Mi huerto es mi puerto

A mi hijo le tiro discursos para el encuadre. Enseñanzas blabla maternas que escupo sin ensayo, como si dentro, de pronto, se me abriera un libro de dogmas maternos. Hilos filosóficos de tipo “lo mejor que podés hacer es reconocer que no sabés nada” y así, acoto mentalmente, entregarte a la tarea de aprender con más soltura, con expectativas reales y reduciendo drásticamente el freno que impone el considerarse menos (vergüenza, miedo, miedo, vergüenza).

Y así vuelvo a plantarme, cinco años después del primer y único huerto que hice en mi vida, delante de un cuadrilátero de tierra revuelta con abono. No sé nada y vuelvo a empezar. 

Manzanos, frambuesa, dos rosales para mis abuelas y un par de lavandas que clavé en macetas después de leer en todos lados que la acidez de esta tierra y ellas no se llevan muy bien.

Buscaré agujeros horarios para anclarme un poco más en este suelo. Para nutrir, para ponerme música y bailar viendo mi sombra en el suelo. 

No sé nada y vuelvo a empezar.

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Revolver los cajones

Vamos en el auto los tres. Dos miramos al frente, uno a la izquierda. Pino, espacio, pino, espacio, pino, espacio: la simetría de la productividad agreste. Cae el sol como en los dibujos, tiñiendo el espacio más próximo de un rosa cansado. Sólo mi ventana está abierta, dos dedos de amplitud que nos oxigenan la cabina.

Nos cuenta que en la piscina son pocos quienes, junto a él, nadan en el segundo carril. La mayoría chapotea en el primero, aquel que ante dudas les permite avanzar aferrados al borde. Dice que tiene un recuerdo pequeño, muy pequeñito, de cuando a las clases de natación íbamos juntos: él con nueve meses, yo con mis trescientos doce. El cierre de una compuerta profunda. Algo pasado y la intensidad de su presencia me oprimen.

Era un gordito macizo, rollizo, la traspiración le olía dulce entre los pliegues del cuello. Humedad de bebé y pelusa: todo cuanto narcótica puede ser la maternidad. No gateaba pero compensaba el movimiento rodando hacia sus objetivos. Sus pies eran redondeados y olían a piel, a masa con levadura. Podía atiborrarlo a besos, abrazarlo a descaro y sin consulta previa. Mirarlo hasta aburrirme de sus gestos. Podía hablarle de lo cotidiano en un monólogo a veces risueño, a veces expositivo. Cualquier sonido que emitiera era una validación positiva. 

Necesitaba de mi cuerpo para sentir consuelo. La leche que de mi manaba, lo hacía crecer. Le dibujada infinitos en la sien con la yema de mi índice, le acariciaba el cuerpo cuando lo bañaba, podía soplarle la panza con mi boca sobre su ombligo para hacerlo reir. Nos necesitábamos y nos auxiliábamos. Compartíamos un lenguaje que nadie nos había enseñado a hablar.

Te contaré, hijo, este recuerdo pequeño, muy pequeñito, hasta que la voz se me pierda en un hilo de punta deshilachada. Trazaré con palabras, los relatos de días tiernos que tu cuerpo no pueda archivar.

Un aire frío de principios de marzo me seca los ojos. Dejamos la pinaza atrás, estamos sobre el camino de tierra. El valle se abre en bajada desde nosotros hacia el Mediterráneo. Allí, nadan los peces.

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A table

La Omi, siempre que iba a su casa, me decía ‘du musst nicht schlürfen’ y entonces aprendí que en alemán existe un verbo para señalar el sonido que emitimos en el acto de chupar la sopa con inspiraciones en vez de volcar su contenido con silencio en la cavidad bucal. Me enseñó que en la ingesta, es la cuchara la que sube la a boca y no la boca la que baja hacia la cuchara. Que mi espalda debía estar erguida y mis codos arrimados al costillar. A ella la habían instruido con libros sobre la cabeza y sostenidos entre brazos y pecho, pero que mis tiempos eran otros y sin más esfuerzo que la práctica, los modales podría alcanzar. Me ponía un platito separado para la ensalada y un cuchillo redondeado para untar el pan. En su casa usábamos servilletas de tela suave con márgenes bordados. Tomábamos el agua en copas de vidrio gordo y la leche llegaba a la mesa siempre dentro de un jarrito. El pan reposaba dentro de una panera cerrada de tela. La mesa vestía mantel, individuales, reposavasos y unas bandejitas circulares plateadas para las botellas. 

Muchos años más tarde me contó que su papá, hasta el exilio, había trabajado vendiendo y llevando de Europa a Argentina, porcelana, mantelería, copas, cubiertos y toda la elegancia requerida para restaurantes y hoteles de una tierra bulliciosa.

No voy a mentir: quedé tarada y me jode oír la masticación abierta del otro, intuir la entrada de flujo sopero hacia el tubo digestivo. Me contagia una especie de dejadez ver a alguien comer con medio cuerpo estirado sobre la mesa, una falta de respeto ante el plato que enfrenta.

En este panorama, las ovejas, las bestias, se me presentan como bellas comensales. Rehúsan comer hierba que haya estado en contacto con el suelo, con el polvo. Cuando la hierba es frondosa despliegan la mandíbula y la engullen como yo un helado frente al mar. Cuando la hierba es corta, se acercan a ella haciendo con la boca movimientos rápidos y cortantes. No comen de allí donde huelen abono, no buscan nutrientes debajo de la tierra. Arrancan las hojas de los árboles dependiendo de la forma de cada planta: las hojas de la zarza las ingieren de una a una, con cautela; las de la enzina, cuando son jóvenes y aún mantienen ángulos en punta, las arrancan de a pocas; de la retama tierna mastican las ramas y pareciera que se preparan para una partida de palitos chinos. Del bambú, del fresno, de la haya, de la hiedra y del castaño, mastican las hojas a manojos como quien muerde el ramo de un amor dolido. Comen en silencio. Sólo el tintineo de los cencerros y el corte del vegetal se oye sonar. Su andar se vuelve calmo: el alimento es algo por lo que cabe demorarse.

 

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Dos viejos

Era su padrí de apariencia muy similar a mi abuelo. Àngel era y había sido la vida entera agricultor, de aquellos que pedaleaban el carro cargado de hortalizas y ciruelas, manzanas, nísperos y huevos, de Bescanó a las puertas de entrada del Mercat del Lleó de Girona. Mi abuelo exploró variadas opciones vitales para instalarse de oficinista mercader hasta dos semanas antes de morir. Guardaba cráneos de monitos, libros en alemán antiguo y un par de lanzas de la selva boliviana que mi padre sospechaba envenenadas. Tenía una nariz grandota y aguileña, eso inequívoco de algunas estirpes del judaísmo; la piel pálida y manchada. Hablaba mucho por teléfono y lucía una cicatriz en la cabeza, una marca cuyas razones siempre me recorrían la espalda con el hálito frío e incómodo del miedo. Llevaba la cara siempre brillante con el perfume de la Nivea de la lata azul.

Àngel nos abastecía con salsafins antes de que fueran un must del slowfood local. Él no estaba embebido en estas historias, pero aún así sospechaba de la exclusividad de un producto que jamás llegó a enseñarnos a cultivar. A mi abuelo le gustaba viajar en tren y relatar historias de otros países. Tenía los ojos oscuros. No sé si le gustaba bailar y jamás le vi un pelo en la barbilla. Compraba aquel diario que venía con el juego de las siete diferencias. Cada tarde lo recortaba y lo pegaba en un cuaderno que, en las noches en su casa, después de sopa y Fang den Hut, me entregaba para que jugara. Casi por rutina, me quedaba siempre una única diferencia pendiente de descubrir.

En casa de Àngel no habían CDs de música clásica ni colecciones de estampillas. Los libros estaban aislados en un comedor inútil propio de la especulación espacial de arquitectos, constructores y banqueros. Propio de quienes defienden la vida en nichos aislados por sobre la grandeza vital del espacio exterior. Su vida estaba en el altillo donde conservaba las papas, donde reposaban en un balanceo imperceptible las cebollas. Llevaba los pantalones de años más grasos atados con un piolín de diseño hortelano. Tenía la cara tostada y manchada por el sol. Paciencia, tenía mucha paciencia.

Quizás el parecido que les encuentro se remita sencillamente al hecho de haber sido dos viejos pelados que me proporcionaron confort en distintos momentos de mi vida.

Cuando conocí a Àngel, el Opa hace cuatro años ya había muerto.

Tardes de aquellas cuando al flaco y a mi nos dominaba la vagancia gastronómica propia de asalariados jóvenes, recurríamos a improvisar una cena con el padrí. Lo encontrábamos siempre en el huerto terminando de guiar las tomateras o espantando pájaros del cerezo. Su alegría intensa se basaba en ofrecernos materia prima para una ensalada y una barra de pan recién descongelada en el horno del supermercado. Había sobrevivido a la penuria del pan ennegrecido, a eso que se masticaba como un pedrusco, pero seguían llamando pan. Insistía, siempre, en que era tierno y que, al comprarlo, aún estaba caliente. Armábamos una cena rápida con sardinas enlatadas y aceitunas rellenas con anchoa, todo un exotismo para mi valija sureña llena de bife, chorizo y Kuchen.

Su interés por la actualidad se limitaba a la climatología, pero siempre, al cenar ligero, lo maridaba con el fondo de pantalla de Televisión Española (“El canal UNO” lo llamaba). Junto a la pantalla, un florerito recuerdo decobijando un ramo plástico de flores contra natura. En la vereda opuesta, un juego de sobremesa de base hexagonal rosa, con una estructura central de plástico transparente y un pequeño orificio superior para la entrada y salida de agua. Un juego solitario y claustrofóbico que consiste en hacer circular una miniatura nadadora accionando un botón que genera burbujas. El botón pulsador había dejado de funcionar, el nadador había perdido así su trabajo y toda la estructura pasó a ser objeto de reposo para el polvo y la grasa de las frituras de la abuela.

De la televisión, a este hombre calmo y de hablar risueño, curiosamente, lo atraía el ritmo vertiginoso e histriónico de los reportajes de España Directo. Sentía curiosidad por los paisajes y sus climas, por los rincones donde la nieve aún no daba lugar a la preparación del huerto, por las historias de ríos desbordados y restaurantes de cocina sencilla y contundente, por la gesticulación ahogada de quienes se sofocan de calor.

Me veo en su casa, poco después de las siete de la tarde. Delante de fuego, del florero, del nadador ahogado. Sentada en el banquito con mi brazo bien pegado al del flaco, rozándonos los pies por debajo de la mesa como sustituto elegante a la risa que despiertan los gruñidos de la iaia. Oigo al gato sobre el alféizar de la ventana. Un poco esperando alguna recompensa, un poco absorbiendo el calor que el vidrio deja escapar. Veo la foto de Àngel niño y sus miles de hermanos y hermanas, su padre delgado y alargado, su madre de ojos claros. Una fotocopia de una foto; un nuevo gris sobre la estampa seria en blanco y negro. La bandeja con la ensalada: la cebolla sobre el tomate, el tomate sobre la lechuga, las aceitunas por todos lados. Cada uno tiene un vaso medio grasoso con agua servida. El pan sabe a poco, pero tiene razón: es tierno y forma una goma curiosamente agradable si no se consume con asiduidad. En España Directo hablan de mujeres y animales, un binomio bien llevado si de pastoras se trata. La pantalla me proyecta junto a nuestras ovejas con sus corderos, pequeñas bestias que circulan en cámara lenta natural sobre el rastrojo de un invierno sin lluvias, sin frío, liberado de la nieve y sus engorros. Río, viejo bueno, sabiendo que esto te haría profundamente feliz.82FADC77-4969-47C4-95BB-31FBBECB7E40

Scheiss Liebe

Anohe volvimos a jugar un juego que no nos aburre a pesar de rondarnos desde que tiene tres años. ‘Tier auf Tier’ consiste básicamente en, por turnos, ir superponiendo piezas de madera con formas de distintos animales sin que la construcción se caiga.

Le explico que, en alemán, cuando a la letra I la sigue una E, esta I se pronuncia larga y suavizada. – Por ejemplo, ‘Liebe’ -, le digo. Y que, en cambio, el orden del producto altera notablemente el resultado en caso de que la E se posicione delante de la I, creando un sonido tan distinto como AI. – Por ejemplo, ‘Scheisse’ – le digo.
Me rio nadando en esta pedagogía mia que une en una misma comparación al amor y a la mierda. En el trajín de mi trabajo observo que la tierra a fin de cuentas se nutre de mierda y fermentación para gestar fertilidad y más vida (en una visual muy hippie del asunto: amor).

Quizás el amor de esto trate, de ir acumulando animal sobre animal con buen pulso y paciencia. De fermentar nuestras propias mierdas y las compartidas para solventar aquello que en la pubertad una sospecha pero disfraza: el amor es una mierda.

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Esbozo de pastora: Tija

Tija es un garabato, una obra en carbonilla donde los márgenes se desdibujan. Un Lautrec rural: fina, ágil y de movimientos perfilados. Tiene esa delicadeza magnética que suelo observar en las mujeres largas y huesudas. Encaja en el imaginario de “mujer francesa” con su peinado despeinado rubio y liso, sus facciones aguileñas, el cigarro entre los labios. De habla y caminar calmos, decidida a que no le rompan las pelotas. Está desencantada y aún así vive sumida en un romanticismo profundo. Cuida de un burro, de un caballo y un poni, de las ocas que toman la comandancia de su casa, de la tierra que maneja y de su relación de pareja.

Habita en un far west de la orografía catalana. Ahí donde el fuego hizo carbón de la pinaza. Ahí donde se alimentan sus cabras y el agua es un bien preciado.

Va viviendo como quiere y como va pudiendo: de la carpa a la caravana de la caravana a la casa de paja de la paja al barro. 

El lobo, en su historia también, sopla animoso. Mas ella aduce con elegancia que aquella lengua del capitalismo fagocitador ha dejado de entenderla.

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Juanca y el amor

Juan Carlos nació el catorce de febrero. Lo parió una t de dos años, negra y bajita, de ojos oscuros y lana de un negro casi uniforme. Tiene unas pocas mechas blancas. Las ubres parejas, bastante chicas, con la turgencia propia de una primera lactación.

Iba dando trotes por el establo. A media mañana, cuando el sol entra bajo por la puerta abierta y evapora la bruma de la paja. Cuando empieza a calentar la madera, las puntas de la lana.

La encontré con la espalda recostada sobre la cara exterior de la puerta. Sin pujos. Impávida. Con una cabeza y una pezuña asomando por su vagina. Me acerqué a ella acuclillada. La ayudé con el expulsivo estirando de la pata y desde las cervicales con firmeza y suavidad. Cediendo e intuyendo. Lo recosté junto a la madre. Un macho negro, pequeño y con los cuernos más grandes que hasta ahora en un recién nacido había visto.

Ella permaneció estática. Una esfinge con perfil de oveja. O una oveja momificada.

Le fregué la humedad de su cría en el hocico, el olor del lago que había unido sus orillas. Quieta. Inmutable. La mirada fija en línea recta hacía un vacío a la distancia del rebaño. Diez segundos más tarde, se levantó y salió corriendo.

Con su historia reflexiono sobre esa confluencia del amor y la fortuna. El azar esperanzador de coincidir ya hasta en la tercera cifra. Ser feliz, sentirse en plenitud, urdir deseo. Advinar el triunfo y visualizar un futuro de bienestar, cenas a mediavela con las manos entrelazadas por debajo de la mesa. Acariciar entre las yemas el papel de la lotería. Contar los lunares del lomo de la mujer amante.

Y falla.

Un número.

El último.

Y los delirios de lujo y potencia, de amor desenfrenado, todo un mañana de San Valentín. Todo se va a la mierda.

Jodido, el amor. Jodida, la lotería.

NdA: Juan Carlos pasó al corralito de ‘los desmadrados’. Lo encalostré con mamadera el primer día y desde entonces lo engancho a la teta de alguna lechuda mientras come. A Juan Carlos, es sabido, cualquiera le viene bien.

15 de juny: el dia dels burros

  1. Inocentes palomillas

Internet esconde una trampa mortal: todo aparenta sencillo y comúnmente realizable. Todo aquello que se precie de tener valor puede ser sencillamente encontrado y comprado y los animales no son una excepción. Antaño solía nuestra especie transhumar por ferias ganaderas, fiestas de pueblo y mercados rurales con los animales de los cuales se quería y / o debía despojar. Las constataciones de calidad en aquellos días eran bastante sencillas. Un primer encuentro cara a cara dice casi un 80% del comportamiento del animal si una sabe leer las pistas, las señales emitidas tanto por el animal como por su dueño.

Habíamos vuelto de Euskal Herria determinados a ser pastores de ovejas. Buscábamos tierras con ahínco y frustración y nos consolábamos cuidando la parcela donde cuidábamos de nuestras primeras ovejas latxa. El bien iría llegando y nosotros hacíamos del tiempo un valor de no-espera: nos sumimos en meses de formación, en diseñar posibles sistemas, en definir las rutas a seguir. En aquel bucolismo de perspectivas el flaco creyó que sería posible y necesario trabajar tierras, bosque y paciencia con tracción animal. Es éste un claro ejemplo del envenenado anzuelo de Google y sus tutoriales netamente positivos: una persona cuyo recuerdo más agradable de un équido es la volada astral que le causó a los nueve años se convence de que nada sería más sencillo que domar un caballo para trabajar.

Entre hueste y hueste se coló un burro en adopción a 30km de distancia. La entrega la gestionaba un nieto que promovía un burro joven y manso, preparado para sobrevivir las inclemencias de los primeros días con novatos, tierno con los niños, de estatura baja. Un copado, vaya.

A la mañana siguiente depositamos a nuestro vástago en la escuela. Tres años, pañales descartados y en pleno teatral y dificultoso trabajo de destete. En cada feria gasta una vuelta en pony y sonreímos cómplices con su papá imaginando su estallido emocional ante un burro en propiedad. El romance de las expectativas maternales es inabarcable.

Fiat Dobló en ruta. Sandwichito con zanahoria y pasta de maní o con tomate, lechuga y huevo duro. El termo con el agua caliente, el mate tembloroso y cuatro manzanas. El dial trabado en la radio que da noticias en bucle. Los limpiaparabrisas jodidos, sin agua; el vidrio opaco. Los pequeños desplazamientos a comprar materiales o visitar granjas son nuestras salidas de a dos. Un coqueteo cargado de proyecciones y filosofar sobre las dificultades de la sencillez vital.

Nuestro destino es una casa que no termina de encajar con la urbanización lindante. Es ladrillos, cemento, pintura ocre y macetas con geranios y alegrías del hogar, piedritas polo blanco de jardinería marcando el sendero de circulación. Con tres perros aburridos atados a correas largas y estáticas. Con mucho polvo y tierra reseca. Pegado a la casa un establo de esos que los abuelos suelen ir construyendo: un palet acá, dos vallas de óxido, un par de antiguas camas haciendo de puertas de corral pequeño. Rollos de alambre reciclado. Un gancho lleno de sogas y enjambres de sisal. Estructura contra estructura y caminos que se van abriendo de acuerdo con la necesidad. Urbanismo de resistencia agraria.

La abuela se seca el jugo de las papas que estaba pelando y nos pasea por un túnel de maderas; clavadas algunas, apiladas muchas. Telas de araña masivas y empolvadas, todo eso hermoso de la falta de corrientes de aire. Pajareras amplias repletas de gallinas. El olor a tierra meada, a gatos vagos y a ratones resilientes. A la salida de este chiken cross circuit la luz y el aire virgen de ácido acético y amoníaco nos marean. En una especie de rodeo catalán de cuarenta metros cuadrados de tierra compacta y desgastada, tres burros. Uno alto, de pelaje corto y tupido de forma irregular, andar lento y mirar calmo en una esquina. Uno pequeño y ligero, gestos delicados, orejas en punta, ágil y agraciado. Una bestia cariñosa que se acerca a saludar a la abuela que lo pretende entregar. El tercero es de tamaño medio, algo robusto, pezuñas gastadas y pelo oscuro. Corre en busca del infinito al vernos. Estira el cuello en alerta al oír a la abuela pronunciar su nombre. Da un par de vueltas y empieza a seguir al burro número dos. A partir de este punto sabremos que el tranquilo y joven burro número dos es una burra y que el tercero, empalado y desbocado, es el semental incontrolable de quien la dulce abuelilla se pretende deshacer. Y aquí un nuevo inciso: la señora quiere mucho a la dulce burra púber, un poco al burro abuelo y nada al burro poronguero. El señor los quiere a los y a las gallinas ponedoras y  a las gallinas de engorde y a los perros atados y a los gatos vagos y a los ratones festivos. Pero el abuelo está postrado en plena recuperación y viéndose finalmente ama y señora de la carga laboral, la abuela decidió ir cerrando franquicias y deshacerse de todo aquello que sólo le representa another brick in the wall. “Nuestro” burro agiliza los derrapes, se agita, salta, asoma la dentadura y nos descubre que más que tres tiene siete años, que no es dócil y que no tiene en este páramo desherbado más finalidad de vida que ponerla.

Fiat Dobló encarada de culo hacia una puerta del corral. El nieto marchante y el flaco maniobran las ancas del burro para instalarlo en la caja del auto. Chaus, gracias, buenos días y buenas vidas.

  1. Lalaland

Mimamos a las corderas con rapidez inusitada y armamos el escenario para la salida estelar de nuestro burro. Le aclimatamos el antiguo corral de las ovejas, un rectángulo de dos por cuatro, con una casita de madera de una altura muy por debajo de la suya y un cercado ligero de un metro de altura. Habíamos comprados una puerta con cerrojo. Cargamos un balde negro con agua que traemos desde el pueblo, avena en flor en otro.

Con mi Renault 4L amarillo pastel recupero a nuestro hijo de la escuela. Pregunto mucho y él responde poco. Afirma no recordar nada, no saber nada y no haber vivido nada que necesite ser recordado. Dejamos los asientos de falsa piel marrón llenos de migas del pan que vamos picando. La Renoleta se sacude y circula fresca. Un auto que va despacio y suena fuerte a lata que se mueve, a un motor poco insonorizado. Le digo que la vida te da sorpresas y que la tarde huele hermosa a hojas verdes, a asfalto caliente, a eso que exhalan los poros cuando el polvo se les pega.

Nuestra llegada coincide con el regreso de las gallinas a su refugio. Tres Sussex bien gordas y productivas, una perica pelirroja de moño con tres dobleces y otra gris con las patas levemente plumadas, una gallina y un majestuoso gallo Pota Blava. Su presencia llama al maíz. Picotean, se pican, se empujan y corren por ocupar el mejor lugar del palo.

El burro se hace evidencia y nosotros no le damos a nuestro hijo tiempo de reacción. ¡Mirá lo que trajimos! ¡Un burro! ¿Viste qué lindo? ¿Te gusta? Lo buscamos mientras estabas en el cole. Es nuestro, para que lo cuidemos. ¡Qué sorpresa eeeh! ¿Te gusta? ¿Querés tocarlo? ¿Querés subir encima? ¡Tenemos que pensar un nombre!

Él tiene sueño, la escuela le llena los cajoncitos de aprendizajes uniformes y de progresión pautada que le desgastan la juventud de estreno. No tiene ánimo para autitos ni pistas de barro. Pero acá nosotros padres y toda la excitación de un día de idilio empujamos para saltar de la proyección en la caverna a una realidad palpable. Abro la ridícula puertecita con cerrojo para dejar que el burro se asome a su propio ritmo. Nos mira y así encarados tomamos consciencia de que no lleva ramal, de que no tenemos cuerda con la que emular las vueltas en pony. Aún así, su papá lo eleva en vuelo agarrándolo por las axilas. El nene levanta las piernas desplegadas como un paréntesis de examen capcioso de gramática y colgado de su padre disfruta con cierta tensión de los diez segundos que dura el desplazamiento analítico del burro. Yo me hincho y siento que la plenitud tiene mucho que ver con estas micro dosis de despreocupación propias de las primeras veces.

  1. A caballo regalado

Acelera en un crescendo imperceptible el paso de cara hacia el culo del terreno que se estira en forma de boomerang. Hacia la izquierda el espacio lo cubre la ladera de la montaña, hacia la derecha la continuación de la pirámide. El margen derecho está cercado con postes de madera enterrados con piedras y esmero. Malla de metro veinte. El terreno está partido en dos por un portón simple de malla y un tronco largo y longitudinal clavado abajo para anclar con su peso la puerta al suelo. Sistema euskaldun de sencillez y efectividad para la gestión de rebaños de ovejas. Y he aquí que nuestro analista en sistemas se enfrenta a la frontera y la hace caer con un simple gesto de su hocico. Gira por última vez la cabeza para mirarnos y acelera su trote. Hacia los lados no tiene necesidad de buscar escapatoria. Recto y decidido llega a la puerta final que, infaliblemente, está abierta. Ya dejamos de correr y de gritarnos, de ir y venir sin sentido en busca de algo que lo frene, de dar vueltas sobre nosotros mismos quizás buscando que la centrifugación nos escupa las soluciones. Nos pesan los hombros caídos y las piernas se nos clavan extáticas a la tierra. El burro podría haber tomado el camino de bajada, el de la semi salvación. Mas quiso la vida acelerar el curso de nuestro aprendizaje y el muy infeliz encara el trote de subida, tres curvas y algunos pedruscos, la ruta hacia la carretera de entrada y salida del pueblo: en pendiente, con curvas peligrosas, transitada y no apta para la circulación con animales

A nuestro hijo lo recupero al lado del gallinero, en duermevela como un bicho bolita. Suplica por la cama y nos dispersamos como un clan resolutivo. En la Renoleta el enano y yo hacia la casa. El guardia municipal en camino de bajada hacia la escena del crimen. Mi cría se duerme y a mí las piernas no me dejan de temblar.

El orden de las comunicaciones: un hombre que vuelve en su auto del trabajo hacia su pueblo ve un burro trotando a su lado. Recuerda que por esa zona un colega tiene montado un pupilaje de caballos. Lo llama jocoso preguntándole si sabe que tiene un burro jugando al Need for Speed. El colega trabaja en una cooperativa agraria. Hila pensamientos y recuerda que esa misma tarde a la piba de las ovejas le había vendido 5kg de balanceado para equinos. Pero de ella no sabe el nombre y de su compañero no sabe el teléfono. Así que llama a un pastor que vive a 40km preguntándole si a su hermano no se le habrá escapado un burro evidenciando, más allá de la proximidad de las parcelas que ocupan, que las opciones de hacer una estupidez semejante como adoptar un burro sin instalaciones ni nociones de manejo mínimas se reducen a dos personas. Así que el hermano del colega del conocido llama a su padre y le pregunta si su hijo mayor es dueño de un burro fugitivo. El padre llama a su primogénito y constata la verdad. El hermano mayor llama a la piba de las ovejas y constata la verdad.

Mi hijo despierta, grita y me reclama. Llora y necesita de mi cuerpo dándole calor en la cama para calmar el sueño. Visualizo al burro en la ruta y todo se dibuja como el caos del primer origen. Choques frontales, una familia en ruta hacia el cumpleaños de la abuela que es eyectada hacia el vacío. Un motorista que intenta esquivar al burro cae y patina debajo de las ruedas de un camión. El guardia municipal desbordado y frustrado que buscará venganza. Un burro adoptado sin contrato, sin registro, seguramente sin identificación. Transportado en una furgoneta sin homologación para transporte animal, sin un conductor habilitado para el transporte animal, hacia un terreno sin permiso previo para la tenencia de burros o semejantes. Calculo que iremos presos, Bonnie y Clyde de la estupidez rural. Siento el calor de mi hijo y mis intestinos obstruyen y disparan mis nervios.  ¿A quién tengo que avisarle que a mi hijo lo quiero con mi mamá?

El flaco acelera con la Dobló. EL burro trota, galopa, trota, se agita, se cansa, galopa y desacelera. Autos, buses y algún camión que suben o bajan y disfrutan de las vistas. Cierra la Dobló en una curva y bloquea el paso del burro cansado. Se viste de Hulk benévolo y diestro aprieta a la bestia de puertas para adentro. El guardia municipal llega con las luces titilando. Espía el asiento del conductor, echa una mirada de sospecha a lo western hacia el asiento del acompañante. Una bolsa de salvado, una botella de agua aplastada y dos envoltorios de Calipo hechos acordeón. El flaco aclara que es de un conocido, que no es suyo, que se escapó sin saber cómo, que ahora mismo llama a su conocido, que están todos bien, que muchas gracias y buenas tardes.

El burro pernocta en un garaje en desuso. Rabioso y hastiado, hace caer todo cuanto cuelga, se apoya y se sostiene. Botellas con aceite sucio, latas de esmalte reseco, botellones de vidrio y el tarot completo dibujado con clavos, tornillos y arandelas en el suelo. Se caga sobre las flores que se estaban secando, mea una bicicleta de colección. Aceites, ceras y todos los plásticos para armar una tarima. Una caja de escarbadientes aplastada. Ropa de trabajo revuelta y los comederos de las gallinas abollados después del último round.

Lo devolvemos junto con un billete de 50€ por la ilusión de sosiego perdida. El silencio de la abuela y la sonrisa afilada del abuelo.

Dejad que los niños vengan a mi

De chica respondí suficientes veces que de grande quería ser ‘mamá y maestra’ como para tener el recordatorio para siempre marcado en mi memoria. Lo de maestra lo descarté al primer te vas a morir de hambre de mi madre. Así que elegí ser pastora de ovejas lecheras. Si he de morir, de hambre que no sea. De madre hago de un hijo y de una vecina de la culpa que me visita ante dudas existenciales como “Si yo no tengo hermana o hermano, ¿significa que mis hijos no van a tener tíos?”. Curiosa emoción la de ese no sé qué de responsabilidad sobre la supervivencia de la especie.

En una cuantiosa visita a la granja tomo la comandancia de las crías de los adultos concentrados en la divulgación del conocimiento pastoril. Los ordeno, los amanso, los instruyo y los autorizo a entrar en grupos al establo. Caminamos despacio, bien pegaditos a la madera del cerco, nos movemos como astronautas. No aplaudimos, no gritamos, no hacemos movimientos bruscos. Hablamos en voz baja y nos ponemos en cuclillas para acercarnos al rebaño sin que se asusten y mueran todas las ovejas preñadas a punto de parir aplastadas contra la pared, unas encima de las otras, muertas. (En la contundencia de la imagen final está la clave para una respuesta afirmativa unísona e intachable.)

De vocación estoy librada, pero quizás algo de aquel ‘quiero ser maestra’ late sin escapatoria en mi y ejerzo con naturalidad de maestra pastora ante el público infantil. Les explico bla y bla y blablá. Algunos se sorprenden, preguntan, desgranan la mañana como una esponja. Otros observan a las ovejas rumiar creyendo que realmente tienen un chicle entre las mandíbulas.

En este punto la ilustración me haría un favor: no encuentro en qué más puntualizar y me tiro a explicaciones usualmente catalogadas en “No podría chuparme más un huevo”. Les cuento que estamos obligados a que tengan dos crotales idénticos (“La bisutería de las ovejas”) con su número identificador, uno para cada oreja. Y que además las hicieron tragarse un bolo ruminal con el mismo número identificador. ¿Qué es un bolo? ¿Les sale con la caca? ¿No explota en la panza? ¿Un bolo es una bola? ¿Es una bala? Siento el barro que me abraza los tobillos con el claro objetivo de hundirme en su desasosiego. Es como el chip que le ponen a los perros. ¿Saben? ¿Quién tiene perro de ustedes? Poco actualizada en la vida urbana de pisos compactos, plazas de acceso restringido y esa obligación blanda y tibiecita de ir levantando mierda del camino. Silencio de primero de enero y mi elaboradísima comparación bajo una montaña de bosta. Corto por donde puedo con ese genialísimo truco ‘Me hago la boluda’ y reanudo en un relato sobre corderitos y miren esta es una hembra y éstas son las bolas que indican que este es un macho.

La práctica hace al maestro y a mi hay muchas horas de partido que me quedan por jugar. La inquisición es sencilla: ¿pueden tener tres bebés? Una persona taxativa (o maestra en estas artes) baraja sólo dos opciones: SI, aunque no es común o NO y excluyo las excepciones. Pero yo estoy tallada con una navaja de lengua larga y con el botón de stop perdido en la U al lado del meñique de mi pie derecho, el de la uña mocha.

Abro, ya mal, enunciando que haciendo monta natural como hacemos nosotros es algo muy raro, pero cuando se hace inseminación es algo bastante corriente. Acá, ilustración de mi gesto de torta frita, de los ojos desprendidos de los nenes, de la brecha cognitiva entre este choque de mundos. ¿Monta? ¿Qué monta? ¿¡Montan a las ovejas!? (Nene haciendo gesticulación agraciadísima de cowboy urbano.) (Mis rodillas embarradas, embarradísimas.) Bueno a ver, las montan… no es que las monten tal cual, es que se suben un poco encima de ellas. (La nena de la campera roja visualiza la escultura de los Bremer Stadtmusikanten.) ¿¡SE SUBEN ENCIMA DE ELLAS!? Barro, barrial, barriada, barricada. Hacerme la boluda y pero también existen granjas donde las inseminan. Ocho caras jugando a la congelación. Inseminación. Si chicos, igual que en las mujeres, pueden quedar embarazadas naturalmente o porque las embaraza la ciencia. Bueno, la ciencia-ciencia no, un veterinario. Qué digo, el veterinario no las embaraza él hace… Y UN RÍO DE BARRO DENSO Y CONTUNDENTE QUE ME LLEVA Y ME ARRASTRA.

Aprender a rectificar es de sabios.

Aprender a callar es oscurantismo.

Ella concluye

 

  1. Es diu Joana

Sería un niño: lo necesitaban su padre, la hilatura y el legado familiar y, según credo vecinal, así lo confirmaban la cadera compacta y la panza cónica de su madre. Joan como su abuelo. Joan como su padre. Joan como el tío que desapareció en el Mato Groso. Pero aquel anhelo nació hembra y feminizar el nombre del primogénito sin perspectiva de relato en los anales de la historia local hizo de ella una cripta con vida.

Joana aprendió lo que le correspondía: costura, bordado, coquetería teatral y la aceptación de los dogmas correspondientes a su género y a su clase. Su pretendido lugar en la hilatura lo ocupó su primo Manel. Desilusionado vital, dado al whisky y al contrabando, pero hombre al fin. Las puntillosas ejercitaciones de bordado con hilo simple la condenaron a una juventud de incómodas lentes de pasta gruesa, limitaron su destreza a la hora del deporte y supusieron renunciar a lecturas a media luz bajo la manta.

Se casó cuando la casaron, a término y en condiciones. Instruida en cocina y complacencia cotidiana. La primera vez que la penetró creyó que experimentaba un estadio previo a la muerte. Así que esto era el amor. Parió tres hijos y a uno lo enterró antes de aprender a maternar. Los quiere, aunque no dejan de ser otra labor que le tocaba cumplir.

Su credencial de viudez está dada de alta desde hace veinte años. Se siente a gusto en este statu quo que le posibilita ir al baile jueves y sábados por la tarde sin más posibles trabas que quedar corta de laca.

Vive y cuida de sus canarios sola. El segundo B con vistas a la plaza es el hogar que fundaron con el traspaso de la zapatería y la venta del cuadrilátero que hizo de huerto proveedor de su padre. Un pasillo fino con dos habitaciones al final del pasillo formando una T, el baño a medio camino hacia la izquierda y las paredes saturadas de cuadros bordados y labores de patchwork jeroglíficas. Las jaulas y su contenido pasan la noche sobre el mármol de la cocina. Mesada tomada. La vejez solitaria tiene esa luminosidad intermitente que conlleva el hacer, deshacer y enloquecer en tu casa todo cuánto y cuándo quieras. Y a ella no le vengan con discursos de contaminación cruzada: los pájaros en la cocina, donde corta el pan y aplasta el puré.

Por las mañanas abre la puerta vidriada, iza la persiana y abre la reja de hierro verde del balcón. Antes de cualquier gesto asoma la nariz y con ella toma datos meteorológicos: viento suave de río a tierra, humedad del 75%, temperatura templada en ascenso, posibilidad de chaparrón benévolo a media tarde, migración de caracoles.

De día viste siempre con pantalones de cintura elástica que compra en el mercado. Tuvo que renunciar a los botones de abertura lenta y a las costuras ásperas de los pantalones con fundamento, pero cierta jerarquía estética propia de la edad le impide vestir joggings o su versión estival y menos deportiva, balis. Extraña poder arreglarse ella misma las uñas de los pies, enfundarse en medias de nylon y oír el zapateo de los tacones gastados, cómodos y algo altivos de la plenitud previa a esta ancianidad.

2. Rompa el vidrio

El cacareo del mercado, el perfume del pan, la dirección del vuelo de las golondrinas. Es sábado y todo parece moverse con una cotidianidad temeraria. El ojo de la tormenta. La punta de la barra de pan que no puede morder.

Prepara su bolso de mano rectangular negro y de tira larga. Billetera, paquete de pañuelos, un peine, caramelos de miel y un paquete de Sugus, el celular que su hija le obliga a llevar siempre activo en las trincheras, el estuche de los anteojos, la revista dominical.

Reformaron hace cuatro años la parada del bus. Esqueleto galvanizado de techo alto, la espalda cerrada con una plancha de metacrilato y espacios con amplitud para que se cuelen lluvias y vendavales, dos paredes laterales con dos caras publicitarias y medio banco de metal agujereado. Banco helado en invierno, en llamas bajo el sol del verano, de uso aconsejado sólo en caso de extremaunción. El tacho de basura aún nadie logró desfondarlo, pero aparece de patas para arriba cada tres días. Pieles de bananas, pasajes caducados, pañuelos con flema seca, el plástico de un par de Donuts y dos botellas de gaseosa. El diseño industrial siempre va a un paso por detrás del vandalismo. El cartel con los horarios de las diferentes líneas es una fotocopia con letras ínfimas y borrosas, de diseño confuso cuando una tiene apuro y pretende descifrar si el horario corresponde a días laborales o a fines de semanas y festivos de oficinistas. El cartel publicitario de cara adentro es el de la lotería de la navidad pasada, algo descolorido, pero siempre tentador.

El bus que espera empezó su recorrido en la capital hace cuarenta minutos. Reconoce al conductor de otros viajes, un muchacho hosco de mirada fija al frente, perfil frío e indicaciones cortantes. Sigue a rajatabla las miserias de su contrato laboral y no alcanza a cumplir los porcentajes mínimos de sociabilización humana.  Indica con un gruñido a las madres que acuesten a sus bebés en un asiento mientras ellas, abajo y afuera, luchan nerviosas por encajar el cochecito en una baulera de apertura complicada. Por detrás las bocinas, desde dentro Mr. Empático 2011 la espolea con exhalaciones sonoras y regaños de baja frecuencia. No serán pocas las que le deseen miserias venideras a aquella que haga de madre a su progenie. Con los abuelos es impaciente, a la juventud la ignora. Sea quizás el conductor más infeliz del mundo.

El bus tiene cuatro escalones, el primero en altura por encima de lo recomendado para sus rodillas. Los autobuses adaptados que vio en la ciudad son futuristas, funcionales y están únicamente a disposición de personas en sillas de ruedas de la ciudad. Su pueblo no es campo, pero forma parte de toda aquella masa informe que configura lo extra-condal. Allí el autobús pasa poco y a fuerza de reclamos vecinales.

3. El lobo feroz

Roser y Emili aguantan juntos, aguantan viejos y sostienen la rutina de subir a la montaña desde hace veinte años una vez al mes. Se sientan siempre en los estrechos asientos contiguos, aunque el ancho de sus caderas parecería recomendar justamente lo contrario. Quedan acolchonados entre sus abrigos, sus bolsos, sus pañuelos de tela y el bolso con comida para dos días. Un airbag que pretende obviar el hecho de que los cinturones de seguridad no estén diseñados para cuerpos como los suyos.

Como la mayoría de los abuelos eligen las primeras filas, del lado derecho porque es el paisaje que Emili prefiere: dejan el Vallès y el verde parece querer tragarse a los urbanitas. Roser en el pasillo estira las piernas de lado y se reclina para inaugurar un conventillo móvil. Joana recuerda los veranos de esplendor, el agua como reclamo publicitario, la salud de la altura, el bienestar que garantiza el sosiego ingenuo propio de la gente de los pueblos aislados. Roser habla de sardanas masivas, de coblas que se disputaban las noches de fiesta mayor. Había jolgorio para muchos y trabajo para todos. Fondas, hostales, hoteles, casas de veraneo. Dos autobuses diarios subían y bajaban de pueblos vecinos para saciar curiosidades, reumas y tristezas. Emili rememora el señorío. El orden social marcado sin interferencias. Pensa que hi va anar la dona d’en Franco! Los niños de entonces trabajaban, aprendían un oficio, se acicalaban y almidonaban las camisas. Eran educados y serviciales, repartían pan hasta agotar la levadura, servían copa y puro empalmando tres turnos sin descanso. Una juventud predispuesta a ser enderezada y moldeada, tan distinta del actual arrebato de libertades.

-No se les puede decir nada ahora, como a los perros – apunta Joana.

Perros que duermen sobre almohadas especialmente diseñadas, que duermen a los pies de sus dueños. Que pasean dos veces al día y se alimentan de forma balanceada. Perros que son llevados a la peluquería, que son depósito de cariño, que son entretenidos con palitos y juguetes de plástico pluriformes. Perros cuyas deposiciones calientes recogen en bolsitas. Perros que sufren lesiones, eccemas, infecciones de orina, cáncer y ceguera. Tienen nombres de personas, casas de rescate, golosinas, ropa a medida y frentes de veterinarias dispuestas a desplumar a sus felices dueños.

-¿Cuántos abuelos son colocados en un asilo mientras la familia se aboca a cuidar de los perros?

El paisaje se condensa y se eleva. Bosque y cielo abierto.