa pito y con pinza en mano colocar en ella todo, todo lo que tu mirada lasciva pueda abarcar. Vigilantes, churros con dulce de leche (pedile un par de pebetes), cañoncitos, medialunas de grasa, medialunas de manteca con dulce de leche, de membrillo, de pastelera, de pastelera con membrillo, de pastelera con membrillo y chocolate, bolas de fraile (¿bizcochitos de grasa pediste?), sacramentos, bombas con crema, bombas con dulce de leche.

5.
A veces duermo y un ojo se me entreabre. Ronco y esta respiración rasposa me condena a horas de irritación y afonía. Él me cree dormida y yo desde esta raja ocular lo espío con disimulo. Me observa por delante, por detrás, desde arriba. Me pellizca pero creo que es mi capa grasa lo que evalúa, lipómetro casero. Sus manos se pasean por mis muslos. Se va. Abre y cierra armarios, cajones, cajitas. Un bowl y la cuchara de madera. Vuelve. La habitación huele a comino, a orégano, a ajo fresco, a jugo de limón. El pincel de cocina, el potaje que gotea sobre la sábana: me está pintando el muslo derecho. Lo hace despacio, con cautela, casi sin ejercer presión con las cerdas sobre mi piel, intentando minimizar al máximo el choque térmico prolongando el trayecto del bowl a la piel. Tanta carne para el asador y él jugando a ser Van Gogh. Tira la paciencia a la mierda y vocaliza su agitación. Se saca la remera con apuro y dificultad, nervioso, enredado. Ante mi raja que deja de ser raja y ya son dos ojos gigantes que me ocupan la cara entera, una maraña, una alfombra humana, el inaudito de aquel que habiendo sido hombre es ahora lobo, carnívoro con mirada de caníbal.
– Ahora te voy a comer.

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Master of mapping

Tiene la incómoda afición de reventarme los pelos encarnados de las axilas. Son pocos pero aguerridos y después de un revolcón acelerado y de pronóstico reservado achina la vista con la punta de su nariz casi pegada a mi transpiración y se dispone a la caza y extracción.
No puedo juzgarlo a viva voz, debo haber sido yo quien lo inició en el arte de la dermatología intimista cuando por sorpresa y con voracidad le cavé una fosa en la mejilla al extirparle un punto negro, duro, profundo. Iceberg de cebo oxidado.

Su labor es breve hoy. No pretendí robarle este entretenimiento auténtico a conciencia cuando hace dos días enchufé la Braun y como podadora mal pagada decidí rápidamente sacar la alfombra tersa que me acompañaba mientras naufragaba en alguna lectura. Leer y acariciar suavidad dentro de una tibia cueva; cada una arma su plato combinado.
– Va, prou tío. –
Se estira desmotivado. Sacude los pies y adivino que se mira la verga a media asta. Estira la mirada a la mancha de humedad incipiente del cielorraso, se rasca el hombro izquierdo y vuelve a arrimarse a la axila que siente haber tenido que dejar huérfana. El nórdico se hizo un bollo dentro de la funda y en la persecución de calor termino irritada y con medio cuerpo sometido al capricho de unas mantas que parecen haber cobrado vida autónoma durante nuestro celo.
Siento los pantalones del trabajo anudados a la punta de mis pies. Qué mierda de tela, toda sintética y de tacto áspero. En invierno le abren la puerta al frío y en verano me dejan el culo encharcado. A los empresarios textiles, al dueño del hotel, al director, a nadie le importa una goma. Ellos van de sastrería aterciopelada y orgánica mientras mi vulva reclama prevención de riesgos laborales.

Guillem ronca y me hace cosquillas con los pelos que el viento peina sobre mi tríceps. Así estático e indefenso todavía logran los nudos de su cabeza decodificar que es un tipo visceral y determinado. No se disfraza de hipster ni de hippie y aún así es un hombre de pelo largo, lo más parecido a un valiente (o un vagabundo) en nuestra historia de la humanidad. Una vez salidos de las cavernas y con el paréntesis del metal, Axl Rose y Camarón, la exigencia y asimilación del macho no ficcionado trabajador, socialmente adaptado, cumplidor y responsable, como género supeditado al pelo raso se convirtió en postulado de exigencia intrínseca.
Cuando el serpentario de mis manos se pierde en su frondosidad hay una porción de bestia que se despierta, celosa de tacto, de olfato. Me gusta hundir la nariz en el acre cremoso de su cabeza, fregar mi frente contra la rugosidad de la maraña que la cubre. Lo despeino y lo vuelvo a peinar. Le ordeno la compostura en una trenza que enlazo con mi cabello: mechón suyo, mechón mio, mechón suyo, mechón mio. Las puntas son el acantilado desde donde me lanzo a buscar el caos, la confusión de la materia unificada.

El vapor de Harissa y estas paredes de papel higiénico. Son las cinco de la tarde y la vecina conquista el aire con especias que desdibujan su desarraigo. Choque cultural si los habrá: así desnuda, volátil y con el pabilo aún a medio apagar ansío crema de calabaza, flan con crema. Las especias tampoco combinan con la esterilidad de casa de Guillem. Alguno diría que es moderno y conceptual, todo pálido y diáfano el espacio. Un hospital con pretensiones de hogar. La nota de color la ponen el negro brillante, el negro mate, el gris oscuro, el plateado de toda la tecnología que le consume las horas de trabajo y ocio. Se rodea de máquinas con nombre, apellido y clase social. Las usa y ellas de él, en cuanto pueden, abusan. Al lado de la pantalla tiene el potus que le regalé para garantizar la absorción de disruptores endocrinos. Consuelo poco esperanzador ya que necesitaría del jardín botánico de Lisboa para digerir la potencia maléfica de estas espadas de luz que son la materialización de su creatividad. Cuando decidió salir de esta cueva lo hizo también en forma de luz: reclutó un ejército de pibes multimedia y, una vez puesto el sol, se dispuso a proyectar un collage fluorescente sobre los ladrillos de la ciudad. Mapping que lo llaman; como un autocine pero sobre el ayuntamiento, le traduzco a mi abuela. Paz, pan y trabajo le piden a San Cayetano. Electricidad, superficie y espectadores pide Guillem. Decidí limitar nuestros encuentros a estas paredes, la calle a su lado es una búsqueda agotadora de espacios de proyección. En su afán por vestir la urbe de colores que la naturaleza no puede sintetizar transita con la vista fijada siempre hacia adentro.

Empezó a usar mi piel como campo de prácticas con el ‘Autorretrato con monos’ de Frida Kahlo. Gracia va, epidermis viene, los monitos parecían figuras del tren del terror deformándose sobre mi espalda. Reímos e hicimos el amor con el ave del paraíso y la cara de Frida rodando entre nuestras piernas. La madrugada me despertó enfundada en colores. Él movía el proyector, afinaba el ángulo, retocaba la definición de la obra: ‘The lovers’ the Lois Mailou Jones se terminaba de adaptar a mi cadera, la boca de ella hundiéndose en mi ombligo y los ojos hambrientos de Guillem resiguiendo la mirada con que el africano parece analizar el rosa de mis pezones. Picasso, Rothko, Barceló y la Minujín: soy un molde del que las obras rebalsan. Él sucumbió al éxtasis de la luz, del color, de lo inmaterial hecho carne.

Huelo el bermellón del último vino que vaciamos en sus labios entreabiertos. Así medio torcido sobre mi axila respira con un ronquido casi infantil. El sol deja de brillar tibio a través de la ventana. Ojalá no me hubiera sacado las medias. Refugio mis pies con el empeine en espiral entre los suyos y me duermo sabiendo que pronto este Drácula de la luz me despertará con el frío, el foco y la proyección usufructuándome la piel.

Aquesta qui ets essent aquí

Desitjat és el perfil d’una pastora que sigui el màxim exponent del mujermaravillismo exigit a les dones dins els àmbits majoritàriament masculins.
Una dona que porti la granja tota sola, al Pirineu preferentment (icona de resistència brava), sense saber gaire quina implicació comporta aquest comandament en solitari…

Que procuri les herbes per l’hivern, que arregli els camins després de les pluges torrencials, que porti els gossos al veterinari i els papers a l’oficina del DARP. Que faci venda directa, algun mercat, autònoms i cursos Ruralcat.

Que repassi el filat, tracti amb els caçadors, gestioni els boletaires i els nedadors de bosc. Que faci visites guiades, ofertes de temporada, que observi els runners reventar les pastures i que sàpiga xiular.

Que estigui activa a les xarxes o que sigui el seu antònim: sense llum, micro, vitro. Que estigui en formació continua. Que tingui algun fill. El cuidi, el porti a l’escola fins i tot amb les pistes negades per la neu, el tingui net, li compri roba i es queixi amb ell dels deures, el porti a fires, jugui amb ell videojocs i li ensenyi l’amor per la literatura mentre mengen xocolata d’amagats.

Que no s’afaiti i es vegi polida. Una mica cupaire i curiosament atractiva per la dreta. “Soft rustic.”
En el cas deluxe, que tingui alguna afició així una mica vintage com fer ganxet, llegir Balzac i despertar els sentits del gust com Juliette Binoche a ‘Chocolat‘. Que porti el tractor i no dugui tatuatges.
Que sigui del país amb bestiar del país. Que parli el català de TV3 o arrossegui l’accent vilatà profund dels seus avantpassats.

Que atengui els parts amb guàrdies nocturnes i maratons diürnes, que ajudi a mamar als més adormidets i procuri evitar mamitis. Que avisi els clients de l’imminent disponibilitat de xai. Que pasturi i porti els que fan el pes a l’escorxador. Quedi amb els clients, entregui, cobri. Rebuts, factures, IVA i llibre d’explotació.

Que munyi de matinada, netegi les instal·lacions, pasturi, procuri nodrir-se, munyi a la vesprada. Que vengui la llet o faci formatge. Fresc i sortir a vendre; madurat i amb cures diàries a la càmera de maduració.

I que sigui prou llesta, prou organitzada, prou capaç, prou exemplar per trobar una hora mensual per estimar-se a si mateixa.

Coeficiente de pastura 0

Se alzan sobre las patas y reposan su peso sobre el tronco para desvestir la corteza de las hojas de hiedra. Entre la hojarasca pescan las nacientes de helecho. Engullen los rebrotes del castaño. De la zarza, con precaución, las hojas y los frutos maduros. Del encino de fruto aún verde, esporádicas hojas tiernas. La retama la comen en sus extremidades más jóvenes. Del sotobosque afeitan las alfombras de hiedra. De las trepadoras, la oscura y espinosa y la suave y de altura, todas las hojas con apuro tragan.

¡Cuánto provecho en un bosque que había quedado obsoleto ante las exigencias socio-económicas actuales!

Luna de lana

El desvelo.

Entro al establo a las dos de la mañana. La luna acaricia casi plena, se inunda hasta la cama. Frío pausado, de abrigo sencillo y hombros sin encogimiento. El rebaño yace en plenitud calma, sosegada. Un cencerro que vibra. Una rumia que comienza. Suena el susurro de las hojas mecidas en el viento.

Inspiro, comprendo, que todo irá bien.

Muestrario de onomatopeyas ovinas

¡¡BÖÖÖÖ!! [oveja ansiosa por entrar al establo a comer grano]

¡¡BÄÄÄÄ!! [oveja que llama a su cría en el prado]

¡BÄäeeii! [oveja que busca infructuosamente a la cría que llevamos al matadero]

¡BeeeeBeee! [cordera llamando a su madre]

MmmBöö [oveja que llama a su cría mientras mastica]

¡¡¡BOOOOO!!! [carneros reclamando atención]

Mmmmrrrrmmmbömmmrrr [oveja saludando a su cría recién nacida]

//mutis// [oveja en plenitud]

Apalabradas

Era sabido que a mi me gustaba escribir y que ella era una alumna ejemplar. Nos conocimos jugando al volley y nos amigamos con ese lazo de intimidad codificada que lleva intrínseco el ser gorda según los edictos de la educación primaria.

Era gatera, su pánico a los tampones le pronosticaba estíos de excusas y sofocos, se había empezado a aficionar a las dietas ilustradas para perder peso y a los diecisiete años nos plantamos como dos amantes de las palabras cruzadas, las sopas de letras y los autodefinidos. Revistuchas de papel ligero y marronoso, nunca apto para ser escrito con tinta, baluarte de kioscos de terminal de buses y destinos turísticos.

Ur, eral, yute, Abel, tas.

Una habitación blanca, dos camas de 90×180 separadas por una mesita de luz de madera oscurecida y la frescura del verano panza arriba, panza abajo, panza arriba hurgando en lo insondable de nuestros conocimientos. Éramos libres de anteojos, entonces, la plenitud oftalmológica y el placer de leer sin impedimentos, de viajar sin el incómodo pánico de haber dejado allá lejos el puente que enlaza con la felicidad o que se derriba hacia la rabia y el hastío.

Una adultez reflexiva, inquieta y dubitativa nos une con silencios inabarcables, cortados por la palabra correcta en el momento crucial.

Tor, amen, co, nos, loa.

– Qué onda piba, cómo andás?-.